Matar on line

De la serie: Esto es lo que hay

Leía ayer una noticia un tanto escalofriante: uno de los programas de televisión más vistos en China, con una audiencia de más de cuarenta millones de espectadores, en un reality show que consiste en entrevistar a condenados a muerte unas semanas o días, incluso horas, antes de su ejecución. Me sobrecoge, pero no me sorprende; en una de aquellas ya fenecidas paellas de jueves, decía por aquí mismo que tarde o temprano se llegaría a la retransmisión en directo de ejecuciones y que me habían llegado campanas de que algunas cadenas de televisión locales o estatales (entendido el ámbito estatal literalmente, un peldaño por debajo del nacional o federal) ya habían hecho el intento. Los chinos no han llegado aún a eso, pero van en camino, está claro. [Actualizo y amplío: me refiero a televisiones locales o estatales norteamericanas]

En la misma noticia puede leerse que a las autoridades chinas les parece muy bien el programa porque así se divulga la ejemplaridad. Tonterías: lo que se divulga es el morbo. Como morbo se divulgaba en los tiempos, lejanos en España, no tanto en otros países, en que las ejecuciones eran públicas. En cierta ocasión, una persona me alabó la estupenda película Pena de muerte sobre la única base de que aparecía en ella una ejecución «en tiempo real». Falso. Una ejecución por inyección letal dura entre quince y veinte minutos -desde que empieza la primera inyección hasta que se certifica el fallecimiento del reo, ya no cuento los ceremoniales previos- y la escena en cuestión no dura eso en la película, ni mucho menos. Además, la película está edulcorada: las ejecuciones que narra la hermana Helen Préjean en su libro homónimo (que recomiendo por muchísimas más razones que la descripción de esas ejecuciones) lo son en la silla eléctrica.

Yo me atrevo a pronosticar que la retransmisión en directo de una ejecución batiría récords de audiencia televisiva en este país (y en casi todos los demás). Esta es una realidad que a nadie le gusta (o todo el mundo dice que no le gusta), pero que, desgraciadamente, temo que acabaremos constatando, más tarde o más temprano (incluso apostaría -y ganaría- por la cadena que se adelantaría gustosa en la inauguración de estos… espectáculos).

El morbo ante las ejecuciones -o incluso ante los simples asesinatos en frío- representa muchísimo dinero para las cadenas televisivas ya ahora mismo. No hay más que ver el éxito que tienen los documentales o reportajes audiovisuales en los que, de forma aparentemente más o menos incidental o casual, aparece una ejecución legal o sumaria: recordemos el éxito de las fotografías y la corta filmación de la fría ejecución de un guerrillero vietcong a manos de un oficial norvietnamita, que ha tenido, a lo largo de los años, más espectadores que las latas de sopa Campbell que ilustrara Andy Warhol. También recuerdo, en los años ochenta, el volumen de share que tuvieron las escenas del suicidio en directo de un político corrupto norteamericano que se descerrajó la cabeza de un tiro en plena conferencia de prensa, espectadores que lo eran, claro, so pretexto de la polémica de si fue ético emitir la escena completa (hubo alguna cadena que la recortó en sus partes más escalofriantes). Había que documentarse para hablar con conocimiento de causa, claro está.

Los crónicas periodísticas de la época en que las ejecuciones eran públicas, hablaban indefectiblemente de una enorme presencia de público; en las ejecuciones sonadas, había quien dormía al pie del patíbulo para no perderse ni un detalle del espectáculo. De la última ejecución pública que tuvo lugar en Barcelona, en junio de 1897, queda un cuadro de Ramon Casas que muestra, más que otra cosa, el gentío que asistió a la misma. En Catalunya, y, sobre todo en Barcelona, cuando se quiere expresar que alguien, generalmente un colectivo, experimenta un júbilo malsano ante algo, se dice que ja treuen el Sant Crist gros (sacan el Santo Cristo grande). Esto viene de que cuando iba a haber una ejecución, los Hermanos de la Caridad sacaban una efigie de Cristo crucificado; si los reos a ejecutar eran uno o dos, la efigie era la de menor tamaño, y si eran tres o más, salían con otra efigie más grande. La razón sería, según imagino, que se trataba de que el condenado muriera viendo como postrera la imagen de Jesucristo para mejor contricción y ulterior salvación y, por tanto, si ahorcaban a uno o dos, el Cristo pequeño ya era adecuado, pero si colgaban a más de tres, para que todos pudieran ver la imagen había que utilizar el grande. El hecho de que se asocie una sensación de gran jolgorio colectivo con la salida del Cristo grande ya puede imaginarse de qué viene y cuál era la sensación ante la inminencia de una ejecución (y a cuantos más maten, más divertido). La última vez que recuerdo haber oído esa expresión fue, por cierto, uno de los primeros comentarios que oí ante la noticia de la masacre del 11-M, cuando una compañera de trabajo comentó sarcástica: «Ui! Ara els del PP treuran el Sant Crist gros!». Y efectivamente.

