Mordisquitos

De la serie: Pequeños bocaditos

Sigo con mis instantáneas de verano, aunque algunas de ellas no son ya vacacionales, pero siguen causándome una impresión especial frente a otras cuestiones.

Policía andaluza

Se han cargado -administrativamente hablando- a la antropóloga policial que la cagó en el informe de los restos que ahora resultan ser con casi toda seguridad de los tristemente famosos niños Ruth y José (caso Bretón, las Quemadillas… todo eso). No voy a entrar a valorar en si esa ejecución profesional (no sé si esa señora levantará ya cabeza, ni en la Policía ni fuera de ella) es correcta y ajustada a hechos y derecho o si se trata de una cabeza de turco: en unas circunstancias que desconozco (me refiero al entorno profesional, a la presión laboral en ese momento) esa señora realizó un dictamen que ha resultado una pifia de marca mayor, eso está claro, pero de ahí no me atrevo a pasar.

Pero lo que sí es curioso es que, cuando menos en casos especialmente mediáticos, la policía alcanza en Andalucía cotas de rara ineficiencia. Digo rara porque, en el resto de España, la policía funciona razonablemente bien. Sin embargo, en Andalucía, podemos recordar la plancha -gravísima- que se cometió con Dolores Vázquez en el caso Wanninkhof, aunque es justo reconocer que el yerro fue enderezado gracias o otro éxito en paralelo: la identificación del asesino de Sonia Carabantes, que resultó serlo también de Rocío Wanninkhof. Tampoco parece un trabajo muy limpio el del caso de Marta del Cstillo en el que, pese a que sus asesinos han sido habidos, no ha habido forma de encontrar su cuerpo, y eso que, según todos los indicios, sus asesinos se desprendieron de él de una manera mucho más improvisada que en el caso de Bretón y sus hijos. Precisamente a la vista del caso Bretón, uno se pregunta si no será que realmente han encontrado los restos de esa chica pero han pasado de largo confundiéndolos con otra cosa. Los ciudadanos, a la vista de lo que hay, tenemos perfecto derecho a considerar esa posibilidad; no a establecerla como un hecho indudable, en absoluto, pero sí a sospechar que pudo pasar algo así.

No creo -ni propugno- que se trate ahora de cortar cabezas a saco, aunque en el caso Bretón alguna más debiera rodar, pero sí creo que hay que investigar qué pasa con la estructura policial en Andalucía, sin agresividad, sin afan de represalias ni nada parecido; está claro que algo no acaba de ir bien allí, que los ciudadanos -los ciudadanos que nos paramos a pensar un poco- estamos moscas con esto y que hay que averiguar qué pasa y ponerle remedio. No puedo creer que un cuerpo sea eficaz en todo un país menos en una de sus regiones (que no se caracteriza por nada en particular en este ámbito, me refiero a que no tiene una camorra, una mafia ni nada parecido) y que la causa sea genética o ambiental. Hay algo en la organización que falla. No sé -no sabemos- qué, pero algo falla.

Y hay que saber qué es y ponerle remedio.

Premio «Príncipe de Asturias»

Hace mucho tiempo que vengo diciendo que los premios «Príncipe de Asturias» son premios de puro oropel al exclusivo beneficio de la imagen de la familia Borbón y muy especialmente de la del heredero de la corona, y más en estos últimos años en los que su imagen no anda, precisamente, nada sobrada.

Y vengo diciendo esto porque muchos de esos premios se otorgan a personas que no es que carezcan de méritos, en términos estrictos, sino que, por circunstancias de la vida y/o por falta de tiempo, no han acreditado la profundidad, el peso específico necesarios para constituir un ejemplo brillante. Pienso, sin ir más lejos, en Rafa Nadal o en Fernando Alonso, merecedores sin duda de todos los premios y galardones que ostentan… menos de este. ¿Y por qué? Porque, ciertamente, son triunfadores en sus respectivos desempeños, son ciertamente brillantes ¿quién lo duda? pero les falta esa consistencia, ese largo recorrido que caracteriza el perfil de alguien que recibe un premio que se precia de tener todo el valor que se le atribuye al «Príncipe de Asturias». Eso sí (y ahí está el quid de la cuestión) dan de coña para la foto con el principito.

Ahora mismo, en los de este año, resulta que para el premio de no sé qué -me figuro que el del Deporte- la cosa estaba entre los Paralímpicos y un par de futbolistas que son de equipos distintos y rivales y, sin embargo, amigos. Bueno, lo celebro y, sí, son un ejemplo, pero sin exagerar, no sé si tanto como para hacerse acreedores a algo que se pretende tan prestigioso y de tan alto ringorrango como el «Príncipe de Asturias». Pero, claro, el principito luce muchísimo más fotografiándose con Iker Casillas y con Xavi no sé qué, que con un oscuro señor que representa a un colectivo estéticamente poco lucido compuesto por discapacitados físicos y psíquicos.

Cuando hablo de este tema siempre me gusta poner el ejempo de Ángel Nieto. Sí, ya sé que parece una manía mía porque soy muy reiterativo con él, pero es que se trata de un caso sangrante (en el ámbito que nos ocupa, claro). Hoy día, los españoles estamos tan ahítos de tener campeones mundiales de motociclismo, que ya no hacemos ni caso cuando, al final de temporada, se obtiene el título de todos los años. Para que levantemos un poco las cejas ha de suceder, como hace dos temporadas, que los españoles arrasen con todo: los campeonatos mundiales de las tres especialidades, pero no sólo esto, sino que, además, de los nueve puestos que conforman la suma de los tres primeros de cada especialidad, los españoles se habían llevado nada menos que siete, creo recordar, o quizá seis, pero no menos. Nos llamó la atención y nos pusimos todos muy contentos, pero no hubo enormes manifestaciones de entusiasmo callejero, más allá de los pueblos o ciudades de origen de los campeones. Por muchísimo menos, los de la pelota montan unas zalagardas de aquí te espero.

Y esa saturación de títulos, que, además, no es de ahora, sino que se arrastra desde hace treinta años, se la debemos a Ángel Nieto, pero se lo debemos a él no por sus 13 títulos mundiales sino porque su dedicación al motociclismo después de su retirada como corredor, contribuyó activa y decisivamente a que se llegara a esta situación dorada que se vive hoy. Fue rey y engendró reyes; y reyes que siguieron engendrando reyes.

Sin embargo, su imagen, para más allá de los aficionados de toda la vida, ya no da la vuelta al mundo. Ni siquiera la vuelta a España. Para muchísimos, sólo es una vieja gloria (como si, además, fuéramos sobrados de viejas glorias). No es una foto codiciada y, desde luego, no viste al principito como es debido.

Y por eso no le han dado el premio «Príncipe de Asturias».

Ryanair

Ayer, en el aeropuerto de Lanzarote, nuevamente hubo que dar prioridad a un avión de Ryanair que iba flojo de combustible (sic, en palabras del comandante), dejando a la espera a otros dos que iban delante y cuyas compañías hubieron de apencar con el plus de combustible que les costó la broma.

También es público y notorio el incidente de Valencia de hace unas cuantas semanas, donde pasó lo mismo no con uno sino con tres vuelos de Ryanair.

Todo esto alarmará (o no) a la población, pero yo esto de las alarmas de la población lo pongo mucho en la vitrina; la gente es sumamente irresponsable (cosa que yo no entiendo) y deshechan los riesgos que no interesan con la facilidad de quien corta un nudo gordiano. Déjate, déjate, que digan lo que quieran, pero lo cierto es que con Ryanair nunca pasa nada y eso de ir a Londres por 30 euros (a veces, incluso menos) es una ganga. Hasta el día en que se caiga un avión, que todo será entonces un desfile de familiares y de asociaciones de víctimas clamando por negligencias de pilotos, de mecánicos, de compañías y de responsables de prevenir las negligencias de todos los demás; y por simple compasión, por pura inteligencia emocional, nadie dirá a esos deudos que, aquí, el único y verdadero negligente fue su querido y difunto familiar. Porque lo que hay en Ryanair ahora lo sabemos todos y quien no lo ve es solamente porque no quiere verlo. Así que San Joderse caerá en tal día.

Decía que lo de Ryanair lo sabemos todos ahora porque los que andamos más o menos frecuentemente por los foros aeronáuticos sabemos las cosas que hace Ryanair desde hace mucho, muchísimo tiempo. Esto del combustible, que nadie crea que es reciente ¿eh? es folklore en el mundillo aeronáutico desde hace la tira y muchas compañías y sus tripulaciones llevan de antiguo un cabreo de aquí te espero. Pero los poderes públicos españoles están muy encoñados con Ryanair, sus titulares sabrán por qué.

En lo que a mí respecta, los miembros de mi familia -la nuclear, me refiero a mi mujer y a mis hijas- tienen radical, rigurosa y taxativamente prohibido volar con Ryanair a ningún precio, por poca o ninguna alternativa que haya. Si hay otra compañía además de Ryanair, se vuela con ella aunque sea más cara o de horario menos conveniente; y si no hay alternativa, sencillamente, no se va, no se vuela. Así de claro. Bastantes riesgos inevitables e insoslayables tiene la vida, que nunca sabes detrás de qué esquina está la putada que te la amarga para siempre, como para encima irse buscando riesgos -y no pequeños- adicionales.

Y frecuentemente, innecesarios.

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Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. Los nostálgicos de las viejas paellas no se quejarán ¿eh? Un formato idéntico por dos veces en una misma semana.

Hala, hasta que vuelva a tocar 😉

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