Monthly Archives: febrero 2012

¿Pagar el terminal?

De la serie: Correo ordinario

Se acabó lo que se daba y ya tardaba: lideradas por Telefónica, las compañías de telefonía móvil van a dejar de subvencionar terminales. Bueno, es lo que nos dicen, pero la cosa tiene su truco: ya no subvencionamos terminales, pero sí los financiamos en cómodos plazos mensuales en 10 a 18 meses, con su buen porqué (eso que llaman intereses) y con el subsiguiente beneficio de la financiera de crédito doméstico adscrita a la Caixa. O sea que no te lo subvencionamos, pero te lo financiamos y, de paso, te tomamos de rehén igualmente, a través de la financiación, durante un año o año y medio. ¡Anda que iba a dar esa tropa puntada sin hilo…!

Pero algo de positivo tiene la decisión. Efectivamente, por más que a la mona la vistan de la Caixa, algunas cosas van, presumiblemente, a cambiar. De entrada, y eso es lo importante (y por eso hace tiempo inmemorial que la Asociación de Internautas pedía el fin de la subvención de terminales), la competencia entre compañías va a tener que centrarse en los precios, que es lo que, en definitiva, interesa. Termina, también, una política empresarial estúpida -y los costes de la misma han justificado sobradamente que podamos considerarla una estupidez- en que las compañías, en vez de fidelizar con buenas ofertas y buenos precios al cliente que ya tenían, despreciaban a éste y se afanaban en birlarle al prójimo el suyo. Hay que ver lo que han tardado en verlo claro esos acróbatas de las bussiness school, con la cantidad de años que hace que esto lo veía hasta la señora de la mercería (al menos, en los ratitos en que la $GAE la dejaba en paz).

Sospecho, por otra parte, que más que una súbita iluminación, les ha hecho caer del caballo (mejor dicho: bajarse del burro) la portabilidad a 24 horas a que en breve les va a obligar la ley. Una gestión de la portabilidad tan fulgurante impide la negociación, el tratar de recuperar al cliente con una oferta más atractiva de las que ofrecían -los muy sinvergüenzas- en primera instancia; con la portabilidad en 24 horas, un golpe audaz de la competencia podía llevárseles por delante miles, quizá muchos miles de clientes, antes de que pudieran reaccionar. Así que muerto el perro de la subvención, se acabó la rabia de la portabilidad instantánea como peligro grave: los programas de precios son menos fulminantes porque la gente se los piensa más, no existe la compulsividad que se da ante un terminal de prestaciones fastuosas, que hace olvidar toda racionalidad, así que es menos de temer el ataque por sorpresa del enemigo.

Otra consecuencia previsible es el descenso a medio plazo del precio de los terminales una vez el mercado de los mismos sea verdaderamente libre. No me extiendo al respecto porque ya lo hice prolijamente hace poco más de medio año. Constatemos únicamente, en el artículo del CiberP@ís que se enlaza en mi post, cuan convencidísimos estaban los capitostes de las telecos de que los clientes apreciábamos mucho esto de la subvención y lo al cabo de la calle que estaban los capitostes en cuestión de que el sistema iba a continuar. En aquellos días no estaba ahí la portabilidad en 24 horas, claro.

Ahora será cuestión de vigilar muy atentamente las prácticas olipolísticas: conviene no olvidar que los operadores con red propia son tres y medio (Movistar, Orange, Vodafone y Yoigo) y que los operadores virtuales no son tampoco muchos, así que los acuerdos cocodrilescos para mantener el mercado en el redil apetecido no son nada difíciles. Y, vaya, qué casualidad, justo en el momento en que el Gobierno, en ciega obediencia a la propia Telefónica va a dejar convertida en agua de borrajas el sistema de reguladores de mercados. También es verdad, no obstante, que a los ciudadanos, la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones no nos servía absolutamente para nada, con lo cual, si la mejora va aser nula, en lo que a este ámbito se refiere, no cabe esperar un empeoramiento excesivo: antes mandaba Telefónica, ahora sigue mandando Telefónica y, después de la reforma, seguirá mandando Telefónica. Como si la reforma no llega, al final a buen término. Da igual: con la CMT, estábamos vendidos, así que nadie va a llorar su desaparición. Por eso tendremos que vigilar por privado, pero esto ya lo veníamos haciendo en la AI.

