Hispanidad

De la serie: Esto es lo que hay

Creo no exagerar si digo que mañana vamos a celebrar el 12 de octubre más crítico de todo el siglo XX y lo que corre del XXI. Nunca, desde la pérdida de las colonias americanas durante el siglo XIX, que culminó con el desastre final de 1898, la idea de la Hispanidad había corrido tanto peligro; quizá con las únicas excepciónes del controlado aventurerismo de Macià y la imprudente impremeditación de Companys, ambos casos en la etapa repúblicana de antes de la guerra. La historia será la encargada de decir si el órdago de Mas va más allá o queda más acá -tanto en intencionalidad como en plasmación práctica- de los que lanzaron sus antecesores de los años treinta.

Pero quisiera llamar la atención sobre el hecho de que, pese a que las impugnaciones más importantes de ese período de siglo y algo vienen desde Cataluña, no estoy diciendo que la idea de la Hispanidad corra peligro en Cataluña sino, en realidad, en toda España. El órdago de Mas ha hecho aflorar lo peor de nuestro rastrojo histórico y aún cuando ese órdago quede en agua de borrajas -como creo que sucederá y no en menor motivo por el hecho de que no se lo cree ni lo quiere el propio Mas, quien, en realidad, va detrás de otra cosa- esa agua permanecerá turbia durante mucho tiempo, sucia de escapismo independentista y sucia de la bronca del toro coñaquero. Veremos qué sucederá cuando, encima, sea evidente la decepción de unos y la [sólo aparente] victoria de otros.

Viene hablándose mucho en las redes sociales -que constituyen, guste o no, la verdadera vox populi en este principio de siglo- en unos términos despectivos hacia España: Españistán o Hispanistán, en clara referencia comparativa al subdesarrollo económico, político, social e ideológico de algunos países del Asia Menor. Estos términos proceden muchas veces del campo independentista, pero no pocas -la mayoría, diría yo- vienen de otros campos, abochornados, precisamente, por ese subdesarrollo al que nos hemos visto catapultados en los últimos cinco años, o indignados con una clase política cuyo nivel intelectual, profesional y, sobre todo, moral, ha regresado -y lo digo sin propósito caricaturesco, sino como una realidad que yo percibo claramente- a los niveles del franquismo pre-tecnocrático. La mayoría de los españoles -todos los menores de, aproximadamente, 70 años- estamos viviendo una situación de calidad política que sólo tiene precedente en el libro de historia, que nunca antes habíamos vivido, al menos con edad para tener consciencia de ello. Y si en los años 50 las cosas iban, aunque muy mal, mejorando un poco (muy poco, pero mejorando), ahora estamos en esa misma situación política (y camino muy veloz de esa misma situación social) pero partiendo de un estatus aparentemente excelente breve tiempo atrás. Es decir, que hemos empeorado mucho y muy bruscamente. Así las cosas, no debe sorprender -porque tampoco es históricamente inédita- esta actitud de autodesprecio, de autocompadecimiento, de pesimismo pesado, depresivo y desesperanzado. Así somos: hace sólo cinco años éramos los más machotes y los reyes de la Riviera Maya o de la Quinta Avenida; hoy somos un pelotón de mierdas, conducidos por los ultramierdas. Y, claro, no debe sorprender que sobre esas aguas turbias y revueltas, aparezcan los inevitables pescadores.

Pero las cosas no son, o no deben ser así.

Mañana no conmemoramos el simple descubrimiento de un territorio ignoto, descubrimiento que, o bien fue casual o bien fue consecuencia de un timo de la estampita que le habría propinado Colón a la Reina Católica. No: lo que mañana conmemoramos es la entrada en la modernidad, nuestro Renacimiento, que fue paralelo al europeo, entre otras cosas porque ese Renacimiento europeo, con permiso de los italianos, de los belgas y de los holandeses, se dirigió desde aquí, desde España. América no tuvo demasiada importancia hasta transcurrido el primer cuarto del siglo XVI. Es más, Carlos I estuvo a un tris de ordenar la media vuelta porque América era económicamente insostenible, sólo generaba gastos, y ese regreso no llegó a suceder gracias a la casual y afortunadísima llegada de tres buques cargados de plata que providencialmente acertó a enviar Cortés desde México, justo cuando más falta le hacía al Emperador ese dinero. Mucho antes que eso, España ya había empezado a caminar por el Mediterráneo.

