Esto es lo que habrá

De la serie: Esto es lo que hay

«Cómo te pasas, Cuchí» me decía alguien que leyó ayer mi post sobre la prima, ante la definición que yo hacía del honorable pueblo español y de los grandes expresos europedos. Lo recuerdo, y sirva el recuerdo de reiteración desafiante (nada de contricciones): «Somos, todos, como colectivo, trapicheros, corruptos, chapuceros, tramposos, indisciplinados, ignorantes, sobrados, embusteros, cobardes, miserables, guarros y fantasmas».

Hoy mismo, la prima de los cojones y el tipo de interés de nuestra deuda a largo han alcanzado, e incluso sobrepasado, límites realmente dramáticos. Incluso el Maricomplejines (no, si al final hasta va a tener razón Jiménez Losantos) ha tenido que improvisar un fuego de campamento a plena luz del día para ver cómo explicaban el hundimiento. Por cierto, casi me extraña que nadie haya adaptado a las presentes circunstancias la ya famosa (por todo menos por el propio contexto argumental de la película) la famosa escena: será que ya nadie está de humor.

Pero hoy, ahora mismo, mientras empezábamos a cenar, en el patio de manzana se ha oído un rebuzno colosal: la roja había metido un gol. Ya ves. Como los tíos estos en calzoncillos ganen, nadie se acordará -ni acordándose, pensará- lo cerca que ha estado hoy nuestro país del desastre (si es que no estamos ya en pleno desastre). Y mientras no los eliminen de una puta vez, aunque pierdan, mientras haya una esperanza, millones de gilipollas seguirán creyendo que ellos ganan algo con las patadas de las veintidós pezuñas reglamentarias. Por cierto: tan aficionados que somos a mirar con lupa los sueldos de políticos y banqueros (y con razón) y, sin embargo, nadie protesta de lo que cobran esos tíos, ya no sólo en sus clubs (que cobran a costa de una deuda bestial con Hacienda y con la Seguridad Social) sino como miembros de la selección española de balonpatatrasera, de la que cobran a cargo directo del dinero de nuestros impuestos. Todo el mundo mordiéndole la yugular al juez Dívar (y con toda la razón, reitero indignado) y parece que todo el mundo encuentra muy bien la bestialidad que se embolsan un individuo llamado seleccionador y sus pateadores (más el long tail de auxiliares más o menos útiles, enchufados, cuñados, padrinos, ahijados y demás ralea).

Hoy -o ayer, no recuerdo- la führer Merkel recogía la impresión de sus compatriotas sobre urbanizaciones vacías, aeropuertos sin aviones y autopistas sin coches. Claro, es lo que pasa: el tonto y el atontado podían bailar flamenco o jotas, pero la realidad es como es y los alemanes, aunque, cuando vienen por aquí, los vemos como cangrejos y cocidos de sangría, tontos no son. Y ven, y cuentan. Y es que, claro, no hay que ser un especializadísimo agente secreto: aquí la cosa es tan cutre que basta con mirar alrededor para ver y constatar.

