Monthly Archives: julio 2012

Vacaciones… y eso

De la serie: Anuncios y varios

A mediados de la semana próxima inicio mis vacaciones anuales, o mis primeras medias vacaciones (desde hace un par de años las divido en dos e incluso en tres tramos y la verdad es que las disfruto más). Pero entre la muerte de mi padre y el subsiguiente e ingente papeleo (mi madre tiene 81 años y hay que tramitárselo todo, porque si tuviera que hacerlo ella sola se volvería loca) estoy molido. Pensad que la muerte de mi padre llegó precedida de diez días de agonía dolorosa e innecesaria (sobre la que más adelante, dentro de uno o dos meses, hablaré largo y tendido con mucha ira y con mucha mala leche, pero en frío) y que estoy bastante quemado y con muy poco humor para hacer nada que no sea absolutamente indispensable. La verdad es que no me apetece nada más que emprender mis vacaciones, relajarme y volver luego a mi ordenada y cartesiana rutina diaria, que es la que realmente me da tiempo y ganas de hacer cosas.

Ya comprenderéis, pues, que prefiero dejar «El Incordio» en este punto y que, aunque siga al pie del cañón laboral y cotidiano aún por unos días, lo arrincone -provisionalmente, desde luego- en este mismo momento. Quizá (sólo quizá) asome algo la nariz (algo, muy poco, en todo caso) por Twitter o por Google+ pero nada más.

Me despido, pues, de vosotros hasta mediados largos del mes de agosto, no sin agradeceros la gentileza y la paciencia que habéis tenido para conmigo a lo largo de todo el año y, en estos últimos días, vuestras expresiones de sentimiento tanto en los comentarios del blog, como en Google+, como por correo electrónico, que de todo ha habido.

Y, como digo siempre, ojo con la carretera si cogéis el volante. Os quiero aquí a todos a la vuelta. Del primero al último ¿vale?

Muchas gracias y un fuerte abrazo.

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Adéu, pare

Francesc Cuchí i Balada
Barcelona, 23 de juliol de 1924 – 22 de juliol de 2012

Quan el record ja no és tan sols història i esdevé també nostàlgia

Semper filosofare

De la serie: Correo ordinario

En estos tiempos espantosos que nos atribulan, parece que el viejo aforismo Primum vivere, deinde filosofare, o lo que es lo mismo, primero llenar la tripa y después meditar sobre lo divino y lo humano, se impone como ley económica de primer orden por todos aceptada y vista como de cajón. Pero la cosa no es tan fácil: la introspección colectiva, social, el análisis permanente de nuestra entidad, tanto individual como colectiva es, en realidad, en mucha mayor medida que el propio progreso técnico, el motor de la civilización. Me atrevo a ir más lejos aún: de esa caracterización individual o social llega a derivar el progreso técnico, pero jamás sucede a la inversa. Mal asunto, añado, cuando el progreso técnico prevalece sobre el humanístico, porque es entonces cuando los hornos de pan pasan a utilizarse para cocer a la gente que no tiene el prepucio en condiciones reglamentarias.

Sin embargo, no quería llevar la cuestión al terreno de enfrentar a Aristóteles con Leonardo da Vinci, toda vez que el problema actual cae mucho más cerca y puede parecer -aunque no lo es- un tanto más prosaico.

Tenemos al mundo de la cultura revolucionado porque el aumento del IVA ha supuesto una puñalada trapera para ese entorno. Y es cierto: hay que ser animal no sólo para negarse a aplicar al libro electrónico el mismo tipo impositivo que al libro de papel, sino además para mantener esa situación cuando el tipo que se aplica al contenido digital aumenta en tres puntos porcentuales. Es verdad que la industria editorial lo está haciendo muy mal, criminalmente mal, con el libro electrónico (y los autores, sobre todo los consagrados, también, dicho sea de paso) pero asestándole esa puñalada trapera se va a empeorar el panorama con toda seguridad. Se va a empeorar, porque a los pocos que lo están haciendo bien se les está plantando en medio de su camino un pedrusco así de gordo; y a los que lo están haciendo mal, se les está regalando un pretexto para seguir llorando y para seguir haciéndolo mal: si hasta ahora, el gran pretexto que justificaba su negligencia era la piratería, recurrente como la canción del verano, ahora, además de la piratería, tendrán la excusa del IVA, que si antes ya alegaban de cuando en cuando, ahora va, obviamente, a incrementarse. La piratería, el IVA y lo cósmico, serán la justificación de que no se enteren (de que no se quieran enterar, más bien) del palo que pinta desde hace ya algún tiempo.

