Nóos…tá nada claro

De la serie: Esto es lo que hay

Ayer nos desayunamos con el indigesto rumor de que Iñaki Urdangarín podría estar pactando con la Fiscalía un acuerdo procesal que, en esencia, consistiría en que devuelve no sé qué cantidad de dinero público distraído (se habla de 1,7 millones de euros) a cambio de una pena inferior a dos años, lo que supondría que no llegaría a ingresar en prisión.

Yo he estado convencido, desde el primer momento en que se conoció lo del caso Nóos, de que Iñaki Urdangarín, por más que -en su caso- fuera declarado culpable y fuera condenado a más o incluso a muchos más de dos años de prisión, jamás ingresaría en una institución penitenciaria, vulgo cárcel; para esto se ha inventado la figura del indulto gubernamental. La razón es obvia: por más que hubiera previamente un divorcio reparador (como no me cabe duda de que lo habría) no dejaría de estar en prisión alguien que, aunque formalmente ya no perteneciera a la familia real, ha estado vinculadísimo a la figura del rey -yerno, nada menos- y todas sus tropelías -hoy solamente presuntas- las habría cometido gozando de esa condición y, según alguna documentación incorporada al sumario, usando esa condición para mayor facilitar sus andanzas. Por tanto, lo que se intenta evitar ahora no es el ingreso en prisión -con el que nunca hemos contado los ciudadanos que conocemos el paño, que somos casi todos- sino la imagen de un yerno -o, eventualmente, ex-yerno- del monarca en el banquillo; y no secundariamente, el desfile en una vista pública y llamativa de una serie de documentos y de otros elementos probatorios que podrían implicar o, cuando menos, complicar, la figura del propio monarca.

Difícil papeleta. Difícil papeleta por varias razones. La primera y principal, es que la maniobra no cuela. Sí, podrán imponerla a la trágala desde las alturas y, en el ínterin, vendernos, como ya lo están haciendo, que los acuerdos procesales son de lo más común en la cotidianidad de los procedimientos penales (lo que, por otra parte, es cierto) y que, por lo tanto, un acuerdo procesal con Urdangarín no rompería el principio de igualdad ante la ley que su suegro, forzado por las circunstancias, tuvo que exaltar en su discurso de Nochebuena y que ahora se está comiendo con patatas. Pero, evidentemente, no colaría: a ojos de toda la ciudadanía, incluso ya de sectores bien afectos al juancarlismo, la maniobra sería vista como un apaño puro y duro, sin matices y sin atenuantes. La segunda -y aunque quizá secundaria, no poco importante- es la concatenación de causas de las que forma parte el caso Nóos y que en su conjunto se conocen como el asunto Palma Arena. Si se cae el caso Nóos por un acuerdo procesal, los demás casos habrían de caerse igualmente -lo que supondría un escándalo mayúsculo- o bien habrían de continuar con todos los procesados practicando el ya deporte nacional de la implicación del yerno del jefe del Estado en la cuestión, lo que supondría una cadena de escándalos importantes y muy erosionadores.

Por lo tanto, y desde el puro punto de vista de la estabilidad de la monarquía, cualquier solución es mala y resulta difícil establecer cuál puede ser peor, porque esa valoración sólo podría hacerse a toro pasado y el toro, al pasar, podría llevarse por delante al diestro. Mal, pues, si el procedimiento Nóos sigue su trancurso normal y, tras su instrucción se lleva a plenario y, de él -y en su caso-, se deriva una condena; mal si se intenta el apaño porque podría resultar un remedio peor aún que la enfermedad según cómo evolucionaran unos acontecimientos muy difíciles de controlar.

Por otra parte, el republicanismo, cuya salida masiva del armario (las manifestaciones del 1 de mayo estuvieron cuajadas de tricolores, que incluso predominaron sobre las rojas) ha provocado una adhesión a la causa que, si bien no inaudita propiamente, sí tiene su puntito sorprendente, ha hecho presa en los numerosísimos errores del monarca y de su familia, y no está dispuesto a soltarla, ni mucho menos.

