Más software libre

De la serie: La cueva del burócrata

Subí ayer a Linux GUAI, la página del ámbito de software libre de la Asociación de Internautas, un artículo aparecido en «El Mundo» sobre la creciente adopción de soluciones en software libre por parte de las administraciones públicas. Un artículo interesante que recomiendo calurosamente (de hecho, ha subido también a Menéame y llegó ayer a portada), sobre todo a los que todavía no tienen claro el ámbito y las circunstancias de ese tipo de licencias. Porque el software libre no es un software técnicamente distinto de ningún otro sino, simplemente, protegido por una licencia distinta que garantiza los derechos de los usuarios.

Pero que, garantizando los derechos de los usuarios, asume ventajas más que adicionales, porque esas licencias permiten un plus de eficiencia -el derecho a modificar es esencial para ello- que en el ámbito tanto público como empresarial es interesantísimo. Porque muchas veces no se trata de gastar menos, sino de gastar mejor, y la adopción de programas en software libre es una garantía inicial para ello. No siempre la única, por supuesto, pero sí la inicial y, muchas veces, sine qua non.

Realmente -y esto se ha dicho por activa y por pasiva- asusta ver la cantidad de millones de euros que se regala (digo bien: se regala) a diversas compañías de software por programario perfectamente sustituible (en algunas ocasiones, incluso con ventaja) por programas bajo licencias libres. Porque también habrá que decir que si bien hay que acabar con los mitos, también habrá que arremeter a los contramitos: el software libre no es gratis necesariamente, pero lo es, realmente, con mucha frecuencia. Pensemos en navegadores, pensemos en paquetes ofimáticos, pensemos en muchísimos programas -centenares o quizá miles- que, o son mejores que sus hermanos propietarios o, no siéndolo, la distancia es tan corta que apenas llegaría al 1 por 100 el número de casos en que en el conjunto de las administraciones públicas resultaría imprescindible utilizar software propietario.

El uso masivo de software propietario en las administraciones públicas sólo se explica por vía de ignorancia o por vía de corrupción. Por vía de ignorancia cuesta creerlo, no del poítico, que seguro que es un zote en la materia -y en tantas otras- sino de los profesionales -o supuestos profesionales que lo asesoran. Claro que también es necesario decir que las administraciones públicas tienen pocos informáticos en plantilla: la mayoría de las veces, las cosas se llevan vía asesores (contratados a dedo, claro está) y outsourcing, es decir, compañías externas de prestación de servicio que, o no tienen voz ni voto -tienes que trabajar con esto sí o sí- o, cuando lo tienen, generalmente están vinculadas, por inercia o por lo otro, a productos propietarios: ah, es que nosotros con este paquete ofimático no trabajamos, nosotros sólo funcionamos con M$ Office.

Dos razones adicionales apuntalan la necesidad de que las administraciones públicas utilicen programas bajo licencias libres: por una parte, el hecho de que los programas bajo licencias libres almacenan la información bajo formatos públicos asimismo libres, lo cual implica que el ciudadano -en el artículo se habla del escolar, pero la cosa va mucho más allá- no ha de verse obligado a adquirir un determinado software, mucho menos aún comercial (posibilidad que, no obstante, tiene siempre abierta, a condición de que el software comercial sea capaz de trabajar con archivos en esos formatos; por otra parte, el tratamiento de la información: un programa libre garantiza un tratamiento seguro de la información que, en las administraciones públicas, es información de los ciudadanos y de sus empresas y negocios, información que muy frecuentemente es delicada, en muchísimas ocasiones personal y en otras no pocas muy sensible. Los ciudadanos que nos entregan esa información confían en la integridad y la ética profesional de los funcionarios. Hacen bien y hacen mal. Hacen bien, porque, efectivamente, los funcionarios tratamos esa información con todo rigor y con toda discreción; hacen mal porque, pese a todo mi rigor y toda mi discreción, a mí me obligan a poner esa información bajo un sistema operativo de Micro$oft (y, además, utilizando su suite ofimática) y, por tanto, yo no estoy en condiciones de garantizarle al ciudadano esa necesaria seguridad. No es retórica: sobre Micro$oft y su sistema operativo recaen sospechas ya antiguas y largamente expuestas de que transmiten al exterior información del usuario sin conocimiento ni autorización de éste. Las acusaciones de Richard Stallman (entre otros) a este respecto, son constantes y gravísimas. Por supuesto que nunca las ha podido probar, pero la carga de la prueba en las relaciones comerciales la tiene siempre el comerciante o, si lo son ambas partes, el vendedor; si MIcro$oft es inocente cual blanca paloma, sólo tiene que mostrar su código, cosa que jamás hará y, por lo tanto, que se aguante con las sospechas, porque es inútil que exija una prueba de las mismas: sin acceso a su codigo, la tal prueba es una prueba diabólica. Y no: a mí no me sirve -ni como ciudadano ni como funcionario- que me digan que el código de Window$ ha sido revisado por el CNI y el CNI lo encuentra correcto. Además, me fío menos del CNI -jo, la TIA- que de un pedrisco, porque no es, en absoluto, un organismo independiente (al contrario: está mediatizado por no sé cuántos y sospecho que no todos están en España) y porque su historia (desde los tiempos en que se denominaba CESID) es de todo menos ejemplar: aún está por ver, por simple ejemplo entre varios posibles, qué pintaron el CESID y el famoso comandante Cortina aquel, adscrito al CESID, en el cuento chino del 23-F. Porque yo no sé qué pintó, pero pintar, pintó seguro. Y casi treinta años después, aún estamos en la inopia al respecto.

