Monthly Archives: enero 2012

Tweetcallando, que es gerundio (y 2)

De la serie: Correo ordinario

Mi artículo de ayer recibió, como podéis ver, una respuesta bastante desabrida de Ricardo Galli, en un tono que me sorprendió porque parecía querer defenderse de una agresión que, en definitiva, no se había producido, llegando incluso a insinuar mala fe en mis argumentaciones. Todos podéis leer mi artículo y constatar que me limité, en lo que a él y a Dans se refiere, a expresar mi desacuerdo con sus opiniones para el concreto caso que nos ocupaba, que era el famoso anuncio de Twitter de borrar mensajes geolocalizadamente en función de un contenido eventualmente -es necesario recalcar lo de eventualmente– ilegal en el país en cuestión. Sin más. En fin…

Hoy he leído una intervención más sobre el asunto, la de Manuel Almeida en su blog Mangas Verdes, una intervención muy estudiada, muy reflexiva, con la cual estoy, en general, de acuerdo, si bien con algunos matices en los que no voy a entrar. Pero como análisis me parece muy válido. Y ese análisis me lleva a extenderme en algún aspecto que solamente insinué en mi réplica a Galli. En esa respuesta, venía a decir, ya para finalizar, que los ciudadanos estábamos un tanto vendidos en manos de empresas y que, a semejanza de los viejos -y no tan viejos- tiempos del software libre, nuestros instrumentos de comunicación deberían estar en manos de fundaciones o de ONG. Recordemos que, desde el mundo de la empresa, nadie le pudo plantar cara al monopolio del navegador de Micro$oft hasta que llegó la fundación Mozilla. Quizá en el caso de las redes sociales haya que seguir el mismo camino.

No, Twitter no es el demonio o, si lo es, lo es en la misma medida que Facebook, que Google o que Micro$oft, los cuales en su día ya cedieron al chantaje censor de regímenes dudosos… o, en algún caso, no tan oficialmente dudosos. El problema no está en esta o en aquella marca, sino en el hecho empresarial mismo.

Se suele decir que el dinero es cobarde y, bueno, quizá algo haya de ello, pero lo que sí es cierto (y ello justificaría la cobardía) es que el dinero es tremendamente volátil, que nada es para siempre y que hoy puede uno estar llenando cajones de billetes y mañana, quizá hasta sin saber por qué, puede acabarse de golpe y para siempre el flujo. Los gobiernos lo saben y cuando se enfrentan a una empresa no incardinada en un potente lobby aprietan las tuercas sin contemplaciones.

Sumemos a esto que las redes sociales se han mostrado, sobre todo durante este último año 2011, como un instrumento poderosísimo de comunicación ciudadana merced al cual se ha canalizado la acción que ha derribado algunos gobiernos, hecho tambalear a otros, poner contra las cuerdas a algunos más y meter muchísimo miedo a prácticamente todo el resto. No sorprende, pues, que todos aquellos gobiernos, incluso los teórica y oficialmente democráticos no atados por una constitución redactada cuando no podía preverse un fenómeno así, se hayan lanzado como lobos a morder fuerte el talón de Aquiles de estos medios: el dinero; si me fastidias, te bloqueo; y los demás, andan masturbándose las meninges a ver cómo pueden ponerle puertas a ese campo sin que sus jueces las derrumben. Y, obviamente, la respuesta de la práctica totalidad de estos medios ha sido transigir, tragar. Google y Micro$oft tragaron en China, donde hay un mercado enorme y prácticamente virgen, si bien Twitter dice que no, que no pasará por el aro en países como China aunque ello le cueste ese mercado (Manuel Almeida lo duda); Micro$oft y Facebook tragaron en Estados Unidos, pero no Google… totalmente.

Por tanto, por más que podamos comprender la actitud como empresas de quienes poseen esos recursos, lo cierto es que los ciudadanos, ahora que habíamos encontrado la vía de penetración idónea, no podemos renunciar a ellos, ni por intereses de empresa ni por nada. Sobre todo porque es la única vía que tenemos.

