Tahures

De la serie: Esto es lo que hay

El otro día amaneció por nuestros pagos un señor muchimillonario cuyo negocio son las casas de juego gigantescas, tipo Las Vegas. Llegó por aquí -ahora no recuerdo si procedente de Madrid o previo viaje a Madrid- para ver terrenitos idóneos en los que instalar chiringuito hispánico. Huelga decir -decir tristemente- que el Govern catalán mea colonia sobre rosas ante la posibilidad de que el individuo en cuestión instale su parada por estos pagos, pagos que, al parecer, andarían preferentemente por el área metropolitana barcelonesa y, mucho más concretamente, en unos terrenos muy próximos, casi colindantes, al aeropuerto del Prat. Naturalmente, hay competencia, y si el president mea Lavanda Puig ante el presunto PIB que aportaría el individuo americano, la lideresa madrileña orina pródigamente Mouton Rothschild del 24 ante idéntica posibilidad. O sea que esto es la guerra.

Pero una guerra con muchos matices y muchos claroscuros y casi será ocioso decir que hay muchísimos más oscuros que claros. En primer lugar, la naturaleza del negocio. Bien, un casino, lo que se dice un casino, no es nada del otro jueves, no vamos a ir a pillárnosla ahora con papel de fumar que, quien más, quien menos, ha ido a jugar al James Bond al lado de una ruleta (sin que en la mayoría de los casos, obviamente, apareciera la maciza de las pelis). Mi cuota tahura ya la pagué con la reglamentaria pérdida de mil o dos mil dolorosos duritos en una o dos ocasiones hace ya años, tantos, que fue en el casino de Sant Pere de Ribes, cerca de Sitges, que ahora ya ni existe. Hasta me puse corbata, lo cual hace a la ocasión digna de recuerdo. La verdad es que el juego, lo vistas como lo vistas, no es mi vicio. Habiendo Rioja…

Pero lo que pretende el tío ese es muy distinto: ese fulano lo que intenta es un parque temático basado en el tapete verde, una macro instalación abarrotada de hoteles, restaurantes y demás negocios auxiliares alrededor de un casino, pero un casino montado con mentalidad casi de hipermercado. El problema está, precisamente, en ese gigantismo y en el hecho de que los casinos, sobre todo cuando son tan enormes, son también -lo sabemos todos- estupendas máquinas de lavar dinero y eso atrae una chusma poco recomendable, ya no hablamos de un local que, aparte de cuatro o cinco inevitables enganchados, es el fin de fiesta de bodas, bautizos y hasta comuniones. No exagero ¿eh? En los gloriosos tiempos del barcelonés y ya fenecido -muchísimos años ha- Villa Rosa, un local de porno cru en vivo y en directo, cutre y salchichero como él solo, y donde a cambio del correspondiente porqué las stripteuses se lo hacían con el pagano (bueno, de hecho, los estriptises no eran tales, sino simple exhibición para peritaje del material consumible que constituía el objetivo primario) yo llegué a ver bodas enteras, y allí, frente al pequeño escenario donde una pareja de actores coiteaba, tenías tal cual a los novios, a los suegros, a los cuñados y a las tietes. Sólo faltaban los niños para estar todos…

Divagaciones aparte, ese invento atraería como moscas a la flor y la nata del bandidaje nacional e internacional, de la misma manera que la amabilidad policial residente en Marbella, junto con la cercanía de Gibraltar (un intolerable y tolerado paraíso fiscal en nuestra propias narices), atrae a la chusma narcotraficante, armatraficante, dineropúblicotraficante, asaltante, robante y asesinante, que vive allí tan ricamente sin ser molestada pese a un quintal de reclamaciones de Interpol. Mal rollo.

Pero no es sólo eso. Después de todo -si se me permite ser un poco cínico- esa chusma gusta poco de alternar más allá de sus estrictos y estrechos círculos y, como si dijésemos, a pie de calle, dan poco mal al ciudadano común si no es porque en algún ajuste de cuentas se escapa a veces un tiro mal apuntado y se carga al pobre vendedor del butano. El problema real y cotidiano es (sería) el gentío que eso atraería, que es precisamente lo que promete el especulador de apuestas en cuestión: si los barceloneses estamos hasta el gorro de guiris que nos saturan todo el puto paisaje urbano, imaginarse lo que el asuntillo del tapete verde multiplicaría ese problema gordo (que por más pasta que traiga, de la que nunca vemos los de a pie, es un problema real).

