Monthly Archives: junio 2012

Popurri

De la serie: Esto es lo que hay

Llevo una semana de baja (de baja, exclusivamente bloguera, que no de la otra) a causa de un estúpido resfriado veraniego que me ha quitado el humor y las ganas de todo. Y, claro, en una semana han pasado cosas, así que voy a hacer un pequeño comentario (no necesariamente ordenado) sobre lo que me parece y ahí queda para lo que gustéis mandar.

A ver, ¿por dónde empiezo?

Merecimientos ciudadanos

Ayer fue como el tango de Gardel: silencio en la noche, ya todo está en calma… Jugaba la roja de las narices y al parecer no atinaba. Simultáneamente, en clara desvergüenza, en una demostración de jeta impresionante, que no inédita, diversos miembros del Gobierno nos anunciaban las próximas meteduras de doblada: el medicamentazo, la subida de la luz, el agujeto de casi 14.000 millones de Bankia. Pero todo el mundo estaba preocupado porque la roja de los cojones no acertaba con la portería de los portugueses.

Al final, vino la tanda de penaltis y dos portugueses la cagaron contra sólo una pifia roja con lo que los millonarios estos, pasan a la final. Ahí sí que fue el desmierde y el despelote. Sin ningún respeto por la gente que estaba descansando, todo fueron aullidos, petardos, golpes y demás. Parecía que somos salvos. Ya no pasaba nada, ya no había crisis, había cesado el maëlstrom diabólico que nos está llevando a la miseria en movimiento uniformemente acelerado.

De verdad, de verdad: os merecéis todo lo que nos va a pasar.

La monja alférez

Esa señora que es monja y médico -cosas ambas que tanto juntas como por separado me parecen muy respetables- que alertó contra el inmenso timo de la estampita que nos estaban pegando con la coña de la gripe A (y que resultó que tenía razón), se descolgó, creo que fue ayer, preconizando una huelga general indefinida. Y resulta que en diversos foros y redes sociales la han jaleado mucho y que sí, que sí, que huelga general indefinida. Viva la juerga, hombre.

Hay gente que cree que una huelga general -y no digamos una huelga general indefinida- se lleva a cabo así como así. Resulta, para empezar, que esta huelga general indefinida tiene que tener un objetivo, un objetivo concreto, medible y experimentable. No puede hacerse una huelga general indefinida para que los políticos se vayan a casa o para que se restaure la democracia o la división de poderes. Eso es una tomadura de pelo. La cosa debe tener un objetivo concreto que permita una pregunta a la que responder «sí» o «no» sin matices posibles. A continuación, debe establecerse una previsión de ritmos. La gente -y más en estos tiempos gilipollescos en los que se pretenden grandes logros sin apenas sacrificios ni esfuerzos- mantendrá su ardor guerrero durante los primeros tres o cuatro días; después, irá aflojando y las aguas volverán a su cauce: hay que mantener una tensión para que la belicosidad permanezca. No es fácil. Además, hay que poner en marcha cajas de resistencia; jo, cajas de resistencia en España, un país insolidario de cojones (y más cuando hay que aflojar la mosca) y a ver quién se fía del administrador, tal como funciona la corrupción (a todos los niveles) que sufre este país. Por sólo decir tres o cuatro cosas; en realidad, hay muchísimos cabos que atar y muy dificiles todos ellos.

Tuve, en su día, palabras amables para esa señora, y las mantengo en aquel contexto (me refiero a la estafa de la gripe A). Pero desconfío profundamente de las prima donna mediáticas en campos en los que la prima donna está de más. El judicial, por ejemplo, es uno. El conventual, es otro. Dicho sea salvando todo el derecho de esta señora a decir lo que le dé la gana ante las cámaras que le pongan por delante, incluyendo su derecho a promover que se las pongan.

Pero cuando la cámara deja de ser un medio para ser un fin, yo ya no me fío de nada ni de nadie.

Delincuentes cobrando

Ayer se debatió en el Congreso una moción que pedía prohibir que los delincuentes fuesen por las cadenas de televisión cobrando por hacer declaraciones. Y la moción no prosperó. La excusa de los que votaron en contra fue que tal prohibición podría coartar la libertad de expresión de las cadenas privadas. Bueno, una excusa más o menos estúpida, como todas las habituales; hubiera sido menos estúpido, puestos a hablar de derechos de las cadenas privadas, que aludieran a la libertad de empresa. Excusas tontas aparte, esta vez estoy de acuerdo con el resultado parlamentario.

Si la ciudadanía no quiere que sucedan determinadas cosas, la ciudadanía tiene en sus manos impedirlo. Si no quiere impedirlo por pura sangre de horchata, que se joda. Así de claro.

La fuerza del poder cívico quedó clara cuando nos cargamos «La Noria», a base de promover un boicot contra los productos que se anunciaran en el programa, porque pagó a la madre de un delincuente convicto por unas declaraciones. Y la gilipollez de los súbditos de Su Majestad quedó asimismo patente cuando, después de exigir poco menos que la pena de muerte para el Farruquito, cumplidos tres exiguos y teóricos años de cárcel (todo el peso de la ley, pero insuficiente para su caso concreto y, además, salíó con escasamente dos, si es que llegó), le llenaron y le siguen llenado salas, en vez de condenarlo al ostracismo social y profesional.