La única solución que se me ocurre es la apuntada: un proyecto de red social realizado por un colectivo sin ánimo de lucro organizado de la manera que resulte más eficiente. Está dicho pronto, claro. Primero, porque ese colectivo habría de serlo a un nivel global: ahí no sirve un proyecto puramente nacional, o de algún otro modo local, porque sería aplastado fácilmente incluso en su propio germen. Pero un proyecto a nivel global no surge o no se organiza así por las buenas. Segundo, porque se necesita una financiación y esa financiación vuelve a ser el punto débil: no puede fiarse a la publicidad, porque la publicidad la contratan empresas que, por propia naturaleza y por lo dicho antes, son presionables; no puede depender de un patrocinio por lo mismo: si te quieres cepillar el proyecto Mozilla, presiona a Google para que deje de apoyar a su Fundación. Incluso Wikipedia, que teóricamente recauda en plan limosnita cada año, goza de aportaciones corporativas de cierta consideración, lo que mantendría el modelo en el exacto precario que queremos evitar.

No sé cómo tendría que hacerse, la verdad, pero lo veo como una necesidad perentoria. El anuncio (y la intención) de Twitter es intrínsecamente grave, pero lo es muchísimo más como signo de debilidad, como constatación para los gobiernos que pinchando ahí duele y sale sangre. Es el primer paso (o el segundo, o el tercero) para neutralizar a las redes sociales. Y a medida que las redes sociales potencien la eficacia y la fuerza de movimientos ciudadanos al estilo de la primavera árabe o de neustro 15-M, la presión será más y más fuerte y se adherirán a ella más y más gobiernos. Las empresas que gobiernan las redes sociales deberían ser más conscientes, como dice Almeida, de que la libertad de expresión es su negocio y de que restringirla o permitir que sea restringida es restringir su negocio y su propia expansión, pero mucho me temo que esas empresas trabajan con la vista fija en el corto plazo. O quizá porque vivan en el convencimiento de que el flujo social intrascendente -el amontonamiento de tonterías que ha llevado a muchos de nosotros a abandonar Facebook- será suficiente para mantener el negocio en segmentos altos de beneficio. Puede que, en ese caso, no se equivoquen, pero si se equivocan, cuando se den cuenta del error, será tarde.

Para ellos y para nosotros.

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Tweetcallando, que es gerundio

De la serie: Correo ordinario

Como ya sabe todo el mundo a estas horas, Twitter anunció la semana pasada el establecimiento de la censura, de una censura la medida de cada país (de cada régimen), pero censura, en definitiva. Bajo el subterfugio de adaptarse a los límites de cada país en materia de libertad de expresión, Twitter va a borrar todo aquello que no sea grato al régimen local, aunque, eso sí, lo mantendrá intacto para que sea visto en otros países. En otras palabras: de la primavera árabe en Egipto, hubiéramos estado muy bien informados los europeos o los americanos, pero los egipcios no se hubiera enterado. Así que ya ves qué gracia.

Por más que algunos de los grandes gurús (Enrique Dans y Ricardo Galli, como más caracterizados) lo hayan encontrado la mar de natural, lo cierto es que no lo es. Y no sirve de justificación el hecho de que, en definitiva, Twitter es una empresa, un negocio, y que ha tenido que evitar como mejor ha podido o sabido que cada país afectado lo cierre por entero. Parece razonable, sí, pero es inevitable que la decisión sugiera un regusto de complicidad con ciertos regímenes abominables.

Precisamente a lo que hay que acostumbrar a los regímenes abominables es a que la Red es un todo y que, aunque técnicamente se pueda hacer, no es política ni, sobre todo, comercialmente, posible tomarla a la carta, que una Red a la carta es una Red devaluada que no genera negocio, que no genera dinámica económica, que no genera PIB. Si fuera de otra manera, haría mucho tiempo que Estados Unidos la hubiera expurgado muy en profundidad hace ya años, y no sólo por lo del copyright.

Si todos los recursos de la Red estuvieran subordinados a los límites de cada país en materia de libertad de expresión, desde luego que no hubiera existido la primavera árabe, pero tampoco hubiera existido -por poner cosas bien próximas- ni el manifiesto contra la Ley Sinde, ni el 15-M, ni Wikileaks, ni Anonymous, ni ningún vector de los que estamos utilizando para intentar recuperar nuestra condición de ciudadanos; porque los límites a la libertad de expresión si no están, se inventan y, a las malas, ya tenemos las pintorescas interpretaciones constitucionales y de directivas europeas del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional.