En fin, que vienen tiempos nuevos. Si las cosas siguieran su curso natural, habrían de ser mejores, pero yo, la verdad, no me fío ni un pelo. Ya hemos visto, de entrada, cómo, de alguna manera, van a seguir subvencionando terminales, aunque evidentemente no van a poder pasarse mucho con las exigencias no inherentes al crédito mismo o se les verá el plumero (y si el control de consumo no funciona aquí -que no funcionará- ya funcionará en Bruselas), así que habrá que estudiar con cuidado y cautela los nuevos sistemas tarifarios para ver por dónde nos la endiñan, porque seguro que, a estas horas, tienen la trampa más que diseñada. Pero si no se les permite cargar las tintas en las condiciones no financieras para acceder al crédito del terminal, veremos, probablemente, una expansión del mercado, una expansión hacia el terminal libre que, por la fuerza de la gravedad competencial, terminará abaratándose dado que, además, empezarán a concurrir marcas nuevas que no habían osado poner pie aquí al no haber gozado de acceso al paraíso de los operadores. En definitiva, y siempre en las condiciones antedichas, veremos gran variedad de terminales, con distintas capacidades y, probablemente, incluso clónicos.

Por lo demás, si las compañías, muerto o enfermo el señuelo del terminal, no se ponen las pilas con la atención al cliente, que sigue siendo nefasta incluso en el mejor de los casos, las portabilidades en 24 horas van a hacer mucho daño a los operadores que utilizan compañías cutres de teleoperadores, que son casi todas.

Habrá que observar con atención. España ha sido siempre un mercado feudalizado por Telefónica y no creo que ésta lo suelte: en los casi veinte años que lleva privatizada, no hay artimaña limpia o sucia a la que no haya recurrido para mantener falsificado el mercado español, así que hay que esperar trampa por ese lado.

A ver cómo estaremos dentro de un año.

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Consell de barri

De la sèrie: El Congrés i els Indians

Ahir va tenir lloc el segon Consell de Barri del Congrés i dels Indians de la nova administració barcelonina i, novament, vaig experimentar un profund desencís. Desencís per tot.

Desencís, perquè, com a democràcia de base, els consells de barri -o, si més no, el de Congrés-Indians- són una paròdia: tot el peix que es ven -que tampoc és massa- es ven a les taules d’entitats i els veïns ja ens trobem pràcticament davant faits accomplis. Compte: jo no dic que les entitats no hagin de ser valorades, que el teixit associatiu no hagi de tenir la seva importància; però la seva, sense arribar a un grau que no és real.

Quina representativitat tenen les associacions? Aquesta és una pregunta que sovint es formula en l’àmbit habitual d’aquest bloc quan es parla de l’Asociación de Internautas. Quants socis té, l’Asociación de Internautas? I sempre responem que la representativitat -o la carència de representativitat- no ve determinada pel nmbre de socis sino pel volum d’adhesió de les seves iniciatives i accions. En un àmbit estatal, tenir 2.000 socis o tenir-ne 20.000 no n’hi posa ni n’hi treu massa, en matèria de representativitat. L’AI és representativa -quan ho és- perquè atreu el consentiment i l’adhesió de centenars de milers d’internautes, associats o no.

Val preguntar, doncs, quina representació tenen les entitats del barri presents a les diverses taules. Pel nombre de socis, francament molt poca; i les que tenen un nombre de socis una mica substancial (en termes relatius), són entitats de caire molt específic en la que, en terminis de política municipal o política de barri, no es pot presumir un consens social. Posem un exemple fictici per no assenyalar ningú. Imaginem una associació sardanista amb un nombre important de socis que és present -seguint posant per cas- a la taula del Canòdrom. El senyor Pepet, president de l’entitat, s’hi adhereix a un determinat projecte per al Canòdrom, però ell no ha estat escollit com a president de l’associació per les seves idees sobre el conòdrom sinó perquè és un senyor que ho fa molt bé gestionat l’entitat i ha aconseguit que aquesta sigui important en el món sardanista. És, doncs, representatiu el senyor Pepet (i l’entitat que ell arrossega com a president) de l’opinió generalitzada de la massa social (si és que aquesta té una opinió generalitzada)? Jo diria que no.

