Twitterror

De la serie: Correo ordinario

El pasado jueves me tomé uno de los días de vacaciones que aún me quedan y participé como spotter en el Open Day del Aeropuerto de Barcelona, organizado por la asociación Spotters Barcelona-ElPrat con la colaboración de AENA, acontecimiento para el que se cursó una invitación a la Asociación AIRE, a la cual pertenezco.

La jornada, en su conjunto, fue estupenda. Me anticipo a decirlo y a dejarlo bien claro, subrayado y diáfano para que sea bien entendido lo que sigue. Porque las primeras horas -las dos primeras horas, concretamente- fueron… bueno, digamos que regular. Sucedió que el día fue climatológicamente criminal y pilló con el paso cambiado a la organización del evento. La configuración normal del aeropuerto de Barcelona es noreste; es decir, los aviones entran por el noreste (aterrizan en la pista 25R) y salen por el sudoeste (depegan por la pista 25L); pero ese día, la climatología obligó a la configuración contraria: en ella, los aviones entran por el sudoeste (aterrizan en la pista 07L, recíproca de la 25R) y despegan hacia el noreste (pista 07R, recíproca de la 25L). Como había sido diseñado para la configuración noreste, con el cambio de orientación del tráfico, el recorrido programado se vino abajo. Así que durante las dos primeras horas improvisaron como pudieron (no es nada fácil transitar con casi cincuenta tíos externos por un aeropuerto como el de Barcelona) y nos metieron por unos vericuetos que ni chicha ni limoná, manifiestamente mejorados por los puntos de spotting exteriores habituales, es decir, los que utilizamos todos los días (todos los días que vamos) en áreas públicas donde no hay que pedir permiso a nadie ni efectuar ningún trámite. Y, durante esas dos primeras horas, los spotters experimentamos una cierta sensación de decepción y de que para este viaje no hacían falta las alforjas de andar echando días de vacaciones o moscosos (quien los hubiere), ni el madrugón ni -ojo- el gasto de venir desde Madrid, como algunos hicieron.

Y yo tuiteé esa decepción. Sólo fueron un par de tuiteos y, además, casi en tono humorístico: este y este. Los que me conocéis, sabéis que suelo tener muchísima más mala leche. Bueno, pues cuando estábamos ya en la plataforma de la T1 (o sea, justo cuando la cosa -salvo en lo meteorológico- empezaba a arreglarse) y yo ya había enviado algún tuiteo esperanzador, aparece por allí Agustín Rodríguez, jefe de Prensa de AENA, buscándome; y cuando me encuentra, me dice que le han llamado de Madrid alarmados, que qué pasa, que Twitter baja cabreadísimo y tal. Y el hombre me explica lo sucedido -que es lo que yo he contado en el párrafo anterior- y que, caramba, un poco de cuartelillo. Le contesté que mi par de tuits no habían sido para tanto, que, de todos modos, ya había enviado otro de mejor rollo y que, en la medida en que el día fuera transcurriendo con las expectativas previstas, iría abundando en el factor grato de la cosa. Como así fue, por otra parte.

Hasta aquí la batallita. Ahora la reflexión.

¿Qué tiene Twitter que pone de los nervios tan fácilmente a los servicios de prensa de empresas e instituciones? ¿Qué secreto esconde eso para que dos simples tuiteos de un fulano que pasa poquito de los 500 seguidores pueda encender las alarmas en los servicios de relaciones públicas de AENA en Madrid y tenga que venir corriendo el jefe de prensa de AENA en Barcelona -que no debe ser un cualquiera- a apagar el [presunto] incendio? De acuerdo, mis comentarios pudieron ser retuiteados por varios usuarios y su efecto multiplicarse, pero no creo que la cosa fuera tan importante incluso así. Y, sin embargo, ya veis…