Las leyes no deben suplir la acción ciudadana (cuando ésta se lleva a cabo, a su vez, dentro de la ley y del ejercicio de derechos legítimos); y si la acción ciudadana no se da por pura estupidez y simple menfoutisme de los siervos del Rey, pues ya están bien las cosas como están.

Como digo siempre: esto quisísteis, esto tuvísteis. Y dejad en paz las putas leyes.

¡Que se van los catalanes!

La última encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat arroja como resultado que, ante un referendum sobre la independencia de Catalunya, el 51 por 100 de los ciudadano [catalanes] votaría favorablemente. Como no veo Intereconomía ni equivocándome zapeando (lo tengo fuera de sintonía) sólo puedo imaginar que se habrán puesto poco menos que líricos. Como también evito «La Razón», «ABC» y similares hierbas, pues ídem de ídem.

Pero no es tan fiero el León como lo pintan. Yo recuerdo que en las primeras elecciones al Parlamento europeo, Heri Batasuna obtuvo grandes resultados, entre los que destacaban unos cuantos miles de votos obtenidos en… Andalucía (cabe recordar que, en las elecciones europeas, cada país miembro constituye una circunscripción única y, por tanto, todo el país puede votar cualquier candidatura). Lo que había tras ello eran unas ganas tremendas y perfectamente comprensibles de tocar los cojones por parte de unos cuantos ciudadanos bastante cabreados, por unas razones o por otras. Y eso que por aquel entonces aún no nos estaba cayendo -ni de largo- la que nos está cayendo ahora.

Buena parte de esas respuestas vienen de ahí, de la pura y simple iracundia. El campo del independentismo sin matices está perfectamente delimitado en Catalunya y ronda entre el 12 y el 18 por 100, si podemos hacer caso a la perspectiva histórica de los resultados electorales. A eso hay que añadir otros ismos que, de forma ocasional y ondulante, le ronda, pero sin atreverse a tanto: el nacionalismo de CiU, el federalismo del PSC.

Otra cosa es que sí sea cierto que existe una desafección -que decía Montilla- y que es creciente; eso sí es verdad. La bronca modelo tercio de Flandes que ha traído el PP y que tradicionalmente usa -entre otras cosas- para dar gusto al sector más imbécil de sus fans, aquí sienta como un tiro y favorece más que ninguna otra cosa esas posturas. Y a eso cabe añadirle, además, lo que está pasando en España y la tonta convicción de que esto, en una Catalunya independiente, no pasaría: ¡qué poco conocen el paño los ilusos!

No pasa nada. No pasa nada, siempre que se tenga claro que ese estado de opinión cambia fácilmente… si cambia la coyuntura. Porque si la coyuntura no cambia, si los problemas (los reales) que hay con Catalunya no se arreglan, ese estado de opinión podría cronificarse y andando el tiempo convertirse en un ansia colectiva de profundidad histórica e irrenunciable. Ojo con eso.

Por lo demás, lo que leía ayer no recuerdo si en Twitter o en Menéame: deja que los catalanes se separen, hombre, que así los aragoneses tendremos playa.

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Bueno, pues casi parece esto una paella como las de antes. Y, vaya, precisamente hoy es jueves.

En fin, lo importante es reemprender la tarea cotidiana del blog y a ver si me acabo de quitar de encima definitivamente esta calipandria.

Sic transit gloria mundi

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Barrecha

De la serie: Pequeños bocaditos

Voy a coger el metro (esto pasó el viernes) y bajando las escaleras oigo detrás mío voces femeninas muy jóvenes. Hablan en catalán. De pronto, un tío sube como un burro, empujando a todo quisque y sin respetar nada; tampoco a mí, claro está. Me dispongo a dar media vuelta para cagarme amplia y sonoramente en su padre, pero alguien se me adelanta: «¡A ver si miras por donde vas, mamón, gilipollas!». Es una de las chiquitas que bajaban detrás mío. Ahora veo que son tres y la que ha increpado al fulano es una mulatita, preciosa por cierto. Aparenta unos dieciséis o diecisiete añitos pero, conociendo la velocidad a la que se desarrollan estas chicas, es fácil que no pase de catorce, que es la edad que, más o menos, aparentan las otras dos que van con ella. Y después de ciscarse en el capullo atropellador, continúa hablando en catalán con sus colegas; un catalán nativo, de lengua materna. Sin embargo, al botarate lo ha abroncado en castellano. Y es que, déjense de hostias, para insultar o imprecar como es debido, nada como el castellano: la diferencia entre un tenue collons y el feroz estampido de un cojones como dicho por un soldado del Duque de Alba, vaya, es notoria. Como alguna vez he dicho (y la expresión no es mía, se la oí a un viejo legionario un tanto picado de vete a saber qué), España se escribe con Ñ de coño.

Inicialmente me hago un planteamiento sobre ese ambilingüismo que todos los lingüistas sapientísimos niegan, empeñados en que siempre predomina una de las lenguas sobre la otra y van y me lo dicen a mí, hijo de catalán y asturiana al que hablaban en ambas lenguas desde que echó la primera cagada. O antes. Que piensa en castellano cuando habla castellano y en catalán cuando habla en catalán. Se ve que no existo. Y que tampoco existen mis hijas, de madre aragonesa, y con las que lo propio.

Pero no era por aquí por donde quería yo llevar la cosa ahora. La quería llevar a que me viene a la memoria un artículo de Pérez-Reverte, escrito al hilo de una situación parecida y que… Bueno, mejor lo leéis vosotros mismos.

Y ojalá el tiempo le dé la razón.

