Resurrexit alleluia!

De la serie: Esto es lo que hay

Unos cuantos estudiantes de Secundaria de un instituto valenciano salen a la calle protestando por los recortes a los presupuestos para la educación pública escenificándolos en la ausencia de calefacción en su centro; en esa protesta, cortan una calle y la policía, ni corto ni perezoso, arremete contra los mocitos, los asa a hostiazo limpio y detiene a unos cuantos -menores de edad- sin permitir siquiera la asistencia de sus padres. Eso, hace cuatro o cinco o seis años, hubiera provocado unos pocos centímetros de papel impreso -o quizá ni eso- y las protestas, tan enérgicas como minoritarias, de un par de ONG y/o de sindicatos estudiantiles. En febrero de 2012 ha puesto materialmente en pie a toda Valencia y ha supuesto movimientos de solidaridad y de protesta en toda España (en Madrid y Barcelona, muy importantes, para no decir -que se puede decir- masivos, en la Puerta del Sol y en la plaza de Sant Jaume).

Por más que sea cierto que la acción policial ha sido exagerada hasta la brutalidad misma y por más que sea cierto que la brutalidad policial, desde el pasado mayo, se está convirtiendo en una tónica común que, además, parece incrementarse, en condiciones normales de presión y temperatura los hechos iniciales no debieran haber derivado en lo que han derivado. Y ojo, que escribo esto cuando las protestas no sólo no se han apagado sino que parece que van a ser sostenidas a lo largo de varios días.

¿Qué está pasando? Pues que estamos, simplemente (y de nuevo), ante la ceguera de los políticos, de todos ellos, los que están en el poder, los que estuvieron y los que pretenden volver a estar en él.

El 15M fue, en su sentido más primario, el desbordamiento (afortunadamente civil y civilizado) de las compuertas de la ira ciudadana. Y no empleo la palabra ira a humo de pajas: precisamente la indefinición de alternativas de la que tanto se ha acusado al 15M viene de ahí, de que la gente en general, el ciudadano de a pie, como dije en el post más célebre de la modesta historia de este blog, no pretendía -ni pretende, de momento- un cambio radical del sistema sino, en primera instancia, una limpieza a fondo del mismo y, en segunda, un cambio de los mecanismos que han llevado a que la mierda nos llegue hasta las orejas: la normativa electoral y todo el conjunto de disposiciones que han permitido que la división de poderes sea un chiste malo.

Ante el 15M, los políticos (los políticos de los tres partidos más importantes, cuando menos) reaccionaron con suma torpeza y con despiadada crueldad: acusaron al movimiento cívico de perroflauta y, como si los perroflautas no fueran también, en definitiva, ciudadanos, le echaron encima a la policía, una policía que cumplió las más que probables órdenes de contundencia traduciéndolas en simple y pura brutalidad. Bien, esa traducción -buena o mala- no sorprende nada, después iré a ello.

Con las elecciones de noviembre, las fiestas navideñas y la llegada del invierno, el 15M se apagó. Como siempre, los políticos, en su estupidez ya parece que innata, creyeron que el mal rato había pasado. No se les ocurrió pensar (porque no lo entienden) que el 15M (así llamado, aunque bien podría llamarse de otra forma y, posiblemente, así será) no tiene una organización ni una dirección que planifique los tiempos, que regule las acciones, que establezca políticas; los políticos son incapaces de concebir lo que es un movimiento distribuido y, por tanto, son incapaces de establecer o de prever sus ciclos; de hecho, ni siquiera los que sí concebimos lo que es un movimiento distribuido somos capaces -yo, por lo menos, no lo soy- de prever esos ciclos.

Con respecto al 15M, yo mantenía una actitud expectante, una gran curiosidad. Por ahí decían que ya se había muerto, pero eso siempre lo he dudado; mi impresión era -ahora ya es obvio- que el 15M ha estado siempre ahí, quizá invernando (o hibernado), pero ahí. Lo cierto es que ese refugio en cuarteles de invierno era lógico. No previsible (que no venga ahora nadie con fantasmadas) pero, visto a toro pasado, lógico: en primer lugar, el invierno (el astronómico y el climatológico) siempre supone un declive en la actividad humana, igual que vemos en la naturaleza (de la cual, formamos parte, aunque a veces no lo parezca o no lo recordemos); en segundo lugar, la expectación por la política de Rajoy y del PP, que no empezó su mandato, en la práctica, hasta pasadas las fiestas navideñas; y, en tercer lugar -conectado con el segundo- porque esa política del PP, aunque ya es, a estas horas, plenamente previsible y aunque ya ha dado golpes importantes, está pendiente de su verdadero despliegue a la luz y los taquígrafos: los Presupuestos para 2012, que no verán la luz (y eso ya los hace temibles) hasta pasadas las elecciones andaluzas. También ha podido influir -aunque creo que muy poco- la incertidumbre sobre el rumbo futuro del PSOE que, una vez dilucidado, habrá decepcionado, sin duda, a los cuatro gatos que aún mantenían una esperanza que, increíblemente, no perdieron al ver el fiasco de candidatos que concurrieron a una final de tercera división.

