Monthly Archives: octubre 2012

La verdad jode, pero curte

De la serie: Rugidos

Twitterror

De la serie: Correo ordinario

El pasado jueves me tomé uno de los días de vacaciones que aún me quedan y participé como spotter en el Open Day del Aeropuerto de Barcelona, organizado por la asociación Spotters Barcelona-ElPrat con la colaboración de AENA, acontecimiento para el que se cursó una invitación a la Asociación AIRE, a la cual pertenezco.

La jornada, en su conjunto, fue estupenda. Me anticipo a decirlo y a dejarlo bien claro, subrayado y diáfano para que sea bien entendido lo que sigue. Porque las primeras horas -las dos primeras horas, concretamente- fueron… bueno, digamos que regular. Sucedió que el día fue climatológicamente criminal y pilló con el paso cambiado a la organización del evento. La configuración normal del aeropuerto de Barcelona es noreste; es decir, los aviones entran por el noreste (aterrizan en la pista 25R) y salen por el sudoeste (depegan por la pista 25L); pero ese día, la climatología obligó a la configuración contraria: en ella, los aviones entran por el sudoeste (aterrizan en la pista 07L, recíproca de la 25R) y despegan hacia el noreste (pista 07R, recíproca de la 25L). Como había sido diseñado para la configuración noreste, con el cambio de orientación del tráfico, el recorrido programado se vino abajo. Así que durante las dos primeras horas improvisaron como pudieron (no es nada fácil transitar con casi cincuenta tíos externos por un aeropuerto como el de Barcelona) y nos metieron por unos vericuetos que ni chicha ni limoná, manifiestamente mejorados por los puntos de spotting exteriores habituales, es decir, los que utilizamos todos los días (todos los días que vamos) en áreas públicas donde no hay que pedir permiso a nadie ni efectuar ningún trámite. Y, durante esas dos primeras horas, los spotters experimentamos una cierta sensación de decepción y de que para este viaje no hacían falta las alforjas de andar echando días de vacaciones o moscosos (quien los hubiere), ni el madrugón ni -ojo- el gasto de venir desde Madrid, como algunos hicieron.

Y yo tuiteé esa decepción. Sólo fueron un par de tuiteos y, además, casi en tono humorístico: este y este. Los que me conocéis, sabéis que suelo tener muchísima más mala leche. Bueno, pues cuando estábamos ya en la plataforma de la T1 (o sea, justo cuando la cosa -salvo en lo meteorológico- empezaba a arreglarse) y yo ya había enviado algún tuiteo esperanzador, aparece por allí Agustín Rodríguez, jefe de Prensa de AENA, buscándome; y cuando me encuentra, me dice que le han llamado de Madrid alarmados, que qué pasa, que Twitter baja cabreadísimo y tal. Y el hombre me explica lo sucedido -que es lo que yo he contado en el párrafo anterior- y que, caramba, un poco de cuartelillo. Le contesté que mi par de tuits no habían sido para tanto, que, de todos modos, ya había enviado otro de mejor rollo y que, en la medida en que el día fuera transcurriendo con las expectativas previstas, iría abundando en el factor grato de la cosa. Como así fue, por otra parte.

Hasta aquí la batallita. Ahora la reflexión.

¿Qué tiene Twitter que pone de los nervios tan fácilmente a los servicios de prensa de empresas e instituciones? ¿Qué secreto esconde eso para que dos simples tuiteos de un fulano que pasa poquito de los 500 seguidores pueda encender las alarmas en los servicios de relaciones públicas de AENA en Madrid y tenga que venir corriendo el jefe de prensa de AENA en Barcelona -que no debe ser un cualquiera- a apagar el [presunto] incendio? De acuerdo, mis comentarios pudieron ser retuiteados por varios usuarios y su efecto multiplicarse, pero no creo que la cosa fuera tan importante incluso así. Y, sin embargo, ya veis…

