Monthly Archives: septiembre 2012

El eterno retorno

De la serie: No, si ya…

La razón de la fuerza:

«No solo hay instrumentos jurídicos y judiciales para pararlo [el referendum], además hay un Gobierno, este Gobierno, que está dispuesto a usarlos»

Soraya Sáez de Santamaría (La Madelón)

La fuerza de la razón:

«Venceréis, pero no convenceréis»

Miguel de Unamuno (Vasco -y, por ende, sospechoso- dirigiéndose a los prebostes franquistas en 1936 y con un par)

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El sable del coronel

De la serie: Esto es lo que hay

Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional (Artículo 8.1 de la Constitución Española, hoy aún vigente)

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Hay que ver lo que les gusta ahora a los militares la Constitución, después de los follones que montaron cuando se estaba pergeñando. Bueno, también hay que decir que los espadones que rechinaron temporibus illis no eran los mandos superiores de hoy, que en aquella época eran tenientes y capitanes. Los mandos superiores de hoy -anotemos el dato- hicieron un Bachillerato normal en centros de enseñanza normales, como todos los demás muchachos de los años setenta (y unos cuantos anteriores y, desde luego, los posteriores). Lo digo por contraposición a aquellos altos militares del franquismo, que entraron en las academias con doce y catorce años o, ya con posterioridad, en plan más normal, pero con estudios en la inmediata posguerra e imagínate qué visión de la Historia les proporcionarían en aquellos centros.

En los últimos días, hemos tenido dos o tres avisos desde el estamento militar, avisos amenazantes que apuntan hacia esa eventual independencia catalana de la que, por cierto, desde ayer estamos inexplicablemente más cerca. Nominalmente, porque veremos en qué acaba esto.

Primero fue el coronel (jubilado) Alamán, que se descolgó en plan clásico, amenazando directamente con los tanques (¡ups, perdón…! carros). Después fue el teniente general Pitarch, también jubilado, quien se descolgó por las mismas, con mucho más estilo, claro. No en vano, Alamán se ha autopintado de hecho como perteneciente a aquella vieja especie que tan bien conocemos los que hemos hecho la mili y Pitarch es un señor que ocupó altos cargos militares, entre ellos el no pequeño de jefe del Eurocuerpo. Poca broma. Lo de Alamán fue un exabrupto para disfrute de la fachenda analfabeta; lo de Pitarch, un aviso procedente del eje central mismo de las Fuerzas Armadas, aviso al que habrá que prestar la atención y la consideración debida. Pero, por más que la clase y la altura de ambos sea tan distinta y esté tan distanciada, el mensaje, en su fondo, es el mismo: si Cataluña se independiza, los tanques entrarán en acción… por mandato constitucional. Y me parece que estos caballeros interpretan de una manera muy pintoresca el mandato constitucional.

Es verdad que el artículo 8 (cuyo primer párrafo encabeza este post) atribuye a las Fuerzas Armadas la misión de garantizar la integridad territorial de España y el ordenamiento constitucional. Pero dentro de un orden. Quiero decir que el artículo 8 no autoriza al primer general que crea que el ordenamiento constitucional o la integridad territorial han sido vulnerados -ni siquiera aunque fuera cierto- a poner los tanques en la calle o en el Segre sin encomendarse a Dios ni al diablo. Esto, pese al artículo 8 de la Constitución, constituiría un delito de sedición de libro.

Porque una cosa es que la Constitución encomiende misiones y atribuya derechos y deberes y otra muy distinta es que tales misiones y tales derechos y deberes puedan ejecutarse, sin más, tal cual. No, no, no. Hay que hacerlo de conformidad con el ordenamiento jurídico. Pongo un ejemplo igualmente ilustrativo: el artículo 47 establece que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada, pero todos sabemos que la carencia de la misma no justifica la ocupación, de hecho y sin más, de viviendas ajenas. Lo de los okupas puede ser todo lo simpático que se quiera (cuando lo es), pero hoy por hoy es ilegal por más artículo 47 de la Constitución que le echemos.

Lo que quiere decir, en fin, el artículo 8.1 es que, siendo éstas las misiones de las Fuerzas Armadas, el Gobierno, único habilitado legalmente para movilizarlas, puede -y, en su momento y circunstancia debe- utilizarlas para estos fines. Los tanques sobre Cataluña, pues, sólo estarían protegidos por la Constitución si el Gobierno así lo ordenase. Y conviene no olvidar que el Gobierno está sujeto a responsabilidad, tanto si hace cuando no debe hacer como si deja de hacer cuando sí debe hacer. Pero tampoco son los militares, en ningún caso, los llamados a exigir ni juzgar sobre dicha responsabilidad. Para ello la Constitución designa a unos señores llamados jueces.

