Independence Day

De la serie: Esto es lo que hay

Debo confesar mi tentación inicial de contrastar cifras, como ya hiciera en otra ocasión también sonada (o con pretensiones de serlo), pero esta vez no hizo falta: aunque no he efectuado mediciones casi milimétricas, como la otra vez, la cifra oficial de millón y medio de personas puede estar un poco hinchada, quizá, pero no exagerada en demasía: si la Delegación del Gobierno reconoció seiscientas mil personas, es que el millón, por lo menos, lo hubo. Esta vez sí, esta vez sí que medía un palmo. Pero es que aunque la cifra de la Delegación fuera cierta -que, insisto, no tiene mucha credibilidad- voy a lo de siempre: acudió muchísima gente. Muchísima. Porque aunque sólo hubieran sido esas seiscientas mil… coño, seiscientas mil personas son una barbaridad de gente: no se aunan por cualquier cosa, en cualquier momento y de cualquier manera seiscientas mil voluntades. Si, encima, fueron el doble… Pero, repito: con esos volúmenes, tanto el mínimo como el máximo, andar con contabilidades, ante la magnitud de lo que ayer sucedió en Barcelona, es del género borde.

Respuesta del PP: ahora no toca. Hay que centrarse en poner en marcha la economía, salir de la crisis y volver al crecimiento. Sería una argumentación coherente y muy plausible si no fuera porque… no tiene la menor credibilidad. En primer lugar, porque si alguna perspectiva tiene en estos momentos la crisis es la de su empeoramiento; en segundo lugar, porque nadie -salvo los fanboys gavioteros, que, desgraciadamente, no son pocos- se cree en absoluto que el PP esté centrado en salir de la crisis sino más bien en sacar indemne de ella al partido e ir soslayando elecciones mientras se pliega incondicionalmente a las exigencias de la Merkel y a la dictadura de la prima de riesgo. El ignaciano «en tiempos de tribulación, no hacer mudanza», suena a chiste malo en boca de Rajoy

Y, en otro orden de cosas, también es lógico que el momento adecuado para cascarle al enemigo es cuando está sumido en la postración; en este aspecto, el independentismo ha sido hábil. O sea que, desde el punto de vista del independentismo, toca, ya lo creo que toca.

Lo que sucede es que ciertas reivindicaciones, en medio de la ira, tienen poca credibilidad. Poca credibilidad en el sentido de que expresen lo que la gente realmente quiere como primera opción. Pero ocurre que todas las opciones se habían acabado y sólo quedaba esta. Lo cierto es que, en el último año, movilizaciones verdaderamente masivas en toda España pidiendo un cambio en la actitud de los políticos, un cambio en el sistema, un cambio en las políticas, una mayor atención a las necesidades y a las exgencias de los ciudadanos, no han conseguido absolutamente nada, se han estrellado contra la estúpida y necia indiferencia de la Casta. Así las cosas, no debe extrañar que en Cataluña, donde aún quedaba, siquiera como último recurso, la independencia, la gente, de perdidos al río, haya tirado por la calle de enmedio. Sólo así se explica que el independentismo haya pasado en poco más de ocho años (en los que, además, se ha constatado el fracaso de un tripartito en el que el ERC había cortado demasiado bacalao para el que le tocaba) del 17% (y ya era un techo electoral) al 50% holgado que le atribuyen las encuestas. Claro que son encuestas de estos días, en los que el ambiente, precisamente por esta convocatoria, ya estaba calentito.

Dudo -dudo muchísimo y creo que lo dudan también los independentistas de socarrel– que un plebiscito sobre la independencia, aún celebrado en estos días, arrojara, ni lejanamente, esa mitad de ciudadanos a favor de la independencia. Ni lejanamente, insisto. Aunque también es cierto que probablemente sobrepasaría en mucho ese techo del 17% al que he hecho referencia. Una cosa es ir a una mani y otra muy distinta lanzarse a la incertidumbre, y un proceso de independencia es una incertidumbre que sólo asumirían los muy convencidos (volvemos en este caso al 17%) y los desesperados que poco o nada tienen que perder. Ojo, que no son cuatro y el cabo, pero tampoco tantos como para que, sumados a los anteriores, acumularan la proporción de un ciudadano de cada dos.