Un Mediterráneo que, desde siempre, había sido campo de la Corona de Aragón y que lo seguiría siendo, pero ya sirviendo a los intereses comunes de dos reinos unidos por un matrimonio que había empezado a engendrar (no a alumbrar todavía) un gran ideal. Pese a la intoxicación creada por la ridícula coreografía de la historiografía franquista, es rigurosamente cierto que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón encendieron la primera luz de un ideal nacional -sin saberlo, intuyéndolo, solamente, porque el concepto de nación no existía aún, y esa inexistencia incluye a Cataluña, por cierto- y son ellos y a partir de ellos cuando la palabra «España» se empieza a emplear como algo más que un topónimo, que un entorno geográfico (ver a Charlton Heston haciendo de Cid y empleando la palabra «España» como si fuera la hostia, me ha descojonado siempre de risa… y haré gracia al guionista de la posibilidad -nada remota- de que la torpe censura franquista impusiera ese vocablo y ese tono en el doblaje).

Y así, muy pocos años después de ese 12 de octubre, que, en sí mismo, no fue casi nada, la Corona de Aragón incorporaba el Reino de Nápoles a sus posesiones. Sí, las incorporó el Reino de Aragón pero con un ejército de catalanes, aragoneses, vascos, castellanos, alemanes, italianos, suizos y otras hierbas, mandados por un súbdito castellano de origen cordobés, obviamente al servicio de la Corona de Castilla. Y la hija de la reina castellana y del rey aragonés casaría con el heredero de Flandes y de la Borgoña para asegurar, vía el Milanesado, esa posesión aragonesa. ¿Aragonesa? Sí, en puridad, pero, formando parte ya, de hecho -como llegaría a formarlo la propia Flandes, la Borgoña, el Milanesado y mucho más, y todo ello antes de que de América se acordara apenas nadie más que unos aventureros-, de algo nuevo, de un proyecto nuevo, del embrión de algo.

Cien años después, ese embarazo empezaría a tener problemas y ya es antigua la discusión sobre si llegó a haber parto o no llegó a haberlo, con lo que, en este último caso, España sería un proyecto truncado, aún a pesar de que la Constitución de 1812 llegara a consagrarlo jurídicamente, por primera vez.

Más allá del estudio de la historia, creo que hoy más que nunca debemos recuperar ese embarazo. Porque si bien puede discutirse si hubo o no parto, el embarazo sí es absolutamente indiscutible y creo que hay muchísimas razones para culminarlo. Lo he dicho muchas veces: España podría ser -podría volver a ser- un proyecto necesario y deseable. Pero ojo: deseable para todos. Una España en la que algunos estén por cojones, no será nunca tal España y además, de hecho, mientras lo ha sido, ha estado siempre impugnada por unos o por otros. Como ahora mismo. Y no puede ser de otra manera, mientras la cretinada imperante justifique España en base a una simple Constitución (rechazada hoy por casi todos y por casi todos los motivos), en base a un acuerdo histórico que nunca ha sido claro, más allá de lo que he aludido aquí, en base a un no me da la gana de que estos se vayan o en base, en fin, a los tanques avanzando sobre el Segrià.

Ninguna nación se construye sobre el porcojonismo sin que, a la larga o a la corta, explote. Yo tengo confianza en que el órdago de Mas haya constituido una calculada (y costosa) bufonada, un engaño para tomar el pelo a la buena fe de algunos y lograr objetivos de poder (ni siquiera limpiamente políticos) que nada tienen que ver con ninguna independencia, con ninguna nación, real o presunta, y que, efectivamente, acabará en agua de borrajas, en el agua de borrajas de una desactivación perfectamente calculada -más que posiblemente, ya en este mismo momento- y justificada en el oprobio torocoñaquero, columpiándose en el hecho de que éste ciertamente existe, lamentando esa España castellana que no nos deja liberarnos, así que peix al cove y a la pela, tú (siempre que CiU tenga la mayoría absoluta que, en realidad, es lo que anda verdaderamente buscando, aún a costa de frustrar a toda Cataluña: a la mitad por demasiado y a la otra mitad por poco). Pero también tengo el temor de que ese calculado enfriamiento independentista que, de hecho, ha empezado ya CiU a poner en marcha, genere un sentimiento de victoria (y, lo que es peor, de ocupación) por parte de la bronca castellana de frontera. Porque insisto en una idea ya repetida aquí: el porcojonismo no es la solución, es el problema.

