Aburrimiento

De la serie: Correo ordinario

En una determinada lista de correo aeronáutica que sigo, alguien anunciaba que en una base aérea se iba a celebrar una jornada de puertas abiertas, pero sólo para amigos y familiares de empleados o miembros de la base. Y, a continuación, otro participante de la lista se quejaba de que eso era injusto y de que siempre había privilegios. Tiene razón en buena parte, puesto que se trata de un establecimiento público, aunque también es verdad que, incluso en un establecimiento público, una mínima (muy mínima) y razonable cuota de privilegios para empleados no va a hundir el mundo. Pero no es este el debate en el que quiero entrar ahora. Sí quiero, en cambio, debatir sobre el privilegio -así en general- en ciertos actos o circunstancias, sin entrar en la distinción de si tienen carácter público o privado.

Vivimos en una sociedad atocinada por el audiovisual (por el audiovisual de muy mala calidad, además) en la que el panem et circenses que, como se deduce del latín originario, ha existido siempre, alcanza cotas realmente exageradas, hasta el punto de que la vida de la mayoría de las personas se divide entre el trabajo -el que tiene y puede- y un ocio improductivo que busca llenarse a toda costa con una permanente tensión lúdica. Los que se plantean llenar parte de su tiempo libre con aficiones creativas, con activismo o cualquier tipo de entrega con carácter altruista a una causa (en una palabra: voluntariado, que le llaman ahora) o con cualquier actividad de desarrollo intelectual, son poquísimos. Sin embargo, cualquier convocatoria a la juerga -tenga o no sentido- es seguida multitudinariamente.

Esta manifestación estentórea de la estupidez humana la constaté palmariamente hace cosa de un cuarto de siglo. Tuve que ir a Madrid en un fin de semana por determinadas circunstancias que no son del caso y tomé el Talgo nocturno (mi aversión a los aeropuertos viene de antiguo y eso que en aquella época no obligaban al ciudadano a pasar por el bochorno, la humillación y la vejación de verse sometido a la exposición de la intimidad y al capricho cacheatorio de unos individuos de ínfima cualificación profesional y pertenecientes a empresas privadas). Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que el Talgo era larguísimo, hasta la exageración (a mi nada entendido modo de ver), muchísimo más -pero realmente muchísimo más- de lo habitual. Alguen me aclaró entonces que la demanda se había incrementado brutalmente por causa de la exposición extraordinaria que el Museo del Prado dedicaba a Velázquez y recordé que, efectivamente, algo de eso había oído en televisión o leído en prensa. Y cuando supe por primera vez de dicha exposición, pensé que era una solemne tontería porque, sin perjuicio de la posibilidad de que se exhibiera alguna aislada obra importante de gran calidad del pintor habitualmente expuesta fuera de nuestras fronteras, lo más y lo mejor de Velázquez estaba siempre en el Museo del Prado. Conviene no olvidar que Velázquez era el pintor de la Corte y que, por tanto, muy pocas obras suyas -y menos aún de excepcional valor artístico- se le escaparon al patrimonio real, hoy Nacional. Pero la tele había dicho que era una exposición excepcional y hala, toda la manada para allá en trenes inacabablemente largos.

Lo grande, además, es que yo fui también al Prado aquel fin de semana, pero, afortunadamente, la entrada a la exposición famosa era distinta de la común, por lo cual no tuve que soportar (hubiera renunciado de tener que hacerlo) la larguísima y casi inhumana cola que se había montado para ver a Velázquez. Yo entré por el acceso común, en el que también había cola -de longitud relativamente razonable- y fui a ver los Velázquez y vi los Velázquez de siempre, es decir, que me perdí los apenas quince o veinte cuadros de la exposición en cuestión, de los cuales no más de uno o dos eran de muy alto valor (en relación, claro, al común de la obra velazquiana). Mucho me reí del panolismo general, aquel fin de semana.

