Velando un cadáver

De la serie: Esto es lo que hay

Es creencia generalizada -sobre todo entre los jóvenes- que hoy, 6 de diciembre, se conmemora el aniversario de la promulgación de la Constitución que nos aqueja. Craso error. Lo que se conmemora hoy, en realidad, es el referéndum en el que el conjunto del pueblo español aprobó la Constitución, después de que le dijeran que eso eran lentejas y que si le gustaba, bien, y si no, también, que o esto o el diluvio. Y ello después de un proceso constituyente llevado a cabo por unas Cortes que no sólo no fueron votadas como tales constituyentes sino que, por activa y por pasiva, se había dicho reiteradamente que no iban a ser constituyentes, con lo que, en la campaña electoral, se hurtó el debate sobre el contenido de la Constitución para ir a lo etiquetero-ideológico. No se planteó en campaña (¡líbrenos Dios!) el debate monarquía-república, no se planteó en campaña el modelo político-territorial, no se planteó el modelo económico del Estado, no se planteó nada: aquello fue el típico festival de yo soy muy rojo, yo, en cambio, soy muy de orden, todos eran de centro y, desde luego, franquista nadie; los franquistas se habían volatilizado. Sólo los vascos acusaron recibo, y la suma de votos negativos y de la abstención fue, en el conjunto de las tres provincias, mayor que el voto afirmativo.

La Constitución, en realidad, fue sancionada por el monarca -impuesto por Franco (y por nadie más) y puesto por la camarilla correspondiente- el 27 de diciembre de 1978 y publicada en el BOE dos días después, el 29 (supongo que no se publicó al día siguiente de la sanción para evitar rechiflas). Y, de acuerdo con su disposición final, entró en vigor el día 30.

La Constitución, pues, como se deduce de los párrafos anteriores, fue una auténtica estafa, un timo de la estampita que nos endilgó la Casta, ya constituida como tal.

Este año, la celebración del chafarriñón constitucional tiene una significación especial, porque este año ha sido el del rebote ciudadano. 2011 pasará no sé si a la gran Historia, la de los libros del cole, entre otras cosas porque he visto o conocido unos cuantos acontecimientos realmente dignos de pasar a la gran Historia escamoteados de los libros del cole (y de muchos otros libros que no son del cole: el principio aquel de que «aquello de lo que no se habla, no existe» no es un invento de ahora), pero seguro que guardará larga memoria en la política española y, quizá, internacional.

Implícitamente, los ciudadanos españoles hemos impugnado desde la primavera esta Constitución o, cuando menos, partes sustanciales de la misma. De forma expresa lo hemos dicho muy pocos: la sacralización del invento -de la que el día de hoy es parte ritual importante- hace que todo el mundo experimente un cierto repelús al intentar decirlo o, incluso, pensarlo. Pero cuando constatamos la existencia de una Casta, cuando constatamos la no representatividad del parlamento tal como está montado, cuando constatamos lo que de estafa tiene también el sistema electoral, cuando constatamos la partitocracia que nos agobia, lo que constatamos, en realidad, es la defunción del cacharro. Nadie se atreve a certificarla, pero todo el mundo se santigua ante el cadáver.

Los oficiantes de la Casta pueden hacer ahora una de tres cosas: o bien prestar el servicio de certificar esta defunción y alumbrar un nuevo texto fundamental que dé respuesta a las ansias y necesidades de los ciudadanos sin exclusión alguna por razón de la materia; o bien pueden llevar a cabo la comedia de redactar una cosa distinta construida -como la actual- para que todo siga igual; o bien pueden dejar el cadáver de cuerpo presente, como si estuviera vivo (y, encima, saludable) hasta que el hedor impida todo disimulo. Lo más probable es, desgraciadamente, lo tercero, que los sumos sacerdotes del tinglado se encastillen en esa especie de demencia al estilo Juana La Loca que les aqueja con el invento.

Habrá que ver también cómo evoluciona la situación económica. La verdad es que la indignación ciudadana crecerá a medida que esta empeore y los habituales señuelos, trucos y engaños utilizados por la Casta engañarán cada vez a menos gente y cada vez en menor medida; miedo da lo que puede llegar a suceder aquí si no se paran en seco el paro y los desahucios, si se sigue por la via de tolerar que los mercados ahoguen a los ciudadanos, a las familias. Pero también es cierto aquello que decía Iñigo de Loyola, que en tiempos de tribulación, no hacer mudanza; pero esto tampoco puede ser un pretexto para no mudar en tiempo de tribulación y no mudar cuando ésta haya pasado. En definitiva, esta es una cuestión mucho menos sujeta a cálculo de lo que los políticos creen y si un día la gente llega a estallar, no habrá Guardia Civil ni fills de Puig que la detengan.

Descanse en paz (y de una puta vez) la Constitución de 1978.

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Comentarios

  • Jordi  On 07/12/2011 at .

    Totalmente de acuerdo con tus argumentos. Este texto está putrefacto.

  • gatopeich  On 11/12/2011 at .

    Gracias Javier, no conocía bien estos hechos aunque hace tiempo de que me dí cuenta de que la grandilocuente “transición española” fue un timo a la ciudadanía.

    Lo comento un poco más en mi blog.

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