Monthly Archives: noviembre 2011

Abrir o morir

De la serie: Esto es lo que hay

Las pequeñas cosas tienen, para mí, la virtud de hacerme reflexionar. Ayer corría por Google+ un comentario de Twitter realmente ingenioso; decía (cito de memoria): «Lo de votar al Chiquilicuatre estuvo realmente muy gracioso, pero ahora con lo de Rajoy os habéis pasado». Porque la victoria del PP sigue siendo muy digna de reflexión, precisamente en esa clave de que ha obtenido una holgadísima mayoría absoluta con apenas 500.000 votos más de los que obtuvo en las elecciones de 2008, en las que perdió. La conclusión es evidente e indiscutible desde la razón (desde el fanatismo será otra cosa): en España ha habido un hundimiento, una catástrofe, un verdadero Titanic, de la izquierda, sin que se haya dado, simultáneamente, un crecimiento más allá de lo minúsculo y anecdótico, de la derecha.

Y con eso quiero ir, nuevamente, al #15M, sobre el que sí me interesa mucho seguir reflexionando. Lo hice ya hace una semana, al rebufo del resultado electoral de pocas horas antes y quiero seguir haciéndolo.

A la vista de los resultados electorales ¿Ha sido un éxito el #15M?

Pues depende. Si asumimos el #15M como el producto de una izquierda decepcionada y desmoralizada, está claro que sí, que el #15M ha sido un éxito: ha sido comprendido y seguido. ¿Un éxito absoluto? Quizá no tanto: ha conseguido que el PSOE pierda más de cuatro millones de votos; pero sólo parte de esos cuatro millones de votos han ido a parar a otras alternativas. El resto se ha difuminado en opciones como el voto nulo o el voto en blanco (aparte de la abstención) que no constituyen la alternativa óptima al voto a partidos minoritarios, que es lo que, en definitiva, propugnaba el movimiento.

En cambio, si asumimos el #15M como un movimiento de ciudadanía integral, el fracaso ha sido rotundo, porque no ha tenido la menor repercusión en ciudadanos ubicados ideológicamente a la derecha, en principio tan cabreados como el que más, no contra el PSOE -que también-, sino con el estado de cosas actual.

Hasta aquí, nada nuevo: lo dije ya en el artículo anterior. Lo que interesa ahora es ver por qué ha ocurrido esto, por qué el #15M no ha sido entendido -ni, por tanto, asumido- por los ciudadanos de ideología derechista. Se me ocurren varias causas.

La primera y principal, es que el #15M prendió en la izquierda, en esa izquierda desorientada y desanimada por la conducta errática e ideológicamente sorprendente de un PSOE sin rumbo, entregado totalmente al que hubiera debido ser su enemigo -el mundo de la gran empresa, de la banca, de los mercados- y con unos dirigentes apestando a corrupción (en todos los sentidos: política y económica, personal y social, individual y colectiva), procedentes de las más infectas charcas de la maquinaria del partido y de los más bajos fondos culturales e intelectuales. Es más que evidente, pues, que ese sentimiento de desorientación, esa sensación de traición, no podía ser compartido por el ciudadano de derechas, por más que sí compartiera otros sentimientos: el cabreo o la indignación ante la situación general.

La segunda, que tuvo una importancia si no radical sí, al menos, significativa, fue la corriente asamblearia que se apoderó del #15M (que yo critiqué en su día severísimamente) y que derivó en una doble e indeseable fenomenología: por una parte, un jacobinismo evidente que lo primero que hizo fue crear un sentido de lo políticamente correcto dentro del propio ámbito del #15M (véanse algunos de los comentarios que se hicieron a mi filípica antiasamblearista) y, por otra, un revolucionarismo utópico (en el más peyorativo sentido de la palabra). El sector joven más extremista tomó la dirección de la exteriorización del #15M y lo convirtió -quizá no en el sentido literal de la expresión, pero sí en su sentido simbólico- en el tinglado de la rasta. Evidentemente, todo esto, en conjunto, repugna al ciudadano de derechas; pero me inclino a pensar que también a un cierto sector de ciudadanía de izquierdas, posiblemente numeroso, que, sí, quiere políticas éticas, solidarias, progresistas y de marcado carácter social, pero sin experimentos ni cosas raras.