Es cierto que Twitter es potentísimo; también es cierto que los incendios empiezan simplemente chamuscando una cortina y que, si se apagan en esa fase, no pasan de una batallita para ser explicada después entre chistes en una fiesta familiar. Pero la potencia se da por activa y por pasiva. Twitter es la ciudadanía expresándose en absoluta libertad y completamente a su aire y eso lo hace potente porque exterioriza corrientes de opinión importantísimas que se visualizan sin el corsé de las preguntas a piñón fijo de un cuestionario que, además, fácilmente puede inducir, ergo manipular, esa opinión, sea el efecto buscado o impremeditado. Es decir, Twitter transmite la opinión y, además, la sensación que produce esa opinión y eso hace que capilarice con muchísima más facilidad. Pero la importancia final de algo es la suma de su importancia intrínseca y la que se le da por añadidura. Menéame, por ejemplo, es importante per se, pero no suma más; supimos que Zapatero miraba Twitter con terror y sabemos que con Rajoy pasa lo mismo; y, sin embargo, Menéame, que goza de la misma espontaneidad que Twitter y que tiene muchas de sus virtudes -y también de sus defectos- no tiene tanta influencia porque, por alguna razón, no ha generado ese terror. Dicho sea, por cierto, salvando la diferencia de morfologías entre ambos medios, pero aún así sigo pensando que son comparables, al menos como referencias en el ámbito que estoy tratando. Lo cierto, no obstante, es que si hubiera subido mis comentarios a Menéame, incluso en una referencia de portada, seguramente no hubiera tenido el gusto de conocer a Agustín por más que, muy probablemente, comentando un artículo de portada en Menéame hubiera sido muchísimo más leído que en Twitter.

Me congratulo de ello, ciertamente. No andamos los ciudadanos sobrados de armamento, sobre todo desde que el bipartidismo corrupto de este país ha convertido la democracia en una pachangada infecta, si es que alguna vez no lo fue, como ahora nos atrevemos a decir claramente y antes no. ¿Y eso por qué? Pues quizá sea ese el secreto de Twitter: que ha levantado el velo políticamente correcto que impedía que la ciudadanía viera más allá de un palmo de sus narices. Descubrir de pronto y en crudo (140 caracteres no dan para florituras literarias) que no eres un bicho raro, que hay miles y miles de personas que piensan como tú, y que entre esos miles hay gente inteligentes y preparada, constatar entre todos, en definitiva, que el rey está desnudo es como respirar oxígeno puro cuando uno estaba ahogándose.

Y en esos 140 caracteres puede estar la clave: la necesaria obligación de largar la idea sin oropeles, sin tapujos, sin miedo a la represalia de lo políticamente correcto. Quizá sea también esa la diferencia dirimente con Menéame: al estar en éste tu opinión sujeta a juicio, a valoración, y depender de ella tu propio estatus en la comunidad (el karma famoso), se articula otra suerte de lo políticamente correcto, probablemente diferente del exterior pero cierto y patente. Prueba, por ejemplo, a defender los toros en Menéame. En cambio en Twitter puedes hacerlo y no pasa nada; bueno, quizá dos o tres bajas de followers y alguna respuesta un tanto ácida, pero poca cosa más.

Está también claro que el temor que el ámbito político siente por Twitter, tiene otras explicaciones que lo hacen coherente: en primer lugar, la ingobernabilidad del medio, los medios tradicionales son manipulables y teledirigibles (y se les manipula y se les dirige) como nos consta palpablemente, pero una red social, no, y Twitter, menos; la otra es la torpeza crónica con la que deambulan los políticos por las redes sociales: haciendo trampa de diversos modos y, sobre todo, manteniendo estúpidamente su pretensión de manipulación y engaño.

Por supuesto que la fenomenología tiene fecha de caducidad, impredecible pero cierta: vendrán otros canales más eficientes aún y quizá pueda lograrse que esa cacofonía de gritos de mercado que hoy es Twitter (y otras redes como Facebook, no digamos) se convierta en música sinfónica bien orquestada y ello seguramente llevará a la culminación del cambio que todos deseamos. Ojalá. Pero, mientras tanto, a Twitter no hay quien le quite ya su pequeño o gran lugar en la historia reciente, no de España, sino del mundo entero. El día que desaparezca Twitter, todos diremos en su funeral que marcó un antes y un después en la relación de los ciudadanos con su entorno político y social.

Y tendremos razón.