Les úniques entitats (i dispenseu si me’n deixo alguna, que és possible) que sí expressen una opinió generalitzada o, si més no, majoritària, de la seva massa social, són l’Associació de Veïns i la Plataforma Congrés-Indians. Ara bé: quina és la seva massa social. Desconec la de la Plataforma, perquè no hi pertanyo. Sí que sé la de l’Associació de Veïns, però tot i que no crec que sigui una dada secreta, prefereixo esser discret, atès que la conec com a soci, no en virtut d’una informació pública o externa. Però crec que no traiciono cap confiança ni dic res que no sàpiga tothom, si comento que és un nombre molt baix, que és un nombre que no permet, per sí sol, afirmar que l’Associació de Veïns és representativa de l’opinió general del barri. I pel que fa a la representativitat real, és a dir, a aquella representativitat que no està escrita al llibre de socis però que es manifesta en una adhesió col·lectiva clarament perceptible, si més no de fet… bé, hauré de dir, utilitzant una expressió contemporitzadora, que no està massa acreditada. Val a dir el mateix, pel que fa a aquesta representativitat real, de la Plataforma.

Això no s’ha d’entendre com una crítica ni als dirigents ni als projectes respectius, sinó més aviat com la constatació d’un estat de catatònia cívica de la què pateix el barri en proporció molt més alta que el comú de la ciutat o de la societat en general (que ja no és cap alegria). Lògicament, aquesta apatia cívica s’ha de reflexar tant en el llibre de socis com en l’adhesió social vers unes iniciatives que, ja per començar, són generalitzadament ignorades, amb tot l’ampli significat del verb ignorar: desconeixement i poc o cap esforç per accedir al coneixement.

Cosa, ja que hi som, que empalma amb un altre problema: l’assistència als consells de barri (sempre s’ha d’entendre que generalitzo allò que només he pogut veure al Congrés-Indians) està gairebé monopolitzada per la tercera edat. Més disposició de temps lliure? Més interès pel barri? No: un altre fenòmen que després veurem. Abans vull parlar d’aquest tema generacional.

Deia ahir el regidor que s’havia de fer alguna cosa per atreure el jovent. No, el problema més immediat no és la manca de jovent; abans que aquest està l’absència sistemàtica de les edats actives o més actives, de la gent entre 35 i 60 anys, dels caps de família, que constitueix el sector ciutadà -àmpliament entès- potencialment més potent (disculpeu la redundància): més potent per formació, més potent per nombre, més potent per capacitat econòmica i més potent per trametre ideologia (entenent això de «trametre ideologia» com la capacitat d’influir sobre altres -el nucli familiar- respecte del què ha de ser l’ordre natural de les coses). Aquesta és la generació que amb més urgència s’ha d’incorporar a l’acció cívica o, com la que ens ocupa ara, cívico-política i és la generació totalment absent si exceptuem alguns activistes veinals o representants associatius. Atreure els joves el quelcom que s’ha de fer a continuació, no abans. És més: si s’atreu al sector actiu, crec que el sector jove hi vindrà sol; si els joves adquireixen la impressió de què al consell de barri la gent de la generació del pare hi està tallant el bacallà, hi aniran a correcuita i sospito que en massa.

