España, en positivo

De la serie: Esto es lo que hay

Una de las falacias de este extraño soberanismo que se está proponiendo ahora en Cataluña es lo de meter miedo. Resulta que exponer cualquier argumento negativo sobre la independencia de Cataluña (dudas sobre la viabilidad de país una vez independiente, la no pertenencia a la Unión Europea, las dudas sobre la situación de los españoles o de los que queremos seguir siendo españoles o los que no queremos perder de ningún modo nuestros vínculos con el resto de España, etc.) es meter miedo. Todo lo que no sea cantar a voz en cuello las presuntas excelencias (que nadie ha desarrollado, descrito con detalle y mucho menos probado) de la independencia catalana viene a ser como una especie de terrorismo electoral, es llamar al voto del miedo. Así, de paso, se evitan engorrosas preguntas sobre el modelo político, económico y social de esa maravillosa Arcadia cataláunica que tanto predican pero que jamás definen.

Es verdad que algún idiota del nacionalismo españolista ha dicho tonterías sobre los García y gilipolleces similares -aunque también es verdad que en el lado opuesto se ha llegado a pronunciar la palabra traición-, pero quienes hemos preguntado detalles sólo hemos obtenido consignas vacuas (muy gritonas, eso sí) y acusaciones de meter miedo.

Bueno, pues para que no se me acuse de meter miedo voy a hablar yo también. No contra la independencia sino a favor de mantener la integración. Me gusta hablar siempre en positivo, en la medida de lo posible.

En cierta ocasión, hace ya muchos años, alguien de mi círculo familiar, por lo demás muy querido, celebró la llegada de TV3 escenificándolo en el programa meteorológico: «A mí -me dijo, con segundas- no me interesa para nada el tiempo que hace en Vigo, a mí me interesa el tiempo que hace en mi casa, en Cataluña». Algunos años después, y no sin cierta mala leche, tengo que confesarlo, aunque no menor que la suya, le pude devolver el pelotazo cuando empezó su andadura Barcelona TV, con idéntica escenificación: «A mí -le dije- no me interesa para nada el tiempo que hace en Tàrrega, a mí me interesa el tiempo que hace en mi casa, en Barcelona».

Pues bien, dejando aparte el más o menos malintencionado jueguecito político que subyacía en el tira y afloja, no deja de ser cierto que, como habitante de la ciudad de Barcelona, tengo muchísimo más en común con un habitante de la ciudad de Madrid, o de la ciudad de Valencia, o de la ciudad de Sevilla, que con un payés de Lleida. Y aquello en lo que yo pueda hacerme solidario con un payés de Lleida, no es muy distinto de aquello en lo que yo puedo hacerme solidario con un agricultor del campo de Cariñena o de la huerta murciana.

Viajo bastante a Asturias y a Aragón, por razones familiares; y a muchas otras zonas del resto de España por razones lúdicas o paraprofesionales (la internáutica, que a veces me llama a ir por ahí). Y aún dejando aparte los vínculos familiares, en todas partes me he sentido siempre como en casa, me he sentido rodeado de las mismas costumbres, del mismo modo de vivir y de ver y entender la vida, en lo bueno y en lo malo; me he sentido partícipe, en todo o en parte, de su historia, y la única diferencia sensible y palpable con mi entorno habitual es el monolingüismo castellano. En fin, que me he sentido cómodo en todas partes y poseído, además, de un cierto sentido de pertenencia a esos lugares (luego lo matizaré). La única y triste excepción a esa comodidad y a esa integración (y no por falta de voluntad o de intención por mi parte) la experimenté en Guipúzcoa, pero no renuncio a regresar allá dentro de unos años para constatar, como estoy seguro de que constataré, que esa mala experiencia fue fruto de unas tristes circunstancias, desaparecidas las cuales (y su inercia) me sentiré como en cualquier otro territorio de España. Una ciudad como Segovia, por ejemplo, con la que no tenemos ningún vínculo de origen ni familiar, nos tiene enamorados a mi mujer y a mí, y hemos llegado a ir a pasar unos días no a ver, ni a conocer más y mejor, sino, simplemente, a estar, a vivir unos días sumergidos en ella, sin más. Será difícil que lleguemos a vivir nunca fuera de Barcelona, nos atan aquí demasiados vínculos, pero si las circunstancias lo permitieran y Asturias no existiera, Segovia sería una muy firme candidata a acoger nuestra jubilación. En todo caso, no estoy mejor en Salamanca que en Sitges pero tampoco a la inversa.

