Monthly Archives: diciembre 2012

Hasta el año que viene

De la serie: Rugidos

Dejémonos de lugares comunes: 2012 ha sido una mierda y un drama para centenares de miles de familias y 2013 no va a ser mejor y hay grandes posibilidades de que incluso haga bueno a este que ahora acaba.

Provea cada cual para sí, pero nada de Dios con todos. Hemos de estar juntos y hemos de llevar a cabo un enorme esfuerzo de solidaridad. Solidaridad que, entendámonos bien, no quiere decir caridad, no es limitarse a dar al de al lado un poco de lo que nos sobra. Solidaridad es cogernos del brazo e ir todos a la calle juntos a patear los huevos al enemigo.

La solidaridad, hoy, en España, es gasolina.

Apágalo

De la serie: Rugidos

Bang

De la serie: Esto es lo que hay

Es recurrente, inevitable y, por lo demás, lógico y normal, que cada vez que sucede una matanza como la del colegio de Monroe (Connecticut, como ya todo el mundo sabe) se ponga sobre el tapete la delirante legislación armamentística -incluyendo la famosa Segunda Enmienda constitucional- de los Estados Unidos. Mi opinión personal, así en genrérico (después la matizaré) es que me parece una burrada que el primero que llegue, con sólo su documentación y una especie de certificado de estabilidad psicoemocional (que ya vemos para qué sirve, como los certificados que exigen aquí para el permiso de conducir), pueda comprarse, tal como suena, un fusil de asalto, por simple ejemplo. Sí, un poquito capado -está prohibido que puedan disparar ráfagas, por ejemplo-, pero básicamente con la misma potencia (misma munición, mismo diseño, misma ingeniería) que el de uso militar. La economía de escala hace el resto para llegar a que ese fusil cueste muy poco más que un PC portátil de gama media/alta.

No he visitado los Estados Unidos pero quienes sí lo han hecho -es más, conozco a quien ha vivido allí una larga temporada- me cuentan que las armerías, allí, son como el sector de la alimentación: está desde el pequeño comerciante hasta la gran superficie (si no me han engañado, en San Francisco hay un hiper dedicado al instrumental para el tiroteo que ocupa cuatro amplias plantas; y no me extrañaría que no ostentara el récord nacional). Poco sorprendente, habida cuenta del dato estadístico de que en ese país hay 89 armas por cada 100 habitantes, y donde es completamente normal y habitual que una familia -no menos normal y corriente- tenga, guardado en algún cajón, un arma corta de gran calibre.

De donde tampoco digo nada nuevo si afirmo que el problema de las armas de fuego en Norteamérica no es quizá tanto un problema de permisividad legal como que ésta deriva de una cultura de la autodefensa llevada hasta la paranoia. En Europa, por ejemplo, los cursos y prácticas de supervivencia, que tan en boga estuvieron en los años 80, tenían, por lo común (siempre hay excepciones, claro está) un componente airelibrista y montañero: se trataba de adquirir las habilidades suficientes como para ir tirando en razonables condiciones de salud sin más recurso que lo que nos da la naturaleza, todo ello orientado o a una práctica puramente deportiva o a un utilitarismo consistente en estar capacitado para salir de un apuro que el 99 por 100 de la población no sufrirá nunca. Solíamos llamarlo (en mis tiempos de dirigente juvenil impartí algún curso de estos como especialización para monitores) sobrevivir en la naturaleza. En Norteamérica es distinto: la supervivencia se entiende en el sentido más estrictamente bélico que pueda imaginarse y los cursos, aunque también integran conocimientos de naturalismo ad hoc, son básicamente cursos guerrilleros y de instrucción militar. La situación para la que se preparan no tiene que ver con buscarte la vida después de que el avión en el que ibas se haya dado una torta contra una montaña de seis mil metros de altura, sino con que los comunistas invadan tu país. Lo digo tan en serio como en serio ellos lo piensan.