Twitter muestra el camino que no queremos que emprenda la Red porque, si lo emprende, estamos perdidos, se va al garete nuestra última oportunidad para comunicarnos entre nosotros, para vectorizar campañas distribuidas. Porque la mayoría de estas campañas empiezan dándose a nivel nacional y no internacional, y si Twitter (y quien dice Twitter habla de Facebook o de cuales quiera otra red social) las capa a ese incipiente nivel nacional, nos pone la Red en compartimentos estancos.

Porque el problema no es Twitter, sino el conjunto de redes sociales, que entonan el mal de muchos: si la competencia hace lo mismo que yo, no experimento pérdidas por causa de esa competencia. Lo que ahora anuncia Twitter que va a hacer o que acaba de comenzar a hacer, ya lo está haciendo Facebook y lo hace Google (recordemos cuán vergonzosamente cedió ante China), igual que Micro$oft. Y el problema es que los usuarios, en vez de dar valor a lo que no cede ante el chantaje, lo despreciamos por pequeñito o por poco conocido, y seguimos en manos de lo que contribuye a la existencia de regímenes brutales.

Porque lo que hace Twitter (y los demás) es exactamente eso: contribuir y facilitar la existencia de regímenes brutales. Y me atrevo a pronosticar que contribuir asimismo, a que regímenes todavía presentables en esta materia, vayan deslizándose hacia la censura. Conviene no olvidar que la tentación censora asoma su putrefacta nariz a poco que la libre expresión se convierta en algo colectivo e indisimulable. Recordemos la falacia constitucional de la libertad de expresión cuando el legislador sabía que, más allá de la taberna, de la pintada o del fanzine mal podía ejercerla el ciudadano si no era propietario de un medio de comunicación. Pero ahora tenemos Internet y la falacia se ha derrumbado, ahora sí podemos ejercerla… siempre que ellos, el enemigo, los políticos, no logren tomar el control de los instrumentos que utilizamos para comunicarnos. Y lo que ha hecho Twitter, en su ámbito (otros ya lo han hecho en el suyo) es precisamente eso: entregar al poder los instrumentos del ejercicio de la libertad de expresión.

Me inquieta que gente como Dans y Galli, verdaderos líderes de la Red española, por más comprensivos que sean con las necesidades y limitaciones empresariales, no sepan ver esto, no sepan ver que sólo podremos recuperar nuestras libertades mediante una red libre. Por más que he intentado comprender sus argumentos, sólo lo he conseguido en parte, y esa parte se ve absolutamente ahogada por todo lo demás.

El paso que ha dado Twitter no sólo es incomprensible e inaceptable, sino que es nefasto. Otra cosa es que, por más que a muchos les guste hacerse el revolucionario de sofá, la realidad es que el activismo es minoritario y los twitterout sean tan difíciles como que la gente abandone una cosa tan cara y superada como un sistema operativo de Micro$oft, pero realmente es lo que procedería. Pero parece que los enganchados a Facebook no pueden prescindir de él y los enganchados a Twitter, tampoco. No me extraña que pese a disponer [todavía] de un instrumento tan magnífico como es la red, nos la sigan metiendo doblada cuando quieren.

¡Qué cara vamos a pagar tanta indolencia!

País

La patada en la puerta

De la serie: Correo ordinario

Había algunas cosas en el caso MegaUpload que me traían mosca, y no de ahora, no a raíz del asalto del FBI, quiero decir. Me refiero a que, a la luz de Napster (y mira que ya ha llovido desde entonces), me preguntaba cómo MegaUpload -y tantos otros- podían alojar en sus servidores contenidos sin autorización; por más que no los subieran propiamente ellos y se encogieran de hombros diciendo que eso lo hacían sus clientes y que ellos sólo ponían el servicio. El caso es que tener todo ese material en unos servidores propios los hacía vulnerables a un ataque como el que han sufrido o a otros parecidos, quizá menos espectaculares pero de igual resultado. Y, sobre todo, me preguntaba por qué MegaUpload -y tantos otros- han estado ahí tantos años y tan tranquilos pese a las iras, cada día más furibundas, de la muchachada del copyright.