La tercera, en íntima conexión con lo anterior, la estética. No se suele dar importancia a la estética, pero marca; marca y supone la primera y más importante impresión en la gente que se acerca a un movimiento. Y la estética ha sido en todo momento de extrema izquierda, cuando no redondamente anarquista. Yo, que he participado en todas las manifestaciones del #15M que he podido -calculo que habrán sido del orden del 80 por 100 de las convocatorias-, la verdad, en materia simbológica me he sentido francamente incómodo en más de una ocasión. Digamos que, bueno, con el fondo de la cuestión sí que me he sentido siempre plenamente identificado y que, dentro de los diversos actos, he integrado un pequeño grupo de amigos y conocidos de seriedad bien contrastada. Pero quien ha ido por libre y en solitario ha podido llevarse impresiones muy raras o muy contradictorias. Y, desde luego, el ambiente, el entorno, no ha sido en ningún caso nada amigable para una persona de derechas.

Y me interesa mucho reiterar lo que he dicho otras veces: si el movimiento #15M pretende ser un movimiento ciudadano, hay que empezar a asumir de una vez que son tan importantes los ciudadanos cabreados de derechas como los ciudadanos cabreados de izquierdas. Porque si no es así, ya no estamos ante un movimiento ciudadano sino ante un amplio movimiento de independientes de izquierdas, algo sin duda muy honorable, pero que es otra cosa.

La derecha es la gran carencia del #15M y por eso ha pasado lo que ha pasado. En puridad, el mismo desplome que ha experimentado el PSOE debiera haberlo sufrido el PP. Y no ha sido así, como es notorio. Los ciudadanos de derechas (bueno, de derechas o de no-izquierdas) han percibido que la única alternativa que se le presentaba al sistema era más izquierda aún y, por tanto, la han rechazado y se han encastillado, de nuevo, en un PP en el que es intelectualmente inconcebible que crean casi once millones de personas, la inmensa mayoría de los cuales, por definición, son trabajadores y, por tanto, víctimas, en la misma medida que los trabajadores del ala izquierda, de las trapazadas que, de buen seguro, va a montar Rajoy.

Esos millones de votos contra natura constituyen el gran fracaso del #15M, y debieran ser el punto de apoyo de su reflexión y de su autocrítica.

Y ojalá se haga porque si el #15M se alinea ya claramente a un lado u otro del espectro, si llega a ser cualquier cosa distinta de un movimiento de ciudadanos de ideología diversa y verdaderamente independientes cabreados con un sistema de democracia dictatorial o de dictadura democrática, que pretenden volver a controlar la política como parte del control de sus propios destinos como ciudadanos y como partes de la sociedad, su fracaso definitivo está cantado. El mensaje de superficie y el tipo de letra empleado en él, debe ser cambiado a beneficio del fondo de la cuestión.

Porque si no es así, yo también me bajo.

Atémonos bien los machos

De la serie: Esto es lo que hay

Bien, pues, como era de prever, ayer se desencadenó la catástrofe. Y cuidado: la catástrofe no fue propiamente que venciera el PP, sino que venciera por mayoría absoluta. Exactamente la misma catástrofe que hubiera acontecido si el vencedor por mayoría absoluta hubiera sido el PSOE. O, puestos a imaginar, que cualquier otro partido -el que fuera- hubiera vencido por mayoría absoluta. Y dentro de este acojonante naufragio, aún debemos dar gracias: aunque las encuestas pronto desvanecieron esa esperanza, a más de uno del Partido Popular se le pasó por la cabeza la posibilidad de que éste pudiera obtener la mayoría cualificada suficiente como para darle la vuelta a partes sustanciales de la Constitución sin necesidad de referendum. En fin, incluso en el naufragio del Titanic hubo supervivientes.

El problema añadido en esta ocasión es que nos hallamos frente a un desierto electoral de proporciones acojonantes: salvo las elecciones andaluzas -que se dan por descontadas, por otra parte- no hay nada de nada hasta dentro de dos años en el Parlamento Vasco, en las que el PP arriesga poco porque poco tiene y menos aún que va a tener de cualquier modo, y dentro de tres años, en que las elecciones a la Generalitat de Catalunya -esas sí ya serán importantes para el PP, pero, claro, limitadas al territorio catalán- darán el banderazo de salida a las casi inmediatamente siguientes autonómicas y municipales. O sea que el PP tiene prácticamente tres años para hacer lo que le dé la gana sin preocuparse prácticamente por nada. Únicamente, en el último de esos tres, ponernos una cara amable a los catalanes regalándonos tres o cuatro chorradas que pongan muy contentos a los convergentes, ya sabéis, los del peix al cove (pájaro en mano, dicho en román paladino). Queda la calle. De esa hablaré después.

