El arma total

De la serie: Esto es lo que hay

Uno de los acontecimientos característicos de las redes sociales de esta semana ha sido el rebomborio que se ha montado -básicamente en Twitter, pero también en Facebook y otras redes- es la campaña contra el libro de un tal Richard Cohen, que considera la homosexualidad una enfermedad y pretende curarla. Ha sido tan intensa e intensiva, que la librería de «El Corte Inglés» ha decidido retirarla de sus anaqueles, pidiendo, además, sentidas disculpas. Una movilización que no ha gozado, precisamente, de adhesión unánime (numerosa sí, pero unánime, no), porque algunos internautas la han tachado de censura.

Hace algunos días más, en el blog de Enrique Dans se montaba una buena polémica en razón de su anuncio de boicot al cine español.

Y no hace muchas semanas, un sólo internauta se levantó contra la vesanía de un programa de televisión basura que le había pagado un dineral a la madre de un asesino a cambio de meter el morbo correspondiente y logró movilizar a la red de tal manera que se consiguió que todos los anunciantes abandonaran el programa (y alguno incluso llegó a suspender la campaña navideña de publicidad en toda la cadena).

El tema de los boicots siempre es polémico porque siempre hay quien ve por algún lado inocentes perjudicados; aparte de que siempre hay quien no parece dispuesto a sufrir el sacrificio -o la simple incomodidad- de abstenerse de consumir una cosa para lograr un fin. Los objetores tachan de censura el boicot a un libro -y tienen razón, a mi modo de ver-, sostienen que muchos profesionales del cine español no tienen la culpa de las circunstancias que provocan el boicot o bien replican que las marcas no son culpables de lo que se haga en los programas en los que ellos se anuncian.

Y bien, sí, todo ello es -o puede ser, según el caso- cierto.

Pero hay varias consideraciones en sentido contrario. La primera, que el ciudadano, ni individual ni colectivamente tiene por qué impartir justicia. Cada cual es libre de adquirir o no adquirir un bien o servicio y cada cual es libre de adoptar una postura u otra por las razones que le dé la gana. Yo puedo no comprar en la tienda de al lado e ir a otra más lejana y más cara, simplemente porque el tendero de la de al lado me cae gordo (aunque no me haya hecho nada) y ello es, objetivamente, injusto pero el consumo es libre, yo puedo hacer lo que me dé la gana arbitrariamente, mis preferencias de compra no tienen por qué sujetarse a criterios comercialmente objetivos. Y eso es algo con lo que el comerciante tiene que contar. Objetivamente, Puleva no es culpable de las barbaridades que se cometan en la basura de Tele5; simplemente, sus técnicos publicitarios detectan una audiencia cualitativa o cuantitativamente idónea para su inversión publicitaria: no juzga moralidades. Pero si sus clientes deciden culpabilizarla de hecho y toman represalias por esa culpabilidad ¿qué va a hacer Puleva? Pues como no puede acudir a los tribunales ni a los antidisturbios para obligar a sus clientes a que sigan siéndolo, sencillamente, suma dos y dos y retira su publicidad para mantener numéricamente incólume a la parroquia que le da de comer.

La segunda responde a un principio que enuncié hace ya muchos años y que he repetido en este blog varias veces: toda la fuerza que hemos perdido como trabajadores y como ciudadanos, la hemos ganado, multiplicada, como consumidores. Esa es nuestra fuerza última pero potentísima: mientras Puleva (y quien dice Puleva, pon la marca o establecimiento que quieras) no pueda obligarnos a comprar su producto, tendrá que hacer lo que sus clientes quieran y dejar de hacer lo que no quieran. Da igual que una cosa u otra sea justa o injusta, grata o desagradable, bonita o fea. Si queremos ver a su gerente en calzoncillos y nos empeñamos en ello, acabaremos viendo a su gerente en calzoncillos porque en cuanto se desplomen las ventas se echará los pantalones abajo; y si no lo hace, lo pondrán en la calle y los calzoncillos que veremos serán los del gerente siguiente que ya sabrá qué es lo primero que le toca hacer.

Y creo que es lo que toca. Si no podemos valernos de los políticos porque no están de nuestro lado, si los empresarios y los banqueros no tienen la menor compasión por nadie, no se apiadan de las familias a las que dejan sin recursos por causa de un despido o de una ejecución hipotecaria… ¿por qué nosotros debemos guardarles consideración alguna? ¡Seamos nosotros despiadados con ellos! Si quieren nuestro dinero, que pasen por debajo de nuestro arco del triunfo, tanto si les gusta como si no.

Lo de la censura, es ciertamente desgradable, yo que tanto la odio. Y, como muy bien dice Luis Alfonso Gámez en el enlace a Magonia del primer párrafo, el boicot ideológico puede ser respondido con otro boicot ideológico. Si se censura una determinada visión de la homosexualidad por errónea o por malvada, los que tienen esa visión también pueden censurar, a su vez y por el mismo procedimiento, la visión opuesta. Sin embargo, habrá que vivir con eso y con ese riesgo porque, repito, todo boicot conlleva siempre una injusticia, cuando menos parcialmente, y si se atiende a ese criterio de justicia como prioritario, lo que estamos haciendo es desarmarnos nosotros mismos.

Si se boicotea al cine español, probablemente se cometa una injusticia, por poner un simple ejemplo, con alguien como Álex de la Iglesia quien, obviamente, no estará por el boicot pero muy probablemente sí por las razones que lo motivan, como ya ha demostrado incluso ante incrédulos como yo. Pero si por salvarle las barbas a Álex renunciamos al boicot, nos caerá encima no la ley Sinde, no: el código penal.

