Los más buscados

De la serie: Esto es lo que hay

Si a Franco, en 1970 -pongamos por caso-, se le hubiera ocurrido divulgar a través de la prensa o de la televisión las fotografías de los subversivos (así se les llamaba en aquel entonces) más buscados, hasta sus ayudantes hubieran visto vencido el temor reverencial que sentían hacia su jefe por el ataque de risa que les hubiera acometido. Pero Franco sería todo lo que digan que fue menos tonto (diga lo que quiera Preston) y jamás se le hubiera ocurrido esta estupidez, abocada al fracaso ya en simple fase de ocurrencia.

De la fase de ocurrencia ha pasado, y ampliamente, Felip Puig, que la ha puesto en marcha y ha subido a la web de los mossos tropecientas fotografías en plan terroristas más buscados. Que alguien crea que un invento tal pueda funcionar, es algo que me produce escalofríos; que llegue a funcionar realmente, me parece inconcebible. Una cosa son, efectivamente los terroristas (los de verdad) y otra muy distinta, radicalmente distinta, esto. Además, viendo las fotos de los chavales se está al cabo de la calle de las pintas de etarras o de miembros de Al Qaeda que gastan. Para lo único que va a servir esta página es para que muchos padres se caguen de miedo y de angustia viendo ahí a sus hijos.

Porque lo que va a ocurrir, además, es que el chivato que colabore con esta aberración va a ser objeto de una censura cívica cierta, en forma de boicot a su negocio o a su tranquila convivencia vecinal (esperemos que, al menos, sin llegar a la agresión o a cualquier otro tipo de ilegalidad), tan pronto sea identificado, que tarde o temprano lo será, por más que Puig asegure confidencialidad. Tonterías: estas cosas se acaban sabiendo siempre y el soplón inevitablemente termina con el correspondiente estigma virtual.

Y no se trata de aprobar -que no apruebo, en absoluto- acto de vandalismo alguno, lo que no obsta para tener muy claro que, según están las cosas, y pese a la desaprobación generalizada, los actos de vandalismo persistirán, y aún se incrementarán, en la medida en que la desesperación de un sector creciente de ciudadanos vaya siendo más insufrible. Cambiará, en todo caso, la profesionalización: a medida que transcurran los meses, los autores de trapazadas irá siendo más comúnmente gente normal y corriente (cuando menos, hasta ese momento) y mucho menos esos profesionales que tan habitualmente nos venden. Que sí que los hay (o los hubo) pero yo no los creo en absoluto protagonistas -o protagonistas únicos- de los últimos hechos. El propio Puig se contradice en sus cifras: dice que eran 200 y que, en poco tiempo han pasado a ser 2.000. ¿Decuplicar en poco tiempo una población profesional? Ni hablar. Ahí hay algo más, mucho más.

Porque, por este lado, también nos la están metiendo doblada. Primero unas redadas -porque estamos hablando ya de auténticas redadas- de chavales cuya intervención en los hechos que se les imputa es mas que dudosa; ahora, la paginita esta. Todo parece indicar que se está implantando un auténtico régimen del terror para evitar que la gente salga a la calle. Porque, efectivamente, la posibilidad de ser detenido e imputado, por más que a la larga todo se caiga delante del juez, es muy preocupante, sobre todo para los chavales jóvenes. Si, encima, el juez les atiza la incondicional con base a unas pruebas que… en fin.

Contrasta (¿o se complementa?) ese interés por identificar terroristas con la burla que se ha hecho a los jueces -y, sobre todo, a la ciudadanía- negándose redondamente -con pretextos absolutamente inaceptables- a identificar a los antidisturbios que protagonizaron actos de brutalidad policial claramente delictivos y contra los que hay pruebas abrumadoras.

Avanza la primavera, nos acercamos al mes de mayo y si el año pasado por estas fechas los ciudadanos estábamos hartos, huelga decir cómo estamos ahora con la que ha caído desde entonces y las previsiones de lo que aún queda por caer… si no ponemos remedio. Traicionados por la clase política, reventados por el neofeudalismo imperante, con muy pocas esperanzas -los que aún mantenemos, no sabemos cómo ni por qué, alguna-, con la muchachada devorada por el paro (el cincuenta por ciento) y sin futuro alguno que no pase por la emigración, con familias desahuciadas quedando en la calle con deudas perpetuas a cuestas -en lo que no es sino la ejecución de una pena de muerte civil- a razón de centenares diarios, con una cifra de paro que asusta no a nosotros sino a Europa entera, marcando récords históricos absolutos y creciendo imparablemente… Este próximo y ya inminente mes de mayo empieza con su muy característico día 1, pero es que, dos semanas después, se celebará el primer aniversario del 15-M; en el ínterin, parece que las universidades españolas se levantan prácticamente en masa con la bendición intelectual de sus rectores. Evidentemente, la derecha -la española y la catalana- están preocupadísimas por la imagen que se dará ante una Europa (ante un París y un Berlín, más concreta y exactamente) cuyas preocupaciones y terrores determinarán las órdenes que se impartan con respecto a España. La consigna, por tanto, es clara: hay que detener la calle, como sea.

Y este como sea significa el regreso a los modos franquistas más indisimulados… lo que no debe sorprender, puesto que las cifras están regresando a los tiempos franquistas también (salvo la del paro que, como digo, alcanza récords absolutos, nunca vistos en la historia de este país desde que existe en él una industria digna de llamarse así).

Ni que decir tiene que, además de una falta de escrúpulos absolutamente digna de la clase poítica que nos aqueja, esto es un error descomunal. Este país es peligrosísimo y ellos lo ignoran o lo hacen ver. España -lo he dicho muchas veces y no me cansaré de decirlo, porque es verdad- es un país en el que se pasa del menfoutisme más absoluto a la barbaridad más generalizada en cuestión de muy pocos días: el libro de Historia nos lo muestra en multitud de ocasiones.

Y cuando la situación es explosiva (y, señores: lo es) sólo falta el detonante, y el detonante puede ser cualquier cosa: un embarque de mozos para África o una extralimitación de los antidisturbios; una extralimitación cualquiera, no hace falta que sea, necesariamente, más dura que otras anteriores.

Un montón de cartuchos de dinamita, en sí, no son nada, no hacen nada, están ahí, sin más. Pero cuando se le arrima un fulminante con una mecha encendida y la mecha se acaba, salta la casa por los aires. El montón de dinamita dejó de ser una cosa inerte, un simple lugar del espacio ocupado por un determinado volumen de materia indeterminada y se convirtió en una tragedia.

O nuestros políticos no lo saben y, entonces, son idiotas, o lo saben y, en este caso, lo que son es un hatajo de criminales.

Aplíquense ellos mismos el cuento procedente.

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