Lo que es no entender nada

De la serie: Correo ordinario

Todos recordaréis que, hace unos meses, un periodista y bloguero, Pablo Herreros, se sublevó indignado contra la aparición -opíparamente remunerada- de la madre de El Cuco, implicado en el asesinato de Marta del Castillo, en el programa de Telecinco «La Noria». Su indignación obtuvo eco en las redes sociales y se reunieron más de treinta mil firmas de protesta; y, con éstas, se acudió a las marcas que se anunciaban en el programa para que retiraran su publicidad del mismo, cosa que las marcas, unas más presurosas, otras más racaneantes pero, en definitiva, prácticamente todas, acabaron haciendo. El programa «La Noria» hubo de ser retirado de la parrilla, con gran indignación de Jordi González, que se puso como una hidra poniendo a caldo a los internautas y a quien éstos deseamos que pasara por donde da la sombra.

Así quedó y así hubiera seguido la cosa. Pero, inexplicablemente, cuando el tema ya estaba olvidado y quedaba apenas -y no con mucha frecuencia- como un ejemplo que se expone cuando se habla del poder de las redes, alguna lumbrera de Telecinco, decide querellarse contra Pablo, en un acto de estúpida visceralidad absolutamente impropio de una mente empresarial debidamente amueblada, y lo hace por amenazas; y no por amenazas contra Telecinco, sino por amenazas contra los anunciantes, cosa aún más inaudita, toda vez que los anunciantes no se habían quejado -públicamnte al menos- de tales amenazas. Y si alguno se sintió amenazado, siempre pudo querellarse él. No se entiende muy bien ese raro y sospechoso quijotismo de Telecinco y está claro que es un acto de venganza que no pretende sino establecer un precedente disuasorio de futuras iniciativas similares.

Como consecuencia de esta querella, las redes se han puesto en marcha de nuevo, la cifra de firmas en favor de Pablo quintuplicó en sólo 48 horas las recogidas en la primera ocasión, muchos hemos dirigido escritos a los anunciantes reclamándoles la retirada de su publicidad en esa cadena, y ya se ha obtenido respuesta positiva por parte de ua marca, Trivago, que anunció que a partir de diciembre, una vez finalizado su contrato, no insertaría más publicidad en Telecinco.

Que Telecinco se haya quejado de esa nueva iniciativa es lógico, puesto que es víctima de la misma. También es lógico, aunque ridículo, que clame con grandilocuencias sobre la libertad de expresión, la censura y demás. Lógico, dentro de lo ilógico, porque si no quería follones lo verdaderamente racional hubiera sido dejar las cosas como estaban. Que, repito, no estaban mal, porque el incidente estaba prácticamente olvidado.

Pero lo que sí resulta para partirse la caja es que ahora se quejen los anunciantes. Sí, la Asociación Española de Anunciantes (AEA) ha pedido en un comunicado quedar fuera de todas estas polémicas y que no se les use como instrumentos de presión, recurriendo a la protesta de neutralidad, de no injerencia y de independencia de la línea editorial del medio y -nuevamente- a la cagarela de la libertad de expresión y de empresa y resto del repertorio.

De donde parece claro que los de la AEA no se enteran.

En este país tan poco educado en la iniciativa cívica, las marcas, las empresas, habían vivido en un paraíso en el que podían hacer lo que les diera la gana. Esto no era, ni de lejos, como en los Estados Unidos, donde con toda la libertad de prensa, de expresión y de empresa que se quiera, las organizaciones de consumidores (que allí tienen centenares de miles de socios) tienen sus respectivas listas negras en función de su propia pájara: ecologistas, armamentistas, abortistas o antiabortistas, y un etcétera inacabable. Si una fábrica de estampaciones metálicas decide, por ejemplo, que no va a producir material para armas de fuego, bien puede encontrarse con que la National Rifle Association recomiende a sus muchos centenares de miles de socios (es un lobby poderosísimo) que no consuman Pocha-Cola porque ésta adquiere sus chapas de cierre en esa fábrica, con lo cual Pocha-Cola (que, notemos, no tenía arte ni parte en el conflicto), se ve obligada a decidir entre mantener a esa fábrica como proveedora y arrostrar una pérdida de ventas por valor de muchos miles, quizá millones, de dólares o cortar por lo sano y prescindir de la empresa origen del conflicto… arriesgándose, entonces, a un boicot similar por parte del entorno pacifista, que puede reaccionar en vector contrario. ¿De locos? Quizá, pero las grandes marcas norteamericanas tienen equipos enteros de especialistas (muy bien pagados) cuya función es gestionar ese tipo de conflictos, tanto en fase preventiva como en fase paliativa. Y les gustará o no, pero es así, es el entorno en que viven.

