Sinde…rogación

De la serie: Correo ordinario

La última peripecia de la ley Sinde o, más precisamente, del desarrollo reglamentario de la misma (la Ley de Economía Sostenible, de la que la ley Sinde es un apéndice tramposo, fue promulgada pronto hará un año) parece encaminada a seguir dejando en ridículo a todos los que la tocan. Además, por supuesto, de poner de relieve más allá de toda duda razonable la venalidad de los políticos de tres partidos (como mínimo).

Esta última peripecia (y, ojo, que no vaya a ser la penúltima), ha seguido el mismo recorrido que todas sus precedentes: presiones de sectores minoritarios interesados, de grupos de presión económicos y mediáticos, sometimiento político a estas presiones, desprecio por los intereses generales, toma de atajos prácticamente clandestinos, compadreo, pasteleo, trapicheo y, en fin, toda suerte de prácticas que van entroncando con el feudalismo más inaudito. Y no lo digo solamente yo.

Lo que parece ser que ocurrió anteayer en el Consejo de Ministros raya ya en el sainete. Lástima que sea prácticamente imposible hacerse con una grabación (que, sin duda, debe existir) porque, con casi toda seguridad, constituiría un espectáculo [grotesco] de primera categoría, con unos cuantos políticos discutiendo -parece ser que agriamente- por el comedero (cada cual por el suyo) sin que la expresión interés general (o cualquiera otra equivalente) aparezca por ninguna parte y con un casi ex-presidente (que no es ex de ahora mismo, sino que lleva ya más de un año viviendo sin vivir en él), triste, cutre y deprimente, indeciso -como siempre: nunca ha dejado de ser un apparatchik sin ideas ni proyecto propio- e incapaz de tomar una decisión valiente, cualquiera que fuera el sentido de la misma. No se atrevió a hacer, ya no lo que creía que debía hacer, sino simplemente lo que le apetecía hacer, e hizo lo contrario del mismo modo que no hizo lo propio: impulsado por el miedo y por los fantasmas que él mismo crea. En ningún caso, desde luego, impulsado por la ética, ética que ya le hubiera debido impedir considerar siquiera la ley Sinde en el seno de un Gobierno interino.

Pero, además, el sector duro del partido –David Ballota lo llama vivo– ha logrado con ello que el PP, en la cabeza de Soraya Sáenz de Santamaría, se moje el culo -innecesariamente- en un barrizal. La confusión, la esquizofrenia y la incomodidad que los políticos pesebreros sufren con este tema les lleva a meter la pata aún a pesar de la veteranía de muchos en el negocio. En su deseo de quitarse el marrón de encima, el PP, por voz de doña Soraya, jaleó al Gobierno diciendo que, bueno, aunque ellos seguramente lo harían mejor, tal como estaba la cosa, en fin, se podía aguantar. Con un toro tan bien cuadradito, era inevitable que los más correosos elementos de maquinaria del PSOE entraran a matar, porque el morlaco estaba fácil hasta para el novillero más bisoño y, efectivamente, metieron la estocada hasta la bola.

El próximo día 16, fecha del último Consejo de Ministros de este Gobierno náufrago, pueden volver a intentarlo, claro. Y cabe no descartar que lo intenten de nuevo. Pero, realmente, sería propio de subnormales profundos, y que me perdonen los que lo son patológicamente por compararlos con esa chusma.

Ahora mismo, y si el 16 las cosas siguen así, el PP va a tener delante el tema ley Sinde, con la particularidad de que, después de lo dicho por doña Soraya, tendría que optar por el descrédito, ya no sé si político pero, como mínimo, dialéctico, de aprobar el reglamento tal como está (la rechifla, aparte de la indignación, sería para agarrarse) o bien de maquillarlo para hacerlo diferente, pero esto llevaría a iniciar el trámite de nuevo recabando el dictamen del Consejo de Estado. En cualquier caso, se inauguraría una nueva etapa de conflictos y pifias: el nuevo Gobierno del PP no podrá ignorar que la ley Sinde es ilegal hasta la inconstitucionalidad misma y que los jueces la están esperando con las uñas afiladas y, en ese sentido, el Consejo General del Poder Judicial ya avisó de que este asunto apesta.

Hay una tercera y muy honorable vía. Yo diría que la única honrosa: congelar el reglamento de la ley Sinde y emprender la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. Entre otras cosas, porque ésta debe emprenderse igualmente y, además, debe hacerse con suma urgencia. Siempre, por supuesto, teniendo en cuenta aquello de vísteme despacio, que tengo prisa pero con urgencia, porque tanto los creadores, como las industrias, como los ciudadanos, necesitamos tener resueltos y claramente definidos los parámetros a partir de los cuales va a discurrir toda la cuestión en el mundo digital. Y la velocidad a la que avanza el mundo digital no permite ni retrasos ni componendas en petit comité: si, como hizo Aznar en su momento, se rehuye un ámbito cuya existencia ya es notoria y cuya evolución a corto o medio plazo es razonablemente previsible, además del daño social inherente, además de la cronificación de los males que sufren en este momento todas las partes implicadas, España entraría francamente, como decía aquel rey abyecto, por el camino del subdesarrollo tecnológico y cultural, que es como decir económico. Ojo al dato, con la que nos está cayendo ahora mismo y que, previsible y desgraciadamente, tiene para rato; el ladrillo ha muerto como vector económico de primer orden y sólo el desarrollo tecnológico (y social, dicho sea de paso) puede ayudar a salir del marasmo e integrarnos en dinámicas económicas de futuro.

El PP -su próximo Gobierno- tiene ahora una oportunidad de oro: con una LPI consensuada, no entre partidos, sino entre sectores sociales implicados (lo dicho: autores, empresas y ciudadanos, sin excluir a ninguno) puede pasar a la quizá no tan pequeña historia por terminar con un conflicto cívico que está haciendo muchísimo daño a todo el mundo y que está ahogando iniciativas culturales y tecnológicas quizá de fuste, porque lo que no aguanta un negocio, ni aguanta la vida común de la gente, es la inseguridad, el riesgo, cuando el riesgo es innecesario y no inherente a la naturaleza del negocio o de la vida misma. Si, por el contrario, no ha aprendido la lección y pretende prolongar la idiotez imperante en estos últimos años -no solamente en los últimos siete, sino en los últimos doce o catorce, que ningún partido se crea inocente en materia de idiotez-, España se encontrará en desventaja competitiva en sectores como el tecnológico -no me cansaré de repetirlo- que son los que van a representar, que representan ya, la piedra de toque en la economía mundial y del nivel de desarrollo de las naciones. A su favor tiene, además, que la entidad más potente, pero también, hasta hoy, más carbonera del panorama, ha sufrido una conmoción que parece -sólo parece, de momento- que va a meterla en razón. La oportunidad, por muchos motivos, es única.

La decisión, pues, es de Mariano Rajoy: paz y desarrollo o, como hasta ahora, guerra y olor a pies.

Quedamos a la expectativa.

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