También puede argüirse -y es verdad- que detrás de la palabra cultura hay mucho cuento, mucho negociete y mucho trapo sucio; que, en muchos casos, tras tan noble palabra se esconde lo que no puede ir más allá de denominarse espectáculo y que tras esa tan apreciada denominación se cobijan muy frecuentemente intereses industriales, tan puramente industriales como el sector del metal, el textil o el petroquímico. La extensión a saco del significado de la palabra cultura sirve de parapeto para muchos que en su puta vida han cogido un libro más allá de una novela del Coyote que les duró toda la mili. Ahora todo es cultura: la cocina, la moda… ¡¡¡hasta el fútbol!!! Y, claro, la cultura auténtica, la de Beethoven, la de Borges, la de Renoir, la de Miguel Ángel, pasa a ser equiparada con la cultura de Alejandro Sanz, la de Lucía Etxebarria o la de Cristiano Ronaldo y así nos luce el pelo. La cultura de verdad, la que puede escribirse con todas sus letras y en mayúsculas, si hace falta, sólo sirve de parapeto a la decadencia, a la mierda y a la cotización en bolsa, a beneficio de los rankings de más leídos o más escuchados (figúrate) o a las cifras de venta de entradas (de cine o de fútbol, da igual).

Siendo así, y con la que está cayendo, parece que el Gobierno pueda ampararse en lo dicho como justificación: no me vengáis con vuestros cuentos culturales: sois un espectáculo igual que cualquier otro, como el circo, pongamos por caso, y vais a retratar el IVA lo mismo que cualquier otra actividad economica común.

Pero el Gobierno no puede ampararse en esto. En primer lugar, porque hace tabula rasa con todo lo que se engloba en el concepto cultura, es decir, tanto lo que lo es como lo que dice serlo; y en segundo lugar, porque a esa patulea tabernaria que constituye el PP, le importa tres pimientos y el rabo de un cuarto si la cultura que grava es la de verdad o es la otra porque a ellos les da igual. Para esa chusma, cultura es el marrón ese del «No a la guerra» (que encima, lo utilizaron cucamente a toro pasado unos cultureta infectos: antes, lo habíamos utilizado masivamente, muy masivamente, los ciudadanos) o el otro marrón de la peña de la zeja, y de ahí, de su puerco mundo de política de navajeros, son incapaces de pasar. En la calle Génova, cuando se habla de cultura, se desenfundan los revólveres (ojo: igual que en otras calles; los del PP no son los únicos; son, eso sí, los más cutres).

La cultura, la de verdad, sin embargo, no es un lujo, ni es un artículo más de consumo, como estableció el materialismo marxista y en lo que coincide gozosamente el oprobio ultraliberal: la cultura es un elemento inherente al ser humano, una necesidad, es la materialización (por así decirlo) de su reflexión, de su reacción ante la vida y sus circunstancias. La cultura es tradición, es decir, es transmisión del saber humano. Pretender que la cultura, que el filosofare es un elemento secundario subordinado a la satisfacción material previa, es, y nunca mejor dicho, pan para hoy y hambre para mañana. La cultura es el código genético de la Humanidad, no es una entelequia romántica y sentimental ejecutada por tíos que comen ensalada de margaritas. Ese es el argumento del que los internautas nos hemos valido en nuestro enfrentamiento con la industria del ocio y del espectáculo (hipócritamente auto-intitulada cultural) y ese es el argumento que, siendo así que es cierto, debemos utilizar para descalificar a la chusma tabernaria, a esa gente de leva a la que la estupidez colectiva (demasiado fútbol, demasiada cerveza y poca cultura, precisamente) y la democracia falsificada han colocado en el poder.

Las pérdidas salariales, las pérdidas en lo que hemos calificado como estado del bienestar pueden ser mucho menos graves, mucho más relativas, que las pérdidas a que podría llevarnos un retroceso -y no digamos la pérdida total- en el estado del bien ser. Que ya ha retrocedido bastante en los últimos años.

Si lo perdemos completamente, entonces sí: que no nos pase nada.

Funcionarios… «privilegiados»

De la serie: La cueva del burócrata

Yo lo diría más a lo bestia, pero no mejor, así que ahí va y a ver si nos vamos aclarando, tanta cagarela de privilegiados y tantos testículos en ácido acético…

«EL DESPRECIO POLÍTICO AL FUNCIONARIADO

»Con el funcionariado está sucediendo lo mismo que con la crisis económica. Las víctimas son presentadas como culpables y los auténticos culpables se valen de su poder para desviar responsabilidades, metiéndoles mano al bolsillo y al horario laboral de quienes inútilmente proclaman su inocencia. Aquí, con el agravante de que al ser unas víctimas selectivas, personas que trabajan para la Administración pública, el resto de la sociedad también las pone en el punto de mira, como parte de la deuda que se le ha venido encima y no como una parte más de quienes sufren la crisis. La bajada salarial y el incremento de jornada de los funcionarios se aplauden de manera inmisericorde, con la satisfecha sonrisa de los gobernantes por ver ratificada su decisión.