Xente minera

De la serie: Esto es lo que hay

Hablar de la mina con objetividad es algo que me resulta muy difícil; para mí no es como hablar del sector químico o de la industria del automóvil. Y me resulta difícil porque yo tengo unas raíces langreanas -mi madre es de Sama- que nunca he dejado de cultivar por poco que haya podido; para que alguien se haga una idea de mi vínculo langreano, podría decir, entre otras muchas cosas, que dejando aparte a los compañeros de cole (o incluso sin dejarlos aparte) en mi infancia y adolescencia tuve más amigos en Langreo que en Barcelona. Y a algunos aún los conservo.

Mi familia no fue minera. Mi abuelo era moldeador-fundidor (dicen que de los buenos y así parecen atestiguarlo algunos trabajos suyos que aún se conservan) y así que se empezó a superar la postguerra se reconvirtió y puso una ferretería, de la que vivió hasta su jubilación. Y es que al contrario que la cuenca del Caudal, donde tradicionalmente la minería fue un monocultivo, la del Nalón diversificó más y así, en un único municipio, Langreo, se unieron la minería (Pozo Fondón, en Sama, y María Luisa, en Ciaño, entre otros, porque había más) y la industria siderúrgica, encarnada por su estandarte, la Duro-Felguera, que toma el nombre de ese barrio langreano. Pero para Sama, la siderurgia estaba al otro lado del río; Sama era la mina y todo lo que no era la mina estaba al servicio de la mina: la logística, los servicios, todo. Por eso cuando se habla de la mina se habla también de muchísima gente y de muchísimas familias en las que ninguno de sus componentes ha estado jamás más de cinco o diez metros por debajo del ras del suelo.

La mina no es una actividad como otra cualquiera ni un trabajo como otro cualquiera. He bajado dos veces a la mina, las dos en el Pozo Fondón. Una, debió ser en el verano de 1973 o 1974 y fue de tipo turístico, como quien dice. Aunque bajamos hasta la sexta galería (más o menos, unos 600 metros de profundidad), realmente nos dedicamos a pasear por las galerías de avance. Las galerías de avance son grandes como el túnel del metro, con sección de medio cañón, nada que ver con los angostos corredores trapezoidales de las películas (aunque creo recordar que sí que quedaba por aquí y por allá algo de eso, obviamente en desuso o casi). Hay que explicar que en las minas asturianas (las otras no lo sé, aunque las sospecho parecidas) la veta de carbón es vertical (vaya, algo inclinada, pero esencialmente vertical, para que se entienda como contraposición a lo «horizontal»), y por eso he hablado de «galerías de avance», porque no son de explotación. Cuando la galería de avance encuentra una veta de hulla, se empieza a perforar hacia abajo, de modo que se hace una rampa que llega a la galería de avance inferior. Por esa rampa se deslizará el carbón que se extrae en los llamados talleres, que son como espacios cúbicos sobrepuestos escalonadamente, en los que se explota la veta en todas sus dimensiones: los picadores se sientan a caballo sobre costeros troncos de árbol dispuestos transversalmente, como a modo del gallinero de la mili y arrancan con los martillos pilones los trozos de carbón, que caen hacia la rampa y por ella se deslizan hasta las vagonetas que esperan en la galería inferiror. Bueno, si lee esta explicación un minero, seguramente me acusará, y con razón, de doce mil imprecisiones, pero para quien no conoce la mina asturiana será suficiente para hacerse una idea bastante aproximada. A veces es conveniente que lo preciso ceda paso a lo claro. Además, como ahora explicaré, hace ya muchos años que bajé por segunda vez a la mina (esta vez sí: a los talleres), en diciembre de 1975, y supongo que en estos casi cuarenta años las cosas habrán progresado mucho y el trabajo sera menos penoso. Algo menos penoso, porque imagino que al taller habrá que seguir bajando y eso, tal como lo recuerdo, es la leche. Este gráfico (fuente: Universidad de Barcelona) ilustra bastante bien la morfología de una mina asturiana (pincha sobre él para hacerlo más grande):

Como digo, en diciembre de 1975 bajé a la mina y esta vez sí que el capataz que nos guiaba (íbamos mi hermano y yo, junto con los hermanos Llaneza) nos metió en los talleres. Impresionante. En las galerías de avance, las lámparas individuales, las instaladas en el casco, alcanzaban con potencia lumínica suficiente distancias importantes, veinte, treinta metros, seguramente más (la memoria llega hasta donde llega); en los talleres, nada de eso: había una niebla de polvo negro acojonantemente densa que, junto con el agua que llovía allí (utilizada para la refrigeración de las máquinas), configuraba un ambiente de mierda que ya, ya. Para moverse, había que ir pasando de tronco en tronco, con mucho cuidado, además, de mantenerte fuera de la trayectoria de los cascotes de carbón que caían, y en aquella época (ahora no lo sé) los destajos se pagaban mejor cuanto más grande era el pedazo de carbón arrancado a la veta. Por cierto que hice un movimiento torpe y por poco me mato, si no me llega a agarrar el capataz… Esto aparte, sucedía -o sucede- que, bueno, a veces los troncos se descalzan y se caen y, de cuando en cuando, pillan a alguien por el camino; y eso por no hablar de los incidentes propiamente luctuosos, o sea, cuando hay derrumbamientos o se perfora una bolsa de grisú y ésta hace explosión antes de que todo el mundo haya tenido tiempo de darse el piro. Entre unas cosas y otras, todavía hoy salen de la mina con los pies por delante unos cuantos cada año; y para sacarlos, algunos compañeros han tenido que jugarse muy seriamente el pellejo.