Por tanto, si se produce la independencia de Cataluña y los generales lanzan los tanques sobre ella, y por las buenas, en fin, pues a aquellos a quienes se nos vengan encima nos será de aplicación aquello que digo tantas veces de que San Joderse cayó en tal día, pero que no me venga nadie con cagarelas constitucionales, porque no cuela.

Establecido el tema constitucional tal como creo que es poco objetable jurídicamente, vamos a los fáctico.

Una intervención militar sobre una Cataluña independizada -aún legítima, por orden del Gobierno y, entonces sí, bajo paraguas constitucional- sería un error histórico de primera magnitud. De primera magnitud, que nadie lo dude. Porque se estaría entonces escenificando la razón que pasarían a tener (y que no tienen ahora) los independentistas: Cataluña sería una colonia, un territorio ocupado, una población sojuzgada. El germen de la independencia, para antes o después, para más tarde o más temprano, estaría definitivamente sembrado y asumido por la práctica totalidad de la población catalana. Yo, que me considero español (por poco que me guste la España que hay, que no me gusta nada en absoluto) no creo que pudiera mantenerme en esa consideración si me viniera militarmente impuesta; no tendría asidero intelectual ni, desde ese momento, histórico al que agarrarme.

Por no hablar las implicaciones internacionales y, concretamente en términos europeos, si esa intervención se produce. Por muchas razones, de las que a bote pronto se me ocurren dos: la primera, la poca gracia que haría en Europa el hecho de que en su territorio (y esta vez en territorio de la Unión) volviesen a correr los tanques; y otra, que la visión de una potencia europea mandando tanques sobre un país que, aunque sea fugazmente, ha dejado de pertenecer a la Unión… bueno, no sería un precedente ni poítico, ni histórico, ni internacional en absoluto deseable.

¿Cuál sería entonces la alternativa para Ex-paña, para el Gobierno ex-pañol, si la independencia de Cataluña de llegara a producir? Pues la verdad es que ninguna. Mal si Cataluña se independiza y se la invade y mal si Cataluña se independiza y no se la invade. Ninguna de las dos cosas es mejor ni peor que la otra, pese a la segura opción como mal menor de la bronca castellana de frontera.

Por tanto, lo que hay que hacer es evitar a toda costa que Cataluña se independice. Pero cuidado con la expresión a toda costa si no se matiza para mantenerla en un ámbito político. Para ello, también hay dos maneras: los tanques (en este caso, virtuales), que serían la suspensión autonómica, la suspensión electoral y, como se viene haciendo, la negativa a reconocer el fenómeno desencadenado -todo lo artificialmente que se quiera- el pasado 11 de septiembre y a abrir las circunstancias para acotarlo y, en la medida de lo posible, remediarlo, de una manera ordenada, tranquila, civil y no traumática; o todo lo contrario: la apertura, la tranquilidad, el orden, la civilidad y la paz espiritual, por parte de ambas posturas encontradas.

La cerrazón, el Cataluña es España por cojones no sólo no es el remedio sino que, además, ha sido la causa. Yo, como catalán y como español, estoy ya hasta las narices del cerrojazo, de que más allá del Ebro no se entienda nada, sobre todo porque no se quiere entender, por pura y simple antipatía (cuando, como tan frecuentemente sucede, me encuentro a alguien que, de boquilla y falsariamente, ama mucho a Cataluña y a los catalanes, me echo a temblar: acabo de encontrar a uno que no vacilaría en lanzarnos encima los bombarderos). Si la bronca castellana de frontera viera más allá del toro coñaquero, ya no hubiera sucedido la inmensa estupidez que se cometió con ese no menos estúpido Estatut, un Estatut que, no me canso de decir, no se sentía en la calle como una necesidad, un Estatut cuyo referéndum no pudo alcanzar siquiera el 49 por 100 de participación. Sin embargo, tras sufrir los recortes de una comisión parlamentaria presidida por un andaluz (Alfonso Guerra, nada menos) que, pese a todo, fue tolerada, se llegó a la barbaridad de un Tribunal Constitucional caducado y sin el menor crédito ni político ni, si se me apura, judicial, que se cargó las partes más esenciales del nuevo articulado que habían sobrevivido a la tijera parlamentaria española.

