Tuiteando trolas

De la serie: Correo ordinario

Acaban de llamarme de una cadena de radio pública y vaya, esta vez me han pillado en bragas. Resulta ser que, anoche, unos cachondos muy hábiles con el fotochop, hicieron creer a medio Twitter -enseñando presuntas portadas de diarios portugueses- que se había producido un golpe de Estado en el país vecino. Vaya, y yo anoche no entré en Twitter (de hecho, ni en Internet: me fui a dormir excepcionalmente pronto).

En todo caso, he estado hablando de que, bueno, los bulos, los rumores y los engaños siempre han tenido más credibilidad cuando se usa para ellos un medio de comunicación. Después de todo (y esto le ha sentado mal que lo dijera al conductor del programa) todas las mañanas abro el periódico y veo cómo intentan metérmela doblada. Pero es cierto: vivimos en una sociedad de culto medático que se traga como bueno todo lo que nos echan por prensa, televisión.. y también por el medio genuino del siglo XXI: Internet.

Sí que me llama la atención (no como sorpresa, sino como constatación) que se haya usado Twitter para apoyar el éxito del enredo.

A Twitter se le tiene una admiración desmesurada y eso sólo lo entiendo por vías que no me gustan nada. Veamos: Twitter es una herramienta muy útil cuando se usa como tal, como herramienta. La morfología de esa red social de lo que se ha dado en llamar microblogging, va muy bien para mantener un contacto en directo, sobre todo en materias que los medios de comunicación convencionales eluden. De no ser por Twitter, nunca hubiéramos podido seguir en directo, de forma comunitaria las votaciones sobre la ominosa Ley Sinde; o no nos hubiéramos podido enterar en tiempo real de cómo la propia Sinde tenía cosas mejores que hacer después de citar en el ministerio a un colectivo de «selectos internautas», o de cómo un presidente de la Academia del Cine ve la luz, en vivo y en directo, también. O para enterarnos, al minuto, de lo que sucede en las manifestaciones. Incluso para promover o conformar estados de opinión, aunque este último caso ya lo pongo yo más, como si dijésemos, en la vitrina.

Efectivamente, el problema es que Twitter, como elemento de debate, me parece la herramienta idónea para el tipo de gente menos fiable como fuente de información: la que no quiere leer mucho. La esencia de Twitter y su éxito, es precisamente ese límite de 140 caracteres por mensaje. Y eso, repito, como instrumento determinado para cosas determinadas está muy bien, pero cuando se quiere ir más allá, pasa a ser algo que yo veo como contraproducente. Y, cuidado: con esto no quiero decir que todo el que usa Twitter sea un analfabeto, ni muchísimo menos, pero sí quiero decir y digo, que Twitter pone en pie de igualdad a los analfabetos con los que no lo son. En 140 caracteres, aunque el número de tuiteos sea ilimitado, es imposible sostener un razonamiento complejo, de donde es asimismo imposible que se genere un debate rico. Y hay demasiada gente que utiliza Twitter como elemento de debate. Y así sucede lo que sucede: pensamiento primario, razonamiento -hasta donde puede llamarse así- rudimentario y primitivo y, en fin, que la red social deviene algo… ni siquiera asambleario. Asambleario es, por ejemplo, Menéame. Twitter no alcanza siquiera a eso, Twitter es propia y redondamente mitinero.

Además, como el ritmo de tuiteos es frenético, no queda lugar para la reflexión ni para el contraste: todo se toma tal como viene.

La broma de ayer, tal como la cuentan, y pese a algún que otro posible sobresalto, fue inofensiva. Ingeniosa, además, porque los coñones tuvieron la virtud de acertar con uno de los dos únicos países eurooccidentales en los que un golpe de Estado o algo similarmente luctuoso es perfectamente creíble (el otro no hace falta ni decirlo). Y este tipo de bromas, si no se llevan al extremo, son necesarias para que, una vez destapadas, nos asombremos no de la credulidad general (que también) sino de la nuestra propia.

Estamos ante un problema recurrente en Internet… y también en lo que no es Internet: el contraste de las noticias. La facilidad con la que cualquiera puede escribir lo que le dé la gana y ser leído por millares, por centenares de miles de personas, o incluso por millones de personas (más rara, pero no excepcionalmente), en un momento dado, facilita la intoxicación; pero ello lleva, cada vez más, a la necesidad de contrastar las noticias o presuntas noticias, con fuentes fiables y, a falta de las mismas, no dar a la noticia más crédito que el que la razón aconseja, siempre sin dar nada por sentado. Es una sana costumbre que, sobre todo, debemos inculcar a nuestros hijos, porque la costumbre de la incredulidad y el hábito del contraste crean ciudadanos críticos y esto nos está haciendo mucha falta. Nos está haciendo mucha falta en todos los ambitos sociales, políticos y cívicos.

Porque los peores embolados no nos entran por Internet: simplemente, abre el periódico de hoy.

Cualquier periódico.

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