En Norteamérica, el practical shooting, es decir, el tiro práctico o tiro de combate, es una actividad normal, frecuentemente realizada incluso en familia y no hay que recorrer muchos kilómetros para encontrarse con unas instalaciones al efecto. Aquí en Europa, en España, las hay también, aunque la mayoría de ellas -salvo unas pocas muy especializadas y al alcance de los muy pocos particulares con licencia de armas tipo B– utilizan sistemas inofensivos de bolas de tinta o rayos infrarrojos o láser; y aún así, los que lo practican de modo habitual son vistos como bichos un poco raros (su uso normal es el de una pijada de un fin de semana y, como subir en globo o hacer rafting, una vez hecho, hecho está, y si te he visto no me acuerdo).Se da por sentado que la Constitución americana (la famosa Segunda Enmienda) consagra el derecho de cualquier ciudadano de llevar armas para su defensa. Bueno, en realidad, la Segunda Enmienda no dice eso; eso es la interpretación que hizo el Tribunal Supremo de la Segunda Enmienta, cuya literalidad es la siguiente:

«A well regulated Militia, being necessary to the security of a free State, the right of the people to keep and bear Arms, shall not be infringed.»

Traducción (Wikipedia, enlace anterior): Siendo necesaria una Milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas, no será infringido.

Ayer, casualmente, oí en no sé qué cadena televisiva, a una profesora de Derecho administrativo diciendo -muy atinadamente, a mi juicio- que el Tribunal Supremo (norteamericano, se sobreentiende) había interpretado la Segunda Enmienda en un sentido individual cuando su sentido es claramente colectivo; es decir, la Constitución estima necesaria la autodefensa colectiva y organizada («Milicia bien ordenada», dice) para lo cual «el pueblo», los ciudadanos, en tanto que colectivo organizado para la defensa, tienen derecho a llevar armas. Hay que apretar mucho la interpretación -por más que la haya hecho el ya citado Tribunal Supremo- para llevar la Segunda Enmienda a conferir el derecho a ir a una tienda y comprarse un fusil de asalto prácticamente sin más. Y yo voy incluso más lejos que la profesora citada: en una sociedad moderna, la Segunda Enmienda está de más en el siglo XXI. Cabe tener en cuenta que esa enmienda constitucional fue aprobada a finales del siglo XVIII, hace más de 220 años, cuando la norteamericana era una sociedad de frontera (y siguió siéndolo durante todo el siglo XIX, hasta entrado el pasado). Hoy, la eficiencia y extensión territorial de la organización y los poderes del Estado federal hacen completamente inútil esta anacrónica disposición y, por tanto, ya no se trata de una cuestión de interpretaciones, sino de que, sea cual sea la que se haga, esta disposición constitucional debería decaer por obsoleta.

Otra cosa son las razones concretas ante hechos concretos. Los armamentistas, es decir, los partidarios de la Segunda Enmienda, y los más de cuatro millones de socios de la National Rifle Association, sostienen, por ejemplo, que las armas no matan, que matan quienes las empuñan y que, por tanto, son las personas las que debieran ser vigiladas y no el tráfico armamentístico (que, por cierto, genera un enorme volumen de millones de dólares y decenas de miles de puestos de trabajo). Sí y no. Pero también es cierto que en un fin de semana cualquiera y sólo en España, muere tanta gente en carretera como en una de esas tremendas matanzas (este último fin de semana me parece que hubo 15 víctimas mortales en las carreteras españolas) y, sin embargo, nadie restringe la libertad para comprarse un coche ni para ecceder a la licencia de conducción.

Por otra parte, Almudena Negro retuiteaba el otro día un mensaje en el que se recordaba que en la mucho más armamentísticamente restrictiva, tranquila, buenrollítica, pacífica, guay y socialmente desarrollada Europa, y en uno de sus estados más de todo eso, Noruega, se batió hace un año y medio el récord mundial (en número de víctimas) de barbaridades a cargo de civiles con fusil de asalto en mano. España es uno de los países europeos más restrictivo en cuestión de armas (lo que nos convierte en uno de los países más restrictivos del entero mundo) y entre blancas y negras, deportivas, de caza, legales o ilegales, el único problema que al parecer no existe a la hora de atracar una gasolinera o un banco, de asesinar a la suegra, a la pareja o a los hijos, o de liar la de Puerto Hurraco, es el de hacerse con un arma. ¿Entonces?