Ya se deduce de lo dicho, pues, que eso no es ninguna broma. Lo que para mí fue una aventura juvenil de una tarde -que, pasado el acojonamiento inicial del p’habernos matao, celebramos con mucha sidra y aún más fanfarronería de años mozos-, para muchísima gente constituye su vida diaria, su cotidianidad. Y eso, claro, imprime carácter. Quizá ahora se entiendan un poco mejor las escenas de guerrilla urbana que las teles ahora y poco a poco empiezan a mostrar, y quizá ahora se entienda cómo es posible llegar a ver a los antidisturbios de la Guardia Civil (que no son unas malvas) replegándose, no pies en polvorosa, pero sí con cierta prisa, ante el acoso de mineros muy cabreados. Y ojo, que, de momento, sólo utilizan pirotecnia. Que no pase de ahí. Más vale que no ocurra nada que les incite a utilizar otra… munición. No son gente de paz y kumbayá, como los del 15-M (los mismos mineros así lo dicen), sino gente muy, muy dura, que está defendiendo el pan de su familia y sobre todo su dignidad. Poca broma, insisto.

En un plano ecléctico, todos sabemos que el carbón de hulla es de muy baja calidad. De hecho, su explotación ha estado subvencionada desde siempre, porque en un país en permanente olor a pies que se lavan poco, tener una fuente energética de mala calidad ha sido siempre mejor que no tener ninguna en absoluto; pero lo cierto es que la hulla es muy ineficiente y se ha utilizado más bien a la trágala, salvo en aquellos sitios (la propia siderurgia, por ejemplo) en los que es imprescindible otro tipo de carbón -básicamente el de Cock- más recio, de más duro encendido, pero muchísimo más calórico, de mucho mayor rendimiento por kilo. Bueno, los tiempos cambian, las dependencias cambian también en su morfología y ya ha llegado (de hecho, llegó ya hace años, con nuestro ingreso en la UE) el momento de darle el carpetazo a la hulla.

Cuentan -y no me extrañaría que fuera verdad, siquiera en su aspecto simbólico- que cuando se negociaba nuestro ingreso en la UE (entonces, CE) y se habló del carbón, Felipe González llevó a Bruselas unos vídeos con documentales sobre la fiesta asturiana (y particularmente langreana) de octubre de 1934, vídeos que tuvieron mucha credibilidad vistos por europeos con un ojo en ellos y con otro en el País Vasco. Así que se acordó proceder a un desmantelamiento suave y paulatino de las cuencas mineras a base de un muy grueso chorro de dinero, comúnmente conocido como fondos mineros, que debería haber atendido las numerosísimas prejubilaciones del sector (que fue la fórmula prioritaria elegida para poner la venda antes de producirse la herida) y sobre todo (¡muy sobre todo!) establecer alternativas económicas para las zonas afectadas.

Pues bien, lo de las prejubilaciones sí que funcionó, lo cual fue otro no pequeño drama: mucha gente se fue a casa en edad muy joven y con una indemnización periodificada bastante sustanciosa (bien, ya sé que alguien objetará esto y, efectivamente, caben sus más y sus menos, pero globalmente fue así), lo que trajo algunos efectos indeseables. Pero lo verdaderamente grave fue que las inversiones que debieron hacerse con los fondos mineros o no se hicieron o se hicieron mal. Dicho en otras palabras: como es normal y corriente en este país, lo de los fondos mineros fue como ponerles a los de siempre una casa de putas para uso particular.

Ahora, con la que está cayendo y con el indio con plumas que tenemos ahí en el Gobierno, que anda mendigando árnica por todos los foros económicos (y encima no se la dan), lo de la retirada de subvenciones al carbón, digamos que se impone.

Pero, claro, cerrar las minas (o vaciarlas a golpes de ERE) no es lo mismo que cerrar una fábrica, por importante que sea ésta y por más puestos de trabajo directos e indirectos que cueste. Cerrar minas o reducir su actividad a lo residual es un problema de territorio: las cuencas mineras asturianas (y leonesas, y algunas más) no tienen alternativa. Debieran haberla tenido merced a los fondos mineros, pero sea lo que sea lo que haya ocurrido con ellos (y cabe temerse lo peor), el caso es que no la tienen. La liquidación de las minas es su redondo hundimiento económico, social y humano. Comarcas enteras, valles enteros, quedarían igual que después de un bombardeo de saturación como los que sufrieron los alemanes; pero sin un plan Marshall reparador que arreglara el estropicio siquiera a toro pasado.

No hace falta conocer bien esas zonas para darse cuenta; basta con ir allí unos días y constatar esa dependencia para ver que, a corto y medio plazo, no hay alternativa posible. Y a largo plazo tampoco porque no hay largo plazo. No hay tiempo, éste juega en contra. Ya había un problema social y económico grave en las cuencas -causa especial dolor la emigración juvenil, que no es de ahora ni causa de esta crisis, sino que viene prolongándose desde hace muchos años ya-, de donde la liquidación de la minería no sería una puntilla, sería el simple y llano pelotón de ejecución.