Me preguntaba -y me sigo preguntando- por qué la histeria industrial no cargaba contra esos tan expuestos servidores mientras sí lo hacía contra pájaros mucho más pequeños y, sobre todo, contra los intermediarios, siendo así que, muerto el perro se acabó la rabia, caído MegaUpload y retirados de servicio activo otros hermanitos (cuando las barbas de tu vecino veas pelar…), las páginas de intermediarios, las tan odiadas páginas de enlaces, se han derrumbado estrepitosamente. Lo que, por cierto, provoca la graciosa situación de que la Ley Sinde se ha quedado como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, diseñada para cepillarse unas páginas de enlaces que ahora ya no enlazan a nada; es decir, PSOE, PP y CiU han pagado un precio político, han sufrido un desgaste considerable -sobre todo el PSOE- por atender a la voz de su amo… finalmente para nada, porque el amo los ha dejado, por la vía rápida, con el culo al aire. Ya se ha dicho siempre aquello de que Roma no paga a los traidores.

Hasta ahora nos contado que la investigación sobre MegaUpload venía de lejos (dos años) y que la protesta contra SOPA no tenía nada que ver, llevándonos arteramente a creer que el asalto a MegaUpload era, precisamente, una represalia contra esa protesta y, quizá, un aviso a navegantes. Pero ahora asoma por el horizonte la posibilidad de que MegaUpload tuviera ya preparado para ejecución inminente un proyecto que sí iba de verdad a hacer daño a la industria. La verdad es que la coincidencia mosquea, sobre todo cuando se vuelve a la idea de la cantidad de años durante los que MegaUpload operó tranquilamente pese a toda la escandalera. ¿Puede interpretarse que a la industria del ocio le interesa la existencia de la piratería y que el mal puede estar, precisamente, en que la piratería deje de serlo? ¿Teme la industria del ocio la aparición de nuevos -y perfectamente legales- modelos de negocio que no sólo no pueda controlar sino que puedan dar al traste con el suyo propio? Ahí queda eso, en todo caso…

Y, bueno, como era previsible, el personal ha regresado al viejo mete-saca, como se decía en aquella Naranja Mecánica de Burgess-Kubrick, es decir, a las redes P2P, a los torrents, a la artesanía clásica, y los olvidadizos de los antiguos hábitos vuelven a clamar por los foros para que alguien les recuerde cómo diantre se mapean los puertos. Caramba, casi se tiene la sensación del viejo marino que, después de años tierra adentro, vuelve a la orilla del mar a oler el aroma del aire cargado de salitre.

Mientras tanto, los corifeos de la industria del cachondeo largan impúdicamente sus bulos: que si la gente se ha lanzado a las salas de cine, que si están comprando como descosidos en los sitios legales… Nada, bolas así de gordas. Puede que en lo último, en los lugares de descargas autorizadas, sí que haya habido algún incremento, pero nada sustancial y meos aún las cifras con las que mienten con toda su inmensa jeta. Su único motivo de diversión, este sí, es el pánico generalizado que atenaza a los servidores cargados de contenidos no autorizados y el derrumbamiento, obvio, de las páginas de enlaces. Diversión que, por otra parte, tiene fecha de caducidad; incierta, al presente, pero la tiene. Pueden tener por absolutamente seguro que decenas de miles de manos están ahora mismo sobre los teclados tratando de desarrollar alternativas tecnológicas que hagan más eficiente y más impune la descarga. Y todo ese trabajo, en la inmensa mayoría de los casos, se está llevando a cabo sin el menor ánimo de lucro porque el odio incendiario que ha generado la rapacidad y la brutalidad del entorno del copyright es, por sí mismo, para muchísima gente, incentivo suficiente para los mayores esfuerzos. Por tanto, ya veremos cuánto tardan en volver los lloros y los clamores por lo mucho que les roban todo tipo de presuntísimos ladrones, piratas, filibusteros, corsarios y demás navegantes del no menos presunto mal vivir.