Entonces, desde mi punto de vista, el problema no está en la permisividad legal para adquirir armas. Ésta es indeseable -cuando menos con esa amplitud que vemos en los Estados Unidos- pero yo no osaría decir que es el problema principal de que sucedan cosas luctuosas. Ni siquiera (que también) el problema cultural. Yo creo que la raíz de todo el asunto está en lo educativo. Y sospecho (no afirmo redondamente, porque ignoro más allá de los básico a nivel puramente informativo o divulgativo) que algo tiene que ver también una mala incardinación de la psiquiatría en los sistemas de salud pública. Sobre esto último, me voy a remitir a muchas declaraciones, artículos y demás manifestaciones del doctor Luis Rojas Marcos (y atención especial a su página web).

Alguna vez he tomado aquí partido cuando ha habido polémica sobre videojuegos tenidos por excesivamente violentos o irrespetuosos con la convivencia. Y siempre he dicho lo mismo: los videojuegos violentos no constituyen ningún problema, siempre que, mediante una acción educativa definida, se enseñe al niño o al joven a distinguir con meridiana claridad entre lo que es un juego y lo que es el comportamiento deseable en sociedad en la vida real. Es decir, definir claramente los límites éticos de la vida real.

El problema, ha dicho siempre, viene de que nadie establece claramente esos límites; y no sólo eso: muchas veces, se emite el mensaje contrario. Si a un niño no se le enseña que no puede proyectar en la vida real las atrocidades que se cometen en un videojuego de conducción violenta y homicida, mal vamos; pero si, encima, su padre conduce como un búfalo delante del chaval y además se ufana de ello y se burla de los que respetan las normas y las más elementales medidas de precaución y de convivencia, lo que está criando ese imbécil es un asesino de carretera o, mucho más probablemente, un conductor suicida que acabará pegado como un sello a un árbol de la cuneta… él y sus tres compañeros de juerga nocturna.

En los últimos veinte años tenemos en las sociedades avanzadas (Europa y América) un problema de violencia gratuita, de violencia no finalista, incluso más bien autofinalista, muy, muy grave. Yo no sé si es un problema educativo, psiquiátrico o, más bien, deficiencias en lo primero que llevan a patologías de lo segundo. Pero ese problema existe. Donde las armas de fuego no son fáciles, se manifiesta con navajas o con botas de puntera de acero, pero no deja de manifestarse de un modo u otro. Por tanto, sí, hay que poner trabas al acceso a las armas de fuego pero, en paralelo, y yo diría que principalmente, hay que poner coto al problema de fondo, al problema cultural, al problema educativo y al problema psiquiátrico y de salud pública que subyacen, casi siempre combinados, en catástrofes como la que ahora nos sobrecoge.

Y nos seguirá sobrecogiendo… hasta que una próxima la supere.

$GAE doliente

De la serie: Correo ordinario

Hemos podido ver estos días un resurgir mediático de la $GAE (todavía no la acabo de ver SGAE) en los papeles. Igual que nos ha pasado en la Asociación de Internautas, parece que ha sufrido una cierta hibernación, en lo que a apariciones públicas se refiere. Y la razón, claro, es la misma: el impresentable ministro Wert ha liado pollos tan enormes en algo tan serio como es la educación, que ha relegado los problemas de la cultura (que ya eran muchos antes de su llegada y más que los ha incrementado él) a un segundo término. Pero están ahí y, claro, acaban saliendo. Lo que no deja de ser ilustrativo es que, pese a la que está cayendo en tantos ámbitos y, como digo, en el de la propia cultura, volvemos unos y otros a la palestra por el tema del canon digital y de la copia privada. No parece que haya forma de cerrar este tema, como no sea dejar que el paso del tiempo, con su particular e inexorable ley de la gravedad, lo solucione por la vía de hecho. Pero, como decía el otro día, la única ventaja de esta guerra es que es tan diáfana y tan sentida por la ciudadanía que sirve de sencillo ejemplo para ilustrar otras barbaridades de los políticos de más prolija y polémica explicación. El canon es sentido por todos, a derecha e izquierda, como una agresión y, por tanto, muestra muy bien, muy diáfanamente, cómo funciona la vesanía y la venalidad de la Casta.

