Cambio de marcha

De la serie: Esto es lo que hay

Fin de semana diría yo que apasionante: por un lado, el previsto resultado de las elecciones presidenciales francesas; por otro el también, si no previsto, previsible resultado de las elecciones griegas; y finalmente, el, ahí sí, imprevisto resultado de las elecciones en el land de Schleswig-Holstein en la que, en la parte previsible, el CDU de Merkel ha sido el partido más votado pero que, en lo imprevisto, el resultado ha sido tan ajustado que ni siquiera en coalición con el Partido Liberal -como había hecho hasta ahora- podrá gobernar y deberá recurrir a otros inventos, cosa que, en un escenario de ascenso muy notable de Piratas y Verdes, le complica mucho la vida a la Tahtcher alemana.

A expensas de lo que pueda pasar, no son malos resultados, en general, aunque probablemente lo de Grecia no sea para tirar cohetes, no tanto por el hecho del fraccionamiento del voto -que tanto hemos deseado y por el que tanto hemos trabajado aquí desde hace, cuando menos, un año- sino por la calaña de alguno de los agraciados en esta singular pedrea.

No es, pues, exagerado decir que la ciudadanía europea -de la que, desgraciadamente y de nuevo, cabe excluir a la española, al menos en lo que se refiere a lo electoral- ha propinado un fuerte puñetazo encima de la mesa. Y es el verdadero valor de lo que ha ocurrido porque, por lo demás, veamos: en Francia no ha estallado ninguna revolución, simplemente ha accedido al poder un señor que dice que es -y nadie se lo cree, al menos en puridad- socialista, pero ese es un socialista como los de aquí, que quesos y besos con la banca y con la oligarquía financiera (habrá que recordar que, en España, la banca alcanzó récords históricos de beneficios gobernando Felipe González, por simple botón de muestra entre muchísimos otros similares); en el land norteño alemán, la Merkel ha tenido un patinazo, pero no se ha dado una torta, no saquemos las cosas de sus debidas dimensiones; y en una Grecia intervenida, cuyo presupuesto se controla desde Bruselas, lo de ayer devendrá una olla de grillos política que aún incendiará más la situación y… ojo, que Grecia se parece mucho a España en el deporte este de liarla parda su propia gente contra su propia gente.

Por lo tanto, en lo sustancial no estoy yo muy seguro de que cambien las cosas, a menos que Hollande resulte ser un Roosevelt (que podría ser, pero no lo veo nada claro) o a menos que haya suerte y que el merkollande tenga algo de vista larga (y no como sus colegas de aquí, que no ven tres en un burro, parapetados en sus antidisturbios) y comprenda que a los ciudadanos no se les puede seguir tomando el pelo, al menos de la manera que se les viene tomando, si no se quiere que en Europa haya un incendio de dimensiones no inéditas (en este viejo continente se han visto muchas y muy gordas) pero sí importantes y, quizá, también con trascendencia histórica (y quizá no para bien, que es lo malo).

