Memorable 14 de abril (de 2012)

De la serie: Esto es lo que hay

Inevitablemente había que hablar en este blog de nuestro ínclito tirador con bala y de la última que ha liado con esto de largarse por las buenas. Porque, como ya se ha dicho, lo de partirse la crisma -la cadera, concretamente- no tiene nada de particular, otras veces se ha roto cosas y, más allá del cachondeíllo fino por las suspicacias ante determinadas apariencias del acontecimiento, no ha habido escándalo. Esta vez sí y no era para menos. Porque cuesta adivinar qué parámetros mentales tiene este hombre cuando, además, ya tuvo un aviso con lo del pobre Mitrofán. Como todo el mundo recordará, hace cosa de seis años o así, se levantó un importante rebomborio porque, se decía, el vigente monarca había participado en una cacería en un país centroeuropeo, en el curso de la cual se había cargado un oso -que es de lo que versaba la cacería- que resulto que era un oso semidoméstico -o doméstico del todo- al cual parece ser que habían emborrachado para incrementar su indefensión o para vete a saber qué. Conocida la cuestión, la Casa Real, con su habitual torpeza, salió al paso diciendo que no, que el oso no estaba borracho, admitiendo implícitamente que había oso; nuevamente, la Casa Real, en un alarde de la suma habilidad que la caracteriza, redondeó la cuestión diciendo después que ni había oso ni había vodka… justo cuando ya se sabía de distintas y muy fiables fuentes que oso sí que había (y bien difunto el pobre) y que lo del alcohol era muy verosímil. Pero, como digo, todo quedó en rebomborio, en cachondeo y en un periodista vasco procesado por injurias a la Corona por un artículo sobre el particular, de lo que fue absuelto un par de años después.

Quizá el problema fue precisamente ese: que, salvo el rebomborio, no pasó nada. Tal vez porque el presidente del Gobierno era el impresentable de Zap, un incompetente en toda regla que, al contrario que sus predecesores, González y Aznar, que sí tuvieron controladas las idas, las venidas y la boquita de piñón del jefe del Estado, no supo mantenerlo en el puntual cumplimiento de sus muy escasas obligaciones. Y parece que Rajoy -vamos a darle un probablemente improcedente margen de confianza- aún no habría tenido tiempo de hacerse cargo de la situación.

Precisamente pillé ayer un interesantísimo artículo de «El Confidencial» en el que habla de esto y de más cosas. Cosas como, por ejemplo, la afición que tiene el monarca a ir por libre y no informar al Gobierno ya no sólo de sus viajes, sino de otras actividades asaz comprometidas aunque no provoquen desplazamientos. Y, en general, la poca información que tenemos los ciudadanos sobre las actividades de un señor para el que se reclama todo el derecho a la privacidad, pero al que resulta que, además de un estipendio que es más bien un estupendio, con la coña de que el titular es el Patrimonio Nacional, le pagamos también toda suerte de caprichos y lujos para su uso exclusivo. Esto es, en infinitamente más modesto, como mis pequeños balcones: no son míos, en realidad, son de la comunidad; pero yo tengo el uso privativo, es decir, nadie puede usarlos más que yo; y cuando hay una gotera o cualquier otro deterioro que precise reparación, ésta va a cargo de la comunidad de propietarios. Pues eso: yo tengo un par de balconcitos, pero el jefe (del Estado) tiene yates, palacios, colecciones de coches y motos… qué chollo ¿verdad? Por tanto, su derecho a la privacidad queda un tanto… disminuido por la parte que se la pagamos todos los españoles. Sobre el safari elefantino hay muchísimas dudas sobre quién lo pagó y si no fue él de su bolsillo, quién le invitó y qué negocios o intereses tiene ese generoso ciudadano con las administraciones públicas españolas; pero aún a pesar de que el gasto lo pagara un tercero por puro espíritu de mera liberalidad, queda todavía el coste del séquito que necesariamente tiene que llevarse (secretarios, ayudantes, el médico, etc.) que ese segurísimo que va a cargo de nuestros doloridos impuestos.

Luego está la familia real, cuya vida también va pagada por nosotros, incluida en el sueldo de su patriarca. Pero resulta que toda la familia va por libre. La más normal -digamos, en términos aparentes- es la infanta Elena, divorciada, cosa que podemos decir muchísimos españoles, no nos vamos a rasgar las vestiduras por ello; pero de su tierno infante primogénito parece que no podemos decir lo mismo: lo primero que supimos de él después de la alharaca de su nacimiento los que no leemos revistas de esas, fue su habilidad para patear a sus primos pequeños en el curso de una boda familiar, lo que, unido a sus aficiones escopeteras, configurarían lo que Pérez-Reverte denominó, para otra situación no muy distinta, «vocación de artillero serbio».

