Clarificando objetivos

De la serie: Esto es lo que hay

El patétito «glu-glu-glu» que, de manera monocorde, se le oye a Rajoy, nunca sabe uno si como pavo en Navidad o como ahogado en el mar de su propia mediocridad (¡y decíamos de Zapatero!) es la triste constatación de que el país y su circunstancia le vienen grandes, demasiado grandes. Nunca debiste dejar tu registro de la propiedad, forastero… Con la crisis catalana, un Aznar se hubiera comportado de modo absolutamente brutal y necio, de eso no cabe duda, pero hubiera estado ahí, en primera línea de fuego, repartiendo -y recibiendo- estopa, seguro de sus poderes, no muy distintos, en el fondo, de aquellos que venteó el cardenal Cisneros.

Nuestro vigente héroe, en cambio, se esconde detrás de la cortina o debajo de la cama, temeroso de la bronca y temeroso, en general, de todo. O se esconde, más frecuentemente, tras las faldas de la Sáenz de Santamaría o de la Cospedal.

Mas ha planteado un órdago al Gobierno y al sistema español. Un órdago, en mi opinión, imprudente y mal calculado cuyas consecuencias aún están por ver pero que a estas horas yo ya doy por seguro que van a ser muy malas. Pero un órdago, un órdago importante, enorme. Y Rajoy sólo ha sido capaz de balbucear que la Constitución no lo permite y no lo sacas de ahí. Y pone por delante a la Sáenz para que repita el sonsonete. La Constitución, la Constitución, la Constitución. Hay que ser memo, con perdón. ¿De cuándo a acá un territorio que se independiza de otro tiene en cuenta para nada la constitución de aquel estado del que se desgaja? ¿Cuándo ha sido esa ilegalidad constitucional óbice alguno para el reconocimiento internacional de ese nuevo estado? Y, por cierto… ¿qué Constitución cumplieron las naciones hispanoamericanas que se fueron independizando de España durante el siglo XIX? ¿Y no están reconocidas internacionalmente, y todas ellas, además, también por la propia España?

Pero lo que más gracia me hace es que saque a relucir que lo que la Constitución no permite es el pacto fiscal, que es el eufemismo con el que se está denominando a lo que de toda la vida se ha llamado concierto económico, igual o en paralelo al que disfrutan vascos y navarros. Eso ya es para despatarrarse…

Todo ello, aparte de algo muy juicioso que ha dicho hoy Felipe González: que la Constitución no es como las tablas mosaicas, que puede cambiarse cuando y como sea necesario. De hecho, muchísimos miles de españoles desde hace un año y medio largo venimos diciendo que hay que cambiarla. Pero de arriba a abajo.

Con respecto a la problemática que estamos tratando y que lleva diez días de rabiosa y polémica actualidad, quisiera recordar el fragmento de un discurso pronunciado en el Parlamento:

«Yo me alegro, en medio de todo ese desorden, de que se haya planteado de soslayo el problema de Cataluña, para que no pase de hoy el afirmar que si alguien está de acuerdo conmigo, en la Cámara o fuera de la Cámara, ha de sentir que Cataluña, la tierra de Cataluña, tiene que ser tratada desde ahora y para siempre con un amor, con una consideración, con un entendimiento que no recibió en todas las discusiones. Porque cuando en esta misma Cámara y cuando fuera de esta Cámara se planteó en diversas ocasiones el problema de la unidad de España, se mezcló con la noble defensa de la unidad de España una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, que no eran otra cosa que un separatismo fomentado desde este lado del Ebro».

¿Lo recordáis? No, seguramente no, a menos que seáis estudiosos de una determinada época (y quizá ni aún así). Porque estas palabras fueron pronunciadas nada menos que por José Antonio Primo de Rivera en sede parlamentaria el 4 de enero de 1934. Va para ochenta años ya. Como es de ver, ese señor, que fundó nada menos que la Falange Española, deja a su derecha a muchísimo diputado del PP y a toda la chusma del toro coñaquero.

Otro interesante texto, ahora desde otra perspectiva completamente opuesta:

«Mire, sé que la cita es un riesgo, pero uno de los que entendió mejor, y en circunstancias muy difíciles, a Cataluña, fue José Antonio Primo de Rivera. El 30 de noviembre de 1934, en un debate en el Congreso en el que pedía nada menos que la anulación del Estatuto de Cataluña, afirmó: “Lo digo porque para muchos este problema es una mera simulación; para otros, este problema catalán no es más que un pleito de codicia: la una y la otra son actitudes perfectamente injustas y perfectamente torpes. Cataluña es muchas cosas mucho más profundamente que un pueblo mercantil; Cataluña es un pueblo profundamente sentimental; [el problema de Cataluña no es un problema de importación y exportación]; es un problema dificilísimo de sentimientos”»

Esto decía nada menos que Jordi Pujol en unas declaraciones a la revista «Tiempo» en 1997 (núm. 816, 22 de diciembre).

Hasta José Antonio, el falangista, era de mente mucho más abierta que toda la bronca pepera y toda la carraca de la épica nobleza castellana. El mismo Jordi Pujol hubo de reconocerlo.

El problema, el verdadero problema que estamos afrontando estos días, no es sino la manipulación de sentimientos, de sentimientos que, como tales, son nobilísimos, estemos o no de acuerdo con ellos, a cargo de una peña de manipuladores y de sinvergüenzas que están arrimando impúdicamente el ascua a su sardina. Aquí, se manipula el sentimiento limpiamente nacionalista de muchísima gente honrada, llevándola a la calle y a la exaltación de una independencia presuntamente inminente que todos los que miramos con un poco de distancia, cualquiera que sea nuestra preferencia, sabemos que no va a ocurrir, ni siquiera en el largo plazo (si no entramos en plazos históricos absolutamente fuera de toda previsión o cálculo). Al propio Pujol me remito nuevamente. Y allende el Ebro, se manipula asimismo el sentimiento nacionalista de otra gente no menos honrada que cree en la unidad de España como algo casi evangélico. Ojo, que hablo de gente honrada: excluyo a la brutalidad cervecesca, abundante en ambas orillas, que sólo se deja llevar por la ira, por el fanatismo y por el hoolliganismo más abyecto, la pura chusma.

Y si el otro día decía que somos muchos los catalanes que creemos que hay soluciones (soluciones de alcance histórico, no coyunturas presupuestarias) sin pasar por la ruptura, que creemos en un proyecto posible y deseable (de donde se deduce que no es el actual) para España, hoy he constatado algo que intuía: que hay españoles no catalanes que, lejos de la bronca de frontera, también creen en ese proyecto posible y deseable (que, obviamente, sigue sin ser lo que hay ahora) para España: un proyecto conciliador en el que quepamos todos y estemos en él, además, a gusto, a nuestras anchas, realizándonos como personas, como familias, como comunidades distintas per complementadas. Me ha impresionado mucho al respecto, por su tino y por su fina puntería, un post de Isaac Rosa en su blog «Zona crítica» de elDiario.es. Si esta es la actitud de muchos ciudadanos del Ebro ulterior (y yo creo que sí, porque conozco a muchísimos que pueden encajar en ella), podemos arreglarlo, podemos llegar a un acuerdo, porque aquí, en el Ebro citerior, somos muchos también los que tenemos una actitud y una idea encajable con la de Rosa.

Pero lo primero que tenemos que hacer es sacudirnos de encima a la Casta, a la Casta de ambas orillas (que tienen el mismo código genético, exactamente el mismo) a esa patulea que nos manipula, que nos oprime, que nos atormenta y que nos aherroja.

La que vive de nuestra división. Ni más, ni menos.

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