Eso aparte, anoche en Twitter se hizo un chiste gracioso mientras se esperaba, chungonamente, la portada de «La Razón»; se atribuía a esta el titular: «Cinco millones de ciudadanos se quedan en casa y pasan de independencia». Pero resulta que si despojamos a este titular de las perversas patochadas manipuladoras del medio en cuestión, queda puesto como un dato: los muchísisimos catalanes que ayer nos quedamos en casa, que no queremos la independencia o que, en último caso, no la vemos nada clara.

Porque, claro, además hay otra cosa a considerar: independencia es un término que dice y no dice. Si yo fuera independentista -que no lo soy- exigiría una serie de datos antes de votar «SÍ» en un plebiscito: ¿qué modelo de Estado? ¿Qué modelo político? ¿Qué modelo económico? ¿Qué modelo fiscal? ¿Qué proyecto constitucional? Porque, evidentemente, para seguir bajo la férula de la misma gente (y, encima, sin el contrapeso de un Estado español que, aunque sea por otros intereses igualmente espurios, ahí está para templar gaitas), no hago el viaje ni asumo sus riesgos. ¿Un cambio de pasaporte, un cambio de policía de fronteras, más los inconvenientes de una ruptura por la vía de hecho y todo para seguir con el mismo gremio y, en definitiva, para seguir igual? Ni hablar del peluquín. La independencia, como concepto o, incluso, como hecho, no garantiza, en sí misma, nada. Nada en absoluto.

¿Y ya está? ¿Ya hemos llegado a la conclusión de que la independencia, así sin más, es un concepto inconsistente y de que, por tanto, lo de ayer fue una bronca? No, eso sería un error gravísimo en el que me temo que, a pesar de todo, se va a caer.

Lo de ayer fue un aviso muy serio, fue un acontecimiento enorme que debería llevar a una reflexión muy grave en los confines esteparios de la bronca meseta castellana. Y ya anticipo que soy muy escéptico, a los versos de Machado -que no voy a repetir- me remito.

En Cataluña estamos hartos. Quizá, bien leídos y bien mirados, y a la hora de la verdad, no seamos tan independentistas como ayer pareció, pero lo que ayer sí que se demostró más allá de toda duda es que estamos hasta los cojones. Y lo estamos por motivos que son conocidísimos y que tradicionalmente se han soslayado sobre la base de que siempre estamos llorando, de que somos unos victimistas y de que somos unos acomplejados porque en España se nos quiere mucho. Y una mierda. En España se nos desprecia clara y diáfanamente, se nos considera una especie de cosa a la que echar de comer aparte. En mucha mayor medida aún (en muchísima, y eso nunca ha dejado de sorprenderme) que a los vascos.