La infanta Cristina y su marido son celebérrimos por lo que ya es folklore nacional… y espera a que no derive en un tango, que lleva camino. Doña Sofia, que se dice, con cierta verosimilitud, que está virtualmente separada de su marido, que atiende a sus estrictas obligaciones como madre de heredero y reina consorte y que vive más en Londres con la familia de su hermano que en la Zarzuela. Y sobre el heredero… bueno, se casó, según parece a la fuerza… a su propia fuerza: dicen que obligó a su padre a aceptar a doña Letizia so pena de renuncia a la Corona, lo que armaría un potazo de consideración en la línea de sucesión, la cual parece que no es tampoco lo que parece que parece, según el libro Un rey golpe a golpe, que hace referencia a unos presuntos y muy verosímiles acuerdos familiares de los que sería protagonista la infanta Elena, precisamente, y que explicaría por qué la infanta Cristina lleva esa escolta tan exagerada cuando va por ahí. O llevaba, porque con lo que está cayendo, parecería que hay que entonar lo que decía Mejía en el Tenorio: imposible la hais dejado para vos y para mí. Entretanto, la princesa de Asturias no parece ser un personaje nada grato al pueblo soberano (ni siquiera levanta entusiasmo en su Asturias natal, lo que ya es el colmo) y, en fin, también cabe decir lo mismo de su marido. Todo un culebrón con cargo a nuestra cuenta.

Y he aquí el problema, precisamente. Por un lado, como se ha dicho estos días, el artículo 57.5 de la Constitución dispone que se regule por ley orgánica lo que sucede cuando un rey abdica; claro, se supone que se ponen en marcha los mecanismos de sucesión como si muriera, pero no sabemos nada del estatuto de ese ya ex-rey: aquí no está prevista la figura de la «reina madre» o correspondiente masculino; treinta y pico largos años después de su promulgación, y muchos aspectos constitucionales están aún por desarrollar. Toda una burla al ciudadano (recordemos que pasa lo mismo, por ejemplo, con el derecho a la huelga). Por otro lado, da la impresión de que el vigente monarca no tiene, efectivamente, otro deseo que dejarlo correr todo y dedicarse a sus cazas, a su negocios y a las diversas señoras que se le atribuyen, pero también da la impresión de que o no se atreve o no le dejan. En efecto, si bien es cierto que la imagen de Juan Carlos se ha desplomado, sigue aún muy por encima de la de su heredero, sin que éste haya experimentado desplome alguno: no tiene cumbre alguna de la que caerse. En un país que no es masivamente monárquico sino juancarlista (aunque cada vez menos, por ovias razones) parecería que una abdicación de Juan Carlos representaría a un plazo indeterminable, pero fatal, la caída de la monarquía. El detallito de un príncipe heredero dirigiéndose sarcásticamente a una ciudadana que le estaba cantando -con toda educación y deferencia- las verdades del barquero, ilustran el talante -vaya por Dios- de lo que acontece después del monarca actual.

Juan Carlos, dentro de las dificultades inherentes al cambio de régimen, tuvo en otros tiempos un amplio apoyo ciudadano, la adhesión genuflexa de todos los partidos y, sobre todo, un férreo apoyo mediático, un apoyo mediático que silenciaba cosas como estas de las que venimos enterándonos últimamente. La Casa Real, que dirigía y concertaba esta ingente obra de enmascaramiento, ha ido transformándose con el tiempo en un organismo pesado e inmovilista, que no ha sabido evolucionar con los tiempos, y menos aún con un monarca en creciente evolución hacia un marcado e indisimulado carácter de señorío feudal. Llegado el momento -sea éste cuando sea y aún suponiendo que llegue- Felipe (ordinalmente VI) no lo tendrá tan fácil de inicio. Ni mucho menos. Su padre hubo de bregar con un durísimo y muy complicado cambio de régimen (cuyos planteamientos, aún hoy en día, no acaban de verse claros) apoyado por los partidos, por los medios de comunicación y por un amplio apoyo ciudadano. Él empezaría no sólo carente de ello, sino con buena parte de estos factores inicial y directamente en contra.

Y no da ninguna impresión de que vaya a saber gestionarlo. Al contrario.

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Comentarios

  • Jordi  On 16/04/2012 at .

    Hablando con mis allegados (familia, amigos, compañeros de trabajo), contemplo que el chanchullo de la monarquía no tiene demasiados devotos.

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