Sin embargo sí que ese asalto puede dejar unos daños colaterales de importancia, como es tan habitual cada vez que los norteamericanos entran por el sendero del mamporro y tentetieso. Me estoy refiriendo al ya recurrente hecho de la gente que utilizaba MegaUpload como alojamiento in the cloud de su documentación personal o profesional. Eso sí: no me gusta ser fariseo ni tomar por tontos a quienes me leen incluso en el hipotético caso de que algunos pertenezcan a las filas del enemigo. De ahí que rasgamiento de vestiduras y mesado de barbas, el justo. Y, en su virtud, diré que me cuesta mucho creer que empresas de envergadura y profesionales serios confiaran su documentación a inventos como MegaUpload que, por lo dicho ya al principio, ello constituiría una opción de riesgo. Por tanto, los daños colaterales cometidos sobre algunos presuntamente inocentes usuarios de MegaUpload, las víctimas de ese Guantánamo virtual al que hacía acertada referencia Víctor Domingo, tienen relativamente poca entidad, incluso en proporción al número total de usuarios de la cosa.

Sí me preocupa, en cambio -y debería preocupar a muchos-, como precedente. Porque el estricto precedente es que una compañía que se dedicaba a la cesión de espacio en servidores para alojar archivos particulares mediante e pago de una determinada cuota (es decir, un prestador de servicios TIC), ha sido tumbado por el uso que algunos -pocos o muchos- de esos particulares han hecho de ese espacio. La culpabilidad o inocencia en una posible tolerancia de ese uso por parte de los directivos de la empresa ya se determinará judicialmente, pero los jueces hablarán a toro pasado, y eso es lo grave. Eso es lo que queríamos impedir con la Ley Sinde y eso es lo que se pretendía impedir con la oposición a SOPA: la acción ejecutiva pre-judicial.

Porque lo que ahora ha quedado comprometidísima es la viabilidad de una de las tendencias de futuro más claras y más importantes de la Red y, por ende, uno de los negocios de mayor auge previsible, que es el hosting para el trabajo on the cloud en el que, además, muchas empresas estaban estudiando fiar, como clientes, la eficiencia de una alternativa a mantener un costoso sistema de servidores propios. Los daños causados, pues, por el pistolerismo norteamericano a beneficio del copyright pueden ser cuantiosísimos. Incluso para la propia economía norteamericana, con mucho más futuro en el desarrollo tecnológico que en los shows de la industria peliculera. Porque lo que se ha hecho tiene un nombre: responsabilizar al prestador de servicios por los contenidos de sus clientes. Esta tendencia ya la inauguró el Tribunal Supremo español, contra lo dispuesto en directivas europeas, lo que sumió a toda la industria tecnológica española en una inseguridad tremenda; ahora la reafirma, por vía ejecutiva y pasando directamente de jueces, la administración norteamericana y a efectos del entero mundo.

Veremos qué nos trae el futuro. Queda la esperanza de que los jueces norteamericanos declaren ilegal la acción del FBI y eso contribuiría mucho a tranquilizar a los prestadores de servicios TIC de todo el mundo que han quedado ahora en la cuerda floja. Muy floja. Pero esa decisión judicial va a tardar, me temo unos cuantos años, demasiados. Los daños van a ser tremendos.

El odio al copyright acabará pronunciándose como un juramento en los consejos de administración. Al tiempo.

Pearl Harbour

De la serie: Correo ordinario

Alguien dijo ayer que el número montado por el FBI para cerrar MegaUpload era en todo comparable al ataque de los japoneses a Pearl Harbour, recordando que éste provocaría una intervención en la Segunda Guerra Mundial que cambiaría el curso de ésta y, en definitiva, de la historia.

Está por ver. Está por ver si es para tanto… o si será para más.

La comparación con Pearl Harbour está bien hallada. Algunos han dicho que ayer empezó una guerra, la World War Web, pero yo creo que eso es inexacto, que esta guerra hace ya años que está desencadenada y que ya ha causado víctimas en los dos bandos: gente arruinada, caídos y desaparecidos en combate, zonas (virtuales) desoladas… Incluso en el curso histórico a largo plazo se encuentran antecedentes lejanos de lo que ahora está sucediendo: muchos hemos explicado con prolija reiteración que el tema del lagrimeo cocodrilesco por la piratería existe, como poco, desde hace cien años; y muy probablemente podríamos remontarnos a hace cuatrocientos o quinientos, ya en las épocas inmediatamente anteriores a la implantación del copyright en el mundo anglosajón y de las cédulas reales en el mundo hispano.