Si se quiere esa España real y deseable, tiene que construirse desde el acuerdo, desde la perspectiva de la casa comúm, desde el abandono de presuntas prerrogativas históricas ya caducas, polvorientas y patéticas. Por todas las partes, claro está.

Hacer real esa posibilidad, dar verdadero cuerpo y forma a esa ilusión, contagiarla de buen grado a quienes, de buena fe, no la tienen, ésa debería ser la motivación de la fecha de mañana. Las glorias pasadas no dan ni pan ni lustre: son como ruinas que hay que conservar y estudiar, porque son nuestro patrimonio, pero no sirven como vivienda. Hay que construir obra nueva.

Con los arquitectos de todos.

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Comentarios

  • Jordi  On 11/10/2012 at .

    Este blog es uno de los pocos sitios que he encontrado en el que el antindependentismo se argumenta huyendo del bajo vientre. Sabes que que no estiy a favor de muchas cosas que dices pero las respeto en todo momento.

    Hablas del “órdago” de Mas. ¿Y el órdago que nos están brindando día sí día también el PP? Ya hace tiempo que creo que el principal partido que lucha por la independencia de Catalunya és el PP.

    • esp  On 11/10/2012 at .

      Jordi, si lo que destacas del documentado análisis de Cuchí, y la consecuencia es que el PP es el principal partido que lucha en pro de la independencia de Catalunya, es que no has entendido nada de lo que expone el autor.
      Naturalmente como dices, respeto tu opinión pero me es imposible compartirla.

  • Jordi  On 11/10/2012 at .

    Lo que quería introducir es que los del grupo del “porcojonismo” encarnado por la materia gris del PP tienen mucho que decir acerca del crecimiento del independentismo en Catalunya. No creo que haya separatistas si previamente no hay separadores.

    • Gregorio  On 11/10/2012 at .

      La reciente ocurrencia del ministro Wert parece confirmar esa opinión. Pero más que un “separador porcojonista” creo que se trata de la peligrosa combinación de un tonto del culo y un soberbio. Ya lo dice la navaja de Hanlon: “No atribuyas a la maldad lo que se puede explicar fácilmente por la estupidez”.

      Saludos de un andaluz desde la villa de Madrid

  • Rafael Varona  On 12/10/2012 at .

    Es hora que la razon prime, Los pueblos en su formacion como naciones deben tener en lugar preponderante los intereses economicos que al final son los que nos hacen vivir mejor como individuos.?Como podra ser posible que en un mundo donde se tiende a buscar la fuerza mediante la union, alguien pretenda buscarla en la separacion.?Es que acaso la eterna experiencia que muestra que los Unidos y las Uniones se imponen como concepto de fuerza al negociar no bastan para calzar la tesis de la suma y la multiplicacon en contra de la resta y la division?
    !Cuidado!Solo mezquinos intereses de pescar en rio revuelto inclina a los pueblos en ese fatidico sentido

  • esp  On 14/10/2012 at .

    ¿No es “procojonismo” lo que está intentando hacer Ciu y demás “adjuntos”, con la sociedad catalana, desde los organismos del Estado que representa?
    No creo que alguien con sentido real de lo que es la sociedad catalana se crea esas encuestas “de partido”.
    El Sr. Más ya pospone su chantaje-referemdúm a cuatro años vista.
    Que se preparen los que están embobados con el avance soberano, en cuatro años no queda nada, bueno solo lo de siempre.
    Claro que se espera que en ese tiempo la crisis ya esté superándose y entonces no será necesaria esa pretensión, pues ya no tendrá que tapar la pésima gestión de Catalunya.

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