Es cierto que Twitter es potentísimo; también es cierto que los incendios empiezan simplemente chamuscando una cortina y que, si se apagan en esa fase, no pasan de una batallita para ser explicada después entre chistes en una fiesta familiar. Pero la potencia se da por activa y por pasiva. Twitter es la ciudadanía expresándose en absoluta libertad y completamente a su aire y eso lo hace potente porque exterioriza corrientes de opinión importantísimas que se visualizan sin el corsé de las preguntas a piñón fijo de un cuestionario que, además, fácilmente puede inducir, ergo manipular, esa opinión, sea el efecto buscado o impremeditado. Es decir, Twitter transmite la opinión y, además, la sensación que produce esa opinión y eso hace que capilarice con muchísima más facilidad. Pero la importancia final de algo es la suma de su importancia intrínseca y la que se le da por añadidura. Menéame, por ejemplo, es importante per se, pero no suma más; supimos que Zapatero miraba Twitter con terror y sabemos que con Rajoy pasa lo mismo; y, sin embargo, Menéame, que goza de la misma espontaneidad que Twitter y que tiene muchas de sus virtudes -y también de sus defectos- no tiene tanta influencia porque, por alguna razón, no ha generado ese terror. Dicho sea, por cierto, salvando la diferencia de morfologías entre ambos medios, pero aún así sigo pensando que son comparables, al menos como referencias en el ámbito que estoy tratando. Lo cierto, no obstante, es que si hubiera subido mis comentarios a Menéame, incluso en una referencia de portada, seguramente no hubiera tenido el gusto de conocer a Agustín por más que, muy probablemente, comentando un artículo de portada en Menéame hubiera sido muchísimo más leído que en Twitter.

Me congratulo de ello, ciertamente. No andamos los ciudadanos sobrados de armamento, sobre todo desde que el bipartidismo corrupto de este país ha convertido la democracia en una pachangada infecta, si es que alguna vez no lo fue, como ahora nos atrevemos a decir claramente y antes no. ¿Y eso por qué? Pues quizá sea ese el secreto de Twitter: que ha levantado el velo políticamente correcto que impedía que la ciudadanía viera más allá de un palmo de sus narices. Descubrir de pronto y en crudo (140 caracteres no dan para florituras literarias) que no eres un bicho raro, que hay miles y miles de personas que piensan como tú, y que entre esos miles hay gente inteligentes y preparada, constatar entre todos, en definitiva, que el rey está desnudo es como respirar oxígeno puro cuando uno estaba ahogándose.

Y en esos 140 caracteres puede estar la clave: la necesaria obligación de largar la idea sin oropeles, sin tapujos, sin miedo a la represalia de lo políticamente correcto. Quizá sea también esa la diferencia dirimente con Menéame: al estar en éste tu opinión sujeta a juicio, a valoración, y depender de ella tu propio estatus en la comunidad (el karma famoso), se articula otra suerte de lo políticamente correcto, probablemente diferente del exterior pero cierto y patente. Prueba, por ejemplo, a defender los toros en Menéame. En cambio en Twitter puedes hacerlo y no pasa nada; bueno, quizá dos o tres bajas de followers y alguna respuesta un tanto ácida, pero poca cosa más.

Está también claro que el temor que el ámbito político siente por Twitter, tiene otras explicaciones que lo hacen coherente: en primer lugar, la ingobernabilidad del medio, los medios tradicionales son manipulables y teledirigibles (y se les manipula y se les dirige) como nos consta palpablemente, pero una red social, no, y Twitter, menos; la otra es la torpeza crónica con la que deambulan los políticos por las redes sociales: haciendo trampa de diversos modos y, sobre todo, manteniendo estúpidamente su pretensión de manipulación y engaño.

Por supuesto que la fenomenología tiene fecha de caducidad, impredecible pero cierta: vendrán otros canales más eficientes aún y quizá pueda lograrse que esa cacofonía de gritos de mercado que hoy es Twitter (y otras redes como Facebook, no digamos) se convierta en música sinfónica bien orquestada y ello seguramente llevará a la culminación del cambio que todos deseamos. Ojalá. Pero, mientras tanto, a Twitter no hay quien le quite ya su pequeño o gran lugar en la historia reciente, no de España, sino del mundo entero. El día que desaparezca Twitter, todos diremos en su funeral que marcó un antes y un después en la relación de los ciudadanos con su entorno político y social.

Y tendremos razón.

Tanto los comentarios como las referencias están actualmente cerrados.

Comentarios

  • Jordi  El 29/10/2012 a las .

    La anécdota tiene miga.

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