Preveo que la tormenta perfecta que se nos avecina tendrá dos partes: la primera, para ir amenizando la fiesta, consistente en que aflorará toda la información que se ha ocultado cuidadosamente por interés electoral y que imagino que consistirá en la quiebra generalizada -bien puede calificarse de global- de los municipios españoles y de un buen número de empresas públicas que, más que deficitarias -lo han sido siempre-, son más bien inútiles y ruinosas, entre otras cosas, probablemente muchas, porque la lista de catástrofes, según es de temer, sólo ha enseñado la punta del iceberg; y la segunda, será el ajuste de tuerca correspondiente y que consistirá, llanamente, en el derrumbamiento del estado del bienestar y en la desaparición de los pocos derechos sindicales reales que todavía conservábamos.

Me interesa mucho insistir en que todos esos males van a derivar de una mayoría absoluta, no del hecho de que la tenga el PP. Voy aún más lejos: estos males nos sobrevendrían igualmente no sólo si esa misma mayoría absoluta la hubiera alcanzado el PSOE sino, incluso, en minoría ambos, sumados alcanzaran igualmente esa mayoría. ¿Se puede ir más lejos? Sí: en la legislatura que ayer murió definitivamente, PSOE y PP sumaban la mayoría cualificada para modificar partes sustanciales de la Constitución a su gusto y ganas, es decir, al mandato de la Merkel o del Bruni; pues bien: la siguen sumando. En pocas palabras: estábamos jodidos, estamos jodidos y seguiremos estando jodidos. ¿Qué ha cambiado, pues? Absolutamente nada. Lo único que ha ocurrido es que el dique que contenía el enorme caudal de putadas que nos están preparando, es decir, las elecciones generales, se ha roto; se ha roto, como cabe deducir, por una simple cuestión de calendario, no por otra cosa. Hubiera pasado ayer lo que hubiera pasado (salvo imposibles eróticos que a muchos nos hubieran gustado pero que no, que no pasan), hoy estaríamos igualmente más jodidos que anteayer pero muchísimo menos que pasado mañana.

Y ahora tocaría efectuar unas cuantas consideraciones numéricas: todo aquello de lo que pasaría si no hubiera la regla del cabrón d’Hondt, me cago en su puta tumba, o considerar la realidad de que la atronadora victoria del Partido Popular ha consistido en levantar escasamente poco más de medio millón de votos que en las elecciones anteriores (de 10.278.010 votos y 154 escaños en el Congreso, pasa a 10.830.693 a 186 escaños, con un incremento relativo en votos de 4,7 puntos porcentuales). Democracia, que le llaman. Pero no, no quiero hablar de todo eso porque aunque apenas he navegado por Internet en el momento de escribir estas líneas, me imagino que los de la cofradía del consuelo (los mismos que se felicitan por la mucha salud que tienen cuando no les toca la lotería) ya estarán llenando kilobytes y más kilobytes con todas estas consideraciones. Y sí, bueno, es verdad que no ha ganado la derecha, que ha perdido la izquierda, pero esa es una consideración que, si yo fuera de izquierdas (o de esos que así se autodenominan), me consolaría más bien tirando a poco y, además, no es en absoluto operativa. Por más que la mona se vista de cifras absolutas de voto y de porcentajes y de toda la demás cagarela, lo que cuenta es el número de escaños y todo lo demás son cuentos chinos de subcampeón. Y recordemos lo que decía no sé quién: el segundo es el primero de los que pierden. Ajo y agua.

Bien, como decía antes, queda la calle. Y está claro que habrá que echarse a ella, pero, en lo que a mí respecta, con entusiasmo pero sin fe. Con entusiasmo, porque es lo único que nos queda; si abandonamos la calle, si nos damos a lo que ellos llaman orden público, ya podemos abandonar toda esperanza. No es que, de todos modos, el asunto de la esperanza dé para mucho, pero si dejamos la calle nos quedamos como los mismísimos perros: al albur arbitrario del amo, que pasaría a adquirir poco menos que derecho de vida y muerte sobre nosotros. No: la única arma que nos queda, aunque precaria -como todo lo demás- es que mantenga, aunque lejano y remoto, un punto de miedo ante la posibilidad de un estallido social.