No, no: dije Dídac

De la serie: Rugidos

Érase una vez una especie de primo de Zumosol que le dijo a un tío que pasaba por allí: «Oye, dame la cartera o te pego una hostia». Y el otro le contesta: «¡Unas narices, te voy a dar la cartera a ti!». Y el primero replica: «Bueno, pues mañana o pasado te volveré a pedir la cartera y, como no me la entregues, te daré una hostia».

O sea, esto. Agua de borrajas o de castañas pilongas.

Pero ahora, figuraos lo que el señor de la cartera estará contando en el bar: «…Y viene el gilipollas aquel y me dice que si no le doy la cartera, me dará una hostia. Y cuando le digo que se la pinte al óleo y que venga por ella, va el atontado y me dice que la hostia me la dará mañana o pasado». Y, por supuesto, carcajada general.

Pues esto, esto es justamente una de las cosas que me temía: envainado el amago, Cataluña y los catalanes podemos pasar a ser, tan pronto se constate, la rechifla de toda España. O de Euopa entera.

Un magnífico servicio, señor Mas. Y compañía.

Actualización: Puesto en negro sobre blanco, la aspiración digodieguista de Artur Mas vendría a poner a Cataluña en situaciones similares a Puerto Rico, Curaçao, las Islas Cook o, en el más edificante de los casos, Liechtenstein. Y eso como ilusión: excuso decir, partiendo de ahí, a qué realidad se puede llegar. En fin… La fuente, por cierto, es un medio nada sospechoso de delirios hispánicos

El genocidio hispano

De la serie: Esto es lo que hay

Hay cosas que ¿ves? se me llevan por delante la moderación, el buen rollo y todas estas cosas que tanto aprecia la gente por consejo de los apóstoles de la no violencia y de otros apóstoles más innombrables.

Yo, como creo que es notorio, puedo respetar casi todas las posturas. Me he manifestado clara y rotundamente antiindependentista, pero no se me ha podido leer una palabra contra los independentistas de buena fe, y menos aún contra los independentistas iracundiae causa que han encontrado en la estelada un canal para vectorizar su justa irritación. Un día se darán cuenta de su error, pero ni ahora ni ese día seré yo quien se lo recrimine, ya tendrán bastante con lo que haya o haya habido. Incluso he podido encontrar algunas buenas razones en los argumentos independentistas y desde este humilde blog he pedido que sean escuchadas.

Con lo que no puedo es con la gilipollez. Ni con la que deriva de la mala fe (la mayor parte) ni con la que es simple producto de la estupidez supina y de la falta de lecturas o del exceso de éstas, pero mal digeridas. A veces (entiéndase lo que voy a decir dentro de ese contexto que está tan de moda), leer según qué sin la debida preparación previa, puede ser más perjudicial que el desconocimiento químicamente puro.

Que un señor me diga que no quiere celebrar el 12 de octubre porque él es catalán o vasco y esa fecha no le dice nada, puedo comprenderlo y hasta respetarlo, incluso como manifestación de ignorancia (cuando es el caso), fíjate. Lo que no sufro es que me venga un imbécil (lo siento, pero no matizo: a cagar al río los no sé cuántos followers de Twitter o de Google+ que se me darán de baja cuando lean esto) y me diga que el 12 de octubre, el Día de la Hispanidad, es la celebración de un genocidio.

Para empezar, reproduzco unos párrafos del libro «La conquista de México» del creo que poco sospechoso Hugh Thomas y que es perfectamente aplicable -como se verá- no sólo a la América que luego fue hispánica, sino al mundo en general:

«Ni Cortés ni Colón, ni ningún otro conquistador, llegaron a un mundo de inocentes, estático, eterno y pacífico. Los taínos con los que se encontró Colón parecían felices. Pero ellos mismos habían llegado a las islas del Caribe como conquistadores y habían expulsado -o más bien habían obligado a replegarse al oeste de Cuba- a los guanahatabeys (conocidos también como casimiroides). A los taínos, por su parte, los amenazaban los indios caribes, que, desde el continente sudamericano, luchando se habían abierto camino en las Antillas menores. Los indios caribes ya habían conquistado la cultura ignerí en lo que son actualmente las Islas de Barlovento y amenazaban con conquistar las de Sotavento y quizá incluso Puerto Rico.

