Los derechos del viejito

De la serie: Esto es lo que hay

Cuando algo se exagera, hasta lo más justo, noble y necesario pasa a ser una caricatura. Y esto es lo que les pasa a algunas manifestaciones de lo que se llama estado del bienestar. Tradicionalmente, el estado del bienestar se había caracterizado por tres claras patas: educación, sanidad y jubilación. Estos son los tres ítems que, en la doctrina tradicional, deben estar garantizados contra viento y marea. A estos ítems se les vienen añadiendo otros dos asimismo aceptables: la cobertura por desempleo y la asistencia social más allá de la pensión de jubilación. Bueno.

Pero, claro, llega un punto en que el estado del bienestar se extiende más allá de esos límites y la cosa empieza a ser un cachondeo que resulta especialmente indignante cuando el panorama meteorológico del reparto se complica, como en los momentos actuales. Y esto es lo que pasa, sobre todo, en el caso de la tercera edad, a la que se le están regalando verdaderos artículos de lujo a los que no puede acceder mucha gente activa que, encima, es la que los paga.

En Barcelona -como en tantas otras ciudades de España- los jubilados tienen acceso, o gratuito o pagando cantidades irrisorias, al transporte público. Bueno… bien. Lo que no parece tan lógico es que estos viajeros privilegiados -que, generalmente, pueden elegir sus horarios- compliquen la vida a los que no podemos elegir horario porque tenemos que fichar. ¿Qué costaría -aparte de un poco de bronca al principio- que los jubilados tuvieran el acceso a precios políticos en horas no punta? Por ejemplo, de 09:30 a 13:00 y de 16:00 a 18:00 y barra libre entre las 20:00 y el fin del servicio. Téngase en cuenta que no se les prohíbiría el empleo del transporte público en otras franjas horarias: simplemente ocurriría que, en ellas, tendrían que pagar lo mismo (no más: lo mismo) que todo hijo de vecino.

En la asistencia primaria de la sanidad pública, igual. Si yo tengo que esperar treinta minutos para que me atienda mi médico porque delante tengo a no sé cuántos jubilados, estos treinta minutos los paga el ciudadano, ya que soy funcionario; en otros casos, lo paga una empresa privada, lo que, aunque resulte para algunos menos irritante, resulta que no es cosa nada buena para la economía productiva. ¿Tanto costaría hacer circuitos horarios diferenciados para los trabajadores en activo y para los que están en otras situaciones (jubilados, parados, personas con la baja…)? Téngase en cuenta, nuevamente, que no se trata de discriminar en la calidad asistencial -que, esa sí, debe ser inexcusablemente igual para todos- sino, simplemente, en las franjas horarias. Todos sabemos -aunque pocos nos atrevemos a decirlo a las claras- que el uso de los servicios médicos públicos como artículo de consumo, es decir como consecuencia de la compulsividad consumista de un servicio gratuito (incluso en no pocos casos para, simplemente, pasar el rato) es en general propio de las edades de jubilación. Sí, la imagen del jubiladete que va al ambulatorio a pasar el rato porque hay que ver lo simpática que es la doctora tal o el doctor cual, tan jovencitos y tan majos, ellos, y lo bien que nos tratan. Muchos trabajadores en activo no torcemos tanto el gesto como dicen los medios cuando se habla del copago sanitario… sobre todo cuando pensamos que ese copago puede contribuir a terminar con esa lacra, porque lo que pasa en la asistencia primaria y en los servicios de urgencias hospitalarias con el consumo compulsivo de servicios sanitarios puede perfectamente calificarse de lacra.

