El IVº Reich

De la serie: Esto es lo que hay

Vista con perspectiva, más allá de todos los dramas humanos (que ya es ir más allá), una pequeña parte de los cuales describo en el post anterior, la devastación que ha causado el nazismo financiero en Europa (y en muchos más lugares, pero quedémonos hoy en Europa) adquiere proporciones de catástrofe generacional, de auténtica entidad histórica. Porque los nuevos nazis se han cargado ya, así, en pretérito perfecto, el trabajo y el esfuerzo de dos generaciones y las ilusiones de una tercera. Y aún no se les ha parado los pies. El genocidio más brutal después de 1945, e insisto en recordar que sólo estoy hablando de Europa.

En efecto, sobre las ruinas de una guerra que arrasó con todo (incluyo nuestra guerra civil, que no fue sino la introducción de la otra más grande que vino inmediatamente después) los supervivientes, dolientes y lacerados, se pusieron a trabajar, y se pusieron a trabajar, como quien dice, reciclando ladrillos. Todas las infraestructuras estaban destrozadas, los medios de transporte eran escasos y precarios, la industria estaba arruinada por los bombardeos de unos y de otros. Hubo que empezar desde cero.

Se empezó de modos distintos: en la Europa atlántica, vencedores y vencidos trabajaron juntos, hombro con hombro, una vez se pasó a los vencidos la factura moral, que fue durísima (la factura material habría de esperar a que pudieran pagarla, pero se les pasó igualmente, de forma inmisericorde); en la Europa oriental y Eurasia, donde la guerra había consumado el plato fuerte de la masacre humana, además de la material, el comunismo soviético hizo rancho aparte y se buscó la vida por su cuenta, con una organización político-social distinta, bajo una filosofía distinta y con resultados, consecuentemente, distintos.

Esta polarización oriente/occidente fue determinante en la organización social y económica del mundo atlántico: con una Norteamérica pujante en el new deal que impulsara Roosevelt y que, a cambio de trescientos mil jóvenes muertos, había hecho el gran negocio con la guerra y se disponía a multiplicarlo con la posguerra, el único peligro era el atractivo de un supuesto paraíso proletario como el que mostraba la muy eficaz propaganda soviética vehiculizada a través de los partidos comunistas euroccidentales. Hubo, pues, que trabajar dos caminos: uno, la creación de un auténtico paraíso proletario en Europa occidental sustentado en lo que hoy conocemos estado del bienestar; otro, la creación de un paraíso democrático que cerrara el paso (código penal en mano) a un eventual resurgir del fascismo genérico y dejara a la intemperie a los partidos comunistas del entorno occidental los cuales, efectivamente, tuvieron que reconvertirse a partir de finales de la década de los cincuenta, llevando un poco más allá la crítica kruschevista al estalinismo, hasta desvincularse casi completamente del aliento soviético.

Y la cosa funcionó. Nuestros abuelos, primero, y nuestros padres, después, (éstos en mejores condiciones de partida que aquellos, lógicamente) edificaron sociedades verdaderamente opulentas hasta el punto de casi terminar con la estructura de clases tal como se habían entendido tradicionalmente. Efectivamente, coger los trasnochados textos marxistas y leer sobre las explotadas clases proletarias viendo a los trabajadores de Volkswagen, Siemens e incluso, uno o dos peldaños más abajo (pero no muchos más) a los de las españolas SEAT, RENFE o Telefónica, con viviendas en propiedad, automóvil, un mes de vacaciones pagadas, alimentación abundante, vestuario de calidad y variado, acceso a ciertos bienes suntuarios (electrodomésticos, joyería, etc.) e incluso, segundas residencias, producía explosiones de risa; como risa producía también la imagen de las oscuras e insalubres fábricas descritas por los padres del marxismo, viendo los centros de trabajo modernos, luminosos, limpios y climatizados de la industria occidental. El resto, se aseguraba sobre tres patas: sanidad, educación y jubilación, todo ello público, de calidad y con el objetivo de que ninguna contrariedad vital supusiera exclusión económica y mantuviera al ciudadano dentro de unos mínimos circuitos de consumo. En definitiva, Europa se constituyó en una inmensa monoestructura social de clase media: se podía, a lo sumo, hablar de clase media baja o de clase media alta, pero siempre con unos mínimos razonablemente altos; y el proletariado, en su clásica acepción, había sido minimizado en ínfimas bolsas de estadísticamente inevitable marginalidad hasta su práctica desaparición.

Pero en la década de los ochenta, el mundo soviético colapsó. Colapsó económicamente y, obviamente, también inició su colapso político. Entonces no nos dimos cuenta, pero resultó que no se caía una referencia para los trabajadores occidentales, sino una referencia para el capitalismo. La fotografía del cadáver soviético supuso el fin, más allá de toda duda, de cualquier idea de paraíso proletario. Y finiquitado el paraíso proletario rojo, no tenía ya sentido, para el capitalismo, el paraíso proletario occidental. Las clases medias ya no teníamos enemigo del capitalismo al que agarrarnos si éste nos fallaba. De modo que el capitalismo se subió a una potente moto y aceleró a fondo.

