Magufos en el callejero

De la nueva serie: Historias de mi ciudad

Inicio hoy esta serie -que, de hecho, tuvo abundantes precedentes incardinada en aquellas paellas de jueves- dedicada específicamente a mi visión de Barcelona, de sus problemas, de sus maravillas (que las tiene) y de su gobernanza. Lo hago refiriéndome a ella como mi ciudad en emulación, y, obviamente, homenaje, a aquel muy injustamente olvidado Ignacio Agustí (autor, sobre todo, de la tetralogía La ceniza fue árbol), que la aludía de esta precisa forma, estableciendo con ello una intensa relación de proximidad. La diferencia, probablemente, es que mientras él sostenía con Barcelona una relación de amor y temor, yo la sostengo de amor y odio.

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Alucino. No lo sabía, lo descubrí ayer por casualidad, y mira que suelo estar atento a las cosas de mi ciudad, pero, claro, Barcelona es una ciudad enorme y, por más que se quiera, es imposible, absolutamente imposible saberlo todo sobre ella. Supongo que esto la hace adicionalmente interesante, y más para mí, que tanto me gusta hacer de turista por ella.

Resulta que el achuntamén dedicó en su día (después veremos cual) unos jardines nada menos que a Samuel Hahnemann, el inventor (que no descubridor, ni nada por el estilo) de la homeopatía. Y no creáis que es una placita arrinconada en un barrio marginal abarrotada de jeringuillas, no, está en una de las zonas más elegantes de Barcelona. No recuerdo haber estado en esos jardines, pero, según parece, el magufo en cuestión tiene hasta monumento y chapa. El colmo del analfabetismo municipal.

Un vistazo al nomenclátor de la ciudad nos acaba de poner al cabo de la calle: el mérito que se le reconoce al individuo en cuestión es ese y sólo ese, y que la fecha de la decisión de esta denominación a los pobres jardines es de 14 de junio de 1991. Era alcalde, pues, Pasqual Maragall.

Sería curioso -si bien desagradable, así que mejor no se lo deseamos- imaginar cuál sería ahora el estado de salud del que fue alcalde y presidente de la Generalitat (es público y notorio que padece la enfermedad de Alzheimer) si en vez de la medicación farmacológica que se le está suministrando, estuviera bajo tratamiento homeopático. O viceversa en caso inverso, pero seguro que no es el caso: entre las muchas cosas buenas y malas que se han podido decir de Maragall, nunca se ha oído que fuera tonto.

En fin, no me extraña que haya tanta gente que se haga tratar sus enfermedades mediante porquerías homeopáticas: si la Organización Médica Colegial reconoció la homeopatía como un acto médico (por puro corporativismo: para exigir, a continuación, que sólo los médicos colegiados puedan llevar a cabo prácticas homeopáticas) y los ayuntamientos andan dedicando jardines y monumentos a los que se dedican a la patraña en cuestión, es normal que la muy extendida ignorancia científica de este país vaya alimentando un negocio que, en definitiva, no es más que un timo.

Si no fuera por la necedad de quienes tienen la obligación de velar por la salud pública -con políticos ostentando pulseras Power Balance, llegando a ser una de ellas ministra de Sanidad- se diría que esta peña de analfabetos tiene lo que se merece.

Pero no: nadie se merece ser estafado, engañado y que, encima, se ponga en peligro su vida.

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