Sin fe, por dos razones. La poco importante, que el PP ya cuenta con ello y no se ha ocultado al respecto: han dicho a las claras que ya cuentan con que se va a llenar la calle de movilizaciones y que, pese a ello, no les va a temblar el pulso. En otras circunstancias, podría parecer un farol, una baladronada, pero con la Merkel y el Bruni apretando detrás, doy por descontado que va a ser así. La razón más importante, sin embargo, está en nosotros mismos. De los resultados electorales -ahora sí que me referiré un poco a las cifras- se infiere claramente que el #15M, el movimiento indignado, que le llaman, ha conseguido resultados: más allá del PP, todo es fraccionamiento, se han multiplicado los pequeños partidos con presencia en el Congreso y, aparte de que va a haber dos o tres grupos parlamentarios más, el Grupo Mixto va a ser de cojones. Los amigos del anecdotario parlamentario se van a poner las botas en esta legislatura. Esto confirma algo que ya se sospechaba: el #15M ha sido un movimiento nacido de la frustración de la izquierda, añadido (o al que se ha añadido) el componente de frustración cívica no alineado que ya preexistía, pero que no ha calado -como hubiera sido deseable- en ciudadanos indignados con ideología de derechas. Y estando en ello, se me viene a la memoria una queja pepera que leí hace unos pocos meses: «Cuando no se quiere a la derecha, se clama por la izquierda; cuando no se quiere a la izquierda, se clama por el cambio de sistema». Mezclando todo eso en un mortero, me pregunto si el #15M, el movimiento de los indignados va a seguir como tal. Porque si es verdad que -como me huelo y coincido en ello con muchos que ya lo dijeron antes que yo, sólo que yo lo digo con datos en la mano y ellos no- el #15M es producto de la frustración de la izquierda, ahora que va a mandar la derecha y que vuelve a haber una izquierda irredenta y, por tanto, reivindicable, con las ventajas de concreción, personalización y programación que ello comporta, va a hacer falta un #15M o, mejor dicho (porque falta, lo que se dice falta, yo creo que la hace más que nunca), si el aliento de sus promotores va a seguir en ello o va a dirigirse hacia derroteros más concretos.

Habrá que esperar a verlo pero fíjate lector, que, con todo lo que se nos viene encima, que es enorme, a mí lo que más me preocupa es precisamente eso: el futuro del #15M. Porque el #15M es nuestra única tabla de salvación a medio o largo plazo. Si la reacción cívica que supuso desaparece del mapa, estamos perdidos de nuevo. Si la indignación por la suciedad política, por la exclusión ciudadana de la poítica -que eran objetivos claros, transparentes, comprensibles y, sobre todo legítimos- desaparece, pasaremos a estar, como he dicho antes, como perro al albur del amo, pero de una manera definitiva, como inicio de una de las etapas más oscuras que habrá contemplado la historia de la Humanidad.

Si no sabemos mantener claridad (y ética, y limpieza) en las ideas y firmeza en la acción, no será decir aquello de que no nos pase nada sino que, llanamente, estaremos liquidados.

Qué miedo, madre mía…

Terrorismo de nuevo

De la serie: Rugidos

La subasta de bonos a 10 años al 7,088%, la prima de riesgo en 490… cifras de rescate verdaderamente…

Pero, espera… ¿A qué día estamos hoy? ¿A jueves, 17? ¿No hay unas elecciones generales el domingo 20? ¿No hay un candidato a victoria segura y a mayoría absoluta segura, pero con cierto temor por la interpretación de algunas cifras de esa mayoría absoluta, por el voto oculto en las encuestas y por el comportamiento de los indecisos?

Espera… Cuando funcionaba ETA… ¿No cometía un atentado a una distancia aproximadamente igual de unos comicios generales?

Pues eso: que la táctica parece haber creado escuela.

