Acallando al personal

De la serie: Correo ordinario

Ayer me desayuné con dos noticias que creía que iban a incendiar la Red, al menos en lo que respecta a una de ellas. Por una parte, Google establecía a la trágala dominios territoriales (léase nacionales) en su sistema de blogs Blogger, con el fin de optimizar la censura de textos poco gratos al régimen correspondiente, cuando menos para el país en cuestión; así, podéis ver que si intentáis acceder, por ejemplo, al alojamiento de «El Incordio» durante el año 2006, que estaba ahí, en blogger, el URL elincordio.blogspot.com redirige a elincordio.blogspot.com.es. La otra, es un artículo del nuevo defensor del lector de «El País» defiende a su vez la moderación de los comentarios en sus noticias y artículos, algo que, en el entorno digital del propio medio, siempre ha levantado polémica (como así reconoce Tomàs Delclós, el defensor aludido).

Son dos cosas distintas per que comparten el filo de la misma navaja: la censura.

Lo de Google y Blogger lo es más allá de toda duda. Aunque utilicen el argumento buenoide -y falsario- de que únicamente pretenden respetar las leyes de cada país y ponen como ejemplo el caso de la propaganda nazi, prohibida en Alemania y en algunos otros países (no, o no claramente, en todos), pero, en realidad, se les ve el plumero chino. Y no sólo el chino: muchos otros países amenazan con banear a Google -o a quien sea- si la libre expresión emitida desde esa empresa es contraria a los designios del carnicero de turno.

Ahí vale lo mismo que dijimos con Twitter, cabree a quien cabree: la censura es rigurosamente inadmisible. Lo que ocurre es que lo inadmisible no puede prohibírsele a una empresa privada, así por las buenas. No puede imponérsele a Google la publicación forzosa de todo lo que suban sus usuarios. Usuarios, ahí está, que no clientes. Esta es la debilidad de Google en doble sentido: los usuarios son la mercancía que Google vende y para que algunos mercados compren, la mercancía debe estar en buen estado, al arbitrario y único parecer del consumidor y del Gobierno que tiene que permitir que esa mercancía llegue al consumidor; pero, en otro sentido, si la mercancía se le pusiera respondona a Google, Google tendría un problema de suministro de materia prima, quizá importante, dependiendo de cuán respondona se le pusiera a Google la mercancía en cuestión.

Se dirá, porque se ha dicho hasta la saciedad, que Google, como Twitter y como tantas otras, son empresas, no ONGs. Son empresas que quieren ganar dinero y que tienen que hacerlo en un mercado extremadamente competitivo en el cual resulta dolorosísimo -y puede que muy costoso- perder diez o quince millones de los usuarios que componemos su materia prima; cabe imaginarse, pues, lo que puede suponer rechazar los centenares de millones de clientes y de usuarios que puede suponer China. Pues se tragan carros y carretas y a la mierda todo lo demás.

El problema no está en Google, sino en nosotros. Como en tantas otras cosas, si Google perdiera una sensible cantidad de materia prima -o le llegaran claras señales de que podría perderla- enviaría a todo el gobierno chino a hacer tai-chi. Pero nosotros constituimos una sociedad que, con tal de consumir, también traga carros y carretas. Si la gente ha aguantado en Facebook pese a todas las putadas que le ha jugado esa empresa, con menos razón iba a causarle el menor problema a Google y menos por un quítame de allá esos cuatro chinos. Olvidamos que las dictaduras empiezan a caer en su extranjero y que conductas como la de Google… no: como la de los usuarios de Google, permiten o ayudan muy eficazmente que esas dictaduras existan y se perpetúen. Una indeterminable pero cierta cuota de los muertos que está habiendo ahora en Siria, muy bien podría tener su causa última en una actitud así en Google, o en Twitter y/o en infinidad de productos virtuales o físicos. Yo recuerdo muy bien la época en que el régimen de Franco iba en plan bestia, pero mucho menos que en sus épocas más feroces: tanto Franco y sus adláteres como los ciudadanos, sabíamos que en el extranjero se miraba con lupa todo lo que pasaba aquí. Y del extranjero dependían las divisas de treinta millones de turistas y las de las remesas de un millón de emigrantes, dinero en dólares de los buenos absolutamente imprescindible e irrenunciable para pagar, entre otras cosas, la factura del petróleo. Esa atención del extranjero permitió que aquí llegaran cosas que en los años cincuenta, y no digamos los cuarenta, hubieran parecido inauditas. De no ser por la necesidad de esas divisas, creo que no nos hubiéramos enterado ni de la existencia de los Beatles. Cuando Franco celebró su fin de fiesta fusilando absurdamente a aquellos cinco -que se sumaban a la ejecución, año y medio antes, de un Puig Antich que pagó la factura por la liquidación de Carrero- lo hubiéramos pasado muy mal, de no ser porque el viejo invicto cascó en olor de melenas poco más de un mes después y los de fuera hicieron cuenta nueva. Sin esa atención y esa prevención que venía del norte de los Pirineos… ¿qué hubiera sido de nosotros? ¿Cómo hubiera sido el final del franquismo? Me temo que hubiera corrido la sangre a lo bestia, como sólo aquí sabemos hacer correr para cambiar un régimen.