Diez años antes (más o menos), coincidieron las oposiciones para agente de la propiedad inmobiliaria, a las que yo concurría, con una exposición similar del Greco. La pillé por casualidad, porque no se le había dado apenas divulgación, y menos aún por la tele; simplemente fui al Prado como hago siempre que tengo un par de horas sueltas en Madrid y fui a dar allí con esa maravilla. Y esa sí que era de verdad una exposición valiosísima y prácticamente irrepetible, porque con el Greco pasa justamente lo contrario que con Velázquez y la mayor parte de su obra está fuera de nuestras fronteras, así que disfruté como becerro en prado verde. Y bien ancho, porque las salas del museo -al contrario que cuando lo de Velazquez- estaban gozosamente vacías. Siempre lloraré mi estupidez al no haber comprado el catálogo de aquella exposición verdaderamente extraordinaria; valga en mi descargo que costaba la friolera de 1.800 pesetas (en aquellos tiempos era una pequeña pasta) y yo no iba muy suelto de bolsillo. Pero cada vez que pienso en el dichoso catálogo, me doy de cabezazos contra la pared.

Soy persona muy curiosa, sobre todo en el campo tecnológico: mi principal centro de interés es la aeronáutica y la astronáutica, aparte de la informática (en la que, además, tengo un cierto nivel de formación), pero también me gusta muchísimo el ámbito de los ferrocarriles y, ya un poco más atrás, el de la náutica. Hasta aquí. Me gustan, por supuesto, muchísimas otras cosas -ya digo que soy muy curioso- pero en esas otras procuro ceder espacio a los que la tienen como centro de interés principal. Me gustan los animales, por ejemplo, pero no me precipitaré sobre una exposición de los mismos por extraordinaria que sea, y dejaré espacio a los que tienen un especial interés en la materia; yo cultivaré mis intereses secundarios por otros medios (y ahí es donde Internet vale su peso en oro, entre muchísimas otras razones y virtudes). Por eso me revienta que cuando se organiza algo especial en alguna materia que sí constituye un centro de interés especial para mí, tenga que compartir el siempre escaso espacio (y sobre todo el buen espacio) con una chusma ingente a la que habitualmente le importa tres cojones la materia pero que necesita desesperadamente algo con lo que romper su aburrimiento crónico, da igual que sea una exhibición aeronáutica que un rallye mundial de caracoles. Por eso soy un apasionado partidario de las áreas VIP, aún cuando no pueda yo acceder a ellas: envidio a quienes sí pueden hacerlo, pero no me irrita que puedan hacerlo; y cuando sí puedo hacerlo yo, me importa tres cojones la irritación de la chusma: las zonas VIP no serían necesarias si cada cual tuviera sus propios centros de interés y dejara en paz los de los demás.

Por eso, entre otras cosas, son muy de agradecer los spotting days que dan en el mundo aeronáutico con carácter previo a las jornadas de puertas abiertas y que, afortunadamente, se están extendiendo cada día más; de ese modo, el cultivo de nuestra afición no se ve enturbiado por masas ludomaníacas que buscan cualquier pretexto para salir -en vano- de su desesperada depresión intelectual, de su aburrimiento crónico, de la aridez de su propia ignorancia.

El aburrimiento es propio de almas estériles. Siempre he tenido muy presente esa frase que procede -creo recordar, pero no estoy seguro- de la fachada del observatorio del Turó de l’Home, en el Montseny. Y el problema es que vivimos en una sociedad de almas estériles. Esterilidad, todo hay que decirlo, que ha sido cuidadosamente cultivada, con premeditación y alevosía, merced a un sistema cultural y educativo deficitario y alienante. No hay más que ver -como botón de muestra- al actual ministro de la cosa.

Recuerdo ahora la otra vez que cité esta frase en este blog, referida a aquellos entrañables abuelitos de Caçadors de bolets, que tuvieron que abandonar el programa por culpa de la abominación de la ludomanía desencadenada que no les dejó vivir tranquilos, en lo que es toda una metáfora sobre lo que intento decir en este post y a lo que decía en aquel otro me remito.

Por eso es fácil mantener a la gente controlada y en estado de permanente cabestrismo; si hay peligro de que se desmande, ningún problema: se toca el pito y a ponerlos a correr en calzoncillos, y ahí tienes a decenas de miles de panolis brincando a la salud del alcalde o del Corte Inglés.

Y así nos luce el pelo.

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