Se rompe el inmovilismo

De la serie: Correo ordinario

No cabe sino celebrar, y con mucho entusiasmo, la iniciativa rompedora de Ediciones B (Grupo Z) que, con su portal B de Books, acaba de hacer estallar, probablemente, el mercado editorial digital. Efectivamente, acaba de abrir una iniciativa comercial que ofrece, ya en este momento, 600 títulos aproximadamente , que incrementará a razón de 250 novedades al año publicadas conjuntamente con el ejemplar de papel o incluso en formato exclusivamente electrónico, todos ellos a precios que oscilan entre 1,99 y 9,99 euros y sin DRM, una política editorial juiciosa y racional, tantas veces propugnada desde el mundo de la red, que resume el propio director editorial de Ediciones B, Ernest Folch: «La encriptación no sirve para evitar la piratería: la prueba es la cantidad de libros que están encriptados y pirateados. Al contrario, la favorece, aunque parezca una contradicción. Porque lo que fomenta la piratería es poner dificultades al comprador, que el proceso de compra sea engorroso y el precio alto».

Un paso importante que, sin duda, arrastrará, más o menos a regañadientes, pero arrastrará, a otras empresas editoriales que hasta hoy estaban muy reticentes. De hecho, más que reticentes, estaban rebotadas estúpidamente contra esa realidad que el Grupo Z parece haber percibido claramente.

En mi opinión -y siempre dentro de ese ánimo tremendamente positivo con que recibo la noticia- encuentro demasiado altos los precios del segmento superior: 10 euros por un libro digital me sigue pareciendo un precio carísimo que tiene muchísimo margen para descender; quizá haya que esperar ofertas de temporada o esperar al paso del boom inicial de cada título. En todo caso, y desde la otra cara de la moneda, 10 euros, donde las otras editoriales tenían la poca vergüenza de pedir entre 18 y 25, es decir, prácticamente el mismo precio que por el ejemplar de papel, ya entra dentro de lo razonable. Muy caro aún, pero dentro ya de límites racionales.

Consecuencia personal inmediata: me tendrán como cliente, aunque aún no he experimentado si el sistema de compra, pago y descarga son cómodos o incómodos (parece que aún no está en marcha: los enlaces de los títulos llevan a otra plataformas), pero me extrañaría mucho que un proyecto tan disruptivo fuera a pifiarla en lo más tonto.

En todo caso, les deseo mucho éxito porque creo que el pionerismo, la audacia y la racionalidad deben ser premiados. Lo que es triste, en todo caso, es que algo tan obvio, que tantos y tantos venimos diciendo hace ya años, necesite de alguien que le inyecte pionerismo y audacia.

Confío en el saludable efecto competencial de la iniciativa y confío en que se manifieste antes incluso de que sea constatable el éxito comercial que espero, deseo y creo que tendrá B de Books y espero que ello sea el principio del fin de toda la cagarela de la piratería con la que se excusan los comerciantes incompetentes. Lo cierto es que, como he dicho muchas veces en los medios -ante el correspondiente rasgado de vestiduras de los afectados presentes- las descargas no van a poder eliminarse jamás, van a estar siempre ahí. Lo que sí está en la mano de los autores y de los editores es que la práctica de la descarga gratuita sea marginal, algo que está ahí pero que no afecta en grandes números al comercio. Para llegar a esa situación, son los editores, las industrias, los comerciantes, los que se han de poner en una posición competitiva y buscar entre los consumidores de un producto a aquellos que están dispuestos a pagar cuando ese producto trae un valor añadido en relación al que puede descargarse gratuitamente. Pero, además, deben buscar nuevos canales de comercialización, buscar fórmulas nuevas que supongan, quizá, la intervención de nuevos agentes en el flujo comercial. Buscar, en definitiva, al que va a pagar todo lo que el consumidor va a obtener gratis a cambio de su atención.

Porque, además, ojo, que lo repito por enésima vez: aunque el camino emprendido por la iniciativa B de Books es el correcto, es una salvación editorial coyuntural, más vale que lo tengan claro. A la no muy larga, el flujo del libro digital -entendiendo como tal el facsímil electrónico del libro tradicional- va a quedar restringido al autor y al lector, sin otros intermediarios (quizá, a lo sumo, con la intervención profesional de un maquetista, pero nada más), con lo que el papel de las editoriales decae en este ámbito. Si el mundo editorial quiere sobrevivir, va a tener que inventar cosas, formatos, sumergirse en el multimedia y, por supuesto, adeoptar nuevas fórmulas comerciales, nuevos modelos de negocio, como los que apunto en el párrafo anterior.

