La historia contada a los pasotas

De la serie: Esto es lo que hay

Leía en «El Periódico» la tarde del domingo y anteayer, lunes, sobre una tesis doctoral que demuestra que medio Barri Gòtic barcelonés es una completa falsificación. Me llama la atención -lo que no quiere decir que me sorprenda- que uno de los promotores del tinglado fuera el arquitecto modernista Domènech i Montaner.

Me llama la atención, pero no me sorprende, porque el modernismo es una exaltación sensorial, en oposición al neoclasicismo más racionalista del noucentisme, y la exaltación sensorial es una manifestación típica del romanticismo. Y de la mano del romanticismo llegamos a uno de sus más clásicos productos sociológicos: el nacionalismo político. ¿Se ve por dónde voy?

Exacto: el nacionalismo no es más que la proyección política de una mitología que, además, no es producto de una larga tradición sino de una edificación intelectual cuidadosa y relativamente reciente que, generalmente, intenta sobreponerse a la frustración o al fracaso (intentando, de paso, echarle la culpa a terceros o, a las peores, a lo cósmico, nunca a las carencias o defectos propios). Así, los nacionalismos catalán y vasco nacieron de la frustración carlista (y de su regionalismo implícito) y experimentaron un potente lanzamiento con la frustración colectiva del 98.

Evidentemente, el análisis del nacionalismo es mucho más complejo y tiene muchísimos matices -ni siquiera los nacionalismos son iguales entre sí: ni el catalán, ni el vasco ni, en definitiva, el español, son fenómenos estrictamente idénticos- pero como línea general para comprender la cosa grosso modo es suficiente. Pero por eso decía que me llama la atención pero que no me sorprende la intervención de Domènech i Montaner en un asunto, este de la falsificación del Barri Gòtic, que es típico y arquetípico del nacionalismo.

Incluso en pequeña escala sucede lo mismo. Yo vivo en un barrio barcelonés denominado El Congrés i els Indians. De esa misma denominación ya se deduce (y por eso he escrito un en cursiva sarcástica) que no se trata de un barrio, sino de dos; dos barrios que la burocracia municipal ha unido, probablemente, porque a alguien le ha parecido que cada uno por separado no tenía entidad suficiente para constituir una de esas estrambóticas divisiones administrativas que el achuntamén barcelonés se sacó de la manga hace unos pocos años. Sin embargo, son dos barrios completamente distintos, y no hace falta estudiar mucho para darse cuenta de ello: basta ir y verlo.

El barrio del Congrés es homogéneo, tiene un urbanismo peculiar y propio y una historia perfectamente conocida y documentada: la promoción inmobiliaria de impulso público-eclesiástico que tuvo lugar con ocasión de la celebración, en 1953, del Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona, ocasión que, en medio del desierto franquista de relaciones internacionales, fue algo, para los tiempos, en todo parecida a lo de los juegos olímpicos de 1992. El barrio de Indians es todo lo contrario: ni es homogéneo, ni tiene un urbanismo peculiar y propio, ni ¡ay! una historia perfectamente conocida y documentada. Quizá todo lo que, remotamente, podría definirlo es una cierta cohesión vecinal agrupada en torno a un sentido de pertenencia que se percibe en su zona más -podríamos decir- céntrica o nuclear. Que no está mal, ojo, para los tiempos que corren.