Se produce, además, en el contexto de la polémica sobre la llamada SOPA, un normativa norteamericana muy similar a la de nuestra Ley Sinde (que aún colea y lo que te rondaré, morena). El FBI lo ha negado, diciendo que llevaban dos años investigando a MegaUpload, que no es una operación improvisada, pero este argumento creo que demuestra justamente lo contrario: que siendo una operación de tan antigua procedencia y de tal largo alcance, no le venía de una semana o de un mes. Aunque quizá no atinemos a adivinar qué tecla concreta toca el asalto a MegaUpload en el piano de la SOPA, está claro que forma parte de la misma partitura.

Bueno, y, en definitiva… ¿qué pasa con MegaUpload? Pues absolutamente nada. Que habrá tres o cuatro fulanos que, tras un larguísimo y costoso proceso e inacabables recursos, quizá den con sus huesos en presidio (quizá así, entre rejas, aprenderán que cuando se tienen negocios… raros… es mejor vivir con discreción y no darle tres cuartos al pregonero), que, de momento, unos cuantos millones de usuarios se quedan sin el método más rápido para bajarse by the face películas y música y que, en unos meses -quizá más pocos que muchos-, surgirá otra alternativa más eficiente, más completa… y más dañina para la ambición de los talibanes del copyright. El caso Napster es ya un argumento recurrente en toda la red, por eso no lo ilustro con ningún enlace: basta con navegar un poquito en el ámbito del tema para encontrar la alusión en cuestión de segundos.

Puede no obstante, hacerse algún análisis e intentar algún ejercicio de prospectiva.

En el ámbito del análisis, me llama la atención -lo decía anteayer mismo en Ràdio 4 hablando de la SOPA- una diferencia entre la resistencia española y la norteamericana: la resistencia española contra la Ley Sinde tuvo un origen y un desarrollo puramente ciudadano, mientras que en la resistencia contra la SOPA se implicaron empresas tecnológicas potentísimas (y aún hubo unas cuantas que chaquetearon: si la cosa se pusiera más negra, el número de empresas resistentes aumentaría sustancialmente en cantidad y en potencia de fuego). Eso nos lleva a una triste constatación: en España no hubo resistencia empresarial porque no existe empresariado tecnológico, más allá de las telecos, que pasan de todo porque, de un modo u otro, su negocio está asegurado (en EE.UU. tampoco han presentado batalla contra la SOPA).

Esto puede ser importante porque ahí podría pasar como en la guerra de verdad: nunca una guerrilla ha ganado por sí sola una guerra; aunque fuera como remate final, para conseguir la victoria ha necesitado de un ejército regular o bien transformarse en uno la propia guerrilla. El ejército regular de la guerrilla ciudadana son las empresas tecnológicas; sólo podría prescindirse de éstas si esa guerrilla se convirtiera en un movimiento ciudadano amplio.

Movimiento ciudadano que constituye la segunda fase de esta guerra en Estados Unidos: los esfuerzos de los dos bandos van a dirigirse ahora hacia el amplio sector de la ciudadanía que aún no está en red. Y va a ser curioso ver cómo lo hacen y ver cómo resulta, porque vamos a asistir a una competición entre el glamour holliwoodiense y el empresariado que muy bien pudiese representar la recuperación económica, entre el raro placer en la contemplación de un lujo inalcanzable, sólo asequible a una bautiful y una siembra de puestos de trabajo que serán para todos.

En el caso norteamericano conviene no olvidar un factor importantísimo, esencial: que el tema Hollywood allí sí que es cultura de verdad. Me explico: todo el tiglado del ocio está al servicio del expansionismo norteamericano. Hace dos mil años, el imperio dominante emprendió la romanización de sus posesiones, romanización que no era la simple imposición de sus legiones sino algo mucho más profundo: la inyección de una entera cultura en los pueblos hasta el momento sojuzgados. Si vestimos pantalones vaqueros, si todas las fiestas navideñas tenemos a esa porquería triglicérica vestida de CocaCola, si últimamente nuestras fiestas de difuntos se van trocando por esa imbecilidad de halloween, si nuestras casas se parecen cada vez más a las de ellos, todo eso viene de Hollywood. Y sólo he hablado de signos externos: si nos fuéramos a las profundidades abisales de lo ideológico, la homogeneización resultante la veríamos muchísimo mayor. Por eso, el que Hollywood siga siendo lo que es, tiene para los Estados Unidos una importancia muchísimo mayor que el enriquecimiento brutal de cincuenta o cien consejos de administración, por poderosos que éstos sean. Es interesante tener esto bien claro para constatar qué clase de enemigo nos ha declarado la guerra.