Antón Reixa ha aparecido estos días en varios medios quejándose precisamente de eso, de la impopularidad de la $GAE, constatando que esa impopularidad sigue ahí (vía Asociación de Internautas) y de lo odioso que le resulta ser comparado con Teddy Bautista.

Las cosas como son: no. La distancia entre el viejo Teddy y Antón Reixa es sideral, aunque sólo nos quedáramos en el lenguaje y en la comunciación; y eso, los que quisimos verlo, pudimos verlo prácticamente desde el primer momento. Pero la $GAE las ha hecho muy gordas; y las ha hecho muy gordas no solamente en lo que se refiere a las irregularidades y presuntos delitos que están ahora en manos de la Justicia, sino en su actitud prepotente y avasalladora hacia los ciudadanos. A Reixa le va a costar mucho eliminar las bravatas de Teddy y los centimillos del finado Borau de la memoria de los ciudadanos. No de los internautas: de los ciudadanos. No es una cuestión de comparación: es que la $GAE está ahí y sigue siendo la misma; que hay un claro apaciguamiento formal en su cúpula, es innegable, pero no todo acaba ahí. Y las vías de diálogo con la sociedad civil se han insinuado, ha habido algún gesto, pero, desde luego, no se han abierto; no, ni mucho menos, de par en par.

Reixa, y quizá nosotros, en la AI, también, hemos perdido una oportunidad muy buena con motivo del canonazo de Wert: hubiéramos podido adoptar una postura común. Común y, además, conjunta. ¿Se imagina alguien lo devastador que hubiera sido para Wert una conferencia de prensa conjunta de Antón Reixa y de Víctor Domingo ciscándose ambos a coro en el canonazo? Pero, claro, para eso hubieran tenido que presentar una alternativa asimismo común y conjunta; y eso, además de devastador, hubiera sido poco menos que revolucionario porque esa alternativa hubiera tenido que hacer dos cosas fundamentales: una, establecer con claridad y de manera indubitada los límites de la copia privada; y dos, establecer con idéntica claridad una forma satisfactoria para ambas partes un mecanismo de retribución autoral por esa copia privada. Y si lo segundo es difícil, lo primero ni te cuento… Vamos, en realidad lo primero es, técnicamente, lo más fácil, pero políticamente lomás complicado porque el quid de la cuestión está en las descargas, en definirlas o no como una modalidad de la copia privada; con la dificultad añadida de que mucha gente piensa como yo: si las descargas (de redes P2P o similares, se sobreentiende, y siempre para uso particular y sin ánimo lucrativo por ninguna de las partes, ni la que da ni la que recibe) no se consideran una modalidad de copia privada, la copia privada, de facto, desaparece. O sea que es un todo o nada y, por eso mismo, muy difícil de negociar. Sin embargo, yo creo que si la descarga -en las condiciones antedichas- fueran consideradas coo una modalidad de la copia privada, el tema de la compensación autoral sería, dentro de lo complicado, bastante más fácil, me parece a mí.

En todo caso, es un tema que habrá que afrontar sí o sí cuando, en mejores o peores condiciones, Wert (¡glub!) o quien sea, aborde la modificación de la Ley de Propiedad Intelectual y, por tanto, yo me atrevería a sugerir a Reixa y a Domingo -y a cuantos terceros pudieran estar legítimamente interesados- que empiecen a negociar este tema ya, sin esperar a que Wert lo ponga encima de la mesa (si es que tiene la menor intención de poner nada sobre mesa alguna) y mande él en las conversaciones. Veo difícil un acuerdo, precisamente por ese escollo de las descargas, pero si hubiera un resquicio para el mismo, sería fantástico que se pudiera poner sobre la mesa de Wert una postura unitaria de ambas partes: a ver cómo se las componía entonces este personajillo para dar satisfacción a la industria, que vería ese acuerdo como lejía en los ojos.

Y es de este modo, don Antón, como la $GAE empezaría a dejar de ser odiosa a los ojos de la ciudadanía y volvería a ser la SGAE que nunca debió de dejar de ser.