La manifestación de protesta de julio del 2010 no tuvo un millón de concurrentes, pero sí asistieron a ella muchos centenares de miles de catalanes cabreados. Más los que se habían quedado en casa pese a estar también cabreados, porque en casa se quedan no sólo los que están en contra sino también los que estando a favor no acuden porque están disconformes con algún aspecto de la convocatoria o, simplemente, por perezosos; pero los perezosos también pueden estar cabreados y, en un momento dado, su cabreo puede ser mayor que su pereza. Pese a todo, la arrogancia castellana descrita por Machado ignoró lo grave del trompetazo, lo despreció, se negó a considerarlo como un serio aviso.

Y eso, y no otra cosa, ha llevado a lo de ahora. Y ahora se puede venir diciendo que la manifestación del 11 de septiembre fue de ira económica más que de ira independentista; pues yo creo que sí, que el diagnóstico es correcto, pero que ahora ya sólo sirve para hacer diletantismo con él. En todo caso, ya no sirve para ocultar la cabeza bajo el ala. Una sucesión de arrogancias y de ignorancias colocadas al tresbolillo y practicadas durante muchos años, muchísimos, ha llevado a la situación actual. Ahora hay que salir de ella, antes de que los tanques sean una solución que empeore aún más el problema y lo cronifique definitivamente y sin solución de continuidad en la Historia.

Se equivocan -y mucho- los que desenvainan el espadón. Porque a esa España negra, excluyente, fronteriza y macabra, le ha llegado la dolorosa hora de envainársela.

O de morir.

Clarificando objetivos

De la serie: Esto es lo que hay

El patétito «glu-glu-glu» que, de manera monocorde, se le oye a Rajoy, nunca sabe uno si como pavo en Navidad o como ahogado en el mar de su propia mediocridad (¡y decíamos de Zapatero!) es la triste constatación de que el país y su circunstancia le vienen grandes, demasiado grandes. Nunca debiste dejar tu registro de la propiedad, forastero… Con la crisis catalana, un Aznar se hubiera comportado de modo absolutamente brutal y necio, de eso no cabe duda, pero hubiera estado ahí, en primera línea de fuego, repartiendo -y recibiendo- estopa, seguro de sus poderes, no muy distintos, en el fondo, de aquellos que venteó el cardenal Cisneros.

Nuestro vigente héroe, en cambio, se esconde detrás de la cortina o debajo de la cama, temeroso de la bronca y temeroso, en general, de todo. O se esconde, más frecuentemente, tras las faldas de la Sáenz de Santamaría o de la Cospedal.

Mas ha planteado un órdago al Gobierno y al sistema español. Un órdago, en mi opinión, imprudente y mal calculado cuyas consecuencias aún están por ver pero que a estas horas yo ya doy por seguro que van a ser muy malas. Pero un órdago, un órdago importante, enorme. Y Rajoy sólo ha sido capaz de balbucear que la Constitución no lo permite y no lo sacas de ahí. Y pone por delante a la Sáenz para que repita el sonsonete. La Constitución, la Constitución, la Constitución. Hay que ser memo, con perdón. ¿De cuándo a acá un territorio que se independiza de otro tiene en cuenta para nada la constitución de aquel estado del que se desgaja? ¿Cuándo ha sido esa ilegalidad constitucional óbice alguno para el reconocimiento internacional de ese nuevo estado? Y, por cierto… ¿qué Constitución cumplieron las naciones hispanoamericanas que se fueron independizando de España durante el siglo XIX? ¿Y no están reconocidas internacionalmente, y todas ellas, además, también por la propia España?

Pero lo que más gracia me hace es que saque a relucir que lo que la Constitución no permite es el pacto fiscal, que es el eufemismo con el que se está denominando a lo que de toda la vida se ha llamado concierto económico, igual o en paralelo al que disfrutan vascos y navarros. Eso ya es para despatarrarse…

Todo ello, aparte de algo muy juicioso que ha dicho hoy Felipe González: que la Constitución no es como las tablas mosaicas, que puede cambiarse cuando y como sea necesario. De hecho, muchísimos miles de españoles desde hace un año y medio largo venimos diciendo que hay que cambiarla. Pero de arriba a abajo.

Con respecto a la problemática que estamos tratando y que lleva diez días de rabiosa y polémica actualidad, quisiera recordar el fragmento de un discurso pronunciado en el Parlamento:

«Yo me alegro, en medio de todo ese desorden, de que se haya planteado de soslayo el problema de Cataluña, para que no pase de hoy el afirmar que si alguien está de acuerdo conmigo, en la Cámara o fuera de la Cámara, ha de sentir que Cataluña, la tierra de Cataluña, tiene que ser tratada desde ahora y para siempre con un amor, con una consideración, con un entendimiento que no recibió en todas las discusiones. Porque cuando en esta misma Cámara y cuando fuera de esta Cámara se planteó en diversas ocasiones el problema de la unidad de España, se mezcló con la noble defensa de la unidad de España una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, que no eran otra cosa que un separatismo fomentado desde este lado del Ebro».