Por eso está muy bien que las administraciones públicas se vayan inclinando cada vez mas hacia el software libre (además, con la que está cayendo, a la fuerza ahorcan) pero estamos en niveles claramente insuficientes: muchas administraciones aún viven en al imperio absoluto de lo privativo (la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona son una clara muestra de ello), pero es que, a los efectos de seguridad, aunque se utilicen paquetes ofimáticos libres, continúa habiendo un problema con el sistema operativo. Que sean libres algunas operaciones aisladas es de celebrar -por aquello del ahorro, sobre todo- pero es insuficiente: hay que ir al sistema operativo, hay que llegar al escritorio Linux, y dirigirse a él sin timidez.

Basta de cuentos: mis hijas (20 y 15) llevan más de seis años funcionando Linux only (salvo cuando en el cole han tendo que trabajar con el dichoso Window$) sin ningún problema: cuando alguien arguya que trabajar con Linux es difícil, que se plantee sus aptitudes y competencias si se ve incapaz de hacer lo que hace sin despeinarse una colegiala de Primaria. Mi mujer, enfermera neoludita, cuando no tiene más remedio, pilla el primer ordenador que ve encendido en casa y se pone a trabajar en él como si lo hubiera hecho toda la vida. Y en casa, todos los ordenadores funcionan exclusivamente con Linux.

Las migraciones ¿son dolorosas y costosas? Sí, pero menos de lo que se suele objetar. Evidentemente, si se les pregunta a los interesados, preferirán quedarse como están: la ley del mínimo esfuerzo está en la naturaleza animal. Pero los interesados cobran a fin de mes y, por tanto, salvo que puedan oponer objeciones fundamentadas de carácter práctico y constatable (siempre hay que escuchar al usuario, cuando obedece a la razón y no a la apetencia) harán lo que se les mande, y si hay que migrar, se migra y ya está. Y sí, las migraciones cuestan dinero, pero no tanto como se arguye. Yo viví el paso de MS-DOS a Window$ 3.1 y no fue muy doloroso porque fue muy progresivo (otra cosa es que se pasaran años programando cursillos para enseñar a manejar el ratón); pero también viví cómo se hizo -en el departamento en que yo servía en aquellas épocas- la migración de la noche a la mañana (y prácticamente sin avisar) del paquete ofimático Lotus a M$ Office (en un gabinete técnico en el que las estadísticas rebosaban por las ventanas, por poner un simple ejemplo) y no hubo ningún drama pese a que se fueron a tomar viento montones de macros de Lotus 1-2-3 y hubo que pasar a esa porquería de Access, en ocasiones, a costa de esfuerzos muy laboriosos, bases de datos con miles de registros y no pocas de ellas relacionales, relaciones que hubo que reconstruir una por una. Tuvimos que trabajar como burros, pero no pasó nada.

Por tanto, las excusas son, con muchísima frecuencia, de mal pagador. El auxiliar administrativo que se dedica a redactar oficios, si a las nueve de la mañana le suprimen Office y le hacen trabajar con LibreOffice, a las once, a más tardar (salvo que sea un negligente total, que los hay, pero pocos) estará trabajando normalmente como si tal cosa. Evientemente hay tareas más complejas que necesitarán algo (algo) más de tiempo. También la migración de escritorio resultará algo (algo, de nuevo) más complicada, pero nada del otro jueves en casi ningún caso. Las pérdidas en horas de trabajo por razón de esas migraciones serán mínimas.

La verdadera migración -que aún no se ha producido y lo que te rondaré, morena- será la de la Administración analógica a la Administración digital, migración para la cual no estamos preparados ni orgánica ni mentalmente, aparte de que esa sí que necesita dinero en cantidades respetables. Por no hablar del importante cambio en los flujos de trabajo que -como si lo viera- se encargarán a auditorías (de esas que la mayoría son incapaces de encontrar la puerta de salida del retrete en cuanto entran en una oficina pública) de costosísimos honorarios.

Lo dicho: es cuestión de acabar con la ignorancia y con la corrupción.

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