Y aquí viene el detalle nacionalista: como no tenemos una historia propia digna de mención, sencillamente nos la inventamos (¡algo hemos de hacer para caracterizarnos!) y para ello convertimos en consecuencia lo que, en definitiva, no ha sido sino causa. En Barcelona -como, supongo, en otras ciudades- el callejero guarda una cierta coherencia: el Eixample, por ejemplo, dedica los nombres de sus calles (en general, no en su totalidad) a las glorias, reales o presuntas, de la historia catalana, de sus conquistas y de sus posesiones, y así, tenemos ahí puestos a Aragón (en referencia a la Corona, claro), Valencia, Mallorca, Roger de Flor, Roger de Lauria, Nápoles, Sicilia y un larguito etcétera. Probablemente por idéntica tendencia, a un barrio que se formó hacia los años veinte o poco antes, fresca aún la añoranza de la joya de la corona española, Cuba, el achuntamén le adjudicó nombres como Manigua, Cienfuegos, Matanzas, Pinar del Río y demás. De ahí, y de un par de casas que tenían palmeras, creyó ver arquitectura indiana la gente que se diría que nunca ha recorrido el Maresme y no ha visto verdadera arquitectura indiana (que, obviamente, no se parece en nada) y con eso y un bizcocho se edificó el mito de que el barrio lo habían fundado indianos procedentes de Cuba que habían establecido ahí sus casas. Huelga decir que no existe la menor documentación sobre ese asunto de los indianos (ni de sus casas), lo cual sorprende un poco en un presunto episodio tan relativamente reciente; pero es más: ni siquiera en la memoria colectiva de la ciudad existe tal indianidad, más allá de la ideal edificación mitológica nacida en el propio barrio (e incardinada únicamente en él).

A continuación -y como pasa siempre en cuanto la máquina del sentimiento se pone en marcha- surge el aprovechamiento de la cuestión, y es entonces cuando un gobierno municipal, desesperadamente necesitado de votos (porque el ambiente olía a la catástrofe que, efectivamente, iba a producirse), decide integrar no sé si al barrio o a la entera ciudad por mor del barrio en la Xarxa de Municipis Indians (red de municipios indianos). Venga alegría y que no decaiga. Y así, como pocos se atreven a objetar la historia ya convertida en oficial (este humilde bloguero y tres o cuatro modestos ciudadanos más, o sea, casi nadie), dentro de cien años -o quizá sólo de cincuenta o aún de menos- la indianidad del barrio será artículo de fe porque, además, ya existirá documentación sobre esa indianidad: el ingreso en la Xarxa de Municipis Indians, tócate las narices, por no decir lo otro.

O sea: se construye la historia, se fabrican las pruebas y ya somos indianos (o góticos, o lo que haga falta).

El caso del Barri Gòtic no es tan flagrante (después de todo, sí que hubo -y hay aún- gótico auténtico allí) pero sí es un síntoma de esa característica tan romántica y tan nacionalista de construcción de la historia (a toro pasado, claro) y, ya en política más baja y reciente, del ansia municipal por convertir esta ciudad en un parque temático a beneficio de la pasta que la guirancia les deja a Gaspart y compañía. Pero es ilustrativo de cómo se fabrica una nación y de cómo puede lograrse que hayamos sido, desde la prehistoria misma, algo que se inventó hace poco más de siglo y medio.

Y, a partir de ahí, desarrolla.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Jordi  On 26/10/2011 at .

    No me negarás que lo dicho de Barcelona o Catalunya bien podría aplicarse a la sagrada unidad de la nación española, que se ve que es nación desde los visigodos.

  • Javier Cuchí  On 26/10/2011 at .

    @Jordi, ¡cómo voy a negarlo! Te refresco estas líneas del cuarto párrafo del post: Evidentemente, el análisis del nacionalismo es mucho más complejo y tiene muchísimos matices -ni siquiera los nacionalismos son iguales entre sí: ni el catalán, ni el vasco ni, en definitiva, el español, son fenómenos estrictamente idénticos- […]

    Desde mi punto de vista, todos los nacionalismos son, digamos para no herir sensibilidades personales, contraproducentes. Todos. Sean cuales sean las fronteras reales u oficiales o virtuales que los contengan.

  • Jordi  On 27/10/2011 at .

    Lo cortés no quita lo valiente y ya sabes que tengo cierta sensibilidad por este tema, pero tengo la sensación de que siempre las únicas naciones “inventadas” son la vasca y la catalana. En el caso catalán en cualquier caso, el nacionalismo cultural e indentitario se mantiene pero los nuevos adeptos al independentismo vienen por motivos más prosaicos como el poder gestionar el 100% de los recursos económicos.

  • Jordi  On 27/10/2011 at .

    Y añado:

    http://www.lavanguardia.com/politica/20111027/54237244306/peces-barba-quiza-nos-hubiera-ido-mejor-con-los-portugueses-y-sin-los-catalanes.html

    Con separadores como éste, ¿para qué queremos separatistas?

A %d blogueros les gusta esto: