Semper filosofare

De la serie: Correo ordinario

En estos tiempos espantosos que nos atribulan, parece que el viejo aforismo Primum vivere, deinde filosofare, o lo que es lo mismo, primero llenar la tripa y después meditar sobre lo divino y lo humano, se impone como ley económica de primer orden por todos aceptada y vista como de cajón. Pero la cosa no es tan fácil: la introspección colectiva, social, el análisis permanente de nuestra entidad, tanto individual como colectiva es, en realidad, en mucha mayor medida que el propio progreso técnico, el motor de la civilización. Me atrevo a ir más lejos aún: de esa caracterización individual o social llega a derivar el progreso técnico, pero jamás sucede a la inversa. Mal asunto, añado, cuando el progreso técnico prevalece sobre el humanístico, porque es entonces cuando los hornos de pan pasan a utilizarse para cocer a la gente que no tiene el prepucio en condiciones reglamentarias.

Sin embargo, no quería llevar la cuestión al terreno de enfrentar a Aristóteles con Leonardo da Vinci, toda vez que el problema actual cae mucho más cerca y puede parecer -aunque no lo es- un tanto más prosaico.

Tenemos al mundo de la cultura revolucionado porque el aumento del IVA ha supuesto una puñalada trapera para ese entorno. Y es cierto: hay que ser animal no sólo para negarse a aplicar al libro electrónico el mismo tipo impositivo que al libro de papel, sino además para mantener esa situación cuando el tipo que se aplica al contenido digital aumenta en tres puntos porcentuales. Es verdad que la industria editorial lo está haciendo muy mal, criminalmente mal, con el libro electrónico (y los autores, sobre todo los consagrados, también, dicho sea de paso) pero asestándole esa puñalada trapera se va a empeorar el panorama con toda seguridad. Se va a empeorar, porque a los pocos que lo están haciendo bien se les está plantando en medio de su camino un pedrusco así de gordo; y a los que lo están haciendo mal, se les está regalando un pretexto para seguir llorando y para seguir haciéndolo mal: si hasta ahora, el gran pretexto que justificaba su negligencia era la piratería, recurrente como la canción del verano, ahora, además de la piratería, tendrán la excusa del IVA, que si antes ya alegaban de cuando en cuando, ahora va, obviamente, a incrementarse. La piratería, el IVA y lo cósmico, serán la justificación de que no se enteren (de que no se quieran enterar, más bien) del palo que pinta desde hace ya algún tiempo.

También puede argüirse -y es verdad- que detrás de la palabra cultura hay mucho cuento, mucho negociete y mucho trapo sucio; que, en muchos casos, tras tan noble palabra se esconde lo que no puede ir más allá de denominarse espectáculo y que tras esa tan apreciada denominación se cobijan muy frecuentemente intereses industriales, tan puramente industriales como el sector del metal, el textil o el petroquímico. La extensión a saco del significado de la palabra cultura sirve de parapeto para muchos que en su puta vida han cogido un libro más allá de una novela del Coyote que les duró toda la mili. Ahora todo es cultura: la cocina, la moda… ¡¡¡hasta el fútbol!!! Y, claro, la cultura auténtica, la de Beethoven, la de Borges, la de Renoir, la de Miguel Ángel, pasa a ser equiparada con la cultura de Alejandro Sanz, la de Lucía Etxebarria o la de Cristiano Ronaldo y así nos luce el pelo. La cultura de verdad, la que puede escribirse con todas sus letras y en mayúsculas, si hace falta, sólo sirve de parapeto a la decadencia, a la mierda y a la cotización en bolsa, a beneficio de los rankings de más leídos o más escuchados (figúrate) o a las cifras de venta de entradas (de cine o de fútbol, da igual).

Siendo así, y con la que está cayendo, parece que el Gobierno pueda ampararse en lo dicho como justificación: no me vengáis con vuestros cuentos culturales: sois un espectáculo igual que cualquier otro, como el circo, pongamos por caso, y vais a retratar el IVA lo mismo que cualquier otra actividad economica común.

Pero el Gobierno no puede ampararse en esto. En primer lugar, porque hace tabula rasa con todo lo que se engloba en el concepto cultura, es decir, tanto lo que lo es como lo que dice serlo; y en segundo lugar, porque a esa patulea tabernaria que constituye el PP, le importa tres pimientos y el rabo de un cuarto si la cultura que grava es la de verdad o es la otra porque a ellos les da igual. Para esa chusma, cultura es el marrón ese del «No a la guerra» (que encima, lo utilizaron cucamente a toro pasado unos cultureta infectos: antes, lo habíamos utilizado masivamente, muy masivamente, los ciudadanos) o el otro marrón de la peña de la zeja, y de ahí, de su puerco mundo de política de navajeros, son incapaces de pasar. En la calle Génova, cuando se habla de cultura, se desenfundan los revólveres (ojo: igual que en otras calles; los del PP no son los únicos; son, eso sí, los más cutres).

La cultura, la de verdad, sin embargo, no es un lujo, ni es un artículo más de consumo, como estableció el materialismo marxista y en lo que coincide gozosamente el oprobio ultraliberal: la cultura es un elemento inherente al ser humano, una necesidad, es la materialización (por así decirlo) de su reflexión, de su reacción ante la vida y sus circunstancias. La cultura es tradición, es decir, es transmisión del saber humano. Pretender que la cultura, que el filosofare es un elemento secundario subordinado a la satisfacción material previa, es, y nunca mejor dicho, pan para hoy y hambre para mañana. La cultura es el código genético de la Humanidad, no es una entelequia romántica y sentimental ejecutada por tíos que comen ensalada de margaritas. Ese es el argumento del que los internautas nos hemos valido en nuestro enfrentamiento con la industria del ocio y del espectáculo (hipócritamente auto-intitulada cultural) y ese es el argumento que, siendo así que es cierto, debemos utilizar para descalificar a la chusma tabernaria, a esa gente de leva a la que la estupidez colectiva (demasiado fútbol, demasiada cerveza y poca cultura, precisamente) y la democracia falsificada han colocado en el poder.

Las pérdidas salariales, las pérdidas en lo que hemos calificado como estado del bienestar pueden ser mucho menos graves, mucho más relativas, que las pérdidas a que podría llevarnos un retroceso -y no digamos la pérdida total- en el estado del bien ser. Que ya ha retrocedido bastante en los últimos años.

Si lo perdemos completamente, entonces sí: que no nos pase nada.

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