Hay temas en los que tenemos que mostrarnos inflexibles aún a riesgo de cometer injusticias en esos propios temas o en otros. Y no sólo eso: es necesario que adquiramos la cultura del boicot y la empecemos a practicar intensivamente. Ya estamos empezando, de hecho: lo de «La Noria» fue un punto de inflexión y lo de esta semana ha sido otro. Que los boicots están empezando a funcionar y que el enemigo les tiene un miedo cerval quedó demostrado en los comentarios al anuncio de Dans, en el que, más o menos escondida, la farándula no pudo ocultar su pánico. Y el pánico no venía de lo que el anuncio de Dans tenía de convocatoria sino de lo muy abonado que empieza a estar el campo para que algo así sea seguido.

El 15-M demostró que la Red es un poder fáctico real; demostró que, contra la imposibilidad de hacer revoluciones en la Red, tan cacareada por quienes tienen un miedo cerval a que sí sea posible, las revoluciones pueden, cuando menos, empezar en la Red. El recuerdo de la pillada en bolas que supuso para el enemigo aquel 15 de mayo de 2011 servirá de regocijo para muchos durante mucho tiempo.

Si el 2011 ha sido el año en que los ciudadanos hemos salido a la calle cargados de ira, 2012 habría de ser el año en que empezáramos a castigar severamente, duramente, despiadadamente, a quienes, viviendo de nuestro dinero, pretenden imponernos sus reglas a la trágala. Y vencer. Hacerlos pasar por el aro y estrechar cada vez más ese aro. Y que gane quien quiera las elecciones: nuestras compras han de ser nuestros votos; sus balances han de ser nuestro poder; sus cuentas de resultados han de ser nuestro objetivo. Recordemos la enseñanza de la historia: ni siquiera Franco pudo con un boicot y tuvo que claudicar.

Por una vez, «La Noria» mostró el camino.

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Comentarios

  • Víctor R. Ruiz  On 30/12/2011 at .

    Hay boicots y boicots y los ejemplos que pones no están al mismo nivel. No es lo mismo dejar de ir al cine o dejar de comprar un libro que impedir su venta, o impedir que un medio de comunicación entreviste al familiar de un criminal (o ya puestos, a un dictador, ¿no aplaudimos con las orejas a Ana Pastor cuando estuvo en Irán?). Eso me recuerda a los piquetes “informativos” en las huelgas, tratando de impedir que otros trabajadores no ejerzan su libertad para decidir.

    Por más que me parezcan repulsivos esos contenidos, el boicot sería ignorarlos o criticarlos, incluso denunciarlos en caso de que vulneren la legislación. Pero los argumentos que he leído en los casos que citas me ponen los pelos de punta: “es que no todo es opinable”, “es que eso es telebasura”. Los que hace unos años luchaban contra lo “políticamente correcto” ahora alzan esa bandera cuando el viento sopla a su favor, personas que ni conocen el contenido del libro más allá de la portada ni son la audiencia habitual de Telecinco: piquetes que tratan de impedir que otros lean o vean contenidos que no son de su gusto.

    Un gran poder lleva una gran responsabilidad. Los boicots promovidos en Internet no son nada nuevo. Los han venido utilizando desde hace años plataformas como Hazte Oir, para imponer una visión particular del mundo (en contra del derecho al aborto, entre otras cosas). Y si alguien tienen que perder con el uso indiscriminado de “masas enfurecidas” son los que practican el pensamiento crítico, poco dado a reforzar prejuicios.

    Me parece muy triste tener que defender la libertad de expresión de opiniones con las que no estoy de acuerdo con personas con las que, en general, sí lo estoy. La Noria mostró un peligroso camino.

  • John  On 30/12/2011 at .

    A veces me encantaría poder hacer un boicot, como consumidor, al Estado. Dejar de consumir, es decir, de pagar impuestos. Pero no puedo. Porque estoy obligado a ello. Tanto si su producto es bueno como malo, tanto si sus gerentes son éticos y responsables como si no lo son, no puedo dejar de consumir el producto. Por eso prefiero mil veces el mercado.

  • Ryouga  On 31/12/2011 at .

    Completamente de acuerdo, deberíamos tener en cuenta nuestro poder como consumidores!

    Por ejemplo estoy cansado de oír a la gente quejarse de que países como China producen mas barato debido a sus sueldos y condiciones de trabajo miserables atrayendo a todos los empresarios sin escrúpulos (valga la redundancia) ,luego estas mismas personas que se quejan amargamente compran carisimas deportivas fabricadas en países del este y así nos va.

    Por favor un poco de reflexión antes de comprar!

  • asmpredator  On 01/01/2012 at .

    Si nadie les consume desaparecen, esa es la realidad , que se preparen pues a asumir las consecuencias de sus abusos, al final el pueblo tendrá la palabra mal que les pese.

  • Jordi  On 01/01/2012 at .

    La idea del poder del ciudadano como consumidor me parece sumamente interesante.

  • electroduende21  On 02/01/2012 at .

    Ellos viven de “caer bien” al público. Simplemente una campaña divulgando el desprecio que nos tienen al 99% cuando ellos viven de sus SICAV’s (Ej, P.Almodovar) puede hacerles mucho daño. No van a ganar el cariño del público abusándo contínuamente de él.

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