Es verdad, por otra parte, que la experiencia guiri es muy gratificante y nada similar a la experiencia cotidiana real; que este sentido de pertenencia que experimento en cualquier lugar de España podría volverse muy matizable si llegara con mis maletas dispuesto a empezar una nueva vida: la integración real no sería fácil y, desde luego, no rápida. A las sociedades, a los grupos humanos, les cuesta aceptar cuerpos extraños, como no deja de serlo un forastero; el derecho a considerarse integrado hay que ganárselo y, a veces, muy duramente. Esto lo tengo claro incluso en Asturias: cuando llego allí, soy muy celebrado por mis amigos de toda la vida; si plantara mis reales a definitiva, veríamos qué sucede uno o dos meses después, en cuanto yo intentara hacer activa mi ciudadanía en modo local. Pero es que esto mismo me ocurriría también en cualquier lugar de Cataluña.

En Italia, en Portugal, un poco menos en Francia, me he sentido muy cómodo, muy identificado también, pero de ningún modo en la misma medida que en cualquier parte de España. Ahí no es que prevalezcan las diferencias; después de todo, seguimos envueltos de macrocultura europea y de especificidad mediterránea (sí, también Portugal es, en cierto sentido, mediterránea) pero ya no son tan patentes y palpables las similitudes, ya no me siento tan en casa. Sin perjuicio de esa comodidad antes aludida, pero no es la misma comodidad que experimento en cualquier lugar de España que incluso visite por primera vez y aún tenga particularidades muy marcadas y diferenciadas.

Los catalanes llevamos quinientos años siendo españoles y ya antes habíamos llevado otros trescientos asociados con los aragoneses. Por más que la historiografía oficial del independentismo hable de nació mil·lenària, lo cierto es que llamar nación a lo que hubo entre Guifré el Pilós y Ramon Berenguer IV es, como mínimo, triunfalista, aún despreciando el hecho de que el concepto de nación fue posterior incluso a la propia Corona de Aragón. Todo lo más que puede decirse racionalmente, es que Guifré el Pilós constituyó el citoplasma de una identidad que se fue desarrollando y que ha ido evolucionando hasta nuestros mismísimos días. Lo cierto es que, como tal, Cataluña jamás ha sido independiente: nació como un hinterland establecido por Carlomagno para impedir que los moros penetraran en Francia por el único paso del istmo ibérico; siguió como una constelación de condados enfeudados (de esa constelación, que, ciertamente, se desvinculó del poder carolingio, se sacan de la manga una nación independiente, callando de no muy buena fe que independientes quizá sí, pero que no formaban ningún tipo de unidad política ni dinástica) que fue amalgamando básicamente (pero no íntegramente) en la Casa Condal de Barcelona. Las glorias catalanas -que las hubo, y muchas- lo fueron yendo de la mano con Aragón y la de Aragón fue, en definitiva, una de las dos coronas fundacionales de las que, andando aún mucho tiempo acabaría siendo y llamándose España. España no es ajena a Cataluña: España es, en su parte correspondiente, obra también de Cataluña.

¿Vamos a renunciar a ese patrimonio por la ira de muchos -justa ira, por otra parte- ante una crisis económica brutal, rayana -si no llanamente inmersa- en lo genocida que no tiene ni conoce nación alguna? ¿No nos estaremos equivocando de enemigo? El 11 de septiembre de este año contemplé asombrado, con un estupor que nunca había conocido, cómo un millón de personas canalizaba su ira por el tubo que le habían propuesto y puesto los causantes mismos de esa irritación. Increíble, alucinante. Tal despropósito sólo podía explicarse por la ceguera propia, precisamente, de la ira.

España es mucho más, muchísimo más, que la brutalidad de un régimen financiero. España es mucho más que la venalidad y la corrupción de unos políticos que están ahí porque, en realidad, son lo único que es capaz de generar una sociedad decadente que ha perdido el sentido de la ciudadanía, hilo que algunos intentamos recuperar pero sin conseguirlo por falta de unas referencias ideológicas que treinta y cinco años de devastación educativa (des-educativa, más bien) han borrado completamente. Hace unos años, Ignacio Escolar reconocía tristemente que su generación había cambiado el trabajo fijo por una playesteichon. Yo me permito llevar más allá la interpretación de su aserto diciendo que los españoles del postfranquismo hemos cambiado la libertad por la democracia. Que no son necesariamente lo mismo, como estamos sufriendo en carne viva.