¿Y el librero? Ah, esa va a ser la víctima que más nos va a doler a los buenos lectores. Los formatos digitales van a acabar con ese librero entrañable y eficaz que hasta te sale a buscar cuando pasas por delante de su tienda, oye, ven que me acaba de llegar una cosa que a tí te va a gustar. ¿O no? ¿Tiene el librero espacio en el mundo digital? Yo creo que sí, yo creo que un buen librero podría ganarse la vida con los buenos lectores, simplemente haciendo lo mismo que hace ahora, pero utilizando la red. Crear un círculo de amigos-clientes mediante un blog o una página en una red social, conocerlos, detectar sus gustos, y recomendarles con acierto aquellas lecturas que van a ser de su interés. Quizá el problema esté en monetizar ese trabajo, pero sin duda habrá fórmulas.

En todo caso todo el mundo debe ser consciente de que el negocio intelectual (llámalo música, llámalo libro, llámalo cine…) tendrá que luchar en un mercado en el que la gratuidad es un factor que está ahí, que es un competidor como cualquier otro pero que, sobre todo, no es nuevo. El cine no mató al teatro, la tele no mató el cine, los discos no mataron a las orquestas… Al contrario: el cine dio trabajo y vida a más agentes, más actores, más productores, más tramoyistas, más directores; la tele no sólo no mató al cine sino que lo impulsó y hoy lo financia (más allá de las obligaciones absurdas con las que en España se impone a las cadenas de televisión invertir en cine, muchas productoras trabajan para ambos medios y muchas televisiones producen cine para su propia programación); y lo que pasó con el disco… bueno. La digitalización hará lo mismo que todo eso, pero multiplicado, basta con habituarse al nuevo sistema que está creando, en el cual no va a ser un factor pequeño el intercambio de ideas que a nivel de usuario se produce en la red, lo que creará un usuario más libre, más formado, menos sujeto a un pensamiento único procedente de oligopolios y más hecho al pensamiento crítico a que obliga la inmensa diversidad ideológica de millones de ciudadanos comunicándose al mismo nivel.

Hoy ha pasado algo importante en España y conviene anotar esta fecha

Adiós, LinEx

De la serie: Correo ordinario

Es una semana triste para el software libre. Muy triste. Hemos sabido que, al menos de forma troncal, la Junta de Extremadura abandona el proyecto de implementación de software libre a todos los niveles iniciado en el año 2002 y que constituyó un hito a nivel mundial. Y, a nivel español, un hito único, además, porque si bien otras comunidades autónomas han adoptado sistemas en software libre (en la mayor parte de los casos, ceñido exclusivamente a la producción de una distribución propia), ninguna lo había hecho en la medida de Extremadura. Andalucía, se acercó, pero aún así quedó lejos.

Se veía venir, las cosas como son. Cuando Rodríguez Ibarra dejó la presidencia regional, en parte por problemas de salud, en parte porque, realmente, llevaba muchísimos años al frente, ya nos acometió un cierto repelús; su sustituto, Guillermo Fernández-Vara, proclamó que el proyecto se seguiría desarrollando tal como estaba previsto, pero nos alarmó enormemente la visita que le giraron los de Micro$oft. Sin embargo, hay que reconocer que, aún con cierta frialdad divulgativa (o propagandística, llámalo como quieras), LinEx (no sólo la distribución, sino el conjunto de proyectos de implementación administrativa, escolar, sanitaria, etc. que constituyen su entorno) siguió adelante.

En las últimas elecciones regionales, el PSOE perdió la mayoría y, ante la negativa de IU de prestarle el apoyo necesario para seguir en el poder, el PP se hizo con él. Los temores por el software libre extremeño se elevaron a su máximo grado. Ahora se ven confirmados.

La consejera de Empleo e Innovación se ha salido por la tangente, somo suelen los políticos, y se ha descolgado con la excentricidad de que se pasa de un modelo de software de código abierto a un modelo de conocimiento abierto. Dicho así, sonaría muy bien, aunque uno se pregunta, así para empezar, en qué sería incompatible el software de código abierto con el conocimiento abierto, siendo así que son inherentes el uno al otro; pero doña Cristina Teniente, la consejera en cuestión, nos ata la mosca por el rabo: «…aunque para ello se cierren acuerdos con compañías de software propietario». O sea que hay que para ir hacia el conocimiento abierto, hay que dejar de lado el software libre e ir al software propietario. Esta señora debe creer que somos idiotas.