O sea, tenemos el hampa, tenemos el turismo en masa desbocado (más aún)… ¿Quién falta? ¡Ah, sí! Las putas. Duran i Lleida daba ayer por descontada la prostitución pero matizaba que sería prostitución de lujo. Ah, si es de lujo, menos mal, ya es otra cosa. Hace falta ser hipócrita. Y suelta el tío (véase el enlace): después de todo, es preferible que las putas estén en los hoteles que en las carreteras. Eso mismo: ojos que no ven, gabardina que te roban. Aparte de que eso es una perfecta tontería. Un macrocasino no es, por definición, un lugar exclusivo reservado a las clases altas, igual que no lo es un hipermercado; para las clases altas, la macrosuperficie del juego tendrá, supongo, su zona gourmet, como las grandes superficies de alimentación. Por lo tanto, a beneficio de la zona gourmet habrá fulanas de alto standing, por supuesto, pero para el resto del personal habrá fulanas de las de siempre y por escalafones. O sea, señor Duran i Lleida: habrá putas de lujo, ciertamente, pero también habrá, y en muchísima mayor cantidad que las hay ahora, fulanas de carretera. No nos haga luz de gas, que no nos chupamos el dedo.

La segunda parte de la cuestión es, si cabe, más grave: el yanqui ha exigido que su momio constituya una zona franca para varios aspectos de la legislación española. Como el humo va muy bien para ocultar cosas, nos venden en primer plano que el tío ese quiere que en sus locales no haya ley seca tabáquica. Difícil lo pone, ya para empezar, porque si se le otorga ese privilegio, la hostelería española va a poner como un solo hombre -y con toda la razón- el grito en el cielo, lo que acabaría llevando a la abolición de la restricción antitabáquica. Si se llegara a este extremo por la exigencia del pavo en cuestión, la cosa sería de un bananero que asusta. Y no pasa nada, después de todo: bananeros ya lo somos (véase el cablegate en sus dos entregas), lo que pasa es que lo malo en este país lo que pone de los nervios son las escenificaciones. Recordemos que, con la que ya estaba cayendo, nadie movía un dedo; tuvo que venir la ley Sinde, una simple escenificación, en comparación con el resto del patio, para que se montara el 15M. En ese aspecto, además, lleva mucha ventaja la lideresa que, aún sin la macrotahurancia, la veía la normativa antitabáquica como el humo en los ojos, si se me permite el chiste malo; mientras que en los pagos de la Generalitat, lo del antitabaquismo es casi parte del Evangelio.

Como digo, sin embargo, lo del tabaco -y la polémica que alrededor del mismo harán que se monte, si llega a ser necesario- es un humo que oculta otras exigencias del citado fulano: zona franca también en la normativa laboral. ¡Ops! ¿Qué clase de zona franca? No nos lo han dicho. Sólo insinuaron lo de una cierta permisividad laboral con la boca muy, muy pequeña y no dijeron nada más. Pero la imaginación es fértil: normativa sobre el salario mínimo, sobre despido, sobre indemnizaciones por despido, sobre cotizaciones a la Seguridad Social, sobre el derecho a la huelga, sobre la representación sindical, sobre salud y segurdad en el trabajo, sobre jornada y horarios… Suma… y sigue. Sobre todo, sigue.

El señuelo es gordo: once mil millones de euros en los primeros quince años, sólo en ingresos directos, sin contar todo lo generado por la industria auxiliar, tanto la legal -léase, hostelera- como la otra, el asunto del que ha hablado Duran i Lleida y otros asunto más de lo que no ha hablado Duran i Lleida. Eso representa una enorme cantidad de ingresos vía impuestos y tasas y, naturalmente, representa también el flujo habitual y virtualmente reglamentario de tresporcientos y de cuñados. Más el caramelo, nada manco, de las cifras de empleo (hablamos de unos cuantos miles de puestos de trabajo), aunque en este caso se vaya a tratar del empleo más basura que haya podido concebirse -y mucho menos, verse- en nuestro país. Sí, la tentación banana es fuerte, muy fuerte… casi irresistible.

Por una vez, afortunadamente, la ciudadanía tampoco acaba de verlo claro. Ya es raro. La ciudadanía, casi siempre ve las cosas claras, pasando de todo inconveniente, en cuanto suena el señuelo de los puestos de trabajo y más con el ambiente que se respira y la confianza que hay en el futuro, pero, esta vez, la turbiedad del negocio es tan patente que, aunque, desde luego, no puede hablarse de unanimidad en contra, sí que hay una fuerte división de opiniones. Tanto en Cataluña como en Madrid.

Habrá que estar atentos a este asunto, que aún dará para hablar muchísimo.

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Comentarios

  • Jordi  On 05/03/2012 at .

    Esto me huele a Bienvenido Mr Marshall v.2.0. De la supuesta riqueza y empleo no me creo nada de nada; lo que sí me creo es el enésimo caso de especulación ladrillera. Qué pena que el grandísimo Berlanga ya no esté con nosotros. Tiene material para un centenar de pelis.

    Por cierto, ¿a dónde fue a parar toda la papanata de “la economía del conocimiento y del valor añadido”? Porque es evidente que nuestros amiguetes los políticos son incapaces de salir del modelo camarero-albañil-salario-de-mierda.

  • Piccard  On 05/03/2012 at .

    “Por cierto, ¿a dónde fue a parar toda la papanata de “la economía del conocimiento y del valor añadido”?”

    Pues sencillo, por el extranjero o allende los mares, que ya lo dijo el menestro WERT. Cosillas sin importancia.

    QUE INVENTEN ELLOS…

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