¿Lo recordáis? No, seguramente no, a menos que seáis estudiosos de una determinada época (y quizá ni aún así). Porque estas palabras fueron pronunciadas nada menos que por José Antonio Primo de Rivera en sede parlamentaria el 4 de enero de 1934. Va para ochenta años ya. Como es de ver, ese señor, que fundó nada menos que la Falange Española, deja a su derecha a muchísimo diputado del PP y a toda la chusma del toro coñaquero.

Otro interesante texto, ahora desde otra perspectiva completamente opuesta:

«Mire, sé que la cita es un riesgo, pero uno de los que entendió mejor, y en circunstancias muy difíciles, a Cataluña, fue José Antonio Primo de Rivera. El 30 de noviembre de 1934, en un debate en el Congreso en el que pedía nada menos que la anulación del Estatuto de Cataluña, afirmó: “Lo digo porque para muchos este problema es una mera simulación; para otros, este problema catalán no es más que un pleito de codicia: la una y la otra son actitudes perfectamente injustas y perfectamente torpes. Cataluña es muchas cosas mucho más profundamente que un pueblo mercantil; Cataluña es un pueblo profundamente sentimental; [el problema de Cataluña no es un problema de importación y exportación]; es un problema dificilísimo de sentimientos”»

Esto decía nada menos que Jordi Pujol en unas declaraciones a la revista «Tiempo» en 1997 (núm. 816, 22 de diciembre).

Hasta José Antonio, el falangista, era de mente mucho más abierta que toda la bronca pepera y toda la carraca de la épica nobleza castellana. El mismo Jordi Pujol hubo de reconocerlo.

El problema, el verdadero problema que estamos afrontando estos días, no es sino la manipulación de sentimientos, de sentimientos que, como tales, son nobilísimos, estemos o no de acuerdo con ellos, a cargo de una peña de manipuladores y de sinvergüenzas que están arrimando impúdicamente el ascua a su sardina. Aquí, se manipula el sentimiento limpiamente nacionalista de muchísima gente honrada, llevándola a la calle y a la exaltación de una independencia presuntamente inminente que todos los que miramos con un poco de distancia, cualquiera que sea nuestra preferencia, sabemos que no va a ocurrir, ni siquiera en el largo plazo (si no entramos en plazos históricos absolutamente fuera de toda previsión o cálculo). Al propio Pujol me remito nuevamente. Y allende el Ebro, se manipula asimismo el sentimiento nacionalista de otra gente no menos honrada que cree en la unidad de España como algo casi evangélico. Ojo, que hablo de gente honrada: excluyo a la brutalidad cervecesca, abundante en ambas orillas, que sólo se deja llevar por la ira, por el fanatismo y por el hoolliganismo más abyecto, la pura chusma.

Y si el otro día decía que somos muchos los catalanes que creemos que hay soluciones (soluciones de alcance histórico, no coyunturas presupuestarias) sin pasar por la ruptura, que creemos en un proyecto posible y deseable (de donde se deduce que no es el actual) para España, hoy he constatado algo que intuía: que hay españoles no catalanes que, lejos de la bronca de frontera, también creen en ese proyecto posible y deseable (que, obviamente, sigue sin ser lo que hay ahora) para España: un proyecto conciliador en el que quepamos todos y estemos en él, además, a gusto, a nuestras anchas, realizándonos como personas, como familias, como comunidades distintas per complementadas. Me ha impresionado mucho al respecto, por su tino y por su fina puntería, un post de Isaac Rosa en su blog «Zona crítica» de elDiario.es. Si esta es la actitud de muchos ciudadanos del Ebro ulterior (y yo creo que sí, porque conozco a muchísimos que pueden encajar en ella), podemos arreglarlo, podemos llegar a un acuerdo, porque aquí, en el Ebro citerior, somos muchos también los que tenemos una actitud y una idea encajable con la de Rosa.

Pero lo primero que tenemos que hacer es sacudirnos de encima a la Casta, a la Casta de ambas orillas (que tienen el mismo código genético, exactamente el mismo) a esa patulea que nos manipula, que nos oprime, que nos atormenta y que nos aherroja.

La que vive de nuestra división. Ni más, ni menos.

Papeles, papeles, papeles

De la serie: La cueva del burócrata

Leía esta mañana el muy ilustrador artículo de Enrique Dans sobre el trogloditismo tecnológico del sistema bancario español acaecido, en cierto modo, recientemente. Recomiendo su lectura, la recomiendo porque, al hilo de ésta, me vienen a la cabeza ideas parecidas pero respecto a un ámbito cuyo carácter pleistocénico estará, seguro, bien presente en el ánimo de todos los ciudadanos: las administraciones públicas. Y no sólo por lo tecnológico: si sólo fuera por eso, casi sería para darse con un canto en los dientes.