»Ahora se sabe que los mayas del Yucatán, a los que Cortés y sus compañeros visitaron y que finalmente conquistaron las expediciones dirigidas por la familia Montejo, fueron un pueblo guerrero, incluso en su época de oro. Los mexicas eran los sucesores de varios pueblos guerreros que habían dominado el Valle de México. Su propio imperio se forjó gracias a las conquistas militares. Los españoles, en su oposición al México que hallaron, recibieron una gran ayuda de sus aliados indios, que odiaban a los mexicas. Los españoles eran, por supuesto, conquistadores, como lo fueron, en su día, vikingos, godos, romanos (a los que los españoles admiraban), árabes, griegos, macedonios y persas (por nombrar sólo algunos de los que los precedieron), e ingleses, holandeses, franceses, alemanes y rusos -por citar algunos que los sucedieron-. Al igual que la mayoría de esos otros guerreros, sobre todo los europeos que los seguirían, llevaban consigo sus ideas.»

¿Lo habéis entendido, so idiotas? Bueno, pues como imagino que no, voy a exponeros algunas consideraciones y datos más, aunque dudo que lo entendáis, sobre todo porque vuestro fanatismo irracional (¿hay fanatismos que sean racionales?) os impedirá ver más allá del carro que tiráis (y eso sólo, obviamente, si miráis hacia atrás, que es la única forma en que sabéis mirar), pero yo ya habré cumplido y, a partir de ahí, seguiré a Valle Inclán (¿sabéis quién era?) y me recrearé en vuestra ignorancia.

Se define como «crimen de guerra» toda una serie de barbaridades relacionadas en el artículo 8 del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional con un interesante requisito previo: «[…] cuando se cometan como parte de un plan o política o como parte de la comisión en gran escala de tales crímenes». Asimismo, los artículos 6 y 7, que tipifican los crímenes de genocidio y de lesa humanidad. En todos ellos, de una manera más expresa (como en este artículo 8) o más implícita, se establece un requisito: la sistematización, la programación, el crimen como obra generalizada y, sobre todo, planificada desde un estado o, incluso, desde una organización no estatal con pretensiones de adquirir ese estatuto (una organización guerrillera o terrorista -según quien la designe- que llevara a cabo tales prácticas). Todo ello en concordancia con la jurisprudencia establecida por los tribunales y sentencias de Nüremberg entre 1946 y 1948 y sucesivos de acuerdo con la legalidad internacional hoy en día vigente y con la propia jurisprudencia de la Corte Penal Internacional.

Pero, claro, estamos hablando de una sistemática jurídica moderna (en términos históricos, creada ahora mismo) establecida a partir de 1946 en los aludidos procesos de Nüremberg; y conviene no olvidar que los procesos de Nüremberg han sido objetados (con la boca pequeña, porque no se puede hacer bromas con algunas cosas, so pena de incurrir en represiones brutales) al no aplicarse el principio jurídico universal de nullum crimen, nulla pena, sine lege previa, stricta et scripta. A partir de 1948, con las sentencias, existió ese crimen y esa pena (aunque la de muerte, que allí se estableció, como es notorio, ha quedado fuera de lugar), pero no antes, cosa que ha dado una cierta argumentación al revisionismo histórico nazi. Pero esa misma argumentación sí sirve, sin necesidad de revisionismo histórico, para todo lo anterior. Pero, en todo caso, no sería ese revisionismo, ese tecnicismo jurídico, el que exculparía a España del presunto (y conceptualmente estúpido) delito de genocidio.

Digamos, para empezar (y casi para terminar, aunque iremos viendo cómo enmedio pueden añadirse algunas cosas), que en el caso de la América hispana no se cumplió ese requisito de la planificación y de la sistematización. La primera obviedad son las Leyes de Indias que promulgó que Reina Católica Isabel de Castilla, que no tengo ningún empacho en decir (y lo he dicho siempre, además) que fue la primera y mejor declaración de los derechos humanos y que las posteriores sólo la incrementan (que no mejoran) en progresos humanísticos que la Humanidad (perdón por la redundancia) se ha ido dando con el transcurso de los siglos: Isabel de Castilla no podía, por ejemplo, proclamar el principio de «un hombre, un voto» porque ese concepto era absolutamente inconcebible en el siglo XV. Pero puestas cada cual en su época, las Leyes de Indias dieron muchas vueltas (muchísimas) a la Constitución de los Estados Unidos, a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Francia revolucionaria y, finalmente, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la ONU en las postrimerías de la primera mitad del siglo pasado.

