¡Y venga censura!

De la serie: Esto es lo que hay

La semana pasada hubo rifirrafe a cuenta de la contestación contra Twitter por haber anunciado esa empresa que se iba a plegar a los límites que la legislación de cada país impusiera a la libertad de expresión borrando los mensajes que la vulneraran, aunque solamente en el ámbito del país en cuestión. Esto, que tiene relativamente poca importancia en algunos países (en España, el límite está en las injurias y calumnias y, bueno, ejem, en la apología del terrorismo; en Francia la cosa se extiende -recientemente- a la negación del genocidio armenio a manos de los turcos; en Alemania a la apología nazi y en Italia a la fascista; en varios países europeos, a la negación del holocausto judío a manos de los nazis; y etcétera) en otros representaría -así lo hemos visto muchos- un claro fenómeno de censura.

Esta acusación de censura, acompañada en ciertos casos por una propuesta de boicot, ha generado reacciones contrarias por parte de algunos líderes de opinión en la Red (si les llamas gurús, aunque sea sin acritud y con puro ánimo descriptivo, alguno se enfada), bajo la argumentación de que las empresas no son ONG, que tienen que mirar por su negocio y por sus beneficios y que exigirles sacrificios por razones políticas o humanitarias es propio de hipócritas. Y algunos de ellos, estos días pasados, ha desafiado al mundo pidiendo una reacción igual ante otro fenómeno de censura, como el de Apple retirando de su App Store la revista Muy Interesante, caso muy parecido en el fondo, aunque no exactamente igual en la forma.

Lo de Twitter ha sido realmente curioso porque ha generado reacciones muy airadas en ambos sentidos. Y tengo que decir, aunque ello no haga mucho por mi imagen de neutral (que no lo soy ni pretendo parecerlo), que me parecen comprensibles las reacciones airadas contra Twitter y no tanto las reacciones airadas a su favor. Cuidado: no es que no sean comprensibles las reacciones a favor, es que me sorprende lo airadas que han llegado a ser. Que lo sean en contra es normal: Twitter es una de las redes sociales con más miembros y una de las de mayor uso por parte de activistas (mucho mayor aún que Facebook, en este ámbito, según mi personal percepción de las cosas), con lo que esa decisión empresarial podría ser muy perjudicial para ese activismo; pero que sean tan iracundos en el otro aspecto, en el favorable a la decisión de Twitter, es algo que me sorprende, sobre todo en personas que no tienen (o no me consta que tengan) relación personal ni patrimonial con la empresa. En pasados posts de este mismo blog puede verse claramente cómo están los ánimos (recomiendo los comentarios y sus enlaces).

Evidentemente, por más que, en el fondo, Apple haya hecho lo mismo que Twitter, la respuesta ha sido menos iracunda por parte de los objetores. ¿Por qué razón? Pues por lo que decía: porque la actitud de Apple no tiene una trascendencia para el activismo mundial tan grande ni tan inmediata como la de Twitter. Exigir que se reaccione contra Apple con la misma intensidad que contra Twitter es no querer ver la realidad de las cosas, por más que a esa realidad se la califique de hipocresía.

Lo que, por otra parte, no quiere decir que no haya un reproche contra Apple y, además, un reproche amplio, por lo de Muy Interesante pero también por algo que parece que en la Red hispana ha pasado bastante desapercibido pese a que incluso los medios convencionales se han hecho eco de ello: el movimiento de protesta contra Apple por las tremendas circustancias laborales de los empleados de las expresas externas que fabrican para Apple en China.

En conclusión, lo que me parece es que, poco a poco -o, según evolucionen las cosas, no tan poco a poco- las empresas van a tener que ir estando pendientes de estos factores y que exagerar su interés por preservar mercados tragando lo que sea les puede llevar a perder cuotas en otros quizá importantes. Hay países -Estados Unidos es uno de ellos- en los que hay que hacer equilibrios verdaderamente circenses para no perder cuotas de mercado -o perder las mínimas- por razones ideológicas, porque allí cada ideología tiene su propia asociación -a veces, de consumidores- y en algunos casos sus listas negras son temibles. Una institución pro-vida (o de las así llamadas) como el Instituto San Antonino ha hecho sudar la gota gorda a grandes marcas (Disney, Pepsi-Cola…) por financiar políticas pro-abortistas o candidatos políticos tolerantes con el aborto. Wal-Mart, por otro ejemplo, hace exactamente lo mismo que Apple y retira de sus anaqueles todo contenido inconveniente para una visión familiar del negocio: nada de erotismo, por suave que sea (de pornografía, ni hablemos) ni de ideas… comunistas, con el pintoresco concepto de lo erótico o de lo comunista que habita en la amplia extrema derecha norteamericana. En el otro lado del aspecto ideológico, en muchos países europeos la presión ecologista es temible, bien lo sabe, por ejemplo, Shell, cuando ha intentado hacer marranadas con sus plataformas obsoletas.

En España esa presión ha sido tradicionalmente mucho más liviana; con muchos años de retraso causado por un consumismo exacerbado que ya, a su vez, llegó muy tarde, el ande yo caliente ha sido la norma imperante en el ámbito que nos ocupa. Pero algo está cambiando. Los signos son incipientes y aún aislados, pero yo creo –y así lo dije hace poco más de un mes– que son firmes, que la vieja y trasnochada tendencia está variando el rumbo.

Dentro de poco, aunque este poco es incuantificable, la objeción «es una empresa, no una ONG» no va a ser suficiente para excusar algunos comportamientos. Y esto es algo con lo que van a tener que vivir todos los empresarios. Y más en la Red, donde algunos proyectos importantes (importantes, cuando menos, en cuanto a su trascendencia sociológica) pertenecen a pequeñas empresas, microempresas o incluso a emprendedores individuales, que no disponen de potencia prospectiva suficiente como para saber, más allá del propio instinto, cuándo y en qué asunto pueden meter la pata de una forma quizá dirimente.

Y aunque parezca que indico todo esto en un jubiloso estado de ánimo, que nadie lo malentienda: esta situación tendría indudables ventajas, muchísimas, pero también algunos inconvenientes, quizá éticamente graves, porque esta situación también supone su cuota de censura. Porque el boicot a «La Noria» o al libro aquel de Richard Cohen tienen algo de censura, no nos engañemos, por más que ambas cosas fueran unas gilipuerteces (más o menos graves, pero gilipuerteces). Y esta va a ser la opción que constantemente vamos a tener delante: si la entidad del mal que supuestamente se causa justifica algo tan intrínsecamente deleznable como la censura. Y el problema es que la decisión sobre este contrapeso de valores va a estar en manos de mayorías y de sus apetencias, no de una razón serena y reflexiva. Pero este parece que va a ser el paisaje en un futuro a corto o medio plazo.

Y, guste o no guste, habrá que vivir con él. Sobre todo, los empresarios.

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Comentarios

  • asmpredator  On 06/02/2012 at .

    Vamos a tener que censurar a Apple porque su anagrama muestra la manzana del pecado original con mordisco y todo, en clara alusión a la relación libidinosa de nuestros primeros padres Adan y Eva, puro pecado original, puro morbo totalmente inadecuado para las mentes pristinas de nuestros jovenes adolescentes.

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