En un proceso relativamente lento de treinta años, empezó a quebrar la seguridad en el trabajo, empezaron a regatearse prestaciones y derechos sociales, los sindicatos (que ya hasta entonces habían sido simplemente extemporáneos) pasaron a ser, redondamente, comprados y se inició, al principio como un leve goteo, un claro retroceso. Ronald Reagan y Margaret Thatcher fueron los primeros camisas pardas del neonazismo financiero, sus palanganeros fundacionales, a brazo alzado ante la bibliografía de Milton Friedman convertida en el nuevo Mein Kampf.

Paralelamente, el paraíso democrático fue decayendo en la misma proporción y del mismo modo: se acerrojó la clase polítca (lo que hoy llamamos la Casta) en unos partidos políticos rígidos y herméticos, inasequibles desde el exterior (salvo para los panolis que quisieran ingresar en sus sótanos como carne de cañón pegacarteles) y, al igual que los sindicatos, financiados por el entorno nazi financiero. Y los ciudadanos emprendimos, en pendiente inicialmente suave pero que progresivamente se ha ido acentuando, el camino hacia la simple categoría de súbditos, de súbditos obedientes al führer, un führer que no iba a ser en esta ocasión un señor identificable y ubicable, sino una nebulosa de intereses corporativos, pero no menos ciertos, no menos patentes, que el viejo cabo del bigotito. Nuestros derechos democráticos no fueron, exteriormente, suprimidos; simplemente, se les vació de contenido: convertidos los partidos en estructuras burocráticas al servicio del führer, el color de nuestro voto pasaba a ser un asunto puramente decorativo. Para empezar.

Los últimos años nos han traído un proceso de lo que podríamos llamar corporativización pública. La corporativización pública (es una frase que me acabo de inventar, no corráis a Google) no consiste en un simple privatización de servicios públicos, es mucho más y mucho peor: la corporativización pública es una auténtica feudalización social disfrazada con tecnología siglo XXI. Se basa en el derecho que se ha tomado el nazismo financiero en el poder a ser retribuido per se, sin más. Es decir, ha transformado el derecho de los estados a recaudar impuestos para financiar el gasto público en derecho del entramado financiero a recaudar para financiar su propio beneficio y su propio poder.

Ya teníamos una pista, sencilla y básica, pero ilustrativa, en estos últimos años cuando veíamos cómo, con la complicidad de los partidos políticos, las corporaciones privadas nos esquilmaban con los precios de unos servicios de calidad nefasta y que, además, se veían favorecidos con la presunción de derecho al cobro, es decir, que nos podían imponer esos servicios -y, obviamente, cobrarlos- sin ni siquiera haber sido contratados por nosotros; todo ello adobado con una abundancia de monopolios y oligopolios de facto que contradecía frontalmente con los principios presuntamente liberales de libre mercado. Pero no: el poder siempre es, intrínsecamente, un numerus clausus frente al cual no hay libre concurrencia posible.

El penúltimo peldaño lo estamos viviendo ahora: tramaron una estafa de dimensiones colosales, de proporciones asimismo históricas, tendente a dos objetivos: desposeer a los más débiles (ampliándose cada vez más los integrantes del sector de los más débiles) y descapitalizar totalmente a los estados, poniendo todo el valor económico en manos de corporaciones privadas (y muy privadas). Y, como consecuencia (aquí, la famosa doctrina del shock funciona a pleno rendimiento), una neoproletarización generalizada con las masas sin otra ocupación posible que la de rastrear las pocas migajas que puedan encontrar en un intento, muchas veces vano, de alimentarse. Recordemos que las masas empobrecidas nunca han sido levantiscas: las revoluciones siempre las han llevado a cabo los burgueses, ergo, liquidada la burguesía, es decir, la clase media, liquidado el peligro.

En estas estamos. El nuevo Hitler ya ha ocupado el poder, si bien aún tiene la triste y escasa limitación de un Hindemburg titubeante. El próximo paso será liquidar la república (la república virtual, que nadie se haga ilusiones tricolores) e imponer el Reich. Y, a continuación, el exterminio. Para cuando nos demos cuenta de toda esta historia, para cuando queramos reaccionar, para cuando constatemos lo que nos han robado y cómo nos lo han robado, ya llevaremos el pijama a rayas y el tatuaje en el brazo.

Únicamente puede salvarnos la plena consciencia de que Mauthausen no hubiera existido si en 1933 hubiera habido paracaidistas israelíes. Y actuar en consecuencia. Creo que el punto de inflexión lo estamos viviendo ahora mismo: salvación o ruina definitiva.

Nosotros mismos.

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Comentarios

  • ryouga69  On 01/06/2012 at .

    Me suelen gustar mucho sus artículos pero este sobrepasa lo leido hasta ahora, excelente explicacion de los acontencimientos de las ultimas décadas, lo copio a mis documentos que ya no me fio de la nube 😉

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