Hay que ser un retrasado mental muy profundo para hablar de genocidio con estas leyes. A menos, claro, que no se sea un retrasado mental, sino un absoluto imbécil y un fanático (hasta el punto en que ambos términos no sean sinónimos) incapaz de ver lo que es tan evidente. O un simple ignorante, por supuesto.

Porque las Leyes de Indias tuvieron un fallo y adolecieron de una impremeditación. El fallo fue su ejecutividad: habiendo de ser aplicadas en un territorio situado a semanas, quizá meses, de viaje entre mar y tierra del ámbito de control de su aplicación, las corruptelas, el se acata, pero no se cumple, eran inevitables y muchos virreyes -virreyes de derecho o, simplemente, de hecho- hicieron lo que les dio la gana. La impremeditación (que Isabel de Castilla difícilmente podía haber previsto) era que, en cumplimiento de sus leyes, que prohibían, entre otras cosas, esclavizar a los indios, se importaron negros africanos para satisfacer esa necesidad de mano de obra esclava; pero aún eso sucedió ya muy avanzada la conquista. En todo caso, sí demuestran -junto con la necesidad de importar africanos- que no sólo no hubo un plan de exterminio sistematizado sino que, además, se dio todo lo contrario: un plan para evitar ese exterminio. Y, con sus defectos, funcionó.

Sí, porque la realidad es que en Hispanoamérica, hoy, las poblaciones indias se cuentan en tantos por ciento, desde exiguos dieces hasta importantes sesentas, según los países resultantes, y la obra española en infraestructuras (hospitales, escuelas, caminos, puertos, universidades, etc.) puede verse aún hoy yendo a los lugares en cuestión. En la América que tuvo conquistadores de otras naciones, y particularmente en la británica, las poblaciones autóctonas se cuentan hoy por escasos miles y aún en estos días vergonzosamente recluidas en reservas (habla de los nazis, anda…); y busca, busca con un farol y una lupa las estructuras que construyó, o siquiera dejó, la potencia colonial.

Así que mira, so tarado: que España, su historia y su obra, no te gusten, pues bueno, allá películas. Que te creas hijo de otra nación… pues vale, me parece… bueno, digamos que bien. Que intentes vestir la paranoia de tu estulticia con genocidios donde no sólo no los hubo sino donde se dio lugar -y precisamente por esta misma vía- a un nuevo humanismo que ha llegado hasta nuestros días y que ha alumbrado los grandes principios que inspiran hoy al mundo occidental, que se queja, precisamente, no de su existencia, sino de su incumplimiento por parte de los poderosos, que, en definitiva, llames puta a tu madre porque folló con tu padre…en fin… eso te retrata, chaval.

O sea: que te den mucho por el culo.

Hispanidad

De la serie: Esto es lo que hay

Creo no exagerar si digo que mañana vamos a celebrar el 12 de octubre más crítico de todo el siglo XX y lo que corre del XXI. Nunca, desde la pérdida de las colonias americanas durante el siglo XIX, que culminó con el desastre final de 1898, la idea de la Hispanidad había corrido tanto peligro; quizá con las únicas excepciónes del controlado aventurerismo de Macià y la imprudente impremeditación de Companys, ambos casos en la etapa repúblicana de antes de la guerra. La historia será la encargada de decir si el órdago de Mas va más allá o queda más acá -tanto en intencionalidad como en plasmación práctica- de los que lanzaron sus antecesores de los años treinta.

Pero quisiera llamar la atención sobre el hecho de que, pese a que las impugnaciones más importantes de ese período de siglo y algo vienen desde Cataluña, no estoy diciendo que la idea de la Hispanidad corra peligro en Cataluña sino, en realidad, en toda España. El órdago de Mas ha hecho aflorar lo peor de nuestro rastrojo histórico y aún cuando ese órdago quede en agua de borrajas -como creo que sucederá y no en menor motivo por el hecho de que no se lo cree ni lo quiere el propio Mas, quien, en realidad, va detrás de otra cosa- esa agua permanecerá turbia durante mucho tiempo, sucia de escapismo independentista y sucia de la bronca del toro coñaquero. Veremos qué sucederá cuando, encima, sea evidente la decepción de unos y la [sólo aparente] victoria de otros.

