Revolcón

De la serie: Esto es lo que hay

A estas alturas de la película, no voy ni a felicitarme ni a hacerme ilusiones, para nada, por una victoria del PSOE. Tengo absolutamente claro que, a día de hoy, si gobernara el PSOE en lugar del PP estaríamos exactamente igual que estamos. Con mucho más progresí, por supuesto, pero esencialmente igual. Precisamente por esta triste constatación se armó la que se armó el 15-M; no creo que nadie fuera a aquellas manifestaciones precisamente a beneficio del PP (aunque no cabe duda de que al PP le beneficiaron, pero es que ya no se puede llegar a ese nivel de cálculo porque, entonces, todos haríamos precisamente lo único que no debe hacerse: quedarnos en casa).

Pese a todo, anoche no pude evitar un gruñido de satisfacción cuando vi los resultados electorales en Asturias y, sobre todo, en Andalucía. No tanto, en el caso de Andalucía, por la victoria del PSOE, como por la derrota del PP. Advierto, no es la primera vez que lo hago, que a mis efectos -y, por demás, a los efectos reales y prácticos- gana quien gobierna y pierde quien no. Esta cagarela de «hemos ganado las elecciones porque somos el partido más votado» ya no se la creen ni los fanboys más cenutrios: por más que seas el partido más votado, si no accedes al gobierno estás en la mierda. Y punto. Sin acceder al gobierno, puede decir que ha ganado IU, que duplica diputados y, además, es la llave que el PSOE necesita para gobernar. Dicho en otras palabras que son, por lo demás, de cajón: el PP ha mordido el polvo en Andalucía. Y ahora, si quieren, que hagan como el pedo del chiste: que lo pinten de verde.

Es importante esta derrota porque ilustra el único análisis posible: al PP se le ha pasado factura por los recortes. Y eso es un alivio inmenso, aunque haya que pagarlo al precio de que siga en el poder un PSOE no corrupto, no: putrefacto. Pero lo que hubiera ocurrido si se hubieran cumplido las previsiones (bravo por las empresas de sondeos de opinión) hubiera podido alcanzar extremos apocalípticos: un PP con sus recortes motorizados por el cheque en blanco que hubiera supuesto su victoria andaluza, nos hubiera llevado, sin duda, a la debacle cívica.

En la calle Génova los rostros estarán hoy sombríos, muy sombríos. Hasta anteayer, daban por segura su victoria no sólo en Andalucía sino en 2015, vista la putrefacción evidente del PSOE. Ayer comprobaron que no, que su 2015 no está nada seguro, que el cabreo ciudadano -corruptos por corruptos, traidores por traidores, chorizos por chorizos, qué más da- puede haberle cogido gusto al sistemático voto de castigo, es decir, tumbar a quien esté arriba, sea quien sea. Es la clara lectura del mensaje andaluz. Y harán bien en comprobar hasta qué niveles sociales alcanza el júbilo por este resultado, cuan extenso es, porque me temo que por este lado también podrían llevarse otro disgusto.

Lo cierto es que, además, me da la impresión de que este resultado da un impulso a la huelga general de este próximo jueves. No puede afirmarse redondamente, claro, pero tengo la sensación (a ver qué confirmo en mi propio entorno a lo largo del día) de que la beligerancia que han acreditado los andaluces puede contagiarse a los indecisos. Lo cierto, en todo caso, es que es necesario que esta huelga tenga éxito -y si puede ser un éxito lo que se dice «sonado», mejor-, es una cuestión casi -o sin casi- de supervivencia. El resultado andaluz seguido de un éxito rotundo de la huelga (más allá de las cifras de la guardia urbana y de ABC) se lo pondran a Rajoy muy cuesta arriba ante el Merkozy: va a tener que resistirse con bastante energía a seguir al milimétrico pie de la letra los dictados de esos dos. Dos, que, por cierto, parecen no comprender el palo que pinta en este país. Esto no es Grecia: esto puede ser peor desde muchos puntos de vista si la gente acaba cabreándose de verdad.

Rajoy no se atrevió a rebajar el déficit público a un 4,8% de un sólo presupuestazo; Rajoy sí que sabe la que puede liarse aquí si se aprieta demasiado y, además, justamente se estaba liando la de Valencia cuando estaba sobre el asunto. Lo de Valencia alarmó muchísimo a Rajoy y no quiso o no supo disimularlo: el tono casi suplicante de su llamada a la calma y, sobre todo, las órdenes tajantes de que los antidisturbios se mantuvieran alejados el día de la gran manifestación, indican que le tiene muchísimo miedo a la calle, pese a sus baladronadas preelectorales. Del enemigo, el consejo: ya sabemos, pues, cuál es el camino.

La huelga general debería ser un principio, eso es importante: sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, no debe ser un fin, no debemos permitir que CCOO y UGT den por cumplido su expediente con un éxito que, además, tampoco sería de ellos, sino de toda la población. La huelga del jueves tendrá, creo, mucho más de 15-M que de huelga de clase. Porque eso creo y espero que es lo que está haciendo el 15-M (entendido como un espíritu, como un sentimiento ciudadano): aprovechar todas las convocatorias compatibles con su cabreo. Vuelvo a mirar a Valencia para constatarlo. La huelga general del jueves habrá de ser -creo que será- un nuevo 15-M en su fondo y en su motivación; y, tras ella, si no hay nuevas convocatorias desde el sistema, el 15-M tendrá que ponerse de nuevo en marcha por sí mismo.

En fin, ya veremos. Jugar a profeta siempre se me ha dado mal así que, de acuerdo con la ley de probabilidades para profetas de mercadillo, los hechos no me darán, en definitiva, la razón. Y, sin embargo, sí estoy convencido de que, para ir bien, para no estrellarnos, para no ser diezmados como ciudadanos, deberían dármela. Lo que sí está claro es que, cuando menos a nivel de esperanza, estamos hoy mucho mejor que el sábado. Hoy sabemos que podemos pararles los pies y que debemos hacerlo, cada cual en su lugar y momento.

El próximo momento, para todos y en todas partes, será el jueves.

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