A més, el sector actiu és el que gaudeix d’un nivell més alt d’educació política. En absència d’aquest, els consells de barri es converteixen en vulgars -i improcedents- llibres de reclamacions. Em sap greu dir-ho, però és la meva honrada percepció de les coses: la presència majoritària de gent de la tercera edat (gairebé íntegrament nascuda i crescuda durant el franquisme) obeeix a què no acaba d’entendre correctament les fòrmules de democràcia de base (fins a on es pot dir que els consells de barri són una fòrmula de democràcia de base més enllà del simplement enunciatiu) i no se n’adona de la veritable naturalesa d’un consell de barri. Vivim en temps en què queda lleig dir-ho però, senyors, al consell de barri s’hi va a fer política, s’hi va a parlar de política. Al consell de barri es tracten projectes (com -tot i que malament- es va tractar ahir el pla d’actuació municipal), es tracten models, no es el lloc adient per queixar-se de les rates, de merdes de gos o de colom o de què el fruiter invaeix massa espai de vorera amb les caixes de pomes. Per aquestes coses ja hi ha serveis municipals de queixa, reclamació i denúncia i utilitzar per això el consell de barri és un més aviat patètic intent de saltar-s’hi uns serveis municipals que tenen els seus ritmes per acabar reclamant en un òrgan que, no havent estat concebut per a això, implica una burocràcia encara més gran, més enganxosa. Els serveis municipals han de respondre en trenta dies i sovint ho fan molt abans; el regidor us contestarà formulàriament («hi hem donat trasllat al servei corresponent»)… d’aquí a sis mesos. «¡Qué largo me lo fiáis!», deia el Tenorio. I l’Ajuntament ben content.

Ben content perquè així fuig d’estudi. Els consells de barri podrien ser un punt de control de l’acció política del govern municipal molt interessant si s’afrontessin correctament, si els ciutadans de tots els nivells econòmics, socials i generacionals hi participéssim activament i amb esperit crític i, sobretot, perquè prenguéssim efectivament el control d’aquesta crítica, sense deixar-nos pontejar per un fotimer de taules.

Ahir, quan es va obrir el llibre de reclamacions, vaig marxar. Decebut i avorrit.

Resurrexit alleluia!

De la serie: Esto es lo que hay

Unos cuantos estudiantes de Secundaria de un instituto valenciano salen a la calle protestando por los recortes a los presupuestos para la educación pública escenificándolos en la ausencia de calefacción en su centro; en esa protesta, cortan una calle y la policía, ni corto ni perezoso, arremete contra los mocitos, los asa a hostiazo limpio y detiene a unos cuantos -menores de edad- sin permitir siquiera la asistencia de sus padres. Eso, hace cuatro o cinco o seis años, hubiera provocado unos pocos centímetros de papel impreso -o quizá ni eso- y las protestas, tan enérgicas como minoritarias, de un par de ONG y/o de sindicatos estudiantiles. En febrero de 2012 ha puesto materialmente en pie a toda Valencia y ha supuesto movimientos de solidaridad y de protesta en toda España (en Madrid y Barcelona, muy importantes, para no decir -que se puede decir- masivos, en la Puerta del Sol y en la plaza de Sant Jaume).

Por más que sea cierto que la acción policial ha sido exagerada hasta la brutalidad misma y por más que sea cierto que la brutalidad policial, desde el pasado mayo, se está convirtiendo en una tónica común que, además, parece incrementarse, en condiciones normales de presión y temperatura los hechos iniciales no debieran haber derivado en lo que han derivado. Y ojo, que escribo esto cuando las protestas no sólo no se han apagado sino que parece que van a ser sostenidas a lo largo de varios días.

¿Qué está pasando? Pues que estamos, simplemente (y de nuevo), ante la ceguera de los políticos, de todos ellos, los que están en el poder, los que estuvieron y los que pretenden volver a estar en él.

El 15M fue, en su sentido más primario, el desbordamiento (afortunadamente civil y civilizado) de las compuertas de la ira ciudadana. Y no empleo la palabra ira a humo de pajas: precisamente la indefinición de alternativas de la que tanto se ha acusado al 15M viene de ahí, de que la gente en general, el ciudadano de a pie, como dije en el post más célebre de la modesta historia de este blog, no pretendía -ni pretende, de momento- un cambio radical del sistema sino, en primera instancia, una limpieza a fondo del mismo y, en segunda, un cambio de los mecanismos que han llevado a que la mierda nos llegue hasta las orejas: la normativa electoral y todo el conjunto de disposiciones que han permitido que la división de poderes sea un chiste malo.

