Asnos y asnas

De la serie: Esto es lo que hay

El lenguaje tiene género, no sexo. Esta obviedad (que yo he oído siempre a mi amigo Manuel Parra Celaya, sempiterno y sufrido profe de Lengua y Literatura a beneficio de los de la FP) no resulta serlo tanto para un montón de saltimbanquis del lenguaje políticamente correcto que, a fuerza de retorcerlo llega a no ser ni lenguaje ni, desde luego, correcto. Político, probablemente, sí. La Casta y sus corifeos han logrado que cualquier cosa que salga de la basura pueda ser catalogada como política sin apenas margen de error. Llega a ser tan brutal ese garrote vil lingüístico que hasta pervierten la otra palabra y resulta que cuando quieren decir «violencia familiar» o «violencia en el ámbito familiar» o «violencia conyugal» o «violencia doméstica», dicen «violencia… ¡¡¡de género!!!». Y eso, haciendo por mi parte el ímprobo esfuerzo de admitir -como simple hipótesis de trabajo, por un decir- el palabro violencia cuando el vocablo correcto, a los efectos del ejemplo, habría de ser «agresión» o, más específicamente (cuando es el caso), «homicidio». Advierto, adicionalmente, que todo ese conjunto de insultos al lenguaje, de injurias a la expresión correcta, de burreces, en definitiva, se producen en la misma medida también en la lengua catalana. No puedo hablar de la vasca, pero cuando oigo a alguien de por allí hablar de esta manera el -llamémosle como concesión, en este caso- castellano, imagino que también estarán ensuciando el euskera con toda esa mierda.

Yo empiezo todos los días meándome de risa -por no deshacerme en llanto- mientras escucho camino del trabajo a Juan Ramón Lucas, de Radio Nacional, maestro inefable, impagable e insuperable en todas las artes del lenguaje merluzo. Recomiendo escucharlo de buena mañana (yo lo hago a las siete y media) si se quiere recibir la reglamentaria ducha de corrección política, tanto en lo formal como en lo conceptual. Así llega uno a su puesto de trabajo bien armado de todos los recursos con que la botaratez dota al lenguaje para no caer en sospechas de vaya usted a saber qué si a cada masculino no le acompaña el correspondiente femenino o, mejor, viceversa: es aconsejable, además de pronunciar los dos géneros (y géneras), anteponer el femenino. Por si las moscas.

Los que así pensamos -que somos amplia mayoría, aunque casi todos se lo callen- hemos recibido hoy un bálsamo reparador en el artículo escrito por Ignacio de Bosque, académico de la RAE, y suscrito por veintiséis académicos de número y otros siete correspondientes, titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, en el que, analizando un buen montón de panfletos de los que propugnan, impulsan o incluso normativizan ese lenguaje propio de la chusma que lo utiliza, pone las cosas en su sitio de una forma racional y documentada, detectando machismo donde lo hay -generalmente algo agazapado, de forma que los idiotas de la moraleja ad usum son absolutamente incapaces de detectarlo- y poniendo en evidencia la supina estupidez del uso políticamente correcto del lenguaje, que no es sino, en definitiva, un uso incorrecto del mismo. Sin más: uso incorrecto.

Toda la farfolla de ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, amigos y amigas, diputados y diputadas y el larguísimo, inacabable e insufrible etcétera con que nos agobian y nos aburren esos analfabetos funcionales un dia tras otro, una intervención tras otra, un discurso tras otro es, además de estúpida, de cargante, de cursi y de antipática, incorrecta. Resalto este fragmento del artículo que es para poner en pie al respetable: «Hay acuerdo general entre los lingüistas en que el uso no marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas, y también en que no hay razón para censurarlo. Tiene, pues, pleno sentido preguntarse qué autoridad (profesional, científica, social, política, administrativa) poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la presencia de sexismo en tales expresiones, y con ello en quienes las emplean, aplicando quizá el criterio que José A. Martínez ha llamado despotismo ético en su excelente libro El lenguaje de género y el género lingüístico (Universidad de Oviedo, 2008). No debe olvidarse que los juicios sobre nuestro lenguaje se extienden a nosotros mismos». Así de clarito lo dice el autor citado por el articulista: despotismo ético.

Y para tapar la boca a quienes por estas razones pudieran calificar de carcas (calificación siempre presta y recurrente) a los académicos, el redactor continúa en el párrafo siguiente: «He tenido la oportunidad de revisar recientemente una selección de textos de Soledad Puértolas, Maruja Torres, Ángeles Caso, Carmen Posadas, Rosa Montero, Almudena Grandes, Soledad Gallego-Díaz, Ángeles Mastretta, Carmen Iglesias y Margarita Salas, y puedo asegurar que ninguna de estas mujeres sigue las directrices contra el supuesto sexismo verbal que se propugnan en las guías que estoy comentando».

Menos mal, pues.

Quedan aún por resolver otras agresiones al lenguaje oficiadas por esa banda: el antes apuntado uso y abuso de la palabra «violencia» o, por otro ejemplo, la progresiva sustitución de las palabras «matrimonio», «marido» o «esposa» por pareja como si, después de tanto clamar por la igualdad -tantas veces mal entendida, por otra parte- se quisiera poner especialmente de relieve lo que, en definitiva, no es más que una situación administrativa o incluso burocrática. Nadie en estos tiempos -salvo en situaciones de ejercicio burocrático en las cuales puede eventualmente ser pertinente- le pide a una señora el libro de familia cuando presenta a un señor como «mi marido»; cuando esa señora presenta al tal señor como mi pareja, siempre me pregunto si hay alarde de situación fáctica o temor a especificidad administrativa: no se le vaya a ocurrir preguntarnos si estamos casados, no sea que se produzca una situación violenta. ¿Por qué -me pregunto yo- el señor de una pareja heterosexual de hecho no puede ser aludido como el marido de la señora? ¿O, incluso, uno de los señores de la pareja homosexual aludido por el otro? Misterios de lo políticamente correcto. Por si acaso se hieren susceptibilidades, el ejemplo vale lo mismo a la inversa: el señor aludiendo a su «esposa» o la señora de la pareja homosexual haciendo lo propio (no se me vayan a enfadar más aún los que a estas alturas deben estar poniendo a mis ancestros a la altura del betún).

De momento, haced caso de mi recomendación: leed íntegro el artículo.

Vale la pena.

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  • By Los otros palos « El Incordio on 09/03/2012 at .

    […] catalán, porque el general Puig, incidentalmente conseller de Interior, estuvo hablando de eso que llaman violencia machista y no se le ocurrió otra cosa que distinguir entre agresores autóctonos y […]

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