En España, con una ciudadanía altamente mierdosa, nunca habían tenido, problemas, pero ahora las redes sociales nos están permitiendo una cierta organización; aún precaria, por cierto. Si no les gusta, que se preparen: el futuro va a ser -para ellos- mucho peor. Porque hay algo que todas las leyes que le hagan cagar al PP no van a poder evitar: la libertad de elección de los consumidores. El dinero -el poco o mucho dinero que circule a cada momento- está en nuestros bolsillos inicialmente: y en ese dinero está la última de nuestra libertades, una libertad que ni siquiera Franco pudo suprimir; comprar un producto u otro, una marca u otra, no es -ni materialmente puede ser- obligatorio, a menos que se constituya en monopolio. Allá donde haya opción, los consumidores haremos lo que nos dé la gana. Y lo haremos, además, arbitrariamente, en el sentido de que no necesitamos ningún tipo de procedimiento contradictorio. Es muy fácil: si Telecinco me hincha las narices, yo no compraré productos que se anuncien en Telecinco, y que se meta su constitucionalísima libertad de expresión por el mismísimo culo, porque no puede imponerla sobre mi libertad de elección como consumidor. No puede, materialmente. Ningún tribunal puede hacer nada ahí. Por lo mismo, que a las marcas y empresas les contraríe verse implicadas en este tipo de guerras, es igualmente indiferente: lo están, porque los consumidores las implicamos. Y ya está. Y si no les gusta, ajo y agua.

Cuando yo digo algo en Twitter que no gusta a algunos followers, parte de ellos deja de seguirme. Y no puedo hacer nada. Puede gustarme o no gustarme, puedo clamar por la libertad de expresión o por el sexagésimo estroncio, pero no puedo obligarles a que se traguen, quieran que no, mi time line. Y me pasa, me pasa constantemente. Y hay veces que me sienta mejor y otras peor. Da igual. A ellos les da igual. Como si doy saltos mortales o me abro las venas en holocausto ritual.

Así que rásguense las vestiduras todo lo que quieran. A los ciudadanos nos es totalmente indiferente, nos importa un pito. Haremos, sencillamente, lo que nos dé la gana y solamente porque nos da la gana ¿está claro? Pues váyanse poniendo las pilas porque así van a ser las cosas en lo sucesivo, con este caso y con muchos otros casos que irán saliendo. A veces más graves pero, otras, más fútiles. Porque a cada cual le hincha las narices lo que le hincha las narices y basta con la inflamación, por pequeña que ésta sea, para que la asocie, si gusta, con su dinero, con su consumo, con su gasto.

Que no le pase nada a Pablo Herreros, créanme.

ACTUALIZACIÓN 27.11.2012 – 20:10 – Según comunica el propio Pablo Herreros en Twitter (@pabloherreros), Mediaset (Telecinco) ha retirado la querella interpuesta contra él. Una gran victoria de la red, una grandísima victoria que, además, no será la última, pero que, sin duda, hará historia por ser un punto de inflexión, si sabemos aprovecharlo: la dictadura del consumidor. Un abrazo, Pablo, y una felicitación también muy calurosa a Mario Tascón (@mtascon), que ha sido el promotor de esta segunda movilización contra la vesanía. Aquí el enlace a la noticia (muy saturado a la hora de esta anotación)

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Trackbacks

  • By Epílogo « El Incordio on 28/11/2012 at .

    […] embargo, y pese a esta libre -en su caso- opinión de Pablo, me reitero en lo dicho aquí ayer mismo: las marcas forman parte principalísima de la financiación de un medio de comunicación y, por […]

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