Xente minera

De la serie: Esto es lo que hay

Hablar de la mina con objetividad es algo que me resulta muy difícil; para mí no es como hablar del sector químico o de la industria del automóvil. Y me resulta difícil porque yo tengo unas raíces langreanas -mi madre es de Sama- que nunca he dejado de cultivar por poco que haya podido; para que alguien se haga una idea de mi vínculo langreano, podría decir, entre otras muchas cosas, que dejando aparte a los compañeros de cole (o incluso sin dejarlos aparte) en mi infancia y adolescencia tuve más amigos en Langreo que en Barcelona. Y a algunos aún los conservo.

Mi familia no fue minera. Mi abuelo era moldeador-fundidor (dicen que de los buenos y así parecen atestiguarlo algunos trabajos suyos que aún se conservan) y así que se empezó a superar la postguerra se reconvirtió y puso una ferretería, de la que vivió hasta su jubilación. Y es que al contrario que la cuenca del Caudal, donde tradicionalmente la minería fue un monocultivo, la del Nalón diversificó más y así, en un único municipio, Langreo, se unieron la minería (Pozo Fondón, en Sama, y María Luisa, en Ciaño, entre otros, porque había más) y la industria siderúrgica, encarnada por su estandarte, la Duro-Felguera, que toma el nombre de ese barrio langreano. Pero para Sama, la siderurgia estaba al otro lado del río; Sama era la mina y todo lo que no era la mina estaba al servicio de la mina: la logística, los servicios, todo. Por eso cuando se habla de la mina se habla también de muchísima gente y de muchísimas familias en las que ninguno de sus componentes ha estado jamás más de cinco o diez metros por debajo del ras del suelo.

La mina no es una actividad como otra cualquiera ni un trabajo como otro cualquiera. He bajado dos veces a la mina, las dos en el Pozo Fondón. Una, debió ser en el verano de 1973 o 1974 y fue de tipo turístico, como quien dice. Aunque bajamos hasta la sexta galería (más o menos, unos 600 metros de profundidad), realmente nos dedicamos a pasear por las galerías de avance. Las galerías de avance son grandes como el túnel del metro, con sección de medio cañón, nada que ver con los angostos corredores trapezoidales de las películas (aunque creo recordar que sí que quedaba por aquí y por allá algo de eso, obviamente en desuso o casi). Hay que explicar que en las minas asturianas (las otras no lo sé, aunque las sospecho parecidas) la veta de carbón es vertical (vaya, algo inclinada, pero esencialmente vertical, para que se entienda como contraposición a lo «horizontal»), y por eso he hablado de «galerías de avance», porque no son de explotación. Cuando la galería de avance encuentra una veta de hulla, se empieza a perforar hacia abajo, de modo que se hace una rampa que llega a la galería de avance inferior. Por esa rampa se deslizará el carbón que se extrae en los llamados talleres, que son como espacios cúbicos sobrepuestos escalonadamente, en los que se explota la veta en todas sus dimensiones: los picadores se sientan a caballo sobre costeros troncos de árbol dispuestos transversalmente, como a modo del gallinero de la mili y arrancan con los martillos pilones los trozos de carbón, que caen hacia la rampa y por ella se deslizan hasta las vagonetas que esperan en la galería inferiror. Bueno, si lee esta explicación un minero, seguramente me acusará, y con razón, de doce mil imprecisiones, pero para quien no conoce la mina asturiana será suficiente para hacerse una idea bastante aproximada. A veces es conveniente que lo preciso ceda paso a lo claro. Además, como ahora explicaré, hace ya muchos años que bajé por segunda vez a la mina (esta vez sí: a los talleres), en diciembre de 1975, y supongo que en estos casi cuarenta años las cosas habrán progresado mucho y el trabajo sera menos penoso. Algo menos penoso, porque imagino que al taller habrá que seguir bajando y eso, tal como lo recuerdo, es la leche. Este gráfico (fuente: Universidad de Barcelona) ilustra bastante bien la morfología de una mina asturiana (pincha sobre él para hacerlo más grande):