Es proverbial y de todos conocido aquello de que Franco firmaba las sentencias de muerte cuando tomaba café. Stanley Payne documenta que hacía mucho más que eso: estudiaba el informe sobre cada caso y algunos, probablemente la mayoría, los firmaba, sin más; pero había otros -que a él le debía parecer especialmente odiosos- en los que a la firma les añadía la coletilla «garrote y prensa», lo que significaba que la ejecución no sería mediante fusilamiento -el procedimiento habitual durante la guerra y la posguerra- sino a garrote vil y con artículo de prensa, con algo más -bastante más- que la fría y escueta nota tan típica que decía «En el día de hoy se ha dado cumplimiento a las sentencias dictadas contra…» y seguía el nombre y apellidos de los infortunados. Lo cual me recuerda el curioso (e ilustrativo) detalle de que en la inmensa mayoría de esas notas no especificaba que la sentencia era de muerte. Se dirá ¿para qué? y es cierto, pero parece que la elusión de la palabra muerte esconde una cierta vergüenza. También suele decirse préstame ese libro para leerlo y parecería que huelga explicar la finalidad, no va a ser para dedicarlo a envolver bocadillos, y sin embargo, es normalísimo que la finalidad sea expresa. La prensa que Franco demandaba en algunos casos, no se limitaba a notificar la escueta ejecución, sino que era pródiga en detalles, en los que no podía faltar la descripción de la presencia de ánimo o no del reo y (este ya era sí o sí, de necesaria uniformidad reglamentaria) su devoción ante los últimos auxilios espirituales: jamás se dio noticia de ningún condenado que mandara al cura a cagar al río, y eso que pasaron por la piedra anarquistas a puñados.

Vivimos tiempos espantosos, no hay más que abrir la prensa cada mañana para verlo. Espantosos por muchísimos motivos que huelga explicar. Yo no sé cómo sentirían la vida en otras épocas, cuál sería el estándar de bienestar, dónde estaría la divisoria entre la pobreza absoluta y el ir tirando más o menos bien, y entre éste y la riqueza; no sé dónde estaría el fiel de lo luctuoso, del espanto. Pero lo cierto es que la época de mayor civilización, en cuanto a lo tecnológico, de vida con mayor y más extendido refinamiento, parece estar siendo, a todos los niveles, en todos los estratos, en todas manifestaciones, la más cruel y bárbara que recuerden los tiempos históricos. El morbo ante la muerte en directo podría llegar a ser objeto de explotación industrial, de industria cultural, tócate los cataplines (¿quién tendría la propiedad intelectual, el ejecutado o el verdugo?). Y creo que, por desgracia, vamos a llegar a verlo, aunque con carne de importación (aquí está oficialmente feo).

Otro nicho de negocio para el tercer mundo: el suministro de ejecuciones semanales para venderlo a las televisiones occidentales. A los regímenes de allí, materia prima no les falta.

Al tiempo.

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Comentarios

  • DaniFP  On 07/03/2012 at .

    No sólo es demasiado morboso, sino que se potencia el que algún tarado se dedique a matar simplemente por conseguir su momento de gloria en la televisión.

  • asmpredator  On 08/03/2012 at .

    El morbo vende y es el siguiente nivel de negocio en todo medio audiovisual, solo hay que ver Gran Hermano, donde todo tipo de fulanas y macarras se dedican a explotar el morbo en beneficio propio.
    Si matar a alguien ya es terrible de por sí, que se convierta en algo tan trivial como un show televisivo ya resulta macabro y aberrante.
    La cadena que comentas seguro que tiene un numero mayor que tres y menor que siete en su nombre 😉

  • gatopeich  On 09/03/2012 at .

    Buen artículo, Javier.

    Supongo que hay una minoría que tiende a identificarse con el asesinado. Los que pertenecemos a ella no somos muy capaces de presenciar esos espectáculos.

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