En definitiva, resulta propio de estúpidos pensar que la ira (justa ira) de los ciudadanos iba a apagarse cuando los motivos para ella no sólo no han menguado sino que, al contrario, se han incrementado. Y no poco. La ira no es un fuego que tiende a apagarse, aunque, como éste, arde mientras se le alimenta; la ira es la presión del agua de un pantano contra sus compuertas. Sólo un idiota integral se deja engañar por la eventual tranquilidad de su superficie: el día que las compuertas se rompan, habrá una catástrofe. El 15M no es, en conclusión, más que una grieta, una grieta que avisa de lo que está sucediendo por debajo de la superficie, pero a la que los técnicos, vendidos a los intereses de la gerencia en fraude a los accionistas, desprecian. Como si ello le restara importancia real a la grieta y a la presión del agua.

Lo que ha ocurrido en Valencia y su expansión al resto de la geografía nacional, se explica, pues, por esta vía: la torpeza, parece que inacabable, de los políticos, que alcanza en sus mayores grados a los valencianos (de lo que, en definitiva, estábamos todos ya al cabo de la calle porque hasta como corruptos son una chusma analfabeta) ha despertado al oso que ellos creían muerto y sólo estaba dormido. Desde ayer, el apaleamiento de chavales ha dejado de ser la cuestión para pasar a ser el principio, el detonante: la ira ciudadana, que simplemente dormía larvada, ha despertado el olor de indignación. Asombra constatar hasta qué baja alcantarilla puede llegar, ya no sólo la corrupción, sino la simple profesionalidad de nuestros políticos.

Acusar a los jovencitos de responder a maniobras de la extrema izquierda, como ha hecho la tiroteadora, o llamar el enemigo a quienes no son sino ciudadanos, es de una imbecilidad supina. Oir a Rubalcaba exigir unas explicaciones que él no dio, a su vez, cuando le fueron exigidas, es vomitivo, porque nadie ha olvidado quién es y quién fue Rubalcaba.

Lo de la policía merece punto y aparte. Si creen que un gobierno firme se caracteriza por soltar a la policía cada dos por tres con órdenes de garrotazo y tentetieso, es que son más idiotas de lo que parecen. También lo dije en la última bronca que le eché desde aquí a Zapatero y también es aplicable a estos (la diferencia, en definitiva, no es tampoco tanta): la firmeza no consiste en sostenella y no enmendalla -eso es propio de deficientes intelectuales- sino en saber tridimensionalizar las situaciones que deben afrontarse y, llegado el caso, en rectificar, adecuándose, eso sí, a un tempo y un modo políticos correctos. La firmeza no es brutalidad. La firmeza no es poner ahí como delegada del Gobierno a una señora que no se entera de qué órdenes debe dar ni de cómo debe darlas y no desautorizarla; la firmeza no es consentir que, una vez desatados, unos individuos de cociente intelectual muy deficiente (no hay más que leer sus foros, si hay estómago suficiente para ello, para comprobar su calaña y su total secano cultural), provistos de porra y chapa (entre otro importante equipamiento) hagan lo que les dé la gana con los ciudadanos de manera anónima e impune, protegidos por sus jefes políticos hasta bordear el desacato. Cuando hasta el sindicato mayoritario de ese gremio (poco susceptible, como el gremio mismo, de disfrutar de una capacidad de reflexión de alto nivel, que digamos) llega a ver claro que ponerse a repartir estacazos a troche y moche para evitar que una vía urbana no demasiado principal esté atascada durante un par de horas es una clara desproporción, se llega a la necesaria conclusión de que lo único que hay peor que un antidisturbios es el político que lo manda.

En resumen, esa cutre y triste gentecilla que ocupa ahora el poder (y que, ojo, no es ni mejor ni peor que quien lo ocupaba antes) no ha hecho sino lo que más temía ella misma: despertar antes de tiempo al 15M. Que, como también era de esperar (eso sí), siendo lo mismo, exactamente lo mismo, ha ido cambiado de nombre: ayer se llamó 15M o, también Indignados, hoy se llama #PrimaveraEstudiantil o #PrimaveraValenciana. Mañana, chi lo sà, pero el caso es que el 15M está ahí y ahí seguirá estando.

Agárrense los machos, que esto empieza de nuevo.

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