»Detrás de todo ello hay una ignorancia supina del origen del funcionariado. Se envidia de su status -y por eso se critica- la estabilidad que ofrece en el empleo, lo cual en tiempos de paro y de precariedad laboral es comprensible; pero esta permanencia tiene su razón de ser en la garantía de independencia de la Administración respecto de quien gobierne en cada momento; una garantía que es clave en el Estado de derecho. En coherencia, se establece constitucionalmente la igualdad de acceso a la función pública, conforme al mérito y a la capacidad de los concursantes. La expresión de ganar una plaza «en propiedad» responde a la idea de que al funcionario no se le puede «expropiar» o privar de su empleo público, sino en los casos legalmente previstos y nunca por capricho del político de turno. Cierto que no pocos funcionarios consideran esa «propiedad» en términos patrimoniales y no funcionales y se apoyan en ella para un escaso rendimiento laboral, a veces con el beneplácito sindical; pero esto es corregible mediante la inspección, sin tener que alterar aquella garantía del Estado de derecho.

»Los que más contribuyen al desprecio de la profesionalidad del funcionariado son los políticos cuando acceden al poder. Están tan acostumbrados a medrar en el partido a base de lealtades y sumisiones personales, que cuando llegan a gobernar no se fían de los funcionarios que se encuentran. Con frecuencia los ven como un obstáculo a sus decisiones, como burócratas que ponen objeciones y controles legales a quienes piensan que no deberían tener límites por ser representantes de la soberanía popular. En caso de conflicto, la lealtad del funcionario a la ley y a su función pública llega a interpretarse por el gobernante como una deslealtad personal hacia él e incluso como una oculta estrategia al servicio de la oposición. Para evitar tal escollo han surgido, cada vez en mayor número, los cargos de confianza al margen de la Administración y de sus tablas salariales; también se ha provocado una hipertrofia de cargos de libre designación entre funcionarios, lo que ha suscitado entre éstos un interés en alinearse políticamente para acceder a puestos relevantes, que luego tendrán como premio una consolidación del complemento salarial de alto cargo. El deseo de crear un funcionariado afín ha conducido a la intromisión directa o indirecta de los gobernantes en procesos de selección de funcionarios, influyendo en la convocatoria de plazas, la definición de sus perfiles y temarios e incluso en la composición de los tribunales. Este modo clientelar de entender la Administración, en sí mismo una corrupción, tiene mucho que ver con la corrupción económico-política conocida y con el fallo en los controles para atajarla.

»Estos gobernantes de todos los colores políticos, pero sobre todo los que se tildan de liberales, son los que, tras la perversión causada por ellos mismos en la función pública, arremeten contra la tropa funcionarial, sea personal sanitario, docente o puramente administrativo. Si la crisis es general, no es comprensible que se rebaje el sueldo sólo a los funcionarios y, si lo que se quiere es gravar a los que tienen un empleo, debería ser una medida general para todos los que perciben rentas por el trabajo sean de fuente pública o privada. Con todo, lo más sangrante no es el recorte económico en el salario del funcionario, sino el insulto personal a su dignidad. Pretender que trabaje media hora más al día no resuelve ningún problema básico ni ahorra puestos de trabajo, pero sirve para señalarle como persona poco productiva. Reducir los llamados «moscosos» o días de libre disposición -que nacieron en parte como un complemento salarial en especie ante la pérdida de poder adquisitivo- no alivia en nada a la Administración, ya que jamás se ha contratado a una persona para sustituir a quien disfruta de esos días, pues se reparte el trabajo entre los compañeros. La medida sólo sirve para crispar y desmotivar a un personal que, además de ver cómo se le rebaja su sueldo, tiene que soportar que los gobernantes lo estigmaticen como una carga para salir de la crisis. Pura demagogia para dividir a los paganos.

»En contraste, los políticos en el poder no renuncian a sus asesores ni a ninguno de sus generosos y múltiples emolumentos y prebendas, que en la mayoría de los casos jamás tendrían ni en la Administración ni en la empresa privada si sólo se valorasen su mérito y capacidad. Y lo grave es que no hay propósito de enmienda. No se engañen, la crisis no ha corregido los malos hábitos; todo lo más, los ha frenado por falta de financiación o, simplemente, ha forzado a practicarlos de manera más discreta.

Francisco J. Bastida
Catedrático de Derecho Constitucional
Universidad de Oviedo»

Aquí está el artículo original en «La Nueva España»

El padrino

De la serie: Rugidos

Cuando nada menos que un director de la Oficina Antifraude de la Generalitat de Catalunya te suelta tan tranquilo, como quien dice lo más natural del mundo, que el dinero no tiene color, llegó la hora de coger el pasaporte y largarse lejos.

O, bueno… de hacer algo un poco más radical… en casa.

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