Ante el 15M, los políticos (los políticos de los tres partidos más importantes, cuando menos) reaccionaron con suma torpeza y con despiadada crueldad: acusaron al movimiento cívico de perroflauta y, como si los perroflautas no fueran también, en definitiva, ciudadanos, le echaron encima a la policía, una policía que cumplió las más que probables órdenes de contundencia traduciéndolas en simple y pura brutalidad. Bien, esa traducción -buena o mala- no sorprende nada, después iré a ello.

Con las elecciones de noviembre, las fiestas navideñas y la llegada del invierno, el 15M se apagó. Como siempre, los políticos, en su estupidez ya parece que innata, creyeron que el mal rato había pasado. No se les ocurrió pensar (porque no lo entienden) que el 15M (así llamado, aunque bien podría llamarse de otra forma y, posiblemente, así será) no tiene una organización ni una dirección que planifique los tiempos, que regule las acciones, que establezca políticas; los políticos son incapaces de concebir lo que es un movimiento distribuido y, por tanto, son incapaces de establecer o de prever sus ciclos; de hecho, ni siquiera los que sí concebimos lo que es un movimiento distribuido somos capaces -yo, por lo menos, no lo soy- de prever esos ciclos.

Con respecto al 15M, yo mantenía una actitud expectante, una gran curiosidad. Por ahí decían que ya se había muerto, pero eso siempre lo he dudado; mi impresión era -ahora ya es obvio- que el 15M ha estado siempre ahí, quizá invernando (o hibernado), pero ahí. Lo cierto es que ese refugio en cuarteles de invierno era lógico. No previsible (que no venga ahora nadie con fantasmadas) pero, visto a toro pasado, lógico: en primer lugar, el invierno (el astronómico y el climatológico) siempre supone un declive en la actividad humana, igual que vemos en la naturaleza (de la cual, formamos parte, aunque a veces no lo parezca o no lo recordemos); en segundo lugar, la expectación por la política de Rajoy y del PP, que no empezó su mandato, en la práctica, hasta pasadas las fiestas navideñas; y, en tercer lugar -conectado con el segundo- porque esa política del PP, aunque ya es, a estas horas, plenamente previsible y aunque ya ha dado golpes importantes, está pendiente de su verdadero despliegue a la luz y los taquígrafos: los Presupuestos para 2012, que no verán la luz (y eso ya los hace temibles) hasta pasadas las elecciones andaluzas. También ha podido influir -aunque creo que muy poco- la incertidumbre sobre el rumbo futuro del PSOE que, una vez dilucidado, habrá decepcionado, sin duda, a los cuatro gatos que aún mantenían una esperanza que, increíblemente, no perdieron al ver el fiasco de candidatos que concurrieron a una final de tercera división.

En definitiva, resulta propio de estúpidos pensar que la ira (justa ira) de los ciudadanos iba a apagarse cuando los motivos para ella no sólo no han menguado sino que, al contrario, se han incrementado. Y no poco. La ira no es un fuego que tiende a apagarse, aunque, como éste, arde mientras se le alimenta; la ira es la presión del agua de un pantano contra sus compuertas. Sólo un idiota integral se deja engañar por la eventual tranquilidad de su superficie: el día que las compuertas se rompan, habrá una catástrofe. El 15M no es, en conclusión, más que una grieta, una grieta que avisa de lo que está sucediendo por debajo de la superficie, pero a la que los técnicos, vendidos a los intereses de la gerencia en fraude a los accionistas, desprecian. Como si ello le restara importancia real a la grieta y a la presión del agua.

Lo que ha ocurrido en Valencia y su expansión al resto de la geografía nacional, se explica, pues, por esta vía: la torpeza, parece que inacabable, de los políticos, que alcanza en sus mayores grados a los valencianos (de lo que, en definitiva, estábamos todos ya al cabo de la calle porque hasta como corruptos son una chusma analfabeta) ha despertado al oso que ellos creían muerto y sólo estaba dormido. Desde ayer, el apaleamiento de chavales ha dejado de ser la cuestión para pasar a ser el principio, el detonante: la ira ciudadana, que simplemente dormía larvada, ha despertado el olor de indignación. Asombra constatar hasta qué baja alcantarilla puede llegar, ya no sólo la corrupción, sino la simple profesionalidad de nuestros políticos.