Como digo, en diciembre de 1975 bajé a la mina y esta vez sí que el capataz que nos guiaba (íbamos mi hermano y yo, junto con los hermanos Llaneza) nos metió en los talleres. Impresionante. En las galerías de avance, las lámparas individuales, las instaladas en el casco, alcanzaban con potencia lumínica suficiente distancias importantes, veinte, treinta metros, seguramente más (la memoria llega hasta donde llega); en los talleres, nada de eso: había una niebla de polvo negro acojonantemente densa que, junto con el agua que llovía allí (utilizada para la refrigeración de las máquinas), configuraba un ambiente de mierda que ya, ya. Para moverse, había que ir pasando de tronco en tronco, con mucho cuidado, además, de mantenerte fuera de la trayectoria de los cascotes de carbón que caían, y en aquella época (ahora no lo sé) los destajos se pagaban mejor cuanto más grande era el pedazo de carbón arrancado a la veta. Por cierto que hice un movimiento torpe y por poco me mato, si no me llega a agarrar el capataz… Esto aparte, sucedía -o sucede- que, bueno, a veces los troncos se descalzan y se caen y, de cuando en cuando, pillan a alguien por el camino; y eso por no hablar de los incidentes propiamente luctuosos, o sea, cuando hay derrumbamientos o se perfora una bolsa de grisú y ésta hace explosión antes de que todo el mundo haya tenido tiempo de darse el piro. Entre unas cosas y otras, todavía hoy salen de la mina con los pies por delante unos cuantos cada año; y para sacarlos, algunos compañeros han tenido que jugarse muy seriamente el pellejo.

Ya se deduce de lo dicho, pues, que eso no es ninguna broma. Lo que para mí fue una aventura juvenil de una tarde -que, pasado el acojonamiento inicial del p’habernos matao, celebramos con mucha sidra y aún más fanfarronería de años mozos-, para muchísima gente constituye su vida diaria, su cotidianidad. Y eso, claro, imprime carácter. Quizá ahora se entiendan un poco mejor las escenas de guerrilla urbana que las teles ahora y poco a poco empiezan a mostrar, y quizá ahora se entienda cómo es posible llegar a ver a los antidisturbios de la Guardia Civil (que no son unas malvas) replegándose, no pies en polvorosa, pero sí con cierta prisa, ante el acoso de mineros muy cabreados. Y ojo, que, de momento, sólo utilizan pirotecnia. Que no pase de ahí. Más vale que no ocurra nada que les incite a utilizar otra… munición. No son gente de paz y kumbayá, como los del 15-M (los mismos mineros así lo dicen), sino gente muy, muy dura, que está defendiendo el pan de su familia y sobre todo su dignidad. Poca broma, insisto.

En un plano ecléctico, todos sabemos que el carbón de hulla es de muy baja calidad. De hecho, su explotación ha estado subvencionada desde siempre, porque en un país en permanente olor a pies que se lavan poco, tener una fuente energética de mala calidad ha sido siempre mejor que no tener ninguna en absoluto; pero lo cierto es que la hulla es muy ineficiente y se ha utilizado más bien a la trágala, salvo en aquellos sitios (la propia siderurgia, por ejemplo) en los que es imprescindible otro tipo de carbón -básicamente el de Cock- más recio, de más duro encendido, pero muchísimo más calórico, de mucho mayor rendimiento por kilo. Bueno, los tiempos cambian, las dependencias cambian también en su morfología y ya ha llegado (de hecho, llegó ya hace años, con nuestro ingreso en la UE) el momento de darle el carpetazo a la hulla.

Cuentan -y no me extrañaría que fuera verdad, siquiera en su aspecto simbólico- que cuando se negociaba nuestro ingreso en la UE (entonces, CE) y se habló del carbón, Felipe González llevó a Bruselas unos vídeos con documentales sobre la fiesta asturiana (y particularmente langreana) de octubre de 1934, vídeos que tuvieron mucha credibilidad vistos por europeos con un ojo en ellos y con otro en el País Vasco. Así que se acordó proceder a un desmantelamiento suave y paulatino de las cuencas mineras a base de un muy grueso chorro de dinero, comúnmente conocido como fondos mineros, que debería haber atendido las numerosísimas prejubilaciones del sector (que fue la fórmula prioritaria elegida para poner la venda antes de producirse la herida) y sobre todo (¡muy sobre todo!) establecer alternativas económicas para las zonas afectadas.