Y ahora vamos a la prospectiva: ¿podría ser el dominio tecnológico una alternativa al dominio cultural? No lo sé, la verdad. Eso ya es cosa de sociología de altos vuelos y no sé definirme. Así, desde mi limitada perspectiva pienso que, aún como simple posibilidad, debería considerarse. En todo caso… Recuerdo una viñeta en uno de aquellos entrañables almanaques Agromán, en la que se veía a un soldado armado y equipado hasta los dientes ante un letrero que rezaba «Haz el amor y no la guerra», y el soldado decía: Y pudiendo hacer las dos cosas… ¿por qué privarse de nada?. El acuerdo entre las dos partes en pos de un único fin beneficioso para ambas, no sólo es posible sino muy probable. Que nadie piense que la industria tecnológica norteamericana cargará contra interese vitales norteamericanos.

Pero esto ya es, casi casi, geopolítica. ¿Qué puede pasar a corto o medio plazo?

Yo creo que quienes sueñan con el hundimiento de Hollywood y, en general, con la actual industria del entretenimiento, se equivocan. Basta con ver la historia: ante la aparición de nuevos modelos de negocio, la industria tradicional resiste encarnizadamente hasta el último momento… último momento en que se sube al carro del vencedor. Mientras tenga un dólar que ganar con el modelo clásico, no lo abandonará; pero cuando el hundimiento del modelo clásico sea verdaderamente inminente, cuando el colapso esté ya ahí, los viejos barraganes abandonarán el barco… para tomar el mando d una motonave ultramoderna. Repito, mirad el panorama: las mismas marcas, los mismos logotipos (quizá evolucionados, pero los mismos), las mismas empresas que hace cincuenta años. Con algunos agentes nuevos, claro, pero básicamente las mismas marcas. Los que combatieron los discos, acabaron fabricándolos; y lo mismo cabe decir de las cassettes, de las cintas de vídeo y de todo el material pirata contra el que pusieron el grito en el cielo. Acabarán entrando en la red y, en ella, seguirán siendo tan poderosos como antes. A menos, claro, que haya un cambio histórico, pero este habría de venir, probablemente, por otro lado y constituir el hundimiento de esa industria un efecto secundario. No puede predecirse tal cosa.

Sí que está en nuestra mano -en términos colectivos- precipitar ese colapso que lleve a la industria a adoptar los nuevos modelos de negocio, lo cual llevará automáticamente a normalizar la situación; y la industria tecnológica se ha manifestado claramente interesada en llegar a ese colapso (quizá, entre otras cosas, porque tiene mucho que ganar prestando servicios a la industria del entretenimiento).

Tenemos por delante desafíos inmediatos: el primero, va a ser el ya llamado Marzo Negro, promovido por Anonymous, una campaña que se va extendiendo por las redes sociales, consistente en que durante todo el mes de marzo, no se adquiera ningún contenido de esa gente, ni siquiera a título gratuito: no ir al cine, no comprar DVD, ni tampoco descargarse películas ni gratis ni pagando; no asistir a conciertos, no comprar discos y no descargarse música, ni gratis ni pagando. El propósito es realizar una demostración de fuerza metiéndoles un agujero negro en sus cuentas anuales de forma que el enemigo constate también el poder del consumo activista y se dé cuenta de con quién se está jugando los cuartos. El segundo desafío es el cumplimiento (o no) de la predicción Napster: ver si, efectivamente y tal como se viene vaticinando ampliamente, surge a corto o medio plazo una alternativa a MegaUpload -o una serie de ellas- mucho más eficaz, de mucha mayor envergadura, que cause un daño mucho mayor aún al enemigo.

La baza está en nuestras manos, el poder lo tenemos nosotros, lo he dicho muchas veces. La decisión que debemos tomar es, pues, si nos vamos a comportar como ciudadanos libres o como súbditos gilipollas.

No me hago muchas ilusiones.

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