Notas para un regreso

De la serie: Esto es lo que hay

Aquí de nuevo, pues. Si la memoria no me falla, esta es la más larga época de silencio que se ha visto en «El Incordio» desde sus inicios, hace ya ocho años largos. La muerte de mi padre (no la muerte en sí, sino la mala e innecesaria manera de morir que sufrió) me dejó de muy mal humor y prácticamente desde ese día no volví a escribir. Después, incorporado desde el 20 de agosto a la cotidianidad, mi mal humor, debido ya a causas más generales, a causas que son del dominio público, continuó.

Incluso aunque uno sea un tío iracundo siempre deseoso de abrir fuego contra los malvados, hay momentos en que termina hastiado de tanta guerra. A veces voy dando vueltas por la red y veo blogs que hablan de cosas agradables sin necesidad de ir poniendo a parir a nada ni a nadie, hablan de arte, de letras, de ciencia, de gastronomía… todo tan simpático, tan bonito, tan dulce…

Pero cuando uno es guerrero, lo suyo es hacer la guerra. Me gustaría hablar de cocina, sí (de hecho, aquí he hecho algún pinito), pero no me veo haciéndole la competencia a López Iturriaga; me gustaría hablar de muchas cosas, pero no sería capaz de ser constante con un blog monográfico distinto de este. Ya lo intenté con el tema de mi barrio y fue un fracaso.

Por eso, libre ya de la pájara de este verano, vuelvo a las trincheras. Porque estar fuera de ellas me desasosiega más que estar ahí. Porque están pasando cosas muy gordas, porque este país se está yendo a la mierda (y no sólo por culpa del PP y de los banqueros) y porque el silencio sólo me haría cómplice de la catástrofe que se avecina.

Voy a empezar suave, con cortas reseñas de lo que -de forma personal e intrasferible: otros, con sus buenas razones, tendrán otras valoraciones y otras prioridades- me ha dejado más huella en este feo verano de este annus horribilis de 2012. Y aún no se ha acabado y aún puede que vengan años que lo hagan bueno.

Que no nos pase nada.

400

El tema de los 400 euros ha levantado ampollas por muchas cosas distintas. Uno de ello, el más divulgado, por cierto, es que las víctimas de la restricción de esa prestación son principalmente jóvenes, al tenerse en cuanta para la evaluación del derecho las rentas familiares; con lo cual, efectivamente, los jóvens que viven con sus padres serán excluidos.

No estoy seguro de que me parezca mal en todos los aspectos de la cuestión. Estos 400 euros son la última ratio de supervivencia y, pese a que con la que está cayendo muy probablemente sería un respiro importante y muy necesario en hogares con jovencito parado, tampoco puedo quitarme de la cabeza la idea de que con un Estado en la ruina, a algunos (repito: algunos) jóvenes se les podría estar subvencionando la discoteca o la gasolina de la moto. A algunos -vuelvo a insistir nuevamente- por lo menos.

Hace unas cuantas semanas, oía por la radio una tertulia que trataba de la dependencia de las personas mayores, en la que una señora que sabía mucho (que sabía mucho de verdad, no como los tertulianos ad usum) y decía que las políticas de la tercera edad se habían hecho imprescindibles como cuarta pata del estado del bienestar como consecuencia de un retraso social y estatal importante, porque hasta hace algunos años, el estado de bienestar para los ancianos lo constituía la familia y su pilar fundamental: el ama de casa. Algún día (y no es la primera vez que lo digo) habrá que reivindicar la figura del ama de casa, la tan injustamente denostada maruja como un factor esencial de desarrollo sostenible (y sostenido) de este país.

Con los jóvenes sucede exactamente lo mismo: llevamos un retraso bestial en materia de políticas de juventud. Porque, en España, las políticas de juventud no han sido, no son, ni buenas ni malas: simplemente, son inexistentes. A menos que denominemos políticas de juventud a regular el ocio educativo de los jóvenes (en plata: campamentos, colonias y similares) o subvencionar a las juventudes de los partidos, a las que no se les conoce en ningún caso (repito: ninguno) actividad propiamente juvenil alguna (a no ser la promoción más o menos ocasional de algún concierto a cargo de algún cantachifle afín a la causa).

