Tiempos de infamia

De la serie: Esto es lo que hay

Decíamos de Zapatero que era un pobre desgraciado y un mindundi, un cutre, un hombre no muy largo de luces y un vulgar apparatchik de segunda división venido a más en un mar de mediocridad. Y teníamos razón. De Rajoy sabíamos que era un soseras, pero poco más, pese a que había sido ministro no recuerdo ahora si de dos o de tres carteras, y sólo nos había provocado unas tristes sonrisas con aquello de los hilillos del barco aquel. Algunos confiábamos en que su importante título de registrador de la propiedad le diera un nivel y una cosa, pero, según todos los indicios, ha acabado resultando también un pobre desgraciado y un mindundi, y también un individuo sobrevalorado en un mar de mediocridad. Lo de apparatchik no está tan claro, al menos en las apariencias, porque hay importantes sospechas de que en vez de dominar él al aparato, el aparato lo domina a él.

Decíamos de Zapatero que no decía una verdad ni equivocándose, que era un mentiroso compulsivo, un tahur de la política, un embustero sistemático. Y teníamos razón. Pero Rajoy también ha resultado, exactamente en la misma medida, ni un milímetro más ni un milímetro menos, un individuo que no dice una verdad ni equivocándose, un mentiroso compulsivo, un tahur de la política, un embustero sistemático.

Decíamos de Zapatero que estaba entregado a intereses espurios, prácticamente a cualesquiera, a todos, excepto a los de los ciudadanos, excepto al verdadero interés público. Y teníamos razón. De Rajoy… ¿para qué decir nada? Es exactamente lo mismo.

Ayer decía en Twitter que para qué cansarnos convocando manifestaciones 15-M para el sábado, si el propio Rajoy ya lo había hecho por nosotros y mucho mejor que nosotros.

Porque lo de los 10.000 millones de euros públicos (los mismos que se han recortado en Sanidad y en Educación) regalados a Bankia, no tiene nombre. Decir que es una sinvergüencería, es poco. Decir que es una abominación, queda hasta pedante. Decir que es una indignidad, es una obviedad. Decir que es una infamia, se acerca pero no llega.

Pero siendo todo esto y más, y muchísimo más, no es, sin embargo lo peor. Lo peor es que ni siquiera intentan disimularlo. Lo peor es que nos consideran tan adocenados, tan aborregados, tan incapaces de nada más que de un breve -por más que estentóreo- pataleo (léase lo que decía ayer), que no se molestan ni en esconder su brutalidad en una vomitiva hipocresía; al contrario, exhiben el más impúdico cinismo. Y así, van y dicen, como dijo ayer Rajoy, que bueno, sí, es verdad que ayer dije que no iba a hacer esto y hoy lo hago. ¿Y qué? ¿Pasa algo? Y ni siquiera es esto lo peor: lo peor de todo, lo peor multiplicado por lo peor al cuadrado, es que ellos tampoco se equivocan: pueden, efectivamente, hacer y decir todo esto y no equivocarse: no pasa nada.

El sábado habrá, probablemente, cincuenta manifestaciones en toda España (quizá incluso en parte del extranjero); estas manifestaciones serán, probablemente también, muy numerosas, muy nutridas, de gran éxito, desde el punto de vista de los convocantes. Y después de estas manifestaciones, todos nos iremos a casa, los políticos dirán aquello tan divertido de que toman nota, Rajoy dirá aquello no menos gracioso de que comprende que estemos cabreados, porque él también sufre muchísimo metiéndonosla doblada, pero que no hay otra y aquí paz y luego gloria. Tal como suena. El domingo, el setenta por ciento de los manifestantes del sábado estarán pendientes de quién baja o no baja a segunda división y, una vez resuelto tan frondoso misterio, empezarán a frotarse las manos pensando en la eurocopa, o como se llame el próximo número calzoncillero. Y lo único que diferenciará a este próximo lunes del lunes pasado, es que Rodrigo Rato estará sufriendo la triste suerte de haber tenido que dejar su importante cargo bancario sin otra compensación que un parco millón y medio de euros.

Y por eso nos pasa lo que nos pasa.

Yo creo que la hora de las manifestaciones ha pasado ya. O, por lo menos, la de las manifestaciones como única acción. No sirven para nada. No es pretexto para dejar de acudir a ellas, ojo (me reafirmo por enésima y no última vez que, salvo accidente o imprevisto, acudiré a la del sábado con puntualidad castrense a la de Barcelona), pero es constatar una realidad palmaria: a esa caterva de sinvergüenzas, las manifestaciones no les impresionan, porque saben que la cosa no pasa de ahí, sobre todo si se tiene a los perros bien sujetos de modo que no puedan suscitar, pasándose de la raya, una reacción de ira incontrolable, como estuvo a un tris de pasar en Valencia hace unas cuantas semanas. Nos manifestamos, gritamos mucho, mostramos carteles muy ingeniosos y después votamos como siempre y lo de siempre. De este modo, podemos seguir manifestándonos hasta que las gallinas meen haciendo la vertical, que ellos, tranquilos.

