Su Chistosa

De la serie: Me parto el culo

A buenas horas me va a preocupar a mí la horterada esa del festival de Eurovisión, una cosa que, en mis tiempos, estaba bien para adolescentes granujientos de quince o diecisiete años, pero que, en los actuales, el cociente intelectual y la madurez de un crío de ocho años dejan muy atrás a esa cuchipanda ridícula.

Pero, claro, hay cosas que te hacen torcer el gesto. Como esto que leo de que alguna prensa británica («The Guardian», parece) se ha metido con el vestido de la participante española y con su presunta cara de estreñida. Me parecen más racionales, en cambio, las alusiones de Italia a la metedura de pata, ciertamente épica, de la señora en cuestión cuando afirmó (y, ojo, que yo me lo creo) que los directivos de RTVE le pidieron que no ganara porque no hay pasta para celebrar aquí el bodrio ese.

Yo, la verdad, el vestido en cuestión, ni fu ni fa, no me parece nada del otro jueves. Hasta me atrevería a decir que es incluso demasiado elegante para lo que merece la ocasión; en todo caso -y por la simple foto de EFE que reproduce «La Vanguardia»- no me parece, en absoluto, tan espantoso. Y en cuanto a la cara de la señora en cuestión, pues ídem, me parece una cara clásica de morenaza española, incluso un punto atractiva, la verdad (y para mi gusto, por supuesto). Claro que doña Pastora carece de incisivos equinos que es, al parecer, el estándar anglosajón de belleza femenina. Por ese lado, se entiende la cosa.

Por lo demás, lo que sí es elegante es el atuendo habitual de Su Chistosa Majestad Británica, que tumba de espaldas de tanto buen gusto y discreción -esos colores pastelito, esos bolsos portapensiones de jubilación, esos graciosos sombreritos tan coquetones, de formas y tamaños tan sutiles y nada esperpénticos que me lleva la dama- y de la que deberían tomar nota, ellos sí, los clientes de Bankia: para montar números bufos a la puerta de sus sucursales.

De la reina Sofía podrán decirse muchas cosas -que ya se dicen- pero es de justicia reconocer que, al menos, no nos hace pasar vergüenza ajena cuando va por el mundo.

Así que lo mejor que podría hacer «The Guardian» es meterse las máquinas en el culo.

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