El Gobierno no va a poder sostener su envite, aunque ayer lo consumó en el Senado. O, para sostenerlo, va a tener que incinerarse en el conflicto minero, porque de esta no sale. No hay transacción posible, no hay negociación posible: si las minas se cierran (o, de cualquier modo, se desactivan sin encontrar una alternativa a corto plazo para las cuencas) éstas van a ser la guerra, la guerra de verdad. Me remito a la historia, pero me remito también a los telediarios (que, aunque poco, tarde, mal y no todos, ya empiezan a mostrar algo de lo que pasa allá) y me remito a los comunicados de unas asociaciones de miembros de la Guardia Civil en las que se les ve -les guste o no- asustados. La amenaza, por su parte, de que puede liarse muy gorda es casi caricaturesca, porque al otro lado de la humareda sí que tienen muy claro que están dispuestos a liarla todo lo gorda que haga falta.

¿Y qué va a hacer el ministro del Opus, digo, del Interior? ¿Mandar a la Legión, como hizo su antecesor administrativo e ideológico hace casi ochenta años? Pues la Legión, desde luego, ya la tiene. Ahora lo que le hace falta es ver si tiene por ahí guardado a algún Franco, que casi seguro que sí.

Y que no nos pase nada.

Rectificación – Me avisan de una pifia contenida en el artículo: un costero no es un tronco de los que cruzan los talleres, sino un pedazo grande de carbón de los que decía que había que evitar porque le pueden caer encima a uno. Gracias por el aviso a Florentino Martínez Roces, presidente de «Langreanos en el Mundo». Mi presidente. 🙂

Sindeclaraciones

De la serie: Correo ordinario

Mira, quería pasar de ello y ni mentarlo, por aquello de que el mejor desprecio es no hacer aprecio, pero es que a veces las cosas vienen tan a huevo que… En fin: a la Sinde le han hecho una entrevista (yo diría que más bien un amoroso y relajante cepillado, pero bueno), la primera desde que las elecciones generales la pusieron de patitas en la calle, no excesivamente pronto.

Y entre otras tonterías de diversa magnitud, ha soltado las siguientes (las cito porque nos afectan, ya veréis):

Pregunta el plumilla: ¿Recibe usted algún tipo de presión internacional? ¿Quizá por parte del gobierno estadounidense o de los lobbies asociados a las grandes distribuidoras de contenidos norteamericanas?

Y responde ella: El lobby más grande aquí es el de los supuestos internautas, que se arrogan ese derecho. De hecho, ese es el lobby que consigue cambiar la naturaleza de la ley y detener su desarrollo. Así que no hay lobby más potente que Víctor Domingo. Por lo que le felicito, además.

El mediático interrogador se instituye en mozo de estoques y le echa una mano: La asociación que preside en ese momento Víctor Domingo, la Asociación de Internautas, apenas tiene 1000 socios. ¿Cómo puede una asociación con tan escasa representatividad echarle un pulso al Gobierno y ganarlo?

Y ella, uyyyyy, ataca: Lo que quiero decir es que quien hace ruido y se expresa en la red o en las redes sociales tiene una enorme influencia sobre las decisiones de los políticos. Más influencia que lo que se debate en otros espacios de nuestra sociedad igual de legítimamente conformados. Y, desde luego, el señor Domingo y su asociación saben cómo hacerse eco en la red y de rebote en los medios de comunicación. Que, como los políticos, también están obsesionados con Internet para ver si así sobreviven al enorme tsunami digital que tienen encima. Por supuesto, los políticos a su vez viven pendientes de los medios, con lo que el efecto se multiplica.

Y machaca el otro: Aún y así, sorprende su capacidad de influencia

Y atentos, que ahora viene lo bueno. Obsérvese lo que dice la dama sin [aparentemente] despeinarse: Tienen mucha más importancia en este asunto Víctor Domingo y otros como él que Obama. En realidad, estar o no en la tan cacareada lista 301 del gobierno americano no era muy preocupante, pues durante años no se hizo nada para salir de ella. O sea que todo eso de los lobbies es un gran mito. Se tienen muchas reuniones diplomáticas como las que yo misma he tenido con el ministro francés de cultura, Frédéric Mitterrand, que estaba completamente volcado en el tema desde su nombramiento. A él lo nombran más o menos cuando a mí y proviene también de la cultura, así que llegamos a desarrollar una amistad porque él en Europa movía muchísimo estos temas. Con él he tenido muchas reuniones en Madrid, en París, en Avignon, en Bruselas y en Budapest. Sin embargo, ese mito muy español de que los EE UU son un gran monstruo con tentáculos, esa cosa tan de los años 60, tan de 1968, se impuso y se popularizó porque es muy tentador y muy fácil que cuele la idea de que el gobierno americano maneja todos los hilos. Pero es una idea completamente infantil. Porque si el gobierno americano se hubiera puesto con esto, se habría resuelto el tema hace diez años. Y no han conseguido absolutamente nada. Por lo tanto, los encuentros que tienen los diplomáticos son exactamente iguales que los que tiene nuestro embajador en Washington respecto a los temas que nos importan y por los que viajé muchas veces a esa ciudad. Como el asunto Odissey, por ejemplo, que se tuvo que trabajar en todos los frentes con secretarios de Estado, congresistas y senadores defendiendo nuestros intereses. Lo digo como un ejemplo de para qué sirve la diplomacia y cuál es el trabajo cotidiano de un embajador. (el resaltado en negrita de parte de la respuesta, es mío)

Bueno, vamos por partes y por orden, como a mí me gusta.