Pretendemos -estúpidamente, por cierto- que los jóvenes levanten el vuelo del hogar familiar a los 18 años. Y yo pregunto: ¿para hacer qué y para ir a dónde? Porque ni en las épocas más prósperas que pueda recordar la historia de este país han tenido los jóvenes la menor oportunidad real de independizarse.

¿Y cómo lo hacen en los países centro y nordeuropeos, donde los jóvenes sí que se independizan verdadera y realmente? Pues llevando a cabo auténticas políticas de juventud, con sistemas de vivienda de bajo coste (de promoción pública o privada subvencionada), con sistemas reales de becas universitarias y de formación profesional y, por supuesto, fomentando una mentalidad migratoria; en España nadie quiere moverse del lugar donde nació y sólo la miseria o la necesidad más acuciantes lo arrancan (así: arrancan, como un corazón en un melodrama de culebrón sudamericano) de la provincia de sus ancestros. El verbo «emigrar» tiene, en España, una connotación de fondo con su puntito infamante. En los países más desarrollados de Europa, es muy normal que los abuelos tengan que ir a ver a sus nietos en avión o después de un largo recorrido en coche o tren, porque los hijos levantaron el vuelo a los 18 y, ya desde entonces se fueron estableciendo en distintos -y frecuentemente lejanos- puntos del país. De Estados Unidos, ya, ni hablo.

Pero, claro, estas circunstancias no vienen por las buenas, requieren de un importante empujón estatal, requieren políticas de juventud.

Ese es el debate y no los 400 euros.

Armstrong

De Neil Armstrong se ha dicho estos días que es «el último héroe». Bien, aunque la intención mediática era tan cretina como suele, lo cierto es que esta vez la expresión no es una exageración ni una manifestación de la basura políticamente correcta, sino que responde a la realidad más exacta: Armstrong fue el último héroe de la última generación que ha tenido héroes, más allá del fútbol, de los toros, de las películas y de esos que cantan.

Neil Armstrong tenía el perfil personal más clavado para ser un héroe de la época megatecnológica que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Ingeniero, piloto de combate (medio centenar de misiones en la guerra de Corea), piloto de pruebas (en la legendaria base de Edwards, fue piloto de plantilla -y uno de los más destacados- del X-15 la nave espacial propuesta por la fuerza aérea y desdeñada como tal por la NASA) y astronauta (fue del segundo grupo, detrás del equipo de los vuelos Mercury). La faceta profesional de su personalidad llamaba la atención y se la llamó al propio Chuck Yeager: Armstrong era un hombre tremendamente frío cuando pilotaba, se decía de él que era una verdadera computadora humana y nunca perdía los nervios, ni siquiera en las situaciones más apuradas. En cierta ocasión, volando con Yeager en el asiento de atrás, realizó un aterrizaje en un lugar en el que Yeager le recomendó que no lo hiciera por el peligro de quedar las ruedas atascadas en el barro y no poder después despegar de nuevo. Armstrong rechazó la objeción asegurando que no habría barro. Había barro y, tal como había predicho Yeager, el avión se quedó atascado. Encima, quedó en una hondonada, con lo que perdieron el contacto por radio con la base. Armstrong ni pestañeó pese al «Bueno, y ahora ¿qué hacemos?» de Yeager. Finalmente, fueron rescatados cuando en Edwards, alarmados por su tardanza, iniciaron su búsqueda.

El aterrizaje en la Luna fue una operación de altísimo riesgo con posibilidades de fracaso catastrófico apreciables. El aterrizaje y también -y no poco- el despegue posterior desde el módulo, único momento que se recuerda en que las pulsaciones de Armstrong subieron a 150 por minuto. Era un serie de maniobras cuyo fracaso hubiera supuesto quedarse en la Luna para siempre, sin la menor posibilidad de rescate; y las posibilidades de un fallo que llevara a ese fracaso se calcularon en puntos porcentuales que sobrepasaban largamente la decena. Aunque Armstrong sabía que eso de los puntos porcentuales es muy relativo: una cosa o sale bien o no sale y ya está, no queda más que disfrutar de lo primero o apencar con lo segundo.

Neil Armstrong se ha ido ya y eso es ley de vida; después de todo, no murió joven. Lo malo no es la desparición de Armstrong sino la sequía de héroes detrás de él, una sequía determinada por una mierda de época y una mierda de sociedad.

