Archivo mensual: enero 2012

Fiesta en la radio pública

De la serie: Pequeños bocaditos

Se cumplen hoy 75 años de la primera emisión de Radio Nacional de España. En condiciones luctuosas e indeseables, pues nació en plena guerra civil como medio de propaganda de uno de los bandos (el franquista, obviamente). Pero eso ya es historia.

Mi impresión personal, no sé si generalizadamente compartida o no, es que Radio Nacional de España es uno de estos casos, tan típicos en nuestro cutre país, en que tenemos algo de calidad y no lo apreciamos. Yo no sé si será exagerado comparar a RNE con la BBC, quizá sí, pero lo cierto es que Radio Nacional constituye una cadena de emisoras públicas, tradicionalmente llevada adelante por profesionales de fuste, que ha mantenido un muy alto estándar de calidad por encima de los oleajes partitocráticos que ha tenido que sufrir. Quizá porque, menospreciada la radio pública en favor de la televisión por parte de las ratas de los partidos, las agresiones manipuladoras han sido menos intensas y menos difíciles de soslayar.

Tres cuartos de siglo que hoy celebran unos profesionales pero que deberíamos celebrar, y con mucho fasto, todos los españoles. Una radio que nació como instrumento de propaganda al servicio de media España, es hoy la radio de todos, y es un medio de comunicación público de muy alta calidad.

Felicidades, pues, a todos los profesionales que han hecho posible esa historia y ese nivelón y felicitémonos, más que nadie, todos los españoles. Aunque la inmensa mayoría del paisanaje o no se entere o no le importe.

Y así nos luce el pelo.

Mecachis en la mar

De la serie: Pequeños bocaditos

La realidad puede muchas veces consagrar situaciones tan estúpidas que no tendrían credibilidad ni en el cine. Por ejemplo, con el asunto este del barco, el Costa Concordia. Desde el domingo, en que se conoció la noticia, todos los expertos se han preguntado cómo es posible que a un barco nuevo y con la tecnología más avanzada le pase algo como esto, que embarranque. Después, a medida que fueron sabiéndose más cosas, nuestra capacidad de asombro fue siendo puesta a prueba: primero, el barco que, desviándose mucho de su ruta (tendría que haber dejado la isla de Giglio a estribor, como puede verse incluso en los mapas de Google) pasó por el otro lado y se acercó excesivamente a tierra, cosa que, además, hacía habitualmente, si hemos de creer al alcalde del pueblo; segundo, la razón de acercarse más aún de lo imprudentemente habitual: el capitán, en plan amo del cortijo, quiso obsequiar al mâitre de a bordo acercándolo a su pueblo a fin de mejor saludar y ser saludado por sus paisanos. O algo así, porque la cosa sigue pareciendo increíble. En todo caso, ni al mismísimo Gila se le hubiese ocurrido llegar tan lejos.

El signore capitano embarranca 140.000 toneladas de barco de lujo y pone en peligro a 4.000 pasajeros y tripulantes (tan en peligro que, en el momento de redactar estas líneas se contabilizan ya siete muertos y dieciocho desaparecidos sobre los que cabe poco o ningún optimismo) porque quería hacerle una gracia al mâitre. Parecería que, en vez de Costa Concordia, el barco hubiera debido haberse denominado Costa Valencia, porque sólo Camps y su Bigotes hubieran podido montárselo igual de cutre.

Alucinante.

Con todo el respeto al drama de los muertos y desaparecidos y al sentimiento de sus deudos, un acontecimiento tan chabacano sólo me remite a los párrafos de una conocida habanera que ilustra muy bien lo que parece que sucedió:

Cuando en la playa la bella Lola,
su larga cola, luciendo va,
los marineros se vuelven locos
y hasta el piloto pierde el compás.

Ay que placer
sentia yo,
cuando en la playa
sacó el pañuelo
y me saludó

A ver si no.

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