Primero y principal: el día que yo sea obispo y me hagan una entrevista así, palabra que le regalo al periodista una estampita (además de montones de bendiciones y de indulgencias plenarias). Es que así da gusto, hombre…

Segundo… El lobby más grande aquí ha sido el de los supuestos internautas. Vamos a ver: ya lo intentamos y trabajamos denodadamente para ello. Aquí mismo se pueden ver alusiones a los lobbyes cívicos tropecientas veces por año. Y, bueno, un poco de lobby sí que hemos conseguido ser, pero, claro, en un mundo lleno de $GAEs, de PROMUSICAEs, de distribuidoras norteamericanas y de otras muchísimas hierbas de grueso calibre, decir que constituimos el lobby más grande, es una patochada que no cabe en un circo de tres pistas. Otra cosa: ¿qué es eso de supuestos internautas? Perdone, pero de supuestos nada. La palabra «internautas» la inventamos nosotros en una tarde de brainstorming cuando la Plataforma Tarifa Plana decidió agruparse en una sola asociación estable. Allí salieron un montón de nombres y palabros diversos, la mayoría de ellos inventados, en plan neologismo tecno. Por tanto, no sólo no somos supuestos y sí más que claros, sino que nuestra denominación es tan apropiada como nuestra. Si alguien puede decir quién es internauta supuesto, internauta fetén, internauta homologado, internauta genuino o internauta ful de Estambul, somos nosotros. Y no lo hacemos, por supuesto. Al contrario, nos hace gracia y nos halaga que nuestro nombre propio haya pasado a ser un genérico e incluso hemos intentado que la RAE lo reconociera (fracasando en el intento: para ser un lobby tan potente… mecachis…) y, sin haberlo intentado mucho, sí que, en cambio, el Institut d’Estudis Catalans lo ha incluido en el diccionario normativo de mi lengua. Así que no confunda el efecto con la causa y nosotros, a cambio, intentaremos no confundir, cuando pensemos en usted, la ignorancia con la mala fe.

Tercero… Los supuestos internautas en cuestión nos arrogamos no sé qué derecho. Eso: ¿qué derecho? ¿El de presionar? Perdone, yo -y como yo, todos los demás- soy ciudadano español, tengo DNI y todo (aunque, como es el dichoso DNI-e, no funciona muy bien, pero ahí está) y no me arrogo derecho alguno, simplemente ejerzo -perfectamente dentro de la ley- los que la Constitución me otorga, particularmente los de reunión, asociación, expresión y manifestación pacífica y sin armas. Y bien, si eso es una presión (que sí, que lo es ¿qué pasa?), se aguanta usted y se da cremita, que para eso, con harta contrariedad por nuestra parte, le han regalado a usted un sueldazo con el dinero de nuestros impuestos durante [me parece que son] tres largos e inacabables años.

Luego viene el otro a decir que si somos apenas 1.000 y dice no sé qué de poca representatividad. No voy a entrar en esa estúpida guerra de cifras, simplemente, haré una pregunta: si fuéramos 47.000, es decir una escasa milésima parte de la población española… ¿sí seríamos representativos? ¿Qué cifra otorga representatividad según el osado entrevistador? Bueno, yo diré una cosa que he dicho ya otras veces -y en diversos foros o medios- cuando ha salido este tema: cuando la Asociación de Internautas -unas veces sola, otras veces en compañía de otros- ha lanzado una campaña a la que se han adherido centenares de miles de españoles ¿no es representativa? ¿Y usted sí? En otro lugar habla usted de las urnas: ¿sería tan amable de decirnos quién narices la votó a usted? ¿Cuál es su representatividad, señora? Dígame: el apagón de montones de páginas web que le reventó su invento el domingo aquel y que puso Internet como una hoguera de San Juan ¿lo hicimos solitos los 1.000 presuntos y exiguos miembros de la Asociación de Internautas?

Pero la cosa sigue, no te lo pierdas: somos cuatro y el cabo, pero constituimos un lobby poderosísimo porque manejamos la red como nadie. Bueno, sí que manejamos la red bastante bien, no en vano somos supuestos internautas pero, oiga: ¿nosotros solos, los mil? ¿Sólo nosotros mil conseguimos -dicho en sus propias palabras- «cambiar la naturaleza de la ley y detener su desarrollo»? Pues usted verá, pero eso no dice mucho de su valía política ni de la de quienes la pusieron ahí a hacer el ridículo. Pero a eso volveremos después.

Ahora, lo de decir que Víctor Domingo et alter tiene mucha (no una poca, no: mucha) más importancia que Obama es para nota, oiga… Ya sé que el entrevistador era un señor (o señora) evidentemente receptivo, pero me da a mí que usted se ha subido a la parra sin contar con que, pese a tan evidentes simpatías, lo que usted dijera iba a ver la luz pública. Mire, yo ahora tendría grandes tentaciones de preguntarle por lo que se ha fumado y otros sarcasmos similares, pero vamos a ser serios: ¿usted cree de verdad que en unas declaraciones como ex-ministra -o sea que no son oficiales, pero tienen un indudable valor político- puede decirse algo así? Se retrata usted, señora mía, de pies a cabeza y el retrato, créame, no sale nada fino, no… Claro, dicho esto, empieza usted a explayarse sobre prácticas normales en el mundo de la diplomacia, insinuando que nosotros no sabemos nada de esto (y es posiblemente verdad, en lo que a mí respecta, al menos) y la cosa queda como descolorida. O sea que el embajador norteamericano la llama a usted al orden y usted pergeña una disposición adicional a una ley que va de otra cosa porque, total, es una práctica diplomática normal. Je, je, je, en la próxima asamblea de la AI voy a poner a parir a Víctor Domingo acusándole de incompetente: con lo potentes que somos, caramba, que pesamos más que Obama (y eso que somos sólo 1.000: ¡la que hubiéramos liado si llegamos a ser 100.000!) y ni siquiera intentó conseguir que el embajador de Burkina Faso se ciscara en su ley de usted… como una práctica diplomática normal que contrarrestara la práctica diplomática normal del embajador norteamericano. No le tengo el menor aprecio, señora mía, pero verla cubrirse así de ridículo, me da como penita.