Como mis lectores habituales saben, mi padre falleció hace un escaso par de meses y, por mi condición de funcionario de la familia, ha recaído sobre mis hombros la tarea de afrontar el papeleo inherente que consiste en tramitarle a mi madre la pensión de viudedad y otra pequeña prestación de la mutualidad de los aparejadores, proceder a la ejecución del testamento de mi padre y reclamar el cobro de los seguros de vida.

Las administraciones públicas anglosajonas (y otras europeas que no son anglosajonas), pese a su inevitable cuota de burocracia -reservada, eso sí, a los trámites y documentos más graves- se basa en la confianza hacia el ciudadano. Si un señor dice que una cosa es de determinada manera, pues es de determinada manera ¿por qué no iba a ser así? Y así, en Gran Bretaña, van por el mundo sin carnet de identidad, por ejemplo. Ahora les está pasando por la cabeza implantarlo (lo que ha generado una oleada de protestas) pero es más debido a la paranoia antiterrorista (tras la que se oculta el claro intento de controlar estrechamente a la población) que a otra cosa. En los Estados Unidos -como sabemos todos merced a la vasta cultura que al efecto adquirimos a través de las series y pelis de Hollywood- no existe el carnet de identidad como tal, y la identidad se acredita (cuando hace falta, que no la hace con la frecuencia de aquí, ni mucho menos) con el permiso de conducir, la tarjeta de la seguridad social, la credencial militar o, en fin, cualquier documento suficiente, y el término suficiente es, para el caso, muy amplio.

Aquí es todo lo contrario: hay que documentar (y documentar prolijamente, además) hasta lo evidente. Y hay que documentarlo ante administraciones públicas a las que ya les consta documentalmente ese hecho para el que se exige documentación, documentación que, por lo demás, expiden ellas mismas. Las redundancias lo son a posta. Sí, hay una Ley 30/1992 -una ley de risa, así de claro lo digo- que permite soslayar ese aporte documental en muchas ocasiones, precisamente cuando la Administración pública ya dispone de ese documento o de datos fehacientes sobre los hechos o circunstancias que el tal documento acredita. Ni lo intentes. Todo serán dificultades, cuando no negativas redondas y, en todo caso, eso eternizará el procedimiento con toda seguridad. Además, casi nunca sirven las fotocopias: tienen que ser los documentos originales, lo que parece que al ciudadano se le presuma el carácter de falsificador. Así, por ejemplo, la Seguridad Social exige la presentación del DNI original de mi madre para solicitar su pensión de viudedad, lo que obliga a una señora de 81 años a desplazarse a la oficina correspondiente y a guardar la inevitable y tercermundista cola a que somos sometidos implacablemente todos los ciudadanos ante cualquier mostrador público. ¿Para qué hace falta que se muestre un DNI original al presentar una solicitud por escrito, solicitud en la que, además, obra la práctica totalidad de los datos de ese DNI y cuando la titular del rejodido DNI consta en tropecientos mil registros locales, provinciales, autonómicos y estatales?

Algunas entidades privadas no se quedan atrás, por cierto: una de las compañías de seguros me pide, entre otros numerosos documentos, los dos siguientes: fotocopia del libro de familia (menos mal que se conforman con la fotocopia, algo es algo) y certificado literal de matrimonio expedido por el registro civil en fecha posterior a la defunción del causante. Este último documento puedo comprenderlo: se trata de garantizar que no haya una ex-esposa arteramente ocultada que pudiera tener unos derechos o que la que solicita no sea, precisamente, la lista de la ex-esposa intentando burlar el mejor derecho de la esposa actual en el momento de la muerte; pero entonces… ¿a qué pedir la fotocopia del libro de familia si el otro documento ya cumple de manera mejor y más completa esa función? ¿Por qué piden todo eso, además, cuando exigen también la copia auténtica del último testamento y el certificado de últimas voluntades, siendo así que el testamento nombra a la esposa (con nombre y apellidos) como heredera universal, con lo que no hay más que hablar? Incidentalmente: mi padre cometió el comprensible error de no nombrar beneficiario, lo que conduce a que éste pase a ser el heredero, sea testamentario o ab intestato, en otro caso. Mi pregunta es: ¿nadie pudo avisarle de las consecuencias burocráticas de ese error? El empleado de la compañía que tomó el seguro ¿tan ocupado estaba pensando en la comisión por haber conseguido la póliza que no pudo prestarle el sencillo (y en absoluto oneroso para la compañía) servicio de prevenirle al respecto?