Viene hablándose mucho en las redes sociales -que constituyen, guste o no, la verdadera vox populi en este principio de siglo- en unos términos despectivos hacia España: Españistán o Hispanistán, en clara referencia comparativa al subdesarrollo económico, político, social e ideológico de algunos países del Asia Menor. Estos términos proceden muchas veces del campo independentista, pero no pocas -la mayoría, diría yo- vienen de otros campos, abochornados, precisamente, por ese subdesarrollo al que nos hemos visto catapultados en los últimos cinco años, o indignados con una clase política cuyo nivel intelectual, profesional y, sobre todo, moral, ha regresado -y lo digo sin propósito caricaturesco, sino como una realidad que yo percibo claramente- a los niveles del franquismo pre-tecnocrático. La mayoría de los españoles -todos los menores de, aproximadamente, 70 años- estamos viviendo una situación de calidad política que sólo tiene precedente en el libro de historia, que nunca antes habíamos vivido, al menos con edad para tener consciencia de ello. Y si en los años 50 las cosas iban, aunque muy mal, mejorando un poco (muy poco, pero mejorando), ahora estamos en esa misma situación política (y camino muy veloz de esa misma situación social) pero partiendo de un estatus aparentemente excelente breve tiempo atrás. Es decir, que hemos empeorado mucho y muy bruscamente. Así las cosas, no debe sorprender -porque tampoco es históricamente inédita- esta actitud de autodesprecio, de autocompadecimiento, de pesimismo pesado, depresivo y desesperanzado. Así somos: hace sólo cinco años éramos los más machotes y los reyes de la Riviera Maya o de la Quinta Avenida; hoy somos un pelotón de mierdas, conducidos por los ultramierdas. Y, claro, no debe sorprender que sobre esas aguas turbias y revueltas, aparezcan los inevitables pescadores.

Pero las cosas no son, o no deben ser así.

Mañana no conmemoramos el simple descubrimiento de un territorio ignoto, descubrimiento que, o bien fue casual o bien fue consecuencia de un timo de la estampita que le habría propinado Colón a la Reina Católica. No: lo que mañana conmemoramos es la entrada en la modernidad, nuestro Renacimiento, que fue paralelo al europeo, entre otras cosas porque ese Renacimiento europeo, con permiso de los italianos, de los belgas y de los holandeses, se dirigió desde aquí, desde España. América no tuvo demasiada importancia hasta transcurrido el primer cuarto del siglo XVI. Es más, Carlos I estuvo a un tris de ordenar la media vuelta porque América era económicamente insostenible, sólo generaba gastos, y ese regreso no llegó a suceder gracias a la casual y afortunadísima llegada de tres buques cargados de plata que providencialmente acertó a enviar Cortés desde México, justo cuando más falta le hacía al Emperador ese dinero. Mucho antes que eso, España ya había empezado a caminar por el Mediterráneo.

Un Mediterráneo que, desde siempre, había sido campo de la Corona de Aragón y que lo seguiría siendo, pero ya sirviendo a los intereses comunes de dos reinos unidos por un matrimonio que había empezado a engendrar (no a alumbrar todavía) un gran ideal. Pese a la intoxicación creada por la ridícula coreografía de la historiografía franquista, es rigurosamente cierto que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón encendieron la primera luz de un ideal nacional -sin saberlo, intuyéndolo, solamente, porque el concepto de nación no existía aún, y esa inexistencia incluye a Cataluña, por cierto- y son ellos y a partir de ellos cuando la palabra «España» se empieza a emplear como algo más que un topónimo, que un entorno geográfico (ver a Charlton Heston haciendo de Cid y empleando la palabra «España» como si fuera la hostia, me ha descojonado siempre de risa… y haré gracia al guionista de la posibilidad -nada remota- de que la torpe censura franquista impusiera ese vocablo y ese tono en el doblaje).