Porque, por lo demás, ha puesto de manifiesto, como una bandera al viento, que como política es usted de un negligente tal que el triste y cutre Zapatero no pudo elegir peor ni queriendo. Porque fíjese que, después de decir por activa y por pasiva que Víctor Domingo y sus mil desharrapados constituimos un poder superior incluso al de Obama, reconoce que tuvo usted una conversación con cualificados -no con supuestos, ojo al dato- internautas, con gente de peso en la Red (cosa que es notoria, como también lo es que el encuentro fue un fiasco porque usted se comportó bastante groseramente, no dignándose sino asomar brevemente la nariz) pero jamás se dignó tener una conversación con un hombre que es más importante (usted dixit) que el mismísimo presidente de los Estados Unidos. Y eso que ese hombre tan importante se desgañitó pidiendo negociar con su ministerio diversos y muy importantes asuntos relacionados con la Red, obteniendo únicamente la callada por respuesta.

¿Va comprendiendo usted las virtudes de un discreto y elegante silencio?

Mire usted, este mediodía -muerto de risa, para qué le voy a decir una cosa por otra-, he participado a un amigo mío de sus jugosas declaraciones. Él, hombre ecléctico (y ajeno, por cierto, al todopoderoso lobby internauta), ha intentado no reirse, pese a que en alguna de sus más sonadas pasotadas no ha podido evitarlo y me ha pedido comprensión para usted: «Piensa -me ha dicho- que es una señora que está profundamente resentida, y eso es muy humano».

He pensado. He meditado. Lo he estado barruntando un rato: es verdad, hemos sido extremadamente agresivos con usted, incluso en algún caso hemos podido llegar a ser crueles. Con toda justicia, permítame que se lo diga, porque el liberticidio que nos ha endilgado usted justifica sobradamente la aplicación intensiva de todo el diccionario, y usted ya me entiende. Pero, bueno, ya se dice que a enemigo que huye, puente de plata: de usted ya no decíamos nada, la habíamos… no olvidado, porque, claro, cada vez que sale algo relacionado con la dichosa disposición adicional segunda, nos acordamos mucho de usted. No puede imaginar hasta qué punto. Pero, bueno, todo se queda en la evocación del recuerdo, tanto más en cuanto que para estar entretenidos ya tenemos a su sucesor, el señor este, Wert, que no nos da mucho trabajo porque nosotros hemos llegado los últimos a la cola: delante nuestro están todos los maestros del país, todos los rectores de universidad… ¡buf! Como usted nos dio mucho trabajo, vamos a descansar un tiempecito, mientras dejamos que los docentes de este país le aliñen una buena faena al ministro, y así nosotros podemos dedicarnos a otros menesteres en otros aspectos en lucha con el Gobierno (privacidad, libertades en Red…) y con las telecos, otras que tal bailan (con Telefónica no, por eso, que ya se sabe que es la que nos paga el sueldo cada mes).

Quedamos, señora ex-ministra, a sus pies. Pero como suele decir Víctor Domingo, le rogamos encarecidamente que, por favor, no chute. Es peor.

Autono ¿de quién?

De la serie: Esto es lo que hay

Leo en «Expansión» un artículo de Miguel Valverde que, a mis ojos de lego económico, me parece bastante inteligente. Sobre todo su final, en el que insiste en una refundación autonómica que no es sino liquidar el Estado de las autonomías. Se habla mucho de esta liquidación desde que tenemos la crisis así de implantada con las alarmas sonando cada día con más fuerza (hoy mismo, después de que los griegos, absolutamente acojonados por las amenazas alemanas -entre otras- hayan pedido electoralmente árnica, lo que se supone iba a ser un alivio, el Ibex se está desplomando y la prima de riesgo está ya en niveles más estratosféricos aún). Y yo me pregunto cómo se contempla esto de la liquidación del sistema autonómico.

Habrá que empezar por decir que esto del Estado de las autonomías fue una muestra de la cobardía política tan habitual entre nuestros gobernantes; la bajada de pantalones fue, en este caso, de Adolfo Suárez, con su famoso café para todos como respuesta a las reivindicaciones autonómicas vasca y catalana.

El porqué el café para todos fue un desastre, está hoy a la vista; explicar, sin embargo, por qué hubiera habido -o hay- que otorgar autonomía a Cataluña y al País Vasco, y no a los demás, es complicado, sobre todo de cara a estos demás. Porque si con la liquidación del Estado autonómico se pretende suprimir también las autonomías catalana y vasca -como me temo que se pretende- auguro entonces que vamos de la Guatemala que estamos viendo a diario a la Guatepeor de un conflicto que vaticino gravísimo. Y aunque fuerza es reconocer que las autonomías han convertido la cosa pública española en una verdadera casa de putas, lo cierto es que tampoco le veo yo una salida muy clara con el regreso, sin más a un estado central. Ni respetando las autonomías catalana y vasca, pero, obviamente, menos aún no respetándolas.

