DRY o no DRY

De la serie: Esto es lo que hay

Es sabido ya que Democracia Real Ya ha sufrido un fraccionamiento, aunque ignoro -creo que, en general, ignoramos- en qué proporciones. Hace unos días, un grupo de ¿miembros? de DRY legalizó una asociación con ese mismo nombre y se armó la de San Quintín. Hombre, en principio, queda feo, porque da una sensación como de apropiación, como de decir yo soy lo auténtico, lo legal, lo guapo, y lo demás es… pirata. Así que la parte anárquica (más que anarquista) de mi corazoncito, casi se inclinaba por los otros, por los que se mantuvieron en el rollo tal cual, y eso que ya es sabido lo que pienso yo de lo asambleario, pero bueno, cada cosa en su lugar y momento. Hoy he sabido algunas cosas más. Los legalizados acusan a los fácticos de ser una camarilla que se ha apropiado de la marca en Twitter, en la web y demás, y que hace y deshace sin bendición democrática y, bueno, a partir de ahí se debate si una determinada asamblea fue o no legal porque la convocó o no un determinado porcentaje, lo que me lleva a la idea de que en el entorno fáctico hay también reglamentos, aunque no estén registrados.

Ante todo: conozco ambos argumentos y conozco el conjunto del problema muy superficialmente, de modo que el que espere que yo aquí y ahora vaya a tomar partido por una u otra facción, no hace falta que siga leyendo, que no se canse y vaya a otra parte. O que se quede, pero que no se queje. Sólo pretendo realizar un pequeño análisis de cómo están las cosas según las veo.

Aquí estamos ante una difícil dicotomía: organizarse dentro de la legalidad, lo que implica unos estatutos articulados e implica una directiva con unos responsables que, por muy controlados que estén asambleariamente, necesariamente adquieren un cierto poder, una cierta autonomía, por pequeña que sea, en la toma de decisiones, lo que los convierte en corruptibles o, cuando menos, en potencialmente sospechosos de serlo, cosa que lleva, de forma absolutamente inevitable, se ponga quien se ponga como se ponga, a que se formen, como mínimo, dos líneas, la oficialista y la opositora, pero la opositora puede, a su vez, estar integrada en varias sub-líneas, lo que, en definitiva, lleva a una burocratización y al apaga y vámonos por parte de mucha gente que ve que su propio tinglado se convierte en aquello contra lo que precisamente está combatiendo; por otro lado, el colectivo fáctico tiene el peligro de que, efectivamente -y no digo que esté sucediendo, sino que bien podría suceder- una pequeña camarilla que controla todos los mecanismos de proyección y de emisión de doctrina del colectivo se constituya es una especie de guardián de las esencias y decida urbi et orbi lo que sí y lo que no, al modo jacobino, y montando números ibsenianos con los disidentes, lo que llevaría a asambleas a la búlgara.

En el plano positivo, cada modelo tiene sus ventajas: pensando en que el enemigo (los políticos profesionales) está desesperado porque no sabe con quién negociar ni qué autoridad tienen los portavoces -cuando se dirigen a ellos- de cara a que se cumplan los acuerdos, parecería que la organización legalizada, con su inherente pirámide ejecutiva, sería muy eficiente; pero, por otro lado, un país anárquico que repugna el asuntillo este de los carnets, de las cuotas y, sobre todo, de las obligaciones, prefiere una nebulosa a la que adherirse cuando lo que resulta de ella es grato o a la que rechazar sin más cuando lo que sale del éter asambleario es ingrato o incómodo.

Es sabido que una de las primeras críticas que recibió el 15-M fue la de su falta de articulación. El enemigo, absolutamente sorprendido y desorientado, clamaba porque esa ciudadanía puesta en pie propusiera alternativas: «Bueno -decían- sabemos lo que no quieren pero, en definitiva ¿qué es lo que quieren?» Pero la ciudadanía se limitaba a protestar, sin más, y las pocas alternativas que se planteaban -que se concentraban básicamente en la propuesta de dispersar el voto- no se dirigían al enemigo sino a la propia ciudadanía. Los políticos fueron incapaces de comprender -no en vano los hemos acusado siempre de lerdos en la misma medida que de corruptos- que lo que hubieran debido hacer es tomar la iniciativa en el sentido de lo que los ciudadanos pedían con bastante claridad: medidas severas contra la corrupción, lo que podría implicar, por una parte, un código penal más riguroso al respecto pero, creo yo que sobre todo, un control interno dentro de los partidos (en el código penal creo poco, para ciertas cosas, porque es útil para combatir conductas extremas, pero no para poner coto a lo que ya es cotidiano) y un sistema electoral que permitiera una cuota mayor de representatividad. Yo creo que eso lo pedía la ciudadanía muy claramente. Otras cosas ya eran más complicadas: fin del poder financiero sobre la política, la participación de la sociedad civil en las decisiones políticas, etcétera. Digo complicadas, más que nada por su articulación (supuesto y, desgraciadamente, no admitido que se hubiera pretendido) para la cual sí hubiera hecho falta preguntar a los ciudadanos.

En otras palabras, hay reivindicaciones claras que los políticos hubieran podido resolver si hubieran querido, pero otras que ellos solos, aún con buena voluntad, no hubieran podido afrontar. Y si lo hubieran intentado, entonces sí, se hubieran encontrado con esa falta de interlocutores válidos.

Hablar, por hablar: lo que el enemigo ha pretendido en todo momento es marear la perdiz con excusas y pretextos, porque si se hubiera puesto a solucionar la parte perfectamente inteligible de las exigencias ciudadanas hubiera podido hacerlo sin más y de esa solución hubieran venido las otras: al articularse un sistema electoral más representativo, los ciudadanos ya hubieran podido hablar a través de él. Pero, en todo caso, la disposición de los políticos a vehiculizar las exigencias ciudadanas, hubieran dado lugar -y me caben pocas dudas- a que la ciudadanía articulara un sistema de representatividad provisional que proporcionara interlocutores con cara y ojos.

Ahora tenemos ese problema de la DRY (sector fáctico) y de la DRY (sector legal). En realidad, es un problema menor, menos grave de lo que parece. El único problema es que los ciudadanos odiamos la mierdecilla por el poder (¡es lo que nos ha movilizado!) y eso quizá podría afectar a las cifras de mañana. No lo creo, pero la posibilidad está ahí. En realidad, si las cifras de mañana no fueran lo que cabe esperar, dudo que el problema esté en el fraccionamiento de DRY sino, más bien, creo que el fraccionamiento de DRY podría ser la parte pequeña del problema que habría que deducir, si llegara a ser el caso, en una mala gestión del 15-M.

Pero incluso unas cifras cortas mañana me preocuparían poco: una ciudadanía cabreada es una olla a presión y el hecho de que la válvula no funcione bien no quiere decir que la presión no exista: si DRY se convierte en, o se percibe como, una olla de grillos, mañana no pasará gran cosa (vaya, mucha gente siempre la habrá, pero sí, según ruede, podría resultar mucho menos masivo de lo que todos deseamos) pero, de un modo u otro, la ira ciudadana encontrará otros canales que, además, surgirán muy fácilmente. Si no es Democracia Real Ya, será Democracia Real Plum, pero surgirán.

De modo que si los factótums de DRY (los fácticos y los legales) no llegan a ponerse de acuerdo para poner en común su patrimonio (los instrumentos de divulgación y los documentos legales) se van a quedar con ese patrimonio y en bragas, como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, mientras la ciudadanía busca otros canales para dar cauce a su justa ira y a su protesta.

Así que ellos mismos.

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