Y así, muy pocos años después de ese 12 de octubre, que, en sí mismo, no fue casi nada, la Corona de Aragón incorporaba el Reino de Nápoles a sus posesiones. Sí, las incorporó el Reino de Aragón pero con un ejército de catalanes, aragoneses, vascos, castellanos, alemanes, italianos, suizos y otras hierbas, mandados por un súbdito castellano de origen cordobés, obviamente al servicio de la Corona de Castilla. Y la hija de la reina castellana y del rey aragonés casaría con el heredero de Flandes y de la Borgoña para asegurar, vía el Milanesado, esa posesión aragonesa. ¿Aragonesa? Sí, en puridad, pero, formando parte ya, de hecho -como llegaría a formarlo la propia Flandes, la Borgoña, el Milanesado y mucho más, y todo ello antes de que de América se acordara apenas nadie más que unos aventureros-, de algo nuevo, de un proyecto nuevo, del embrión de algo.

Cien años después, ese embarazo empezaría a tener problemas y ya es antigua la discusión sobre si llegó a haber parto o no llegó a haberlo, con lo que, en este último caso, España sería un proyecto truncado, aún a pesar de que la Constitución de 1812 llegara a consagrarlo jurídicamente, por primera vez.

Más allá del estudio de la historia, creo que hoy más que nunca debemos recuperar ese embarazo. Porque si bien puede discutirse si hubo o no parto, el embarazo sí es absolutamente indiscutible y creo que hay muchísimas razones para culminarlo. Lo he dicho muchas veces: España podría ser -podría volver a ser- un proyecto necesario y deseable. Pero ojo: deseable para todos. Una España en la que algunos estén por cojones, no será nunca tal España y además, de hecho, mientras lo ha sido, ha estado siempre impugnada por unos o por otros. Como ahora mismo. Y no puede ser de otra manera, mientras la cretinada imperante justifique España en base a una simple Constitución (rechazada hoy por casi todos y por casi todos los motivos), en base a un acuerdo histórico que nunca ha sido claro, más allá de lo que he aludido aquí, en base a un no me da la gana de que estos se vayan o en base, en fin, a los tanques avanzando sobre el Segrià.

Ninguna nación se construye sobre el porcojonismo sin que, a la larga o a la corta, explote. Yo tengo confianza en que el órdago de Mas haya constituido una calculada (y costosa) bufonada, un engaño para tomar el pelo a la buena fe de algunos y lograr objetivos de poder (ni siquiera limpiamente políticos) que nada tienen que ver con ninguna independencia, con ninguna nación, real o presunta, y que, efectivamente, acabará en agua de borrajas, en el agua de borrajas de una desactivación perfectamente calculada -más que posiblemente, ya en este mismo momento- y justificada en el oprobio torocoñaquero, columpiándose en el hecho de que éste ciertamente existe, lamentando esa España castellana que no nos deja liberarnos, así que peix al cove y a la pela, tú (siempre que CiU tenga la mayoría absoluta que, en realidad, es lo que anda verdaderamente buscando, aún a costa de frustrar a toda Cataluña: a la mitad por demasiado y a la otra mitad por poco). Pero también tengo el temor de que ese calculado enfriamiento independentista que, de hecho, ha empezado ya CiU a poner en marcha, genere un sentimiento de victoria (y, lo que es peor, de ocupación) por parte de la bronca castellana de frontera. Porque insisto en una idea ya repetida aquí: el porcojonismo no es la solución, es el problema.

Si se quiere esa España real y deseable, tiene que construirse desde el acuerdo, desde la perspectiva de la casa comúm, desde el abandono de presuntas prerrogativas históricas ya caducas, polvorientas y patéticas. Por todas las partes, claro está.

Hacer real esa posibilidad, dar verdadero cuerpo y forma a esa ilusión, contagiarla de buen grado a quienes, de buena fe, no la tienen, ésa debería ser la motivación de la fecha de mañana. Las glorias pasadas no dan ni pan ni lustre: son como ruinas que hay que conservar y estudiar, porque son nuestro patrimonio, pero no sirven como vivienda. Hay que construir obra nueva.

Con los arquitectos de todos.

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