Es increíble que seamos súbditos ya no sólo de las administraciones públicas -que ya es malo- sino también de aquellas compañías particulares de las que somos clientes teóricamente libres (las telecos llevan la fama, pero muchas, muchísimas de otros sectores, cardan no poca lana).

En el otro lado del mostrador, algún día explicaré las vergüenzas que como funcionario he llegado a pasar al exigir a los ciudadanos documentación absolutamente inane y estúpida, sólo porque el idiota que redacta los reglamentos en cada caso es de los que piensan que por mucho papel nunca mal año. No piensa en las molestias que causa al ciudadano ni piensa tampoco en el coste añadido -y frecuentemente enorme- que supone para la Administración procesar toda esa documentación, el setenta por ciento de la cual no sirve para absolutamente nada. Solo piensa que esa subvención, esa pensión, ese permiso, esa autorización que está reglamentando va a ser objeto de la codicia de todos los delincuentes del mundo, actúa como si todos los ciudadanos lo fueran. Papel, papel, papel, originales, copias compulsadas (porque todo el mundo sabe que los ciudadanos son unos artistas de la falsificación en la fotocopiadora y con el fotochó), no vaya a ser que nos la peguen. Como todos mis compañeros de la función pública, he visto cosas y explicaría casos que los ciudadanos comunes no podrían creer. Y ríete tú de la Puerta de Tannhäuser.

Tambien hay que reconocer no obstante, que el entorno sociopolítico no favorece. En el mundo anglosajón se confía en el ciudadano y, salvo casos muy determinados (y graves), se cree en su palabra, sin más comprobaciones. Claro que al que pillen en un fraude, que se agarre. Si en España la confianza en el ciudadano pudiera corresponderse con la confianza en que el defraudador sería fulminante y severamente castigado, quizá podríamos acercarnos más al sistema anglosajón. Pero es que ya sabemos lo que pasa con los jueces y con los tribunales en este país y vemos a diario y con puñados de ejemplos cómo los golfos se salen de chiquitas. Sí, muchas veces también los golfos de menor cuantía. Pero esa impunidad real de que goza el defraudador en España no tiene -ni siquiera eso, que es nuestro mal endémico- entidad suficiente como para justificar el atropello y el abuso documental que muchas más veces al día de los que nosotros mismos percibimos nos propinan las administraciones públicas a los ciudadanos. Porque, además, y como es notorio, el sinvergüenza siempre encuentra una vía para el fraude: ninguna administración pública con su sistemáticamente brutal exigencia documental ha evitado que este país sea un patio de Monipodio y que aquí quien quiere hacer lo que le da la gana lo hace y ya está, y no pasa nada. Aunque tenga que reirse de sus ciudadanos con la fotocopia del DNI -debidamente compulsada- entre los dientes.

Cuando Enrique refiere en su artículo -leedlo, de verdad, vale la pena- su pretensión de que le abonen en cuenta un cheque, bastando para ello con la simple fotografía de ese cheque realizada y transmitida mediante el móvil, yo también he pensado que este hombre se nos ha vuelto loco. Pero no porque esa pretensión suya sea intrínsecamente alocada, que no lo es, sino por su evidentemente momentánea ignorancia de la calaña de quienes encabezan los sistemas administrativos españoles. Todos: los públicos y los privados.

Otrosí (lo que es decir «manda huevos» en román vallisoletano o «té collons la cosa» en mi catalán). Ayer, mi regreso a casa se vió celebrado con la típica papeleta de Correos avisándome de que tengo a mi disposición una notificación (obviamente, certificada y con aviso de recibo y con toda la cagarela inherente) remitida por la Agencia Tributaria. Este mediodía he ido (¡glubs!) a ver qué pasaba. Bueno, un error material por mi parte, consistente en que un mismo gasto deducible lo había hecho constar dos veces en sendos apartados distintos. Total, que de una declaración a devolver de 380 euros, se queda en 48, asimismo negativos. Qué le vamos a hacer, es así y es así. Suerte que, habiéndose estimado, según todas las apariencias, que se trata de un simple error material y no de una perversa intención de defraudar, se deja la cosa en esa regulación de saldo negativo, sin recargos ni nada luctuoso. Acepto, pues, dócil, que caiga sobre mí todo el peso de la ley, muchas gracias y que Dios guarde a V.I. muchos años para bien de España.

