Los otros palos

De la serie: Esto es lo que hay

Ayer hubo raons (rifirrafe) en el Parlament catalán, porque el general Puig, incidentalmente conseller de Interior, estuvo hablando de eso que llaman violencia machista y no se le ocurrió otra cosa que distinguir entre agresores autóctonos y agresores de importación, con lo que suscitó las iras de los acróbatas del buen rollito, que, a las que les tocas al inmigrante, se ponen como locos, aunque el inmigrante sea de la calaña del imán de Terrassa.

En mi opinión, la distinción es procedente, siempre que no se alteren ciertos límites: es interesante analizar a fondo las particularidades de cada problemática para mejor incidir en sus soluciones. Porque incluso entre inmigrantes hay que distinguir: no es lo mismo el tratamiento que debe darse a la agresión doméstica llevada a cabo, pongo por caso, por inmigrantes sudamericanos, que están grosso modo incardinados en nuestros parámetros culturales pero que proceden de países con importantes déficits educativos que aquí, seguramente, podrán solucionarse con el paso de una o dos generaciones, que la agresión doméstica practicada por algunos musulmanes (o por algunas sectas o dosctrinas musulmanas, porque esto ya es un lío) o indios, que la tienen incardinada o incluso reglamentada en su propia cultura y que, por lo tanto, seguirá ahí mientras mantengan ésta, cosa que, por sus particularidades religiosas y sociales, es prácticamente imposible de modificar y mucho menos de erradicar. Lo que no se puede es utilizar estas distinciones para llegar a la conclusión de que todos los inmigrantes traen problemas o que el asunto de la agresión doméstica es un problema de importación, porque ni es eso ni es cierto.

En todo caso, parece que las cifras se han disparado y, a reserva de que no seguí el debate, que sólo conozco por reseñas de prensa, parece que no se hizo mención de la crisis económica como hecho o causal o desencadenante de ese incremento. El desplome de la autoestima que trae una situación de paro sostenido puede traducirse en ira desenfrenada que se proyecte sobre la familia; los psiquiatras podrían explicarnos los mecanismos concretos, pero más o menos la cosa iría así. No sé por qué -lo políticamente correcto y el feminazismo bloquean sistemáticamente todo análisis racional que se intente- nunca se entra en las causas de fondo del fenómeno de la agresión en el entorno familiar: es machismo y basta. Y, claro, no se llega a ninguna parte salvo al mantenimiento indefinido de un estado de cosas que empiezo yo a pensar si no… Nada, mejor me callo.

Pero es que sucede algo más grave: el escándalo montado por los casos mediáticos y de comisaría (¿aquel garrote y prensa de Franco del que hablaba en el último post?) que, al menos en Cataluña, están dentro de parámetros numéricos europeos, según el propio Puig (lo que no debe entenderse como un pretexto para no combatirlos, sino como la simple y evidente constatación de que no es un problema local, con lo que ello implica a la hora del análisis y de las conclusiones), oculta el muchísimo más extendido y no menos espantoso de la ingente cantidad de mujeres y algunos menos -pero no pocos- hombres que viven un infierno en casa, un infierno de tortura psicológica tremenda, de prueba infinitamente más difícil, y que, por lo tanto se sufre en una indefensión prácticamente absoluta, lo que incrementa el grado de esa tortura. Estoy hablando de seres despreciados por sus cónyuges (bueeeeno: o parejas) o incluso por sus padres o hijos, tratados poco menos que como cerdos, sometidos a una humillación constante y erosiva hasta la total aniquilación de todo atisbo de ego, la desaparición total y absoluta de la autoestima. A veces, los torturadores se van relevando: de los padres al cónyuge, del cónyuge a los hijos; y de éstos, quizá incluso a los nietos. Y hasta tal punto que el torturado llega a ignorar, a no percibir, la infamia de que es objeto, simplemente porque no ha vivido otra cosa desde la infancia y ha cotidianizado esa agresión que, además, es frecuentemente poco sibilina, que se produce, impunemente, ante terceros que no sólo no chistan sino que, además, ni siquiera se enteran (¿porque les parece… natural?).

Y que nadie crea que esto solamente sucede en hogares de bajo nivel sociocultural, en familias de procedencia agraria donde podría pensarse -también erróneamente- que aún quedan reminiscencias de las épocas en que la mujer era sólo un poco más cara que un par de burros: esto se da también en niveles socioeconómicos altos; el marido triunfador sobre la esposa de procedencia o de nivel cultural algo más sencillo, casados probablemente cuando él era un pringado y sin que el apoyo y la abnegación de esa esposa para que él dejara de ser un currito cualquiera no se valora absolutamente nada; al contrario, la mujer pasa a ser una carga en la esplendorosa nueva vida del marido. En este concreto caso, al revés también sucede, pero -ahí sí- con mucha menos frecuencia. Yo conocí un caso exactamente al descrito hace muchos años, en el que ella tenía que sufrir -entre otras cosas- que él se fuera de putas y, encima, la culpa era de ella: «eres una mierda follando y me tengo que gastar la pasta en putas para salir del paso». Era a principios de los años 80, ella no tenía muchos estudios, había sido criada para ama de casa (o sea que no tenía recursos de supervivencia propios) y él metía catorce pagas de trescientas mil pesetas más no sé cuántas comisiones. Las cosas eran mucho más difíciles que ahora, pero ya no tanto como diez o quince años antes, o sea que sus medio vecinos medio amigos le decíamos que se fuera a un abogado, que cómo aguantaba eso. Por toda defensa, lo único que hacía ella era… obligarlo a pagar cuando él quería sexo. Si se lo paga a las putas -decía- que me pague a mí: dos mil pelas por polvo. Y se quedaba -al menos de boquilla- tan contenta y satisfecha. Qué cuadro. Hace muchísimos años que perdí de vista esa Arcadia de felicidad, pero, de vez en cuando, me pregunto qué sería de aquella pobre mujer, porque aquello no pudo acabar bien. Supuesto que llegara a acabarse, ojo.

De este tipo de cosas -y, en distintos grados, todos las hemos visto– no se habla. Parece que eso no da pan a diversos colectivos sociales, políticos y… ¿económicos? que chirrían estrepitosamente cada vez que suena una bofetada. Y no es que no tengan razón en chirriar por la bofetada, pero me pregunto por qué no van más allá de la bofetada, tanto en lo que se refiere a las causas de fondo de la bofetada misma (como he dicho, siempre se queda la cosa en que es machismo y basta, punto pelota) como en ir más allá -o más acá, según se mire- de la bofetada, con lo que hallarían casos de un dramatismo espantoso sin que se produjera el menor cardenal. Muchísimos miles de mujeres sufren horrores mientras toda la atención social se desvía hacia unos cuantos centenares o, a lo sumo, unos pocos miles. Que no se trata de relativizarlos, ojo, que llevan lo suyo, pero que no son, ni mucho menos, la totalidad de un problema que es muchísimo más gordo aún.

La gran bolsa de sufrimiento ignorado.

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