Acusar a los jovencitos de responder a maniobras de la extrema izquierda, como ha hecho la tiroteadora, o llamar el enemigo a quienes no son sino ciudadanos, es de una imbecilidad supina. Oir a Rubalcaba exigir unas explicaciones que él no dio, a su vez, cuando le fueron exigidas, es vomitivo, porque nadie ha olvidado quién es y quién fue Rubalcaba.

Lo de la policía merece punto y aparte. Si creen que un gobierno firme se caracteriza por soltar a la policía cada dos por tres con órdenes de garrotazo y tentetieso, es que son más idiotas de lo que parecen. También lo dije en la última bronca que le eché desde aquí a Zapatero y también es aplicable a estos (la diferencia, en definitiva, no es tampoco tanta): la firmeza no consiste en sostenella y no enmendalla -eso es propio de deficientes intelectuales- sino en saber tridimensionalizar las situaciones que deben afrontarse y, llegado el caso, en rectificar, adecuándose, eso sí, a un tempo y un modo políticos correctos. La firmeza no es brutalidad. La firmeza no es poner ahí como delegada del Gobierno a una señora que no se entera de qué órdenes debe dar ni de cómo debe darlas y no desautorizarla; la firmeza no es consentir que, una vez desatados, unos individuos de cociente intelectual muy deficiente (no hay más que leer sus foros, si hay estómago suficiente para ello, para comprobar su calaña y su total secano cultural), provistos de porra y chapa (entre otro importante equipamiento) hagan lo que les dé la gana con los ciudadanos de manera anónima e impune, protegidos por sus jefes políticos hasta bordear el desacato. Cuando hasta el sindicato mayoritario de ese gremio (poco susceptible, como el gremio mismo, de disfrutar de una capacidad de reflexión de alto nivel, que digamos) llega a ver claro que ponerse a repartir estacazos a troche y moche para evitar que una vía urbana no demasiado principal esté atascada durante un par de horas es una clara desproporción, se llega a la necesaria conclusión de que lo único que hay peor que un antidisturbios es el político que lo manda.

En resumen, esa cutre y triste gentecilla que ocupa ahora el poder (y que, ojo, no es ni mejor ni peor que quien lo ocupaba antes) no ha hecho sino lo que más temía ella misma: despertar antes de tiempo al 15M. Que, como también era de esperar (eso sí), siendo lo mismo, exactamente lo mismo, ha ido cambiado de nombre: ayer se llamó 15M o, también Indignados, hoy se llama #PrimaveraEstudiantil o #PrimaveraValenciana. Mañana, chi lo sà, pero el caso es que el 15M está ahí y ahí seguirá estando.

Agárrense los machos, que esto empieza de nuevo.

Lo Rei nostre Senyor

De la serie: Rugidos

Anoche, tras muchos dimes y diretes -esas cosas que siempre van bien para atraer la atención, frecuentemente inmerecida, del personal- TV3 programó el presuntamente controvertido reportaje Monarquía o República.

Un fiasco, una estafa, un cagallón de aquí te espero. Lugares comunes sobre lugares comunes, los de siempre, diciendo lo de siempre; especialmente patético mi semipaisano, el difunto Sabino Fernández Campo, toda una vida dedicada a proclamar por los siete mares aquello de «¡Ay, si yo hablara…!», sin, por supuesto, llegar a hablar nunca, en un ejercicio bochornoso de permanente calientabraguetismo político. Constantes remisiones a Franco (como si todo el problema del Borbón fuera que lo puso Franco, a estas horas me van a venir a mí ateos de mercadillo de saldos a hablar de pecados originales) y a la Segunda República (como si los partidarios de la Tercera quisiéramos que ésta tuviera nada que ver con aquella casa de putas). Cadáveres políticos en los más de los casos, cadáveres reales en algunos otros (el meritado astur entre ellos), desconocidos de ambos bandos diciendo las mismas idioteces que los conocidos (vivos o muertos) y, en fin, en su representación del summum cabreístico, estuvo medio divertido Iñaki Anasagasti, pero así y todo, lejos, muy lejos de merecer siquiera la ovación y salir a saludar al tercio. El colmo del rigor del programa en cuestión bien pudiera estar representado por la intervención de la egregia y y muy ilustrada figura intelectual del coronel (ya no sé si jubilado, expulsado o reservado y, además, me da igual) Amadeo Martínez Inglés. Con eso está dicho todo.