Porque mucho han cambiado las cosas en pocos meses, digamos que en un año. Hace un año, el republicanismo no contaba con soltarse el pelo de veras hasta que se produjera el hecho sucesorio. Se calculaba que, hasta ese momento, el prestigio de Juan Carlos frenaría todo intento pero que, al contrario, la ascensión al trono de una figura que no resulta nada simpática y que no contaría con las facilidades adicionales con que contó su padre en su día, facilitaría quizá -asociada, evidentemente a otras circunstancias- la aspiración republicana. Pero los acontecimientos se han precipitado. En primer lugar, desde hace unos pocos años, se iba produciendo una erosión paulatina, una especie de zapa, sobre la figura del vigente monarca, zapa que señalaba muchísimas facetas inconvenientes de la personalidad, la biografía y la figura del rey: su fortuna, de difícil cuantificación e ignorada procedencia, sus relaciones con determinadas señoras que no eran la suya, sus aficiones cinegéticas, mal vistas por el común de un país que recuerda aún la figura de Rodríguez de la Fuente como si hubiera fallecido ayer, sus amistades peligrosas -algunas de las cuales han llegado a dar con sus huesos en presidio- y un etcétera no precisamente breve. Pero sobre todo esto, que ya es grave, se lanzaba un mensaje importante: se acabó el fair play con el rey, se acabó el silencio genuflexo, señores, se levanta la veda del rey.

El 15-M, aunque parezca que no, también ha tenido su importancia. Las aspiraciones del 15-M han sido ignoradas por la Casta, en una actitud de estupidez política que la historia, dentro de unos años, verá con asombro: porque lo que inicialmente fue una explosión de cabreo, una simple y pura exigencia por parte de los ciudadanos de acabar con la corrupción y de recuperar el protagonismo político mediante un sistema electoral más razonable, ha ido derivando, al haber sido ignorada, hacian una suerte de actitud antisistema. No antisistema al modo pseudoanarquista de rasta y asamblea -que no se vayan a equivocar los de la rasta y asamblea, porque no- sino como una aspiración de que la limpieza ha de ser más a fondo aún de lo que se pretendía inicialmente. Parecería, pues, que el mensaje ciudadano sería algo así como «os pedimos unas pocas cosas lógicas y fáciles de llevar a cabo; no quisísteis, por no perder vuestras prebendas; pues bien: ahora lo que exigimos es el cambio radical de todo». Y el republicanismo simboliza a la perfección ese cambio radical. Cambio radical que sigo pensando que no afecta a las bases mismas de la [así llamada] democracia al estilo occidental o, más concretamente, europeo, sino en una nueva constitucionalidad que establezca y blinde un sistema económico de libre mercado pero lo suficientemente regulado como para mantener un alto standing de protección social y una participación política de la ciudadanía que sea electoralmente más representativa y que vaya más allá del simple ejercicio del derecho a voto, con la participación efectiva y prescriptiva de la sociedad civil en la tarea política cotidiana. Nada revolucionario, como se ve, pero que es a lo que realmente parece que aspira la ciudadanía, hasta donde cabe interpretar sus dichos y sus hechos.

Este cambio, radical pero no revolucionario, necesita, eso sí, un cambio de simbología. Nada hubiera impedido, en puridad, ese cambio constitucional manteniéndose el sistema monárquico, pero los errores y la torpeza del titular de la corona han puesto sobre ésta el blanco de las iras ciudadanas que la asocian irreversible e inseparablemente a la descomposición política, económica y social que estamos viviendo.

El caso Nóos ha sido tomado como vehículo para ese cambio, y ya veremos qué sucede con ese vehículo. Lo que sí veo claro es que si el caso Nóos es insuficiente, se acudirá a otros; para su propia desgracia, la familia real no cesa de dar pretextos suficientes. Pero cuando anteayer veía por la televisión y, sobre todo, las fotografías de las redes sociales que el habitual mar rojo de las manifestaciones del Primero de Mayo había sido sustituido por el mar tricolor, acabé de convencerme de lo que ya empezaba a pensar: que la monarquía tiene ya puesto en España el código de barras con la fecha de caducidad.

Porque este país, ya lo tengo claro, es mucho más inestable por arriba que por abajo.

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