Tuve mucha fe en las manifestaciones masivas el año pasado; nadie se ilusionó más que yo con el 15-M. Pero, más allá de las manis, la gente, la ciudadanía, la población, no fue consecuente y, cuando llegaron las elecciones, en lugar de montar la que este mismo domingo han montado los griegos (que era lo que el 15-M pretendía electoralmente, además de hacer ruido), simplemente se votó como siempre, con la única cutre salvedad de un cierto ascenso de dos o tres pequeños partidos. Ahora, ellos tienen tres años por delante sin elecciones -o sin elecciones importantes- a la vista, así que pueden pasar de nosotros olímpica y tranquilamente.

¿Qué cabe hacer? Pues os digo la verdad: nada. Simplemente, estamos perdidos, irremisiblemente perdidos, condenados al hoyo social, economico y político; y quizá más de uno al material. En un país, en una época y con una [así llamada] ciudadanía en la que, pese a la que está cayendo, una huelga sectorial -ya no digo general– de 24 tristes horas, no consigue suscitar ni un 40 por 100 de seguimiento (¡uy! y eso cuando funciona…)… ¿qué se puede proponer? Y, por supuesto, las soluciones violentas, completamente descartadas: sólo servirían para que corriera la sangre a mares y, probablemente, sería peor el remedio que la enfermedad. Cuando en este brutal país la ira se desborda sin control, acontecen dramas que marcan a generaciones enteras. A la historia me remito.

No hay nada, pues, que hacer, insisto. Es que no le veo solución, la verdad. Enunciativamente, las hay: boicots selectivos, parones en seco de consumo por sectores enteros. Pero, repito, esto aquí es absolutamente ilusorio: basta para ello, y por simple ejemplo, con darse cuenta de que la guerra contra los peajes catalanes es una insumisión a los mismos, no un boicot a las autopistas, que es lo que haría daño de verdad. También lo decía ayer. Por eso no veo que tengamos solución de ningún tipo y por eso creo firmemente que estamos irremisiblemente perdidos. Que no me vengan los de DRY a decir eso de que vamos despacio porque vamos lejos. No, lo siento, así no llegamos ni a la esquina, porque pereceremos todos por el camino: nuestra única solución son los atajos, y ya veis el plan. No estoy en fase depresiva, no soy cenizo: soy, simplemente, realista. Esto es lo que hay, y no hay más.

Pobres hijas mías…

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Comentarios

  • Juanga  On 08/05/2012 at .

    “Olvidaste” el hecho de la escasa incidencia que ha tenido siempre la corrupción en el votante español (y lo saben, claro). No sé cómo andará la cosa en otros países, pero sí que al menos en otros lugares la mentira o la corruptela salvaje tiene efectos al menos ejemplarizantes. Aquí no.

    Por otro lado, sigue habiendo mucho iluminado que volverá a pensar que la indignación ciudadana significa carta blanca para redactar “nuevas cartas de derechos” completamente delirantes (y para toda Europa nada menos), otros que pedirán minutos de silencio “por la muerte del sistema” ante personas ojipláticas que se darán la vuelta y se marcharán después de oir a niñas que dirán que “las cárceles no deberían existir” (vivido en carnes).

    Que volveremos a cagarnos en los políticos y bancos este sábado. Seguro. Espero pasármelo en grande. No tengo esperanzas de más. Supongo que uno de los logros del 15M es que ha conseguido incrementar un poco el asociacionismo del país, en muchos niveles, y cierto nivel de conciencia en el voto. Mínimo.

  • Miguel  On 09/05/2012 at .

    España es un país sin solución. Sólo hay que echar la vista atrás y leer historia: Siempre hemos sido un país de mansos borregos incultos, pisoteados por los que controlan el poder. Las pocas veces que algunos han intentado instruir a la masa borrigueril, han terminado quemados y olvidados por la misma masa. Los que alcanzan el poder son conscientes de ello y por tanto, su único interés es llegar a controlar la máxima parcela de “poder ciudadano”, para agradar a los poderosos y poder enrriquecerse. ¿Cómo podemos decir que vivimos en una democracia, libre y soberana, cuando mi voto se lo llevó el partido opuesto al que voté?. Con un asco de constitución como tenemos, será dificil que las cosas cambien desde el mismo sistema “democrático”. ¿Qué otra posibilidad queda para un cambio positivo?… (no comment)

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