Pues bien, lo de las prejubilaciones sí que funcionó, lo cual fue otro no pequeño drama: mucha gente se fue a casa en edad muy joven y con una indemnización periodificada bastante sustanciosa (bien, ya sé que alguien objetará esto y, efectivamente, caben sus más y sus menos, pero globalmente fue así), lo que trajo algunos efectos indeseables. Pero lo verdaderamente grave fue que las inversiones que debieron hacerse con los fondos mineros o no se hicieron o se hicieron mal. Dicho en otras palabras: como es normal y corriente en este país, lo de los fondos mineros fue como ponerles a los de siempre una casa de putas para uso particular.

Ahora, con la que está cayendo y con el indio con plumas que tenemos ahí en el Gobierno, que anda mendigando árnica por todos los foros económicos (y encima no se la dan), lo de la retirada de subvenciones al carbón, digamos que se impone.

Pero, claro, cerrar las minas (o vaciarlas a golpes de ERE) no es lo mismo que cerrar una fábrica, por importante que sea ésta y por más puestos de trabajo directos e indirectos que cueste. Cerrar minas o reducir su actividad a lo residual es un problema de territorio: las cuencas mineras asturianas (y leonesas, y algunas más) no tienen alternativa. Debieran haberla tenido merced a los fondos mineros, pero sea lo que sea lo que haya ocurrido con ellos (y cabe temerse lo peor), el caso es que no la tienen. La liquidación de las minas es su redondo hundimiento económico, social y humano. Comarcas enteras, valles enteros, quedarían igual que después de un bombardeo de saturación como los que sufrieron los alemanes; pero sin un plan Marshall reparador que arreglara el estropicio siquiera a toro pasado.

No hace falta conocer bien esas zonas para darse cuenta; basta con ir allí unos días y constatar esa dependencia para ver que, a corto y medio plazo, no hay alternativa posible. Y a largo plazo tampoco porque no hay largo plazo. No hay tiempo, éste juega en contra. Ya había un problema social y económico grave en las cuencas -causa especial dolor la emigración juvenil, que no es de ahora ni causa de esta crisis, sino que viene prolongándose desde hace muchos años ya-, de donde la liquidación de la minería no sería una puntilla, sería el simple y llano pelotón de ejecución.

El Gobierno no va a poder sostener su envite, aunque ayer lo consumó en el Senado. O, para sostenerlo, va a tener que incinerarse en el conflicto minero, porque de esta no sale. No hay transacción posible, no hay negociación posible: si las minas se cierran (o, de cualquier modo, se desactivan sin encontrar una alternativa a corto plazo para las cuencas) éstas van a ser la guerra, la guerra de verdad. Me remito a la historia, pero me remito también a los telediarios (que, aunque poco, tarde, mal y no todos, ya empiezan a mostrar algo de lo que pasa allá) y me remito a los comunicados de unas asociaciones de miembros de la Guardia Civil en las que se les ve -les guste o no- asustados. La amenaza, por su parte, de que puede liarse muy gorda es casi caricaturesca, porque al otro lado de la humareda sí que tienen muy claro que están dispuestos a liarla todo lo gorda que haga falta.

¿Y qué va a hacer el ministro del Opus, digo, del Interior? ¿Mandar a la Legión, como hizo su antecesor administrativo e ideológico hace casi ochenta años? Pues la Legión, desde luego, ya la tiene. Ahora lo que le hace falta es ver si tiene por ahí guardado a algún Franco, que casi seguro que sí.

Y que no nos pase nada.

Rectificación – Me avisan de una pifia contenida en el artículo: un costero no es un tronco de los que cruzan los talleres, sino un pedazo grande de carbón de los que decía que había que evitar porque le pueden caer encima a uno. Gracias por el aviso a Florentino Martínez Roces, presidente de «Langreanos en el Mundo». Mi presidente. 🙂

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Comentarios

  • Carlos Zaragoza  On 20/06/2012 at .