La pequeña contrariedad queda largamente compensada, no obstante, por mi enorme alegría al constatar lo bien organizada que está la inspección tributaria en este país, que no se les escapa nada, oye. Un verdadero disparo de francotirador, hay que ver qué habilidad con la mira telescópica para cerrar el paso a los 332 euros de fraude que, aunque involutario, estuvo a punto de mermar las preciosas arcas del Estado. Da gusto ver que, en España, ni siquiera 332 miserables euros se pueden defraudar así como así.

¡Ah! ¿Que no…? Es decir, ¿que sí…? Vaya, que es igual, que ya se entiende.

La prevaricación no es sólo dictar resolución injusta; es también pasar del mambo y no dictar la justa cuando procede. Con mis 332 euros se ha hecho justicia, ya falta menos.

Ahora sólo falta que se haga justicia también con 332.000 millones de euros que andan por ahí, en paradero desconocido, que ya sabemos quién los tiene (porque lo sabe hasta el potito) y para los que no se ha dictado resolución alguna.

Y ahí te quiero ver.

Els altres… estelats

De la serie: Esto es lo que hay

Durante la cena del 11 de septiembre (ya sabéis, la Diada, la gran mani independentista…), con el telenotícies de TV3 alborotando como queriendo reproducir el «Exodus» de León Uris en la Via Laietana, mis hijas eran presas de una inquietud cierta y me formularon la pregunta que sin duda se formuló en muchísimos miles de hogares catalanes: «papá, si Cataluña se hiciera independiente ¿qué haríamos nosotros? ¿Nos iríamos o nos quedaríamos?».

La pregunta tiene su miga.

Irnos de Cataluña representaría establecernos en una España (más apropiadamente Ex-paña, en esa situación) que miraría a los catalanes exiliados con una enorme desconfianza; por más que uno hubiera abandonado el país escindido, siempre pertenecería a esa raza de renegados que rompió [con] España. Y excuso decir como algunos mantuviéramos la costumbre de hablar entre nosotros en catalán (como yo con mis hijas, por ejemplo). Por no hablar de lo a gustito que se debe vivir -catalán o no, pero sobre todo catalán- en el espacio geográfico de la versión más radicalizada del nacionalismo más casposo, el del toro coñaquero.

Por otra parte, si uno es conocido como no-independentista o como anti-independentista (y, cada uno en su ambiente, en casa lo somos todos) quedarnos en una Cataluña independiente tendría sus… incomodidades. En parte, por lo mismo, pero a la inversa. Pero es que aquí quizá habría algo más… Ya hay síntomas.

Hay un pájaro, un tal Joel Joan, que, además, es presidente de la Academia Catalana del Cine (o algo así), que ya anda repartiendo sambenitos: dice el fulano que, cuando se le dé la vuelta a la tortilla (es decir, cuando Cataluña sea independiente) el que no sea independentista será un traidor. Tal como suena. Y el contexto, en el enlace, que no se diga… De modo que ya hay quien está recortando estrellas amarillas. Y por eso decía que los no-independentistas o anti-independentistas conocidos tendremos una vida bastante incómoda en la supuestamente paradisíaca Cataluña independiente. Y ojalá la palabra adecuada sea, en el peor de los casos, esa, incómoda y no otra más luctuosa. Porque como también dice Joan -atención siempre al contexto- los que nos van a amargar la vida en mayor medida quizá no sean los soberanistas, los independentistas de socarrel de toda la vida, sino los conversos que, en toda ideología y en todo movimiento más o menos revolucionario, son los más temibles. A Lorca no lo asesinaron los falangistas (al contrario, Luis Rosales removió Roma con Santiago, aún a riesgo personal propio, para salvarle la vida) sino los de la CEDA, que acababan de descubrir el Cara al Sol que más calienta.

No me extrañaría que, tal como dice Joan, los más ardorosos e ígneos llamamientos a la feroz represión de elementos españolistas procediera de medios otrora -y aún hoy- monárquicos y juancarlistas a machamartillo. Empezando la represión, como suele suceder, por los renegados propios, y ahí lo tendría yo claro: es verdad que soy hijo de asturiana, pero la catalanidad de mi familia paterna se pierde -documentalmente- en el siglo XV. Malo.

Esperemos que no llegue la sangre al río, pero el libro de Historia está hasta arriba de represalias, de exilios y de muchas cosas aún peores que sufrieron personas que esperaron en su día que la sangre no llegara al río. Y no concreto ejemplos porque no tengo ganas de armar escándalo, pero seguro que en la mente de todos aparecen, raudos, unos cuantos.

Otro motivo más para oponerme a esta independencia que, por lo demás, no es sino una loca huida hacia adelante que va directamente al precipicio. Porque no es otra cosa que una huida hacia adelante.