Los ciudadanos españoles somos otra cosa, ya decía Fraga que Spain is different. Aquí, ante las urnas, nos convertimos en unos perfectos gilipollas; y excuso decir cuando se trata de generalizar comportamientos individuales de cara a un cierto activismo y aún excuso más cuando ese comportamiento exige ya no un sacrificio sino una simple y mínima incomodidad. Con lo fácil y lo fulminante que resultaría efectuar boicots selectivos, aquí, entre retrasados mentales y sobrados, no hay manera de que funcione nada: estamos hasta los topes de tanto listillo que a base de pretender alejarse de la chusma se convierte él y se convierte la entera ciudadanía en una simple y vulgar chusma, precisamente. Y esto en un país que doblegó a un Franco con una huelga de tranvías. Pero, claro, eso fue obra de nuestros padres y abuelos, los que tuvieron los cojones de levantar este país incluso contra las inacabables estupideces -por sólo decir estupideces– de una dictadura cuartelera, no la pastuza de aborregados sangre de horchata que hemos resultado ser sus hijos. Nosotros sólo somos capaces de salir a la calle cuando nos cabreamos, pero como no pasamos de ahí, una vez nos hemos ciscado en todo, volvemos otra vez al pantalón bajado y al sí señor, lo que usté mande. Es como cuando tenemos problemas en el aeropuerto: nos cagamos en todo (empezando por la pobre chica del mostrador que no tiene culpa de nada), montamos la gran bronca (en el exclusivo sentido sonoro de la palabra) y después somos incapaces de coger una hoja de reclamaciones, y no digamos nada, contratar a un abogado, y llevar el asunto hasta el final; sólo nos movemos un poco cuando se trata de recuperar o de obtener dinero pero, aún así, si son cantidades, pongamos por caso, inferiores a cien euros, hay sobrados (¡incluso mileuristas!) que más allá del cagamento puntual entonan el tan hispánico déjalo correr. Por eso nos pasa mucho de lo que nos pasa: porque una vez efectuado el pataleo, incontinentes, miramos al soslayo, requerimos la espada, nos vamos y no pasa nada. Hasta el empleado al que minutos antes hemos puesto injustamente a parir acaba descojonandose de risa ante nuestra falta de redaños apenas pasados quince o treinta minutos del agravio.

El sábado que viene tendremos movida. Me refiero a que, con ocasión del primer aniversario de aquel sorprendente 15-M, se nos convoca a salir de nuevo a la calle. Yo acudiré, desde luego, no me planteo otra cosa, pero tengo entre duda y curiosidad por ver la respuesta a la convocatoria; siguiendo la teoría del cabreo, según están las cosas y dados los indicios de las convocatorias de las últimas semanas y meses, promete ser masiva, sobre todo, obviamente, en Madrid y Barcelona, aunque, en este planteamiento, yo creo que en toda España, en la adecuada proporcionalidad de habitantes por manifestante; pero siguiendo la teoría del cabestrismo rebuznante, podríamos ser cuatro y el cabo, ya que la manifestación de cabreo y el cagontó ya se entonó el año pasado y ante la falta de resultados (aquí la gente se cree que con una sola movida y sólo con la movida, ya se deberían hacer revoluciones), el fácil, habitual y acomodaticio no vamos a conseguir nada podría mantener a la gente viendo las películas que todas las cadenas programan en sábado por la tarde (y que, al decir de los que las ven, suelen ser asquerosas, pero en fin…). También podría desmovilizar mucho a la gente -y ahí con razón- la apropiación que del 15-M se ha hecho desde un cierto segmento ideológico que, como ya denuncié en su día, ha desvirtuado, en mi opinión (pero parece que también en la de muchos), el planteamiento básico -y sencillísimo- que nos echó a tantísimos a la calle para sorpresa y alucine del sistema y de la prensa pesebrera. Desde este punto de vista, sí que tengo que poner a toda potencia mi autodisciplina para acudir el sábado porque, a la luz de lo habido y a la luz de lo que hacen algunos con mi humilde molécula numérica (asociada, claro, a otros muchos miles de moléculas numércias), la verdad, ganas, lo que se dice ganas, no tengo; y mucha ilusión, tampoco. Que iré, repito, pero no sé si me convencerá.

Bien, veremos qué pasa el sábado y veremos si cambia algo o si hace previsible que cambie algo. En todo caso, en Europa sí que algo, poco o mucho, ha cambiado. Hoy no estamos igual que el viernes, esto lo tengo claro, y lo tengo claro pensando, simplemente, en que ayer hubiera sucedido lo contrario de lo que ha sucedido, y que venciera Sarkozy, que Merkel ganara cómodamente en el norte y que los dos principales partidos pesebreros griegos se repartieran el parlamento. Veremos hasta donde llega lo que hoy promete la contemplación del panorama pero no parece que a peor, lo que se dice a peor, vayamos a ir. Por lo menos en gran medida.

Como tantas veces he dicho, no trago a los franceses; sin embargo esa antipatía sólo hace más costosa pero no impide la constatación de que, como el pelotón de soldados de Spengler, cuando Europa parece naufragar, siempre queda Francia.

Mientras quede París, no prevalecerá Berlín. En fin, o eso espero…

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