Hace unos no muchos años, quizá cuatro o cinco, con ocasión de un desplazamiento a Valencia para la asamblea anual de la Asociación de Internautas, renuncié a coger el coche y me desplacé en TAVSE (Tren de Alguna Velocidad Sin Exagerar), es decir, del pomoposo Euromed, manda cojones, tres horas y media entre Barcelona y Valencia, sólo una hora menos de lo que tardaba un Talgo cuando yo hacía la mili, en 1978, hace treinta y cuatro años, no cuelgues. Bueno, pues al entrar en territorio valenciano empecé a ver enteros polígonos residenciales a medio construir, parados; kilómetros y más kilómetros de polígonos residenciales parados a mitad de camino. Me quedé acojonado, no puedo usar otra palabra. En aquel momento comprendí claramente, palpablemente, que no había un simple deshinchamiento de burbuja, que no había, sin más, una simple explosión de burbuja, sino que estaba pasando algo gordo; en aquel momento, yo no podía imaginar algo como lo que nos está pasando ahora, pero si me lo hubieran dicho en aquel viaje, no me hubiera sorprendido nada, nada, en absoluto. Y eso que aún no había empezado -o no se conocía- el cachondeo de los aeropuertos (Castellón que es de chiste -de chiste negro, macabro-, pero deja correr los de Ciudad Real y Huesca, por sólo poner dos más) aunque sí sabíamos ya de autovías (gratuitas) de por el sur de España por las que circulan un camión y dos audis por hora. Y claro, los alemanes, aunque estén quemados y borrachos, vienen y ven. Y cuando se les pasa el quemazo y la cogorza, recuerdan y suman dos y dos. Y en las contadísimas ocasiones en que la führer, que ya de por sí no es muy dada a tolerarnos alegrías, intenta, no obstante, aflojar la mano con nosotros, se le echa encima media ciudadanía y la prensa correspondiente: pero tía… ¿has visto en qué plan viven estos comedores de ajo? Y la conclusión es evidente (y real, además): somos unos sobrados a los que hay que meter en cintura.

En fin, ya sabéis que, aunque con mis dudas, con mis objeciones y con mis puntuales no es esto, sigo prusianamente el 15-M. Más que nada, porque lo único que no hay que hacer es quedarse en casa, cualquier alternativa, por mala que sea, siempre es mejor que la pasividad, que la conformidad tocinesca y borrega. Ahora bien, el 15-M va a servir para poco si un sólo campeonato de solípedos es capaz de desactivarlo, bien sea idealmente. Y si no, que me demuestren lo contrario: a ver si los factótum del 15-M tienen cojones de convocar una movida en día y hora de final futbolera o de cualquier otro calzoncillamen de cierto nivel (tampoco hace falta que vaya mucho más allá). ¿A que no? Pues eso: que así no vamos a ninguna parte. No el 15-M: el conjunto de los súbditos españoles.

¿Queréis montar un 15-M de verdad, de los que duelen, de los que hacen que Maricomplejines se mese la barba de puro pánico (y con él -que es lo bueno- un montón de cabrones que no son precisamente maricomplejines)?. Pues apunta, tú:

1. Fundido futbolero a negro. Todas las teles -o canales- cerrados cuando juegue la roja. Que se metan su puta patria de puntapiés por el palacio zarzuelero.

2. Fundido informativo a negro. Todas las teles -o canales- cerrados en horas de telediarios de cadenas públicas estatales autonómicas o locales (no importa qué partido las controle).

3. Fines de semana urbanos. En fin de semana no salimos. Y, obviamente, no cargamos gasolina en el coche. Es más: lo pasamos en casa o paseando por el barrio, sin utilizar siquiera el transporte público. Verás las risas que se van a correr en el consejo de administración de Repsol, como esto lo haga, siquiera, el 20 por 100 de la población.

4. Boicotear sistemáticamente toda propuesta de ocio, por cultural que se vista, del ayuntamiento. No importa qué ayuntamiento ni qué partido lo controle. Boicotearlo, sin más.

Y con esto no agoto, ni mucho menos, las posibilidades puteantes low cost. Con lo de low cost me refiero a que ello no supone sacrificios acojonantes (aparte de que, efectivamente, es un ahorro en euros contantes y sonantes); es más, más de uno puede descubrir placeres insospechados al lado mismo de casa. Párate a pensar un poco e imagina los efectos de todo esto un día tras otro, un fin de semana tras otro. ¿Que no lo queréis hacer? Nada, sois muy libres, tranquilos. Antes de que acabe el año lo tendréis que hacer porque no os quedará otra, sólo que, entonces, no os quedará siquiera el consuelo de que con ello fastidiáis al enemigo ni el de que lo hacéis porque os da la gana.

Al final, es lo que digo siempre: esto queréis, esto tendréis. Y ya lo vais viendo, no me invento nada.

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