Se dice que hubo una versión anterior que fue considerada inconveniente, con lo que sospecho que el truño que se nos pasó ayer era la versión expurgada, edulcorada y con perfume de rosas. Aunque la cosa salió más bien con olor a pies, la verdad. No me extraña que los del PP, días atrás aterrorizados ante la divulgación de la cosa en momentos tan delicados para la Monarquía, esta mañana estuvieran tan campantes y no dijeran esta boca es mía sobre la cuestión. Es época de recortes y las verdades del barquero sobre el estado actual de la dinastía borbónica no iban a escaparse de ellos, como es notorio.

TV3 se ha lucido. Eso sí, ha quedado como una señora… a los pies de Su Majestad.

Cambios y novedades

De la serie: Anuncios y varios

En muy breves días (si puedo, este mismo fin de semana o, a más tardar, dentro de la próxima semana) «El Incordio» cambiará de alojamiento y de hoja de estilos, dado que el actual ha sido muy contestado por mucha gente que tenía problemas de visualización. Voy a adoptar una hoja limpia, sin prácticamente florituras; de todas formas, el alojamiento gratuito en WordPress no me permite virguerías ni me deja meter mucha mano en el código de la columna, así que va a ser parca de vez. Andando el tiempo, ya veremos si me sale a cuenta adoptar algunas opciones premium. En todo caso, aunque cojeará en materia de pijaditas, creo que ganará muchísimo en comodidad para el lector: tipo más ancho, más redondo, más claro (negro sobre blanco) y el toque justo -justísimo- de color para darle algo de volumen.

También espero que la migración no interrumpa el curso normal del blog. Esta vez confío en llevarla a cabo en segundo plano (de hecho, ya está casi acabada la fase de diseño) y que el cambio sobrevenga de inmediato, en cuanto apriete el botón. Que es el curso natural de estas cosas.

Otra novedad del blog será una nueva serie: El Congrés i els Indians. El Congrés i els Indians es un barrio de Barcelona (bueno, en realidad, dos, y si me apuras, tres) perteneciente al distrito de Sant Andreu, que tiene la especial particularidad de ser mi barrio 😉 Hace tiempo, creé una bitácora dedicada a él que, apenas un año después, dejé correr, por falta de tiempo y de motivación (es un barrio que, la verdad, no da para mucho). Sin embargo, de vez en cuando me pica el gusanillo de escribir sobre el barrio y, bueno, después de todo… ¿por qué no? Es verdad que no entra dentro de la temática general de este blog y es probable que no interese ni mucho ni poco a mis habituales bravos, pero os pido un poco de paciencia. Y, bueno, ejem, las entradas bajo el epígrafe El Congrés i els Indians estarán en catalán; es que se me hace raro escribir sobre el barrio en castellano; además, mi comunicación en ese entorno es mayoritaria y cotidianamente en nuestra particular evolución del latín. Y, qué coño, un poco de bilingüismo siempre viene bien: así se hace culturilla.

De todos modos, el tono de esta nueva serie sí que será el mismo que el del común de la bitácora, porque se suceden las administraciones municipales una detrás de otra -dieciocho años, llevo viéndolo- y el barrio sigue dejado de la mano de Dios (en su caso) y del alcalde. Sobre todo del alcalde, que ése seguro que está ahí. Improvisación, dejadez, menfoutisme… esa es la actitud municipal tradicional hacia nuestro barrio. Sólo os diré que a mi calle, oficialmente denominada Acàcies, yo la llamo Cacàcies. Así que, efectivamente, habrá que decir cosas gordas.

En solitario. Como siempre.

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