Estamos negando a otros seres puteados y escarnecidos por hijos de puta de muchísimo cuidado, una ayuda y unas ventajas -todo lo relativas que se quiera- que a nosotros nos fueron dadas por una ciudadanía europea que, en aquel entonces, no era aún el cagallón aburguesado que es ahora. En los años setenta, cualquier ciudadano europeo con más de treinta y cinco años había oído el retumbar de los cañones y de las bombas y había pasado hambre en algún momento de su vida y eso es algo que no se olvida aunque se viva rodeado de lujo asiático. La vigente generación no ha hecho nada por sí misma, es una auténtica generación -e incluyo en ella a la mía- de hijos de papá que no saben lo que es pasarlas moradas de verdad. Y a base de tanto acojonamiento y a base de tragar, acabaremos sabiendo lo que es pasarlas canutas de verdad. Y verás qué gracia nos hará que Google cumpla las leyes de neustros opresores.

Algo distinto es el tema de «El País», aunque algunas acusaciones con visos de verosimilitud podrían avisar de que no tan distinto.

La moderación de comentarios es algo frecuente en el mundo de la publicación, sea de periódicos, sea de blogs… de lo que sea. En este mismo no hay moderación previa -sólo un filtro antispam que he configurado para que ponga en cola de moderación todo comentario con un enlace- aunque sí la hay posterior: si veo algo seriamente inconveniente, va a la basura, prerrogativa que en los casi ocho años que lleva «El Incordio» de existencia no llega -ni de largo- a media docena la cantidad de veces que la he usado. Porque ya no es solamente esta absurda tendencia de los jueces a responsabilizar al autor del blog de lo que digan sus comentaristas (cosa prohibida por ley nacional y por directiva europea, pero les da absolutamente igual: la mayoría de ellos aún no ha pasado del periódico de papel… en el mejor de los casos) sino la plausible intención de mantener el blog limpio. Casi todos, creo yo, soportamos en nuestro blog comentarios adversos, a veces incluso duros; pero lo que no aguanta casi nadie es al habitual capón mental que, incapaz del menor razonamiento, sólo se dedica a vaciar el pozo negro de sus instintos divulgativos más bajos: insultar o gilipollear, en general. Aunque algunos parece que lo hacen -inconscientemente o a posta- para poner al blogger en un compromiso ante el de la toga y las puñetas.

Con más razón aún en los periódicos. Yo, la verdad, cada vez que leo la mayoría de comentarios en las noticias o artículos de los periódicos, me convenzo más de que lo mejor que le puede pasar a la especie humana es extinguirse, ante la imposibilidad material de declarar imbéciles patológicos a todos esos descerebrados y tratarlos en consecuencia. Porque la cantidad de mierda que hay que leer para encontrar no un comentario inteligente, sino, simplemente, un comentario formulado en tono correcto, asusta. Puedo, pues, comprender la moderación, en términos generales.

Otra cuestión es que sucedan cosas, como las que han generado quejas que el defensor del lector reproduce en ese mismo artículo, debidas a una de tres: o a moderar mediante filtros automáticos, o a poner a un retrasado mental a moderar los comentarios (además, bajo órdenes mal formuladas e incluso irreflexivas) o que, efectivamente, se haya producido un supuesto de verdadera censura disimulada en los otros dos supuestos. Que todo puede ser y yo ya me lo creo prácticamente todo, al menos como posibilidad cierta.

Lo cierto es que, entre unas cosas y otras, por unas cosas o por otras, estamos teniendo un problema grave y no nos estamos apercibiendo de él. No me gusta la conspiranoia, pero a veces… Los Gobiernos y las corporaciones tienen muchísimo interés en tener a Internet controlada; cuando han intentado hacerlo por vía directa, no han sabido o no han podido. La creciente comercialización de los servicios y contenidos de la Red, facilita, así, la censura intermediaria: no los hagas callar, no lo harán: simplemente, quítales el altavoz y de paso, le echarán la culpa al altavoz.

Menos sibilino de lo que parece pero, según se va viendo, altamente eficaz.

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Comentarios

  • asmpredator  On 19/03/2012 at .

    Si muchos gobiernos se plantearon , que todavía no veo claro que no lo hagan, crear un botón de panico para apagar Internet en caso de necesidad, ¿como no van a impulsar o promover la censura en Internet?.
    Ya son muchos años de presiones y excusas para ponerle a Internet un bozal, al final por pura estadistica tenian que conseguir algún resultado, al fin y al cabo todo el dinero y medios empleados tenian que dar algún fruto, es la ventaja de que paguen otros, no importa el coste solo el resultado.

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