Un profesional de la escuela pública -me desvío un momento de la tercera edad, pero seguimos en las mismas- constataba iracundo en Twitter que muchos colegas llevaban a sus propios hijos a la enseñanza privada concertada. Yo no sé si ese hombre tiene hijos, me imagino que no, porque si los tuviera, sabría que cuando un trabajador normal, corriente y moliente, solicita escolarización pública para sus hijos (en grandes ciudades), éstos pasan automáticamente a la cola de otras prioridades: pobres, inmigrantes, discapacitados de todo tipo; ganar un sueldo normalito equivale, para las instancias oficiales, ser riquísimo. De modo que cuando asignan escuela a tus hijos, te encuentras que se la han dado en la otra punta de la ciudad (y frecuentemente en barrios que déjalos correr). La escuela concertada, cuando uno tiene un trabajo normal en vez de un trabajo basura, no es un lujo: es el único recurso racional.

Y eso teniendo a los hijos sanos. Un compañero mío, padre de una chica celíaca, me explicaba los esfuerzos que, tanto en solitario como hombro con hombro con las asociacions ad hoc tuvo que librar para que en el comedor del colegio se tuviera en cuenta ese severo transtorno alimentario… mientras toooooodo el personal de cocina, la dirección, el claustro, la inspección y hasta la Brigada Paracaidista, estaban celosísimamente pendientes de que a los niños musulmanes no se les sirviera jalufo.

Hasta en lo más tonto. Hace un par de meses, inauguraron en las proximidades de mi casa un centro deportivo público, vaya, un gimnasio, muy bien equipado. Me hacía falta, porque dejé la natación hace tres años por la saturación de las instalaciones que tenía al lado del trabajo y yo necesito moverme un poco para mantener los humores corporales diversos en su lugar, descanso (y evitar, con ello, dar razones a la sanidad pública), aparte de que nadar me gusta. Bien, nos apuntamos mi mujer y yo. Entre los dos, pagamos algo más de ochenta euros mensuales, que se dice pronto, y eso que es una concesión municipal. Pues bien: entre otros plusbeneficiados, los señores vejetes pagan sólo la mitad (y en algunos casos, incluso menos) con lo cual, en primer lugar, han abarrotado el cupo de usuarios inscritos (con lo que mi hija pequeña, que ya no tiene natación en el colegio y estaba interesada en continuar nadando, ha quedado fuera) y, en segundo lugar, abarrotan las instalaciones porque (juro que no exagero) los hay que van a pasar el día. Total, mi mujer apenas ha podido ir en condiciones; las pocas veces que ha podido ir, ni soñar con apuntarse a clases de no sé qué porque tendría que ir una hora antes de cada clase para hacer cola (y claro, ella como no está jubilada y no puede pasarse el día allí de campo y playa, no se puede permitir el lujo de echar horas haciendo cola para poder dar brincos en una piscina dirigida por no sé quién). Yo tengo relativa suerte: como sólo me interesa la piscina, a las horas que yo voy la encuentro más o menos despejada (no así el área de jacuzzi, hidromasaje y tal, que parece un tranvía de los años cuarenta). Mi mujer va a intentar darse de baja pero pidiendo que, en su lugar, accedan a admitir a nuestra hija. Me juego un huevo y no lo pierdo a que va a ser que no. De todos modos, aunque mi mujer se dé de baja, seguirá pagando el puto gimnasio. Los que estáis en activo ya sabéis por qué. Y mientras tanto, hay mucha gente trabajando y sudando la gota gorda para que algunos disfruten de precios políticos, y parte de esa gente no puede pagar cuarenta y pico euros mensuales de cuota de gimnasio. Hay que joderse.

En fin que, como decía el otro día en este mismo blog, el estado del bienestar no es para todos: los hay que estamos abarrotados de deberes, los hay que pagamos muchísimo más que los demás por un mismo servicio, pero que, contrariamente a lo que parecería lógico y coherente, no tenemos, no ya más derechos, sino ni siquiera los mismos. Y somos los que estamos aguantando el tinglado, incluso en su más amplio aspecto entendido.

Cuando lo que tiene que hacer un verdadero estado del bienestar es pagar pensiones dignas y dejarse de precios políticos, de viajes del IMSERSO y de mariconadas diversas en plan de a ver quién da más para ganarse el voto del jubileta.

Y con la que está cayendo, la leche…

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