Otra cosa es que le doy la razón en lo que se refiere a la industria y a los intermediarios comerciales: han empapado el canon en los precios y, pese a que el canon clásico se ha suprimido, los precios se mantienen. Pero no es tan importante porque la razón la tiene Reixa a medias: si bien los CD y DVD mantienen sus precios con canon al menos en las grandes superficies, otros dispositivos (las llaves USB, por ejempo, bajan incesantemente). Lo cierto es que la guerra del canon (y esa es otra) empezó porque se gravaban unos dispositivos que hoy en día se usan ya muy poco y con tendencia a que se usen aún menos, porque la nube está ganando terreno a cada día que pasa. Mi última compra de CD y DVD tiene ya dos años y la mitad de los que compré, ahí están, muertos de risa en sus envases, los cuales, a su vez, andan tirados por no sé dónde. Mis hijas apenas descargan nada porque todo lo ven o lo escuchan en streaming y pasan completamente de soportes físicos; la mayor, lee los documentos que necesita en sus clases con una tablet y los toma de un almacenamiento on the cloud gracias a la conexión wifi de su facultad. En ese entorno -cada día más y más generalizado, por otra parte- hablar de canon, de soportes físicos o, incluso, de las descargas mismas, casi parece pleistocénico. Y es que lo que los seres humanos no sepamos solucionar en brevísimo tiempo (y cada vez será menos) lo solucionará la realidad tecnológica con esa particular ley de la gravedad a la que antes hacía referencia.

Tan insoslayable, además, como la que enunció Newton.

Il dígito qüí, Santitá

De la serie Me parto el culo

Ayer, a máximo bombo y platillo, el Papa católico inauguró su usuario de Twitter emitiendo su primer mensajillo, eso que llamamos tuit. Y allí lo tenías, en el telediario, como un pobre ancianito desorientado que no sabe qué hacer, mientras uno de los figurones de su séquito debía decirle -los gestos eran inconfundibles- lo del macarrónico título de este post: «el dedo aquí, Santidad, ahora toque sobre ese dibujito; eeeeeso es ¿ve qué bien?». Si pillas a un abuelete de hogar de jubilados, la escena sería exactamente la misma, pero con boina y pantalón de tergal de mercadillo, en vez de solideo y sotana.

Ridiculo. Nada hay más ridículo -ni más patético cuando el personaje tiene una cierta altura intelectual- que ver a alguien intentando manejar penosamente una tecnología en la que no cree y cuyo funcionamiento ignora, solamente porque los grandes tiburones de su corporación responsables de la imagen y de la propaganda le han dicho que ésa es la cuestión y que hay que estar ahí. A mí me recordó el numerito aquel tan divertido de Emilio Botín mascullando en inglés.

Y claro, como si algo le sobra a la corporación son fanboys, ya antes de empezar con la cosa tenía seiscientos mil seguidores. ¿Algo más patético? Pues sí: ahora se trata de comprobar -casi en plan competición- si llegará a tener más followers que Justin Bieber, ya ves tú… Y aún los hay que lamentan que no esté ya el otro, el Wojtyla: con él -lamentan-, que tanto predicamento tenía entre los jóvenes, hacerse cincuenta millones de seguidores tuiteros hubiera sido coser y cantar. Este de ahora, coño, es un tío muy escribidor y muy leído, pero para eso de los chavales, las guitarras y el kumbayá parece que no tira mucho.

Naturalmente todos, menos el sector más ciego y forofo de su tropa, estamos al cabo de la calle de que el pontífice en cuestión no escribirá nada, que eso estará a cargo de un grupito -o grupazo- de community managers más o menos ensotanados y procedentes del jesuitismo, del dominiquismo o de tropa parecida.

¿Por qué no empezar por ahí en vez de hacer el tonto? ¿Por qué no decir claramente que esto lo van a llevar unos especialistas, que ese usuario de Twitter responde a los portavoces oficiales y autorizados del Vaticano, cosa que le conferiría igual o, incluso, superior interés? ¿Por qué esa comedia -que sólo se van a creer cuatro tarados que no ven más allá de sus narices- de implicar personalmente al Papa, cuando está más que claro -porque se vio más allá de toda duda- que no se entera del invento?

En fin, ya se ha dicho siempre que la línea que separa lo sublime de lo ridículo es extraordinariamente fina.

Acabamos de comprobarlo.

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