Y sí, queda muy feo eso de decir «o pasta o independencia» (que es el titular con que introduce lo de ayer un importante rotativo norteamericano), pero es lo que hay. No somos dueños ni siquiera de nuestros propios recursos; y no hablo del dinero en efectivo de nuestros impuestos, o no solamente de ello: hablo, por ejemplo, de los aeropuertos, vectores de economía local de primer orden que no podemos gestionar porque no se quiere que ni siquiera intentemos hacerlos competitivos en perjuicio del aeropuerto de protección oficial; que lo conseguiéramos o no, esa es otra cuestión, pero no se nos permite ni intentarlo; no somos dueños de nuestras infraestructuras, muchas de las cuales se planifican de acuerdo con necesidades o intereses ajenos a los nuestros mientras que se nos impide -privándonos de los medios necesarios para ello, aunque previamente los hayamos generado- una planificación propia. Un ejemplo de escándalo es el corredor del Mediterráneo, constante y pertinazmente boicoteado desde Madrid, que se empeña en el corredor central; al del Mediterráneo lo salva la Unión Europea, menos mal, pero sólo la Unión Europea, que no quiere oir hablar del otro. Si fuera por Madrid, el corredor del Mediterráneo nos lo podríamos pintar al óleo y a estas horas ya se estaría redibujando -por enésima vez- Canfranc. Y en su ceguera centralista, no les importa que Valencia, Murcia y Andalucia salieran también perjudicadas -y no poco- por la eventual supresión de ese corredor. Da igual: para ellos es inconcebible una infraestructura de esa importancia y que no pase por Madrid. Otro ejemplo: el AVE. El problema no fue que el primer AVE fuera Madrid-Sevilla; eso no hubiera sido más que una pequeña estupidez siempre que, a continuación, se hubiera emprendido el Madrid-Barcelona. Pero todos sabemos los años que tardó el AVE en llegar a Barcelona. ¿Otro ejemplo? La N-II. Entre Barcelona y Zaragoza -camino necesario a Madrid- la única vía rápida es de peaje. Si no se paga (y mucho), carretera monegrera y manta. Y hala, a adelantar camiones cuando no venga nadie de frente. Claro que de esto (como del hecho de que la autovía Barcelona-Lleida esté abarrotada de radares mientras que en la autopista de peaje, entre Zaragoza y Barcelona sólo haya uno en les Borges Blanques) no sólo tiene la culpa Madrid, sino también la Caixa, que es la beneficiaria del crimen. No tenemos ninguna influencia en la política internacional española, pero si ponemos la parte nada alícuota de la pasta que cuesta tener a medio ejército haciendo el indio en Asia Menor (y digo el indio porque nadie ha explicado satisfactoriamente qué coño hacemos allí, a qué narices de intereses de la defensa española se sirve, y eso que estoy suscrito a las revistas de cabecera de los tres ejércitos). Se pone a parir a nuestras embajadas (así las llaman fuera de aquí), cuando no son sino unas muy necesarias representaciones comerciales (¿de dónde se cree la gente que sacamos nuestro volumen de exportaciones?) que, sí, efectúan además labores culturales; es que si hemos de esperar a que la divulgación de la lengua catalana y de su entorno cultural nos la haga el Instituto Cervantes, nos sale barba hasta en la planta de los pies.

Y todo lo que venimos pidiendo nosotros, después de todo, es algo que tienen los vascos y los navarros desde hace muchísimos años y que nadie les ha regateado. A nosotros no es que se nos regatee: se nos niega redondamente.

Efectivamente, yo creo que la interpretación de la manifestación de ayer en Barcelona en el sentido de que fue una manifestación más de ira que de independentismo (aunque el independentismo, sin matiz alguno, fue la clara forma en que se exteriorizó) es correcta. Pero hacer caso omiso a la manifestación de ayer, como, de hecho, se le está haciendo ya llevará indefectiblemente a un independentismo, entonces sí, claro, diáfano y sin reinterpretación posible, que igual la próxima vez no se exterioriza en una manifestación y sí en hechos concretos que lleven a muchas lamentaciones ya a toro pasado.

Yo creo -he creído siempre- en el proyecto español como algo posible y deseable. Pero ese proyecto posible y deseable no tiene nada que ver con la estructura de la España actual. Absolutamente nada que ver. O España se replantea en sus bases mismas, en la mentalidad misma de todos los españoles, o España tiene ya puesta su fecha de caducidad.

Que no sé cual es, pero seguro que está ahí.

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Comentarios

  • Carlos Zaragoza  On 12/09/2012 at .

    Muy de acuerdo contigo, también quiero hacer un pequeño inciso: Ya debe estar mal la cosa para que el independentismo de CiU sea aclamado de esa manera, pese a Mas, Puig, los pufos de la sanidad catalana que están saliendo, los “3 per cent” y demás cagarelas. ¡Miedo da, incluso, siendo independientes, quedar en sus manos!

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