La tentación sería ahora decir que esto es lo que pasa cuando llega el PP. Y sí, esto es lo que pasa cuando llega el PP, pero, realmente, el PSOE tampoco ha dado muchas de cal, incluso cuando ha gobernado con fuerzas teóricamente más progresistas. Recuerdo con especial dolor el fraude que, en esta materia, cometieron los dos tripartitos que hemos sufrido en Cataluña.

Estamos, como siempre, en el entorno de la más pura y dura corrupción tanto en las ordenadas como en las abscisas, es decir a todos los niveles políticos y en todas las formaciones políticas. El lobby del software propietario, encabezado por Micro$oft, pero formado por corporaciones muy importantes, es casi tan poderoso como el lobby de la propiedad intelectual y, además, tienen muchísimos intereses en común.

Se dirá que, bueno, el proyecto LinEx es obra del PSOE. No, no nos engañemos: el proyecto LinEx fue un impulso personal de Rodríguez Ibarra y, como hemos visto, una vez ausente Rodríguez Ibarra, LinEx ha ido decayendo suavemente (parecía que los socialistas lo iban dejando morir de inanición muy lentamente, para que diera la impresión de que se caía por su propio peso) hasta que ha llegado el PP y se ha dejado de finezas: le ha dado el portazo directamente y sin remilgos.

El bastión del software libre en las administraciones públicas españolas, pues, ha caído. Y el panorama político no apunta a buen tiempo: la práctica totalidad de las regiones ocupadas por el PP, salvo Cataluña, en la que CiU nunca ha ocultado su asco por el software libre, el País Vasco y Andalucía, en los que al PSOE le quedan dos telediarios, y, finalmente, el PP a punto de alcanzar el Gobierno estatal. Repito que no es que el PSOE sea una opción mejor -ni siquiera empujado de cara a la galería por partidos teóricamente más afines- pero, de cualquier modo, el panorama merece el cartel del infierno de Dante: hay que abandonar toda esperanza.

En lo público, claro. Y en principio.

En el mundo privado, el software libre avanza a buen ritmo; nunca tan bueno como nos gustaría a sus activistas, pero, mirando atrás, no nos podemos quejar, en absoluto. El entorno empresarial, lo mismo como productor que como consumidor, se ha dado cuenta de las inmensas posibilidades del software libre, para el que la crisis no sólo no ha supuesto un inconveniente sino un impulso, y los movimientos al respecto empiezan a ser de cierta importancia, incluyendo en ellos vectores de clusterización, que es donde el software libre alcanza su máxima potencia (evidentemente, una producción colaborativa se mueve como nadie en una estructura de clusters empresariales).

Y en el sector público, por más que el panorama sea negro, sin el menor matiz de gris, seguiremos luchando, y con fuerza. No es tolerable que las administraciones públicas estén dilapidando los dinerales que están despilfarrando en software propietario, y menos aún con lo que estamos pasando y menos aún habiendo alternativas libres de igual o mejor calidad en más de nueve de cada diez casos. No es tolerable -y así hemos de hacérselo ver a la ciudadanía para que, a su vez, presione a los corruptos, digo, a los políticos- el cierre o la privatización de servicios públicos (especialmente dolorosos en el caso de los sanitarios), la restricción del gasto social, los recortes salariales a los funcionarios, el despido de empleados públicos laborales y demás putadas, mientras se le están regalando a Micro$oft (y a otros como Adobe y demás) gruesos y caudalosos chorros de dinero público. Tampoco en el ámbito del software podemos seguir aguantando en silencio la intolerable corrupción política que se está sufriendo de forma generalizada.

Hay que seguir dando guerra. La batalla por el software libre no está ganada y se halla lejos de estarlo: por más que se avance en el mundo empresarial, por más que ex aequo con Mac se sea hegemónico en la telefonía móvil, las administraciones públicas y la educación son un target no sólo sirrennciable sino prioritario. Por más difícil que sea, y aunque así lo reconozca el mismísimo Torvalds, la guerra por la conquista del escritorio del PC (por más que el PC entre en una cierta decadencia, que no absoluta, ni de lejos) debe seguirse luchando a máxima presión.

Es una cuestión de desarrollo tecnológico (del que nuestro país no va nada sobrado); es una cuestión de eficiencia económica; es, por todo ello, una cuestión de competitividad.

Y es, en lo público, una cuestión de simple decencia.

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