La tan cacareada independencia de Cataluña no es más que luz de gas. Además, lo estamos viendo en la sucesión de matices -de rebajas– del que inició un envite que, además, parece que va a perder: lo que intentaba, en realidad, era una mayoría absoluta que le permitiera seguir su política ultraliberal y asegurar, al mismo tiempo, la impunidad ante el acoso que los crecientes casos de corrupción descubiertos sometían a su tinglado. A estas alturas, todos los catalanes -incluso los que por propio interés o por autoengaño simulan otra cosa- sabemos que no va a haber independencia alguna. Pero esto no quiere decir que no pueda producirse igualmente un trauma, un trauma que envenene nuestras relaciones con el resto de España y que impida la mejora de una situación de desequilibrio económico que sí, es cierta, existe.

Los catalanes que nos consideramos irrenunciablemente españoles, que somos muchos, que yo me atrevo a decir que somos mayoría, debemos responder al desafío que tan arteramente se ha planteado. Hágalo cada cual por el procedimiento que considere mejor y que sea lo que haya de ser (no voy a preconizar, en este contexto, el voto para ningún partido concreto), pero, sobre todo, hágalo. El próximo domingo, que nadie se quede en casa, que nadie ceda al tradicional menfoutisme autonómico: estas elecciones han sido convocadas a modo de desafío y tenemos que responder a él, nos jugamos mucho más que el logotipo de quien nos hará las trapazadas en los próximos cuatro años. Los catalanes tenemos la oportunidad y la obligación no sólo de ganarnos el respeto de toda España sino, además, de ganarnos el nuestro propio, de dejar clara, sea cual sea, nuestra posición, sin ambigüedades y sin abstencionismos.

Quiero a Cataluña y quiero a España, incluso en aquello de ellas que odio, que, además, no es poco. Y no quiero ser extranjero en ninguna de mis tierras. Pase lo que pase en estas próximas elecciones, los que quieran poner fronteras me van a tener enfrente.

Incluso aunque lleguen a lograrlo.

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Comentarios

  • Ryouga (@Ryouga_Ibiki)  On 19/11/2012 at .

    Quizá lo que verdaderamente demuestra que compartimos una misma nacionalidad es la corrupcion consentida y sus redes de clientelismo, la total falta de autocritica que se puede ver en la facilidad con que encontramos culpables a todos los demás de todos nuestros problemas ,la envidia y el individualismo.

    Yo me encontraría como en casa en cualquier lugar donde una persona con un maletín lleno de dinero puede entrar en cualquier despacho gubernamental y saltarse leyes o modificarlas a su gusto ,mientras los colegas de partido hacen cola para pedir favores y los vecinos votan por los mismos corruptos una y otra vez.

    Estoy leyendo “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” (El viaje del Beagle) y aunque el autor, muy admirado por mi no puede decirse que sea imparcial, hace unas comparaciones muy interesantes acerca del desarrollo de las colonias en Australia y Sudamérica.

    Mientras las primeras ya crecían prósperamente y llegaron a nuestros días así , en las antiguas posesiones españolas ya destacaba la corrupcion y las luchas internas.

    Cuanta envidia me dan las palabras con que termina su obra…

    “Australia viene a ser, en el mismo hemisferio, un gran centro de civilización, e
    indudablemente será dentro de poco la reina de esta mitad del mundo. No puede un inglés visitar estas colonias sin sentirse orgulloso y satisfecho. Izar en cualquier parte la bandera inglesa es asegurarse de que se llama allí la prosperidad, la civilización, la riqueza.”

    Que hemos nosotros? que torcidos caminos recorrimos para que nuestra identidad nacional solo sirva para dar vergüenza?

    p.d.
    Siento desviarme del tema pero llevo dándole vueltas a esto y quería compartirlo con vd. y a ser posible conocer su opinión ya que tiene muchísimo mas conocimiento de la historia que yo.

  • Monsenyor  On 20/11/2012 at .

    “Cataluña es la única metrópoli del mundo que se empeña en separarse de sus colonias”

    Agustín de Foxá. El eterno incomprendido.

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