Cualquiera que tenga dos dedos de frente -dos dedos, no más- ve que, tal como están los números -en Cataluña y en el conjunto de España-, tal como está la situación, el pacto fiscal, la foralidad económica al modo vasco o navarro es absolutamente inviable, por más legítima que sea como aspiración. ¿Por qué no se planteó el órdago del pasado día 11 cualquier otro 11 de hace, por ejemplo siete u ocho años, cuando se ataban los perros con longanizas -al menos oficialmente- y cuando, además, en la Moncloa había un pelanas balbuceante capaz de pasar por cualquier aro con tal de seguir pareciendo bonito y buenrollista. Sí, dio por el saco en el tema del Estatut que él iba a a apoyar, pero eso sólo da la medida de lo que había en la plaza de Sant Jaume y, además, ese Estatut nunca constituyó -visto aquel entonces- una aspiración popular generalizada. De hecho, en el referéndum, se abstuvo prácticamente la mitad del censo.

Y como es imposible el pacto fiscal (Rajoy no podría acceder ni aunque quisiera, ni siquiera en el enteléquico supuesto de que el PP estuviera de acuerdo), pues nada, tiramos p’alante y a por la independencia. De locos. De locos, no, vaya, de listos que quieren ponerle una espesa cortina de humo a su fracaso y a su entrega incondicional a intereses que no son los de su ciudadanía. Que no hay ninguna diferencia, ninguna, ojo, entre CiU y el PP. Sabemos, además, la frecuencia con que han ido de la mano. Y no hace tanto. ¿A quién quieren engañar?

Pero, bueno, adelante, pues, con el referendum, a ver qué pasa. Pero ojo: nada de referendums à la quebecoise, Se hace un referendum, y a lo que salga, sea lo que sea. Y no se vuelve a hablar de referendums hasta pasados cien años, por lo menos. Porque el truco made in Quebec está muy visto: un referendum hoy y, si sale negaivo para la independencia, al cabo de diez años, después de una carraca ensordecedora, otro. Y si sigue negativo, diez años más y otro más. Y juégate algo a que, el día que salga positivo, se proclama la independencia y se acabaron los referendums.

Por eso no hay cojones con el referendum: saben que saldría negativo, que el «NO» a la independencia sería no sólo mayoritario sino masivo. Gritar en la calle o en las encuestas, cuando, además, se está poseído por una justa ira contra la situación que se está sufriendo, es una cosa. Votar a favor de una incertidumbre enorme, es otra muy distinta. Como decía Guareschi en uno de sus camilos, «en la soledad de la cabina, Dios te ve y Stalin no». Aquí, ni Dios ni Stalin vienen a cuento, pero sí viene a cuento una presión mediática que cuela, falsa pero convincentemente, como presión social. Que se deshincha como un globo pinchado ante el voto secreto.

Y por eso montan la de la puta y la ramoneta, como tan bien decía hace pocos días Jordi Pujol, (aunque en sentido inverso): no vamos a organizar un referendum, vamos a adelantar las elecciones, en cuya campaña electoral CiU et alter incluirán el soberanismo en sus programas (ya veremos de qué modo, pero esa será otra historia); y si todos juntos suman mayoría, ya tendremos el referendum por la independencia aprobado. Qué salaos.

Dicho sea todo ello sin perjuicio de lo que decía en el artículo anterior: que el sentimiento de injusticia social, territorial (y, sobre todo, personal) que subyacía en la gran manifestación del pasado día 11 (y que, en algunos aspectos, comparto) no debe desdeñarse y que será un error enorme hacerlo. Y me remito, especialmente, a mi propia visión personal, expresada en ese artículo y en tantos otros, de la relación entre Cataluña/catalanes y resto de España/resto de españoles. Una relación que debe ser revisada a fondo, muy a fondo. Porque es también la visión de muchos catalanes (no pocos de ellos también de socarrel) que forman parte de esa mayoría silenciosa que el pasado martes no se manifestó. Pero que no se llame a engaño la bronca del toro coñaquero: no dejamos de manifestarnos a beneficio de la visión mesetaria y alicorta de España; dejamos de hacerlo porque percibimos que el maximalismo independentista, que otro nacionalismo igual que el que odiamos, sólo que con otra bandera y otro dibujo de fronteras, no es la solución. No lo es para nadie. Pero que nadie crea tampoco, ni ahora ni cuando dentro de unas semanas o meses el humo escampe, que nos hemos quedado en casa para que todo siga igual..

Porque si alguien lo cree así, es probable que, en muy pocos años, sean (seamos, quizá) muchos menos, muchísimos menos, los que se queden en casa.

Y que las cosas rueden, entonces, de otro modo.

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