Autono ¿de quién?

De la serie: Esto es lo que hay

Leo en «Expansión» un artículo de Miguel Valverde que, a mis ojos de lego económico, me parece bastante inteligente. Sobre todo su final, en el que insiste en una refundación autonómica que no es sino liquidar el Estado de las autonomías. Se habla mucho de esta liquidación desde que tenemos la crisis así de implantada con las alarmas sonando cada día con más fuerza (hoy mismo, después de que los griegos, absolutamente acojonados por las amenazas alemanas -entre otras- hayan pedido electoralmente árnica, lo que se supone iba a ser un alivio, el Ibex se está desplomando y la prima de riesgo está ya en niveles más estratosféricos aún). Y yo me pregunto cómo se contempla esto de la liquidación del sistema autonómico.

Habrá que empezar por decir que esto del Estado de las autonomías fue una muestra de la cobardía política tan habitual entre nuestros gobernantes; la bajada de pantalones fue, en este caso, de Adolfo Suárez, con su famoso café para todos como respuesta a las reivindicaciones autonómicas vasca y catalana.

El porqué el café para todos fue un desastre, está hoy a la vista; explicar, sin embargo, por qué hubiera habido -o hay- que otorgar autonomía a Cataluña y al País Vasco, y no a los demás, es complicado, sobre todo de cara a estos demás. Porque si con la liquidación del Estado autonómico se pretende suprimir también las autonomías catalana y vasca -como me temo que se pretende- auguro entonces que vamos de la Guatemala que estamos viendo a diario a la Guatepeor de un conflicto que vaticino gravísimo. Y aunque fuerza es reconocer que las autonomías han convertido la cosa pública española en una verdadera casa de putas, lo cierto es que tampoco le veo yo una salida muy clara con el regreso, sin más a un estado central. Ni respetando las autonomías catalana y vasca, pero, obviamente, menos aún no respetándolas.

De nacionalismo catalán y vasco se pueden decir muchas cosas mayormente malas, aquí las he mencionado en multitud de ocasiones, pero lo cierto es que se han convertido en un fait accompli, en un hecho consumado, sobre el que sólo podría volverse con una operación política complejísima, de verdadero alcance histórico, y que habría de constituir una refundación de España. Esto es un poco como el problema palestino: jamás en la puta historia había existido un estado parecido ni nada que pudiera parecérsele. El Estado palestino (con toda su cagarela de nacionalidad y todo lo demás) se inventó (así: se inventó) a raíz de la creación del Estado de Israel en 1948. Esto es así, pero esta constatación no puede impedirnos ver que el Estado palestino, con todas las falsas bases históricas que se quiera, es una realidad, cuando menos como aspiración popular de sus ahora nacionales. Negar hoy la existencia, cuando menos en lo ideológico, de un Estado palestino, por más que fuera un invento de mediados del siglo pasado, es de necios.

Con Cataluña y el País Vasco sucede lo mismo. El nacionalismo, en ambos territorios, es un fenómeno derivado de la frustración carlista, una evolución romántica del regionalismo de boina roja. Si se mira con perspectiva histórica, puede incluso llegar a dar risa y todo (sobre todo si se miran los tebeos historicistas que han fabricado). Pero, al igual que con el Estado palestino, negar hoy que la autonomía -por no ir más allá de la autonomía- está plena y resueltamente incardinada en el genoma social catalán y vasco es igualmente necio. Por tanto, el intento de suprimir esta autonomía supondría, y que nadie lo dude, el desencadenamiento de un conflicto muy serio de consecuencias tan enormes que prefiero no imaginar.

La razón, por tanto, llevaría a una retroacción del invento autonómico, salvando las autonomías catalana y vasca. Pero… ¿qué respondería a esto el resto de España? Pues con una bronca monumental. Es evidente que la autonomía no está en el genoma de la sociedad española no catalana y no vasca; es más, recuerdo en las épocas de la transición que la autonomía fue incluso indeseada en algunas regiones y asumida con muchísima frialdad en la mayoría de las demás; pero me da la impresión de que el común del pueblo español, aún despectivo -como, efectivamente, lo es- con el sistema autonómico, no toleraría fácilmente que se suprimiera el estatuto de autonomía de todas las regiones excepto a Cataluña y al País Vasco. Esto hubiera sido difícil en la transición (y por eso Suárez tiró por la calle de enmedio), pero ahora lo veo casi imposible.

Por otra parte, tampoco es tan fácil como algunos creen suprimir las autonomías: conviene no olvidar que constituyen entramados administrativos muy complejos que hay que suplir de un modo u otro, lo que supone volver por el forro todo el sistema administrativo estatal o, si se quiere dicho de otra manera, significaría reformar a fondo toda la administración pública española. Y me parece a mí que no están las circunstancias como para unas reformas de tan enorme profundidad. El ignaciano en tiempos de tribulación no hacer mudanza parece aquí más sabio que nunca.

Yo también estoy de acuerdo en que hay que modificar el Estado autonómico, en que las autonomías, tal como se han edificado, han constituido -siguen constituyendo- enormes agujeros de ineficiencia y, por supuesto, de corrupción, aunque lo de la corrupción es como no decir nada porque corrupta lo está toda la sociedad española, aunque liderada a gran distancia por la clase política y financiera más pringosa que ha conocido una Historia que sabe mucho de clases políticas y financieras pringosas. Pero esa modificación hay que hacerla en tiempos de tranquilidad o, cuando menos, en tiempos que, aunque sean duros, no pese sobre ellos la amenaza quizá inminente de una debacle total. La situación que tenemos ahora pide soluciones sobre todo rápidas y la modificación del Estado autonómico -orientada a su desaparición como tal- no es, en estas circunstancias, ni política ni administrativamente posible. Yo creo que ni siquiera económicamente viable. Y cuando llegue ese momento, hay que afrontarlo con inteligencia, con paciencia y con grandes dosis de diálogo y de generosidad; en todo caso, no a golpes de cojón de tercio viejo, porque eso nos lleva al precipicio civil.

Bueno, es, en definitiva, y no me cansaré de repetirlo, la doctrina del shock: ahora que están sonados de puro pánico y cagados de miedo, vamos a metérselas todas por el mismo agujero, el del culo; y a las autonomías les tenía muchas ganas la misma derecha que las creó. Bueno, pues no. La doctrina del shock encontrará ahí la horma de su zapato. El problema es que esa horma hará mucho daño, muchísmo y, encima, se cargará el zapato, lo que no excluye, desgraciadamente, la existencia de irresponsables dispuestos a apretar la tuerca.

España es un país muy peligroso y la población, por más que, efectivamente, está ciega de puro pánico, también se halla en un estado de iracundia creciente. Mal humor este para acometer reformas que o contienen agravios comparativos territoriales -que son los que peor se sufren en este país- o atacan directa y sanguinariamente al mapa genético social de importantes territorios. Creo, sinceramente, que es mejor dejar las cosas como están y esperar tiempos mejores. Y aún entonces, habría que ir con pies de plomo.

Porque si llevan a sus últimas consecuencias la doctrina del shock, se van a encontrar con la constatación de un hostiazo.

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Comentarios

  • Jordi  On 18/06/2012 at .

    Da que pensar también que en el proceso de descentralización más importante desde la España de los Austrias la Administración General del Estado haya crecido de manera casi exponencial. También podemos hablar de la utilidad de ministerios sin competencias. Y ojo, que las CCAA también dar para comer aparte pero me da que todo esto es un chivo expiatorio. Además, ¿por qué nadie habla de unos organismos totalmente obsoletos y prescindibles como son las diputaciones?

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