Ella cuando estaba

De la serie: Correo ordinario

No estoy muy hecho a la crítica literaria. Sabéis -porque lo he dicho aquí alguna vez- que la narrativa no es lo mío, puede que porque mi quizá exagerado sentido de lo racional me lleva al análisis cartesiano de lo que no es más que un puro y simple ejercicio imaginativo, y ahí es donde se produce la colisión. Pero, en estas, va un amigo y escribe una novela y logra que se la publiquen, y te pide que la compres, que la leas y, hombre, tú que eres un conspicuo internauta dale un poco de carraca por tus ambientes, a ver si entre todos echamos adelante la cosa. Así que vamos allá.

Precisamente el martes, ya hablaba, incidentalmente, de la publicación de este libro. Se trata de la obra cuyo título recoge este post: Ella cuando estaba, de Juan Miguel Hernández.

Y… espera un momento. Antes que nada, una pequeña revancha 😉

Juan Miguel es lector habitual de esta bitácora para la que siempre ha tenido comentarios elogiosos, excepto en una cuestión: no le gustan los tacos. Dice que devalúan lo que escribo y que, seguramente, me leería mucha más gente si fuera más formal escribiendo. Él me sugiere que escriba, por ejemplo, así:

«Estaba hasta las mismísimas narices de aquella tía. ¿Pero quién demonios se creía que era para ir por ahí dando consejos a los demás? No la había mandado a freir espárragos de milagro. Raquel está aburrida y lo está pasando muy mal, así que vete con cuidado. Y con qué tono de perdonavidas se lo había dicho, la muy atontada. ¿Y él qué? ¿O es que no lo estaba pasando mal? ¿Pero quién era ella para amenazarlo como lo había hecho? Vete con cuidado, le había dicho la muy taimada».

Pero resulta que él va y escribe precisamente esto:

«Estaba hasta las mismísimas pelotas de aquella tía. ¿Pero quién coño se creía que era para ir por ahí dando consejos a los demás? No la había mandado a tomar por culo de milagro. Raquel está aburrida y lo está pasando muy mal, así que vete con cuidado. Y con qué tono de perdonavidas se lo había dicho, la muy gilipollas. ¿Y él qué? ¿O es que él no lo estaba pasando mal? ¿Pero quién era ella para amenazarlo como lo había hecho? Vete con cuidado, le había dicho la muy hija de puta».

Este parrafito, cuya reproducción auténtica es, por supuesto, la segunda, recoge las primeras líneas del capítulo 42 de la obra. Y su vocabulario no es excepcional ¿eh? prácticamente puede decirse que no hay página sin unas líneas de este tenor.

Bueno, pues ahora que me he tomado venganza fiera, vamos al grano.

Ella cuando estaba es una historia truculenta, muy truculenta; he oído comentarla diciendo que es como la vida misma pero yo me pregunto: la vida… ¿de quién?. Y no es que la historia no tenga credibilidad. Veamos: los personajes, uno por uno, en su individualidad, como si dijésemos, son perfectamente creíbles; todos y cada uno de ellos son tipos que, más o menos, casi todos los mayores de 30 años hemos conocido, siquiera aproximadamente, pero uno por uno, en general. Lo que ocurre es que, al unir una tal cantidad de cabrones (cuya densidad por hectárea ya es considerable en condiciones normales de presión y temperatura) en una tan pequeña molécula de espacio-tiempo, el cuerpo resultante tiene, necesariamente, que colapsar. Y colapsa, ya lo creo que colapsa.

Hay momentos en el desarrollo argumental -después no- en que piensas que si eso lo hubiera pillado el pirado del Almodóvar original, hubiera logrado una película antológica, de esas que no dan óscares, pero que, parafraseando al Tenorio, hubiera sido de las que dan fama, viven los cielos. Y no hablo de cine a humo de pajas. Juan Miguel, que se gana probamente la vida como funcionario (es economista de carrera y profesión), escribe -o escribía- guiones de cine de los que llegó a meter dos en el circuito comercial: Hazlo por mí (1998) y Mar Rojo (2005).

Porque Ella cuando estaba fue, en su origen, un guión cinematográfico que iba a rodarse bajo la dirección de Carles Balagué, quien pidió a Juan Miguel una cosita poco pródiga en escenarios y tal porque el presupuesto no daba para superproducciones, así que, efectivamente, hay una cierta unidad de acción, lugar y tiempo, como en el teatro clásico. Y se nota muchísimo esa partida de nacimiento guionística, al constatar que utiliza muchísimo, casi constantemente, la técnica del flash back, pero lo hace con mucha habilidad y soltura, no llega a alargarse tanto en una sola operación como para alejarle al lector el hilo principal, así que va saltando de un personaje a otro y de cada uno va dando diversos, pero no seguidos, bocaditos retrospectivos. Eso agiliza muchísimo la lectura, agilidad que completa con un estilo de frases cortas, directas, llanas (sujeto, verbo, complemento), sin salvedades, utilizando intensivamente el punto y seguido casi a razón de uno (o más) por línea.

O sea que el libro se lee muy bien. Yo me lo cargué en un par de tardes y sin esfuerzo; es decir, cogerlo y leerlo, una vez empezado, no se hace para nada cuesta arriba (salvando lo del ladrillo físico al que me refería en el otro artículo) y, además, a medida que se va avanzando, se va incrementando el interés en saber cómo acaba. Que acaba mal, y con eso no desvelo ningún secreto, porque se ve venir desde las primeras páginas, me refiero a cuál de las mil formas en que puede acabar mal es la que finalmente acontece. Tened en cuenta que es la, digamos, historia de una cena que empieza por encabritar -cada cual en su casa y por sus causas- a los maridos de las dos parejas que van a participar en ella; el principio de la obra describe el cabreo de éstos y las discusiones que tienen con sus esposas acusándolas de organizar, una, y ansiar participar, otra, en una cena que, así de inicio no tiene sentido y es una absoluta chorrada. Pero los acontecimientos que se van sucediendo, no son ninguna chorrada y eso que van teniendo un tono cambiante.

Bueno, no digo más, porque si no ya machaco el propio argumento.

¿En lo negativo? Bueno, negativo, lo que se dice negativo, no. Yo he encontrado un cierto síndrome de guionista, es decir, del que escribe sabiendo que su original va a ser luego materializado por un director y un fotógrafo (entre otros y para el caso) con lo que elude descripciones locales o ambientales como, por ejemplo, cuando algunos personajes deambulan por determinadas calles de Barcelona, calles cuyo ambiente y sabor conocemos la mayoría de barceloneses, pero que, probablemente, no dirán nada a lectores no barceloneses, al menos como sensación (siempre cabe que hayan leído por ahí algo sobre ellas). Y también hay un personaje -obviamente no lo descubriré- que me recuerda a aquella vieja canción de Pancho López que hizo furor en los años 50. Tengo una o dos objeciones más -de pequeño calibre- pero no puedo exponerlas sin desvelar partes fundamentales de la trama, que deben ser conocidas por el lector en su momento.

Bueno, hala, ya tenéis los enlaces necesarios como para pillar la ficha del libro y disponer de los datos necesarios para dispararos a la librería a adquirir esta interesante opera prima. Que no lo voy a hacer todo yo, coñes.

Y, de paso, le dais una alegría al librero, el pobre… 🙂

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