/Mode Lou Grant on

De la serie: Correo ordinario

Un periodista es un señor que me notifica un acontecimiento, un hecho, me lo acerca, me lo contextualiza y me lo explica. Yo no sé si eso formará parte de la definición dogmática que se imparte en las facultades correspondientes, pero sí responde a lo que yo busco -y cada vez encuentro menos- cuando abro un periódico, sintonizo una emisora de radio o (buf) contemplo una cadena de televisión.

Aunque ahora ese fenómeno se ha exacerbado, no es propiamente de ahora: desde hace muchas décadas, prácticamente, siglos, las tecnologías de la información han ido llevando el interés de la población mucho más allá de su propio entorno socio-geográfico y ese alejamiento del interés por saber, por conocer, ha hecho que la simple exposición del hecho, la noticia pura y dura, no sea en sí suficiente para ser bien comprendida. De hecho, los que, por pereza o por limitación cultural (es decir, los que se documentan exclusivamente de la televisión, por ejemplo) se conforman con la noticia pura y dura, conocen la estricta noticia, pero no entienden realmente nada, porque un mismo acontecimiento no se juzga de la misma manera en dos extremos del planeta.

Como, además -y, en parte, debido a esa globalización del interés por conocer- la vida cotidiana ha incrementado exponencialmente su complejidad, frecuentemente necesitamos que los hechos puros y duros, sobre ser contextualizados, nos sean explicados, ya que pueden formar parte de realidades muy complejas (pensemos, por ejemplo, en las variables económicas de la que nos está cayendo, de cómo necesitamos saber lo que es una prima de riesgo, una deuda soberana y demás particularidades para intentar gobernar nuestro futuro (en la medida de lo razonable, claro) para intentar hacer unas previsiones sobre nuestro comportamiento económico, social, profesional e incluso familiar de cara al futuro que lleven al inevitable riesgo a su mínima expresión, necesitamos una explicación, una explicación asequible que, muchas veces, no está en manos de un alto especialista poder impartir erga omnes. El simple (o complejo) hecho de saber no implica necesariamente la capacidad o la habilidad para transmitir ese conocimiento. En cambio esa sí que debe ser la habilidad del periodista: a los ciudadanos comunes nos es muchísimo más útil una transmisión clara procedente de un señor que sabe lo justo (siempre que lo justo sea suficiente, claro está), que la prolija y retorcida expresión de un señor sapientísimo que cree estar en la cátedra (y eso cuando no resulta ser un pedante que lo único que pretende es epatarnos con su inveterada sapiencia ahogándonos en un mar de palabros incomprensibles). También es útil el periodista -y mucho- cuando sabe conducir a ese sabio (o a ese pedante, que con todo habrá que lidiar) por los caminos de la inteligibilidad a beneficio de sus lectores, oyentes o espectadores.

Con todo este discurso lleno de obviedades pretendo, simplemente, constatar que la figura del periodista, del periodista de verdad, de raza, no del imbécil que se limita a transcribir teletipos (y mal, con faltas de ortografía y de sintaxis), no sólo no está en absoluto en decadencia sino que, a medida que transcurra el tiempo, a medida que la vida vaya haciéndose cada vez más compleja, a medida que la llamada globalización se expanda a muchos más ámbitos que el simple saqueo financiero, va a ser más y más necesaria.

Otra cosa es que ese tan correcto como necesario concepto de periodista y de periodismo haya sido brutalmente reventado por las empresas mediáticas, algunos de cuyos dirigentes se dedican hoy a clamar farisáicamente por la figura del periodista; y otra cosa es que se asocie la figura del periodista a un determinado formato de comunicación, que es la trampa: obviamente, los vendedores de periódicos pretenden que el periodismo es imposible sin periódicos o, bueno, ejem, sin empresas mediáticas; que sí, que los medios debe digitalizarse… pero siempre controlando ellos el cotarro.

Y no.

A la empresa mediática -al menos tal como la entendemos ahora y tal como la entienden los buitres que poseen o rigen las actuales- le quedan más o menos los mismos telediarios que a la industria editorial (que frecuentemente forma parte de los mismos grupos financieros), es decir, que, en puridad, ya debería estar muerta y que sólo la capacidad de presión que aún mantiene por su todavía potente capitalización permite aguantarse viva merced a la protección oficial (que se traduce en subvenciones con nuestro dinero, claro).

No es de extrañar, pues, que la industria medática apriete por los mismos puntos que la industria cultural, ya que su obsolescencia transcurre en paralelo… cuando, también en este caso, no forman parte del mismo grupo empresarial o financiero.

Pero pese a ese hundimiento -lento pero inexorable- de la industria mediática, la figura del periodista no sólo no está comprometida sino que ni siquiera precisa -como también se viene diciendo- una reinvención. Lo que sí habrá de reinventar el periodista es su puesto de trabajo, es decir, la monetización de su ejercicio o, dicho más villanamente, el modo de ganar pasta, pero no propiamente -o no muy a fondo- su profesión, que yo creo que debe continuar basada en los mismos parámetros. Probablemente habrá empresas mediáticas digitales (me atrevo a pronosticar que de nuevo cuño, dudo que sobreviva alguna de las actuales a menos que, ellas sí, se reinventen muy, muy a fondo) pero no creo que acaparen, como lo hacían hasta ahora, la oferta periodística. En la red caben muchísimos inventos distintos, distintos tanto de forma como de fondo, que irán surgiendo a medida que el medio ambiente digital lo vaya pidiendo. Además, eso que ahora llamamos red puede ser algo muy distinto, puede que incluso radicalmente distinto, al correr de no muchos años, porque Internet es perfectamente capaz de realizar revoluciones en su morfología en cosa de un lustrito, como, por lo demás, ya ha demostrado. O sea que el campo está muy abierto.

Cambiarán las formas, cambiarán los modos, cambiarán los vehículos de transmisión, pero yo seguiré necesitando que alguien me diga que en Japón hay muchos suicidios, pero que me contextualice el suicidio explicándome que en Japón no se ve de la misma manera que lo vemos aquí y que me aclare las específicas causas de por qué en Japón, aparte del contexto, se suicida más la gente. Si es el caso (que creo que lo es). Seguiré necesitando que alguien me explique por qué se gasta tantísimo dinero buscando una cosa tan rara como un bosón de Higgs y que me hable de densidades de las partículas en vez de decirme estupideces de partículas de Dios. Y seguiré precisando que quien me explique el despegue de un avión no atente contra el correcto equilibrio de mis transaminasas diciendo que es impresionante ver elevarse un aparato de ciento cincuenta mil toneladas (sin duda lo sería, sí). Y no le pediré a ese agente transmisor que sea neutral con respecto a lo que informa (una ilusión imposible y no sé si deseable) sino que sea intelectualmente honrado, es decir, que muestre claramente hacia qué lado se inclina, de dónde procede la sistemática de la que parten sus juicios, sus valoraciones.

Seguiré, pues, necesitando periodistas. A quien de buen seguro no necesitaré (de hecho, ya me sobra ahora) es a un Juan Luis Cebrián.

Requiescat in pace.

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