    Estoy contigo, amigo, y mi total apoyo incondicional a los mineros.

    Mi padre fue minero durante 23 largos años y la desaparición de las minas en mi pueblo la viví yo ya en mi adolescencia, allá por los años 80 y principios de los 90.

    Algún politicucho ha tenido la desvergüenza de decir últimamente que se ha subvencionado la minería con 200.000 euros por minero, como si ese dinero se lo llevara el minero mismo. Cuando la realidad es que se han dilapidado los fondos de reconversión sin reconvertir nada. Fundiéndolo políticamente, como todos sabemos. Si no es así, que saquen las cuentas y dé la cara quien los haya “administrado” a ver si no es para partírle la ídem, o “pa colgalo del pescuezu” como me decía últimamente algún compañero minero por twitter.

    ¡Viva la lucha minera! Posiblemente, ¡ese es el camino!

  • Jordi  On 21/06/2012 at .

    Por temas profesionales, hará ya unos años tuve contacto con una persona que trabajaba en el gobierno del Principado. Charlando una vez me explicó más o menos lo mismo que Javier: que los fondos mineros eran una auténtica casa de p… que sólo habían servido para que los políticos de turno pudieran llenarse los bolsillos. De este dinero, los mineros han visto migajas y, lo que es peor, no se han llevado a cabo alternativas serias a la minería. Visto lo visto, seguramente yo también saldría a repartir bofetadas.

  • nubiansinger  On 21/06/2012 at .

    A mí lo que me jode de todo esto es: ¿Dónde estaban los mineros cuando “su” dinero se lo fundían los políticos en… lo que fuera? Durante años han dejado escapar ese chorro de dinero que era su futuro, sin hacer nada, hasta ahora, que ven que se acaba.

    • Carlos Zaragoza  On 21/06/2012 at .

      Perdona, nubiansinger, pero… ¿donde estabas tú durante la burbuja inmobiliaria o durante la caída de las punto.com o durante la muerte de Manolete? ¿No te sientes culpable? Pues entiende entonces que los mineros, tampoco. No hay peor sordo que el que no quiere oir, y son los políticos de turno los que no han querido oir. O peor: han oído pero, por acción u omisión han preferido actuar mal en beneficio “del partido” o de “sus bolsillos”.
      Por cierto, los mineros no piden que la minería no se acabe. Sólo piden que se respeten los acuerdos de financiación hasta 2018 y se utilicen bien los fondos europeos para generar industrias alternativas para entonces.

      Razonable, me parece.

      • nubiansinger  On 22/06/2012 at .

        Pues mira: durante la burbuja inmobiliaria estaba comprándome un piso. Y me siento más estúpido y engañado que culpable, aunque un poco de eso también. En lo de las punto com y Manolete te juro que no tuve nada que ver.
        En cuanto a lo que piden los mineros, juraría que sí he oído pedir que la mina no se acabe, así, tal cual. Claro que eso no implica que no haya otros con otras peticiones más razonables.
        Mira, no he consultado “la hemeroteca”, así que igual me estoy columpiando, pero creo que no es la primera vez que los mineros protestan. Desde luego, no es la primera vez que un colectivo laboral asturiano protesta así, y quizá sea eso lo que me pone un poco en contra: ver que en Asturias cualquier cosa que se pida/exija/reclame se haga cortando carreteras con neumáticos ardiendo.

  • Carlos Zaragoza  On 22/06/2012 at .

    Para tu información, nubiasinger:

    http://paisdeciegos.com/2012/06/21/algunos-comentarios-sobre-el-conflicto-minero/

    Luego no digas que no estás informado. Pero tienes razón en una cosa, los mineros no es la primera vez que protestan. Está documentado en ese mismo articulo.

    Pero cuidado dónde te informas, porque te puedes encontrar con cosas como ésta: http://www.intereconomia.com/blog/un-paseo-por-izquierda/puno-alto-y-pantalones-bajados-20120620

    Allá tú, que ya eres mayorcito.

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