Selectos

De la serie: Correo ordinario

Hace ya algún tiempo, la lideresa madrileña, Esperanza Aguirre, pergeñó una suerte de circuito especial para los alumnos de secundaria que acreditaran un sistemático alto rendimiento, bien fuera por una excepcional capacidad de trabajo, un excepcional cociente intelectual o un excepcional lo que sea. Huelga decir que la medida fue protestada ruidosamente por la progresía.

Yo, desde luego, me hubiera unido a la protesta si el invento de la Aguirre hubiera consistido en un colegio privadito de formación de élites (en el sentido clasista de la palabra y de la expresión), pero no: se trata de un instituto público de libre acceso (a nivel nacional, además), únicamente condicionado al mantenimiento de un 8 de nota media. O hubiera protestado si la creación de ese instituto (la creación de ese instituto y no otras cosas) hubiera supuesto un detrimento para la calidad de la enseñanza de los alumnos comunes (entre los que, aviso a suspicaces, militan mis propias hijas).

Y eso nos hace entrar en un tema que a mí siempre -siempre, salvo en épocas adolescentes pelín anarcas felizmente ya superadas- me ha irritado mucho: el igualitarismo a ultranza, esa manía estúpida y zapateresca de que todo el mundo es igual, como cortado por el mismo rasero. Y no es así. En absoluto. Para nada. Hay ámbitos de igualdad, ciertamente: la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades y unas pocas igualdades más, pero todo lo demás, reside en la proporcionalidad, es decir, la equidad, el otorgar a cada cual según sus merecimientos. Con unos mínimos en lo económico, de acuerdo: que se ganen muy bien la vida los que más y/o mejor trabajen y que se la ganen menos bien los que no trabajen tanto o tan bien, siempre que los mínimos sean dignos; y que exista un estado del bienestar que cubra las cuatro patas (educación, sanidad, jubilación y asistencia social), aunque también entendiendo que el estado del bienestar debe cubrir (con la debida calidad, por supuesto) mínimos de dignidad, no garantizar -pagando el contribuyente- estados del estar de puta madre (o sea, por poner un simple pero claro ejemplo, los viajecitos del IMSERSO están de más; el que quiera viajar, que se lo pague: para eso están las pensiones, para que cada cual se administre su dinerín en función de sus prioridades, porque, de otra manera, resulta que unos jubiladetes se dan la gran vidorra viajante pagando ciudadanos que, en muchísimos casos, y después de cotización y de impuestos, no les queda para viajar).

La igualdad radical, a lo soviético (a lo soviético de peatón, porque en las altas esferas, de igualdad, nada) lleva, precisamente a una sociedad soviética: a la vida gris cubierta con seguridad pero con pobreza, triste y sin incentivo. Entre esto y el capitalismo neocon, que nos ha traído las maravillas de que estamos gozando ahora, hay un término medio bastante aceptable, lo dicho, un razonable estado del bienestar con una economía no dirigida pero sí vigilada en sus extremos, guiada por la iniciativa privada, la libre empresa y el libre -con algunas limitaciones de orden social- mercado. En definitiva, el modelo europeo o, por lo menos, el modelo europeo hasta hace poco. Quien guste de otros modelos, tiene los correspondientes paraísos para cada cual: Estados Unidos, Japón, China, Corea (del Norte o del Sur, según sea), Cuba, etcétera.

Los centros de enseñanza especiales para los estudiantes de alto rendimiento, no son un lujo sino una necesidad. Una necesidad de tipo social: hay que cultivar la excelencia en el estudio, no sólo por pura justicia individual (la equidad de la que hablaba), no sólo por evidentísima necesidad social sino incluso por humanidad: lo que sufre un cerebrito inmerso en la enseñanza común parece que es verdaderamente doloroso y llega a generar patologías. Además -y esto hay que considerarlo especialmente en un país que no va nada sobrado- los premios Nobel empiezan en la mismísima enseñanza preescolar, así que nunca es pronto para regar la maceta.

Lo que me hace más gracia, en el concreto caso del Instituto San Mateo (así se llama el invento de la Aguirre) son las bases del asunto: «La idea es impartir un bachillerato a la antigua usanza, con contenidos con más intensidad y profundización». Decenios y más decenios de catástrofe escolar para regresar a los planes de Bachillerato de los años 50. Que no estaban nada mal, ojo, una vez expurgados de las francadas; ya los hubiera querido yo para mis hijas. Y otro detalle: el director del Instituto es el cátedro… ¡¡¡de Latín!!! Estoy haciendo esfuerzos para no verter lágrimas: aún existen catedráticos de Latín en la enseñanza secundaria española. A ese señor habría que declararlo especie protegida, y no sé si estoy hablando del todo en broma. Es triste que más de cincuenta años de historia sólo hayan servido para que, en vez de progresar la educación española, sólo hayan progresado los idiotas que la han gestionado.

En fin que, por una vez y sin que siente precedente, aplaudo la iniciativa de la Aguirre, que no debiera ser, por otra parte, nada extraordinario. Pero démonos cuenta también de otro detalle que define muy bien la decadencia y el olor a pies de la sociedad española: nadie ha discutido nunca los centros de alto rendimiento deportivo, pero a la que alguien organiza un centro de alto rendimiento escolar, le llueven críticas y maldiciones.

Tendríamos que ir todos a un centro de alto rendimiento cívico, a ver si se nos quedaba algo…

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