Aún sin participar en ellos, he tenido la fortuna de vivir tiempos aún gloriosos. La generación de mis hijas, no, y no es previsible que vayan a vivir algo parecido.

Esta es la época de los enanos.

Uribetxeberria Bolinaga

Todos los crímenes de ETA son execrables pero, a mi personal modo de ver, tres de ellos me aparecen como especialmente repugnantes: uno, el asesinato de los Becerril, el concejal del PP sevillano y su esposa; otro el de Miguel Ángel Blanco; y, finalmente, el secuestro de José Ortega Lara. El primero me impresionó pensando en los hijos pequeños del matrimonio, en quién y cómo les iba a decir a los chiquitos que, así, por las buenas, sin comerlo ni beberlo, se habían quedado sin padres. El segundo fue la escenificación macabra y asquerosa de la ejecución de una pena de muerte (ejecución, por supuesto, sin previa ley, sin previa jurisdicción, sin previo juicio y, en definitiva, sin previa decencia), con puesta en capilla y todo, al mismísimo estilo de película americana de ejecuciones; sólo faltó Susan Sarandon. El tercero, por el sadismo inmenso y retorcido de tener a un tío más de quinientos días días metido en un cubículo claustrofóbico en condiciones que harían vomitar al comandante de las SS de un campo de concentración y, capturados los secuestradores, negarse éstos a revelar el emplazamiento del agujero, condenando así al secuestrado a una muerte bastante espantosa.

Sin que ello signifique paliativo alguno para los demás actos criminales del grupo terrorista, los autores de estos tres crímenes no deberían ser objeto de beneficio, de remisión ni de piedad alguna, cualquiera que fuera su circunstancia personal, cualquiera que fuera el drama que experimentaran. Por mi gusto, para los autores de esos tres atentados no debería haber ni cáncer, ni entierro de padres o hijos, ni ninguna otra causa, absolutamente ninguna, con entidad suficiente para su excarcelación ni aún por un sólo minuto. Ellos mismos renunciaron con sus actos a su condición humana y se han reducido a la condición de perros (con perdón de los perros) y así deberían ser tratados, sin ninguna otra consideración. Putos txakurras. Sin más.

Pero, como he dicho muchas veces, y por mal que nos siente (que nos sienta), aparte de que hay una ley que debe cumplirse (y ahí doy la razón a Fernández Díaz, por más que me joda dársela a ese tío: si no le hubieran dado el tercer grado penitenciario a Uribetxeberría, podría estarse incurriendo en prevaricación) el fin definitivo de ETA, su pase final al ámbito triste de la historia de España, pasa por una negociación, pasa por concesiones. Sí, de acuerdo, lo de ETA es una rendición, no un armisticio, porque ha sido derrotada sin paliativos, ha sido derrotada policialmente, sin más y dentro de la total y absoluta normalidad constitucional, pero no puede esperarse que abandone a sus muchísimos centenares de presos. El reconocimiento implícito de esa rendición constituido por su anuncio de abandono definitivo de la lucha armada, ha venido precedido o seguido de algún tipo de pacto sobre los presos. Que se habrá vestido como se quiera: de indultos individuales previo arrepentimiento en condiciones más o menos falsarias de contricción, de crítica acerada contra la organización y sus mandos… Llámalo como quieras, pero poco a poco, yo creo que antes de cinco años, irán produciéndose excarcelaciones hasta que el número de presos etarras sea mínimo. Es normal que sea así y hace ya años que yo venía diciendo que iba a ser así, mis lectores más antiguos lo saben.

Lo que no es óbice para que le desee a Uribetxberria todos los males que cabe desearle a un animal como ese. En la cárcel o en la calle, si no hay más remedio, cuanto antes reviente más gusto me dará.

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Queridos lectores y bravos: bienvenidos a esta nueva temporada de «El Incordio». Sujetaos bien los machos y que no nos pase nada.

Larguen.

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Comentarios

  • Monsignore  On 03/09/2012 at .

    Welcome back.

  • Carlos Zaragoza  On 04/09/2012 at .

    Bienvenido, de nuevo. La cotidianeidad de tu mala leche será, sin duda, un símbolo de normalidad en tu vida. Y me alegro de lo positivo que va en ello.

    Un fuerte abrazo.

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