De nacionalismo catalán y vasco se pueden decir muchas cosas mayormente malas, aquí las he mencionado en multitud de ocasiones, pero lo cierto es que se han convertido en un fait accompli, en un hecho consumado, sobre el que sólo podría volverse con una operación política complejísima, de verdadero alcance histórico, y que habría de constituir una refundación de España. Esto es un poco como el problema palestino: jamás en la puta historia había existido un estado parecido ni nada que pudiera parecérsele. El Estado palestino (con toda su cagarela de nacionalidad y todo lo demás) se inventó (así: se inventó) a raíz de la creación del Estado de Israel en 1948. Esto es así, pero esta constatación no puede impedirnos ver que el Estado palestino, con todas las falsas bases históricas que se quiera, es una realidad, cuando menos como aspiración popular de sus ahora nacionales. Negar hoy la existencia, cuando menos en lo ideológico, de un Estado palestino, por más que fuera un invento de mediados del siglo pasado, es de necios.

Con Cataluña y el País Vasco sucede lo mismo. El nacionalismo, en ambos territorios, es un fenómeno derivado de la frustración carlista, una evolución romántica del regionalismo de boina roja. Si se mira con perspectiva histórica, puede incluso llegar a dar risa y todo (sobre todo si se miran los tebeos historicistas que han fabricado). Pero, al igual que con el Estado palestino, negar hoy que la autonomía -por no ir más allá de la autonomía- está plena y resueltamente incardinada en el genoma social catalán y vasco es igualmente necio. Por tanto, el intento de suprimir esta autonomía supondría, y que nadie lo dude, el desencadenamiento de un conflicto muy serio de consecuencias tan enormes que prefiero no imaginar.

La razón, por tanto, llevaría a una retroacción del invento autonómico, salvando las autonomías catalana y vasca. Pero… ¿qué respondería a esto el resto de España? Pues con una bronca monumental. Es evidente que la autonomía no está en el genoma de la sociedad española no catalana y no vasca; es más, recuerdo en las épocas de la transición que la autonomía fue incluso indeseada en algunas regiones y asumida con muchísima frialdad en la mayoría de las demás; pero me da la impresión de que el común del pueblo español, aún despectivo -como, efectivamente, lo es- con el sistema autonómico, no toleraría fácilmente que se suprimiera el estatuto de autonomía de todas las regiones excepto a Cataluña y al País Vasco. Esto hubiera sido difícil en la transición (y por eso Suárez tiró por la calle de enmedio), pero ahora lo veo casi imposible.

Por otra parte, tampoco es tan fácil como algunos creen suprimir las autonomías: conviene no olvidar que constituyen entramados administrativos muy complejos que hay que suplir de un modo u otro, lo que supone volver por el forro todo el sistema administrativo estatal o, si se quiere dicho de otra manera, significaría reformar a fondo toda la administración pública española. Y me parece a mí que no están las circunstancias como para unas reformas de tan enorme profundidad. El ignaciano en tiempos de tribulación no hacer mudanza parece aquí más sabio que nunca.

Yo también estoy de acuerdo en que hay que modificar el Estado autonómico, en que las autonomías, tal como se han edificado, han constituido -siguen constituyendo- enormes agujeros de ineficiencia y, por supuesto, de corrupción, aunque lo de la corrupción es como no decir nada porque corrupta lo está toda la sociedad española, aunque liderada a gran distancia por la clase política y financiera más pringosa que ha conocido una Historia que sabe mucho de clases políticas y financieras pringosas. Pero esa modificación hay que hacerla en tiempos de tranquilidad o, cuando menos, en tiempos que, aunque sean duros, no pese sobre ellos la amenaza quizá inminente de una debacle total. La situación que tenemos ahora pide soluciones sobre todo rápidas y la modificación del Estado autonómico -orientada a su desaparición como tal- no es, en estas circunstancias, ni política ni administrativamente posible. Yo creo que ni siquiera económicamente viable. Y cuando llegue ese momento, hay que afrontarlo con inteligencia, con paciencia y con grandes dosis de diálogo y de generosidad; en todo caso, no a golpes de cojón de tercio viejo, porque eso nos lleva al precipicio civil.

Bueno, es, en definitiva, y no me cansaré de repetirlo, la doctrina del shock: ahora que están sonados de puro pánico y cagados de miedo, vamos a metérselas todas por el mismo agujero, el del culo; y a las autonomías les tenía muchas ganas la misma derecha que las creó. Bueno, pues no. La doctrina del shock encontrará ahí la horma de su zapato. El problema es que esa horma hará mucho daño, muchísmo y, encima, se cargará el zapato, lo que no excluye, desgraciadamente, la existencia de irresponsables dispuestos a apretar la tuerca.

España es un país muy peligroso y la población, por más que, efectivamente, está ciega de puro pánico, también se halla en un estado de iracundia creciente. Mal humor este para acometer reformas que o contienen agravios comparativos territoriales -que son los que peor se sufren en este país- o atacan directa y sanguinariamente al mapa genético social de importantes territorios. Creo, sinceramente, que es mejor dejar las cosas como están y esperar tiempos mejores. Y aún entonces, habría que ir con pies de plomo.

Porque si llevan a sus últimas consecuencias la doctrina del shock, se van a encontrar con la constatación de un hostiazo.

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