Glu, glu, glu

De la serie: No, si ya…

El Titanic vuelve a estar de moda, si es que en algún momento dejó de estarlo. Imagino que debe ser debido al morbo, perfectamente alimentado por varias películas que dedican, entre unas y otras, varias horas a darle vueltas al drama -como el niño antipático que no para de darle vueltas en la boca al bolo de comida- con el colofón final la impresionante visión de aquella mole yéndose a pique.

Que el drama está perfectamente prefabricado por los peliculeros, podemos observarlo comparándolo con una realidad que todos vivimos: el hundimiento de las torres gemelas de Nueva York, particularmente de la primera. Allí pudimos contemplar, en vivo y en directo, cómo morían centenares, miles, de personas y, sin embargo, nuestra impresión fue más… ¿cómo lo diría? política que humana. Nadie se aferró al brazo del sillón o de su pareja como, sin duda, muchos lo habrán hecho en algún momento de las escenas finales del dichoso Titanic. Y en lo de las torres gemelas murieron tres veces más personas que en el barquito; y eso, como dato conocido a toro pasado: en un primer momento, se estimó, muy racionalmente, que pudieron haber muerto sepultadas más de diez mil personas. Lo de aferrarse al brazo del sillón quedará, supongo, para cuando el cameron de turno haga la peliculita correspondiente, abarrotada de efectos especiales y ríete tú de El coloso en llamas. Ya verás, ya, bien dirigido, lo sensacional que quedará lo de la gente que se tira por las ventanas para no perecer quemada, con la particularidad añadida (ahí está el truco) de la identificación individual de los principales saltadores, que corresponderá, pieza por pieza, con los estereotipos de cualquier otra película de catástrofes, con la única variación, dependiendo del presupuesto, de que a los protas los vista Dior o los vista la modista de al lado. O ya me lo dirás, porque si me gasto la pasta o siquiera unos minutos de conexión para ver o bajarme el engendro en cuestión, me estará bien empleado todo lo que me pase.

Estaba viendo, unos minutos antes de ponerme a escribir, una entrada de Menéame sobre el particular y, para empezar, celebro mucho algún comentario escrito con los pies en el suelo porque, efectivamente, ha habido naufragios mucho más horrendos: el del Wilhelm Gustloff (más de 9.000 muertos) o el del Goya (más de 6.000 muertos); incluso en España podemos presumir de naufragio luctuoso: el del Castillo de Olite, que se tragó más de 1.400 vidas, apenas unas pocas decenas menos que las del Titanic.

Lo que ocurre es que todos estos casos constituyeron crímenes de guerra: los barcos fueron hundidos o bien por torpedos (el capitán del submarino ruso que hundió al Goya fue condecorado como «Héroe de la Unión Soviética», he aquí la catadura de los tales héroes y de quien así los intitulaba) o bien por fuego de artillería, que fue el caso del Castillo de Olite durante la guerra civil (en este caso, no obstante, no está tan claro que fuera un crimen de guerra: el buque transportaba únicamente tropas, lo que convierte su hundimiento en una acción de guerra, aunque el buque en sí fuera desarmado y estuviera averiado y mermado de maniobra).

Lo del Titanic tiene para una particular especie de gilipollas un valor añadido que, obviamente, no tienen los demás: el regodeo ante una tecnología punta vencida por la Naturaleza. Aunque al Titanic no lo hundió naturaleza alguna, sino una concatenación de estupideces humanas, siempre ha sido puesto como paradigma de la soberbia tecnológica frustrada por el mismo hatajo de analfabetos que da brincos de gozo cuando una tormenta de nieve deja bloqueado un aeropuerto, cuando un ordenador se cuelga o cuando un navegador GPS no señala el camino óptimo para llegar a un determinado destino (pese a que, por un camino o por otro, siempre nos hace llegar a ese destino, no como los botarates que se ríen de los navegadores y ni siquiera saben orientar un mapa).

Contrariamente, no se da valor alguno a los naufragios que, pese a su mortandad, se producen cada año en buen número en mares para nosotros exóticos, cascarones infectos abarrotados de gente y ampliamente sobrepasado (tanto que, a veces, llega a duplicarse) su capacidad de carga o de transporte humano y que, unos por otros, sobrepasan muy ampliamente los muertos del Titanic. Pero sobre esos, apenas hay películas ni dramas de cartón piedra, son simplemente indonesios, chinos, filipinos, malayos o gente rara parecida, que un mal día se ahogan como pollitos y apenas merecen más allá de cinco o seis centímetros cuadrados de página de periódico (y, por supuesto, de página muy adentro), que sólo alcanza algún efímero primer plano si entre tanto tercermundista ahogado hay algún europeo y no digamos si es español. Pero, aún en este caso, las cabezadas de lamentación -que no pasa de ahí la cosa- duran apenas unos segundos.

Como tantas otras muestras de la decadencia de nuestro modelo social, lo del Titanic no es más que una ínfima fruslería histórica sin importancia alguna, a la que el morbo, el cartón piedra y eso que llaman la magia del cine ha elevado a los altares de la mitología de un mundo occidental cuya molicie necesita emociones fuertes… pero a distancia -material o cronológica- segura. Igual que en el circo romano.

Pero espera a que se nos subleven los gladiadores y verás qué risa…

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Comentarios

  • asmpredator  On 10/04/2012 at .

    Es que hay que reconocer que raras veces se cometen tantos errores juntos como en el Titanic, todo, desde su diseño, su construcción, y los riesgos que se corrieron para conseguir batir el record de velocidad en la travesia llamaban a gritos a que se produjera un desaastre.
    El diseño de los compartimentos del casco los cuales no eran estancos provocó que se hundiera relativamente rápido, si los compartimentos hubieran sido estancos no se hubiera hundido o si lo hubiera hecho hubiera tardado mucho mas.
    No llevaba botes salvavidas suficientes para no estropear la estètica de las cubiertas con lo que mas de la mitad de los pasajeros ya estaban condenados a muerte al subir al barco.
    El capitan del buque obedeció las ordenes de los inversores en lugar de obedecer a su sentido común y lanzó a toda maquina el buque cuando no debía y en plena noche, fué como el del Costa